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Novela

La novela desde 1939 a los años setenta

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La guerra trajo desolación, hambre, separación, tristeza. La cultura se vio cercenada. Este corte brusco repercutió de manera capital en los géneros literarios.

 Los inicios de la novela de los años posteriores a la guerra están marcados por el ambiente miserable y de opresión como consecuencia de los hechos acontecidos en 1936-39.  Aunque se intenta renovarla, sin embargo, algunos  continúan con lo que se ha denominado “estilo barojiano”; pero hay una serie de novelas que sobresalen por encima de todas que son: La familia de Pascual Duarte (1942)de C. J. Cela, La fiel infantería  de García Serrano, Golpe de Estado de Guadalupe Limón (1946), Javier Mariño(1943) de Torrente Ballester, Nada (1945) de Carmen Laforet, Mariona Rebull de I. Agustí, La sombra del ciprés es  alargada (1948) de Miguel Delibes, La quiebra (1947) de Juan Antonio Zunzunegui, este más con la necesidad de imprimir una regeneración de  ideas con esa escritura a borbotones, pero precisa.

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Teatro

El teatro anterior a 1939

Es difícil toda clasificación en el género dramático porque más allá de las obras, tendencias, autores, tiene que predominar un teatro basado en la palabra; teatro con cara y ojos, con personajes, que nos inculquen nuevas esperanzas, confianza  en este camino existencial en el que nos desenvolvemos; esto es lo que hicieron los grandes dramaturgos de todas las épocas.

La crítica lo ha entrevisto, en este período, como de alta comedia, costumbrista, poético, costumbrista con la vitola cómica, humorístico, de compromiso, histórico, incluso como innovador; y aún así hallaríamos aquella obra singular que no encajaría en estas divisiones. Pero, hay cuatro dramaturgos que se levantan por encima de todos: Benavente, Valle-Inclán, García Lorca y Pérez Galdós. Cada uno de ellos destaca por alguna faceta dramática.

Si nos detenemos en el Premio Nobel de Literatura, Benavente, no hay término medio en cuanto a la crítica. La mitificación y la censura forman parte de su estandarte,  y eso que escribió 172 obras, desde El nido ajeno (1894) hasta Por salvar su amor (1954). Intentó acercarse a la sociedad, y además estaba orgulloso de haber llegado a los entresijos de la misma. Sin embargo, el crítico José Monleón escribió que “ su inteligencia le hacía ver la mezquindad de la sociedad a la que servía, sin atreverse a afrontarla en los puntos fundamentales”.

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Literatura

Literatura y pintura

En la tradición helénica hubo una relación entre la poesía y la pintura; ambos términos se intercambiaban. En Horacio podemos leer “Ut pictura poesis”. De la misma idea participa Simónides: “La pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura parlante”. Así permaneció lo pictórico, lo plástico para la posteridad. La presencia entre lo pictórico está ahí. Andrés Amorós escribe que “la correspondencia entre lo lírico y lo pictórico no debe ser recusada a priori” . Tampoco es incompatible con la opinión de Welleck-Warren que defiende: “las diversas artes-plásticas, literatura y música-tiene cada una su evolución particular, con un ritmo distinto y una distinta estructura interna de elementos” .
Los poetas simbolistas consagran la dualidad literatura-arte. Baudelaire escribe que “la sed insaciable de todo lo que está más allá, y que revela la vida, es la prueba más evidente de nuestra inmortalidad. A la vez, por la poesía y a través de la poesía; por la música y a través de la música; así es como el alma entrevé los esplendores situados detrás de la tumba”.
La mutua relación es entrevista como necesidad para llegar mejor a la obra artística.

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Novela

Viaje hacia la luz

El título de este comentario lo he extraído del final de las líneas que O´Neill dirige a su mujer en el duodécimo ainiversario de su boda. El regalo es el manuscrito de Long Day´s Journey into Night en 1941.

Que el autor haya dicho que Largo viaje hacia la noche es su mejor obra, de poco sirve si el lector/a no percibe esas señas que lo corroboren. Tal vez, el dramaturgo lo aseveró porque los planos dramáticos se asemejan a sus rasgos autobiográficos, bien sean personales o literarios; en lo que sí parece nítido es la fuerza con que quiere construir un nuevo teatro que rompa con el anterior, poco importa  que nos inmiscuya en la vida pasada en un largo viaje, en el que en el final los personajes se echarán en cara los rencores, las mentiras, la doblez, las falsedades, en un ventanal pletórico por el que entrará el conocimiento, el perdón, la comprensión.

Si esta catarsis fue así, ¿por qué el dramaturgo escribe que la obra no debe ser publicada, ni representada hasta veinticinco años después de su muerte, más allá de que no se cumpliera su deseo? Siempre con las contínuas preguntas que los lectores nos hacemos, y con derecho, ya que  la hemos comprado; el autor nos otorga todo y, sobre todo, la palabra. La ha vendido.

El eterno problema existencialista humano nos inunda, nos envuelve, nos aprieta; es tan obsesivo que en ese acorralamiento nos dispara hacia veredas distintas pero con el zurrón pletórico del sentido de la vida. Cada uno es libre, sin duda, pero la soledad nos hace caminar por la vía religiosa o filosófica porque el nihilismo como vida no se sostiene, a pesar de que en la obra de Shakespeare, Macbeth, el personaje, poco antes de morir defina la vida como «a tale / told by an idiot, full of sound an fury, / signifying nothing». Si fuera así el escalofrío sería terrible.

Lo que no se mantiene es que ante la nada, que prime el alcoholismo, la droga, el suicidio; estos caminos sí son oscuros, desalentadores para los seres queridos. O´Neill, ¿escribe la obra para que no caigamos en ese largo viaje hacia la noche? Él sufrió esos avatares, ¿pero tienen que ver con el fracaso de sus tres matrimonios? ¿Puso de su parte todo o cayó en la dejadez? Son preguntas al azar para que el oxígeno nos ayude en este camino existencial, el eterno problema tantas veces planteado, y no resuelto.

Novela

Realismo y naturalismo en la novela española del siglo XIX Félix Rebollo Sánchez

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Durante la segunda mitad el siglo XIX se produce uno de los hechos más significativos en el arte de narrar. El florecimiento de la novela es tan deslumbrante que bien puede considerarse como áurea, no solo en España, sino también en el resto de Europa. El apogeo es de tal calibre que no se puede entender sin nombrar la palabra burguesía; esta es quien protagoniza la novela realista, y, al mismo tiempo, la destinataria. Pérez Galdós escribió que «la grande aspiración del arte literario en nuestro tiempo es dar forma a todo esto». El rechazo a lo romántico es algo emblemático, se sustituye por el término realismo. Los novelistas emplean «técnicas y formas narrativas» que servirán como estandarte. Así se inmiscuyen en reflejar la realidad social de manera exacta; lo subjetivo debe quedar al margen, es lo que se ha denominado  objetividad o «narración objetiva», casi siempre en tercera persona.  Esto no quiere decir que vaya en contra del punto de vista omnisciente cuando el autor anticipa lo que va a ocurrir, opina, juzga a los personajes. Además utilizan un lenguaje sencillo para que el lector no encuentre dificultades y se refleje el habla de los diferentes grupos sociales. Las técnicas narrativas naturalistas son semejantes, pero llevadas al extremo y con el máximo rigor. La idea stendhaliana que concebía la novela como un espejo que se pasea a lo largo del camino es el signo característico del llamado realismo.  Clarín elige a Balzac como «el más a propósito para reproducir impresión de realidad en la novela».

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