Personales

Todavía te recuerdo, tan pequeñita y hermosa, hermana. Ya eres universal

Hoy, día santo, previo a los difuntos de mañana que perviven. Sin duda, contigo se alegran los cielos y la tierra. Naciste canonizada. Fuiste arrebatada para lo cielos. Te necesitaban.

Quién te iba a decir que tu hermanito te cantaría un día. Por mi pensamiento revolotea todavía tu imagen en tu cunita, de pelo negro, tan guapa-como nuestra madre y padre-, tan hermosa, de casi seis meses, silenciosa, sin molestar y yo de siete años. Naciste el 16 de abril, a la puertas del florido mayo-placentero a la vista-, mes de las flores, en plena primavera cuando los gallos cantan «al albor». Por Pascua florida. Fuiste la admiración de la calle. Antes de nacer, también recuerdo a nuestra madre sentada con más vecinas charlando en la calle y yo mirando la enrome barriga. Naciste de madrugada, Me desperté ante el ruido y las hablas del Doctor Seco, el practicante y la matrona, llamada Crecencia que pronunció la frase que «que viene otra» y a nuestro padre le oí llorar. Esa eras tú, la segunda en nacer. Fuisteis mellizas. Todavía permanece en mi memoria una foto de nuestra madre, cada una en un brazo. Ya no sé dónde está, o me la robaron o la perdí, quién sabe; pero es foto fija en mi corazón. El recuerdo tuyo es vida.

Los bautizos, también remenbranzas pero más difuminados; me quedó en la memoria que hubo muchas mujeres que querían apadrinar. Incluso de tu hermana no se pusieron de acuerdo, de ahí que en el sacramento aparezca un nombre y el registro otro. En tu caso, solo una madrina y uno solo Amelia. De raíz germánica, unido al esfuerzo, a la solidaridad, a la entrega.

Antes de cumplir los seis meses, la muerte se presentó; fue injusta, solo nos permitió que se quedara tu hermanita, melliza, qué pena llegó a mi corazón. La imagen de la llegada de don Ambrosio Eransus Irribarren, de origen navarro, vestido con sotana y roquete blanquísimo y amplio, dos monaguillos, uno con la cruz alta me impresionó, y luego seis niñas te llevaron al cementerio llena de muchas flores blancas y rojas en una cunita esmaltada de belleza y lucidez, de cielo. No te lo creerás, pero al escribir estas líneas, con ojos acuosos llenos de tristeza, me hacen parar y coger el pañuelo para retirarme las lágrimas.

Coda: en más de una ocasión me he referido a ti, incluso te dediqué un libro («A Amelia,, que no cumplió años, en la época del alma). Fue mi rebeldía contra la muerte tan temprana. Si el Arcipreste de Hita gritó contra la muerte por su Trotaconventos, yo lo he hecho rebelándome; tu inmortalidad que sirva de ejemplo. Por otra parte, también pienso que se necesitaba un ángel más en el cielo para que el resplandor fuera mayor y te eligieron. No lo admito, ni antes ni ahora. Fíjate que hasta cuando releo el libro albertiano Sobre los ángeles, pienso que estás dentro, para disipar tanta duda existencial.

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Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

Personales

La Hoz del Júcar. Carreras populares de Cuenca. Media maratón y 10 kms.

El recuerdo de La Hoz del Huécar siempre permanecerá en mi memoria. Quince años me contemplan con esa subida que casi alcanza los cielos; solo falta asaltarlos con el último empujón. Esta tarde, día 24 de octubre de 2026, sin embargo, me apresuré a participar en el nuevo trazado de la Media maratón y 10 kms. de la encantadora Cuenca. El primer trazado ya lo realicé tanto de la Media Maratón como la de 10 kms. denominado, ahora, La Hoz del Júcar. Son muy diferentes aunque las dos atraviesan la ciudad.

En una tarde luminosa, aunque algo ventosa y con nuevo itinerario había que elegir un circuito o dos. Yo hice uno. Salíamos a la vez tanto los de la Media como la de 10 a las 16 horas desde la plaza de la Constitución. Este nuevo trazado me gusta más. Este año no me sentía en forma ni físicamente ni mentalmente, lo último es primordial. En todo momento fuimos acompañados a ambos lados por dos filas de rocas, como vigilantes, asideros, como si no nos permitieran apartarnos del camino; no faltaron los abeludes, los robles, los álamos que con fru-fru continuo que destellaban producían como un himno musical que nos ayudaban a proseguir, a no desfallecer. A los que abandonaron-un total de 97 de 936 que iniciamos-, ánimo para que el año que viene nos veamos, de nuevo. Creo que es mejor la fuerza mental que el físico para terminar. Cuando llegas a la meta la alegría es enorme y tu cuerpo se siente feliz. No solo te espera el galardón-una medalla conmemorativa-, también el aplauso ruidoso y la música que llevarás en tu corazón para siempre.

No se te olvidará ese sol en las cogollas de los árboles que nos acompañaron como luces encendidas y las rocas altísimas a ambos lados. De vez en cuando me quedaba absorto al mirar la aguas del río que te invitan a la belleza, al placer entre el río encorsetado con roquedal airoso que te aúpa constantemente.

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Personales

Exulte Guadalupe -donde nació mi madre, que asaltó los cielos-Ya tenemos el «Jubileo Guadalupense, 2026-27» en el centro de las «Villuercas»

En otoño y primavera, Extremadura se viste de gala; la belleza se yergue en esa tierra lejana pero no sola. Hace unos días, me acerqué a Guadalupe donde nació mi madre-que asaltó los cielos-. En esta ocasión fui por el Puerto de San Vicente– la gran mayoría voy por Puerto Rey para contemplar el embalse de Cijara, que abastece de luz a Madrid y a Portugal-, en plena sierra; todo un camino hecho de trozos de gloria, esmaltado de castaños, alcornoques, encinas, olivos, jaras, brezos, helechos, robles, higueras, y un cielo que enamora; fue placentera la mañana, parece como si la naturaleza cantara un himno de alegría y el paisaje sonriera según iba avanzando hasta el corazón del ·pico de las Villuercas a postrarme ante la Virgen Guadalupe-como hizo Cervantes después de su cautiverio- ante el jubileo que se consagra durante dos años para que no nos distraigamos y emprendamos el camino con tiempo ya sea a pie, en bicicleta, en autobús o en coche como he hecho esta vez. Es una delicia volver por esos parajes que despiertan un permanente zureo en la mirada con una claridad enorme. Es el gozo del pensamiento que nos coadyuva a proseguir.

Para mí es un entusiasmo inmenso visitar el pueblo de mi madre; me alegra, a la vuelta vengo como lavado de una espiritualidad de vivir y no dar tanta importancia a lo material -no olvidemos que el camino que se realiza desde el siglo XIII para visitar a «la morenita» es espiritual-; el vamos de paso que nos inculcaron de pequeño nos emociona una vez terminada la visita. Pero no perdemos la lucidez de que necesitamos volver. Siempre encontraremos un motivo para que el espíritu no decaiga y, sobre todo, en tiempos convulsos.

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Personales

Cuando el tiempo nos alcanza en el otoño, 2

«Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco / en el viaje aquel de todos a la niebla»

En esta «otoñá»– forma dialectal de mi pueblo extremeño– que principia, parece como si la mente nos exige que el tiempo abruma, que nos gana, que nos atrapa, que es limitado. El recuerdo del dístico extraído del último libro de Fco. Brines, La última costa, 1995 con que encabezo, me conduce a una meditación existencial. De vez en cuando me viene a la memoria el poema y, sobre todo, esos dos últimos versos: «Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco / en el viaje aquel de todos a la niebla«. No se trata de que haya llegado a la laguna Estigia o espero, sino más bien el gran enigma que encierra, de ahí que niebla monopolice toda la grandeza que un ser humano pueda alcanzar. No sabemos, por tanto, qué subyace; solo nos persigue ese final, el qué se nos puede mostrar; solo la fe es el soporte que nos mantiene esperanzados. No es nuevo que nos preguntemos por ese sin saber.

La idea ya fue cantada en la antigüedad. La barca de Caronte nos lo recuerda como un estado de conciencia permanente; la lucha entre la razón y la fe. Pero el tiempo nos devora, nos hace endebles. El grito del Arcipreste de Hita cuando la muerte le arrebata a su Trotaconventos nos persigue, el «muerte seas» es preocupante y más proveniente de un ministro de Dios en la tierra. La quería tanto por la labor que hacía que empleó lo mismo que ella hacía, pero desaforado. La increpación nos conmueve, nos desnuda.

Es notorio que ante un tiempo que se mira, que nos llama, que nos devora lentamente nos advierte sonriente la caducidad de nuestra vida. Ni siquiera, el triunfo del amor propuesto por Petrarca en su Cancionero en el que hallaremos la eterna felicidad con el reencuentro de Laura nos convence, nos reconforta. Proseguiremos con el verso machadiano a cuestas, «Siempre buscando a Dios entre la niebla«, aunque sea en sueños.

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Una nota cuando el tiempo nos alcanza

Un añorar despierto hoy nos conmueve. Ya los poetas dejaron su impronta, de ahí que de vez en cuando nos postremos ante la poesía; y cómo no, traer a la memoria a Manrique con esas Coplas esmaltadas de oro. En el fondo, a los poetas del tiempo les preocupa la fama. Si en José Hierro, el olvido, el sueño y la fama son una trilogía que le acompañan como evasiones, solo coincide con Manrique en la fama, aunque el poeta se sienta abrumado por la responsabilidad del tiempo («Se fue muriendo todo / pero ellos no murieron»). Aquella vida esperanzada que le quedaba al maestre don Rodrigo cuando le llamó la muerte. Hierro también siente esa llamada, pero la increpa; se agarra a la vida. Se opone al fervor medieval de Manrique. Su postura se enhebra con aquel grito del Arcipreste de Hita contra la muerte, cuando arrebató a Trotaconventos:»Oh muerte, muerte seas«. Hierro no la acepta, se enfada porque tiene vida , la posee, por eso se rebela («Vete muy lejos de mi lado, / a donde yo nunca te vea…/ me resisto a dormir tu sueño, / a ser mi sombra, madre negra«).

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