Novela

¿Cómo se puede llamar Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?

Este aserto fue escrito por Juan Ramón Jiménez en la revista Ínsula.

Nada de Carmen Laforet está inserta en la novela de posguerra de la década de los cuarenta, juntamente con La familia de Pascual Duarte ( Cela), Mariona Rebull (I. Agustí), La sombra del ciprés es alargada (M. Delibes), La fiel infantería (García Serrano), Javier Mariño (Torrente Ballester).

Hoy,  está considerada como la mejor de la década de los cuarenta por su acierto a la hora de recoger algunos de los aspectos de los días posteriores a la guerra de 1936, hasta tal punto que siempre nos viene a la memoria, en primer lugar, esta novela, que fue el primer premio Eugenio Nadal (1944), por tres votos contra dos. Su primera edición es de mayo de 1945.

La novela comienza con la llegada del personaje fundamental a la estación de ferrocarril de Barcelona, a medianoche, sin que nadie la espere. La voz narradora es la de Andrea, que llega a estudiar una carrera y se hospeda en casa de sus tíos.  Su alegría por llegar a una gran ciudad choca con el ambiente mortecino y de soledad que se respira; tal vez, nos esté describiendo la cruda realidad de la posguerra. Termina con otra alegría para Andrea, después de tantos sinsabores; su marcha a Madrid es una liberación. La calle Aribau, sólo va a ser un recuerdo. Emprenderá otra vida, en otro lugar, en el que encuentre la plenitud existencial que tanto anheló.

El mundo descrito nos parece anormal por esas confrontaciones y conflictos con que se desenvuelven los personajes. El mundo estudiantil sirve como contrapunto a lo que ocurre en la casa de la calle Aribau; el conflicto de generaciones es nítido. La tortura diaria entre los que habitan la casa nos hace pensar en un infierno ante tanta discordia llena de un dolor íntimo que les aflige.

El tremendismo surge, precisamente, por estas relaciones que producen hastío, por eso pensamos que lo sicológico y existencial son envolventes. La protagonista es testigo de unos acontecimientos que evoca con una gran riqueza de matices, y si bien parece que late un  pesimismo por las escenas que presencia con un vacío desolador; sin embargo, al final nos damos cuenta que existe un ventanal, una luz para que ese tremendismo descrito se convierta en aire purificador, de ahí que la novela tenga un carácter abierto con su marcha a Madrid, y abandone el infierno en el que moraba.

Estilísticamente, es sencilla, de estructura lineal, y el tiempo transcurrido es de un año. El espacio se desarrolla por las calles de Barcelona,  la universidad, y la casa familiar. La dicotomía libertad-opresión es transparente; ésta con más abundancia porque los hechos narrados se entretienen más en el ámbito cerrado de la casa. También hay que añadir que es la primera novela de grupo, de protagonista colectivo.

Quizá lo más innovador estribe en que deja al lector/a para que construya sus pensamientos, por eso se considera una novela abierta; la narradora nos facilita la estructura, pero con muchas aristas libres. Precisamente es uno de los aspectos que resalta, amén de la fuerza de los personajes, más allá de que, simbólicamente, quizá, la calle Aribau represente la gran tragedia de 1936, como nos ha recordado, en varias ocasiones, el novelista Miguel Delibes.

Una de las escenas que más me ha llamado la atención es la ducha fría (“¡Qué alivio el agua helada sobre mi cuerpo!”) con la que Andrea se despoja de ese calor húmedo con que  la ciudad la ha contagiado a su llegada, así como la suciedad de la casa (“aquellas paredes sucias, de puntillas sobre la roñosa bañera de porcelana”). Tampoco puedo olvidar la despedida de su tía Angustias al hacerle en la frente la señal de la cruz, también “y la abuela me abrazó con ternura. Sentí palpitar su corazón como un animalillo contra mi pecho”. Todo un síntoma de acontecimientos venideros.

Poesía

¡Qué gran víspera el mundo!

¡Qué gran víspera el mundo! Es el primer verso de uno de los poemas más henchidos de amor. La exaltación amorosa como necesidad humana. Necesitamos que nos quieran para hacer  nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual, que esté en eterna presencia en nuestros actos, de ahí que la anhelemos constantemente. En el poema de Pedro Salinas, con el que encabezo estas ideas, observamos la búsqueda de ese venero, la fuente salvífica que nos llene de alegría; si bien es cierto que nos traza el mundo anterior a la dicha, espera la voz de la amada, el destino, el amor, en definitiva, que dé sentido a la vida y al universo. Es una experiencia individual, su testamento vital, su melodía, pero que  ya nos pertenece. No tendría sentido, de otra manera, la poesía. De ahí que no sea un formalismo esteticista, sino la entrega, el arte humano, el desbarajuste sentimental por el que discurre la existencia. Las palabras sin contexto de poco valen, por eso el poeta desea crear una sociedad en la que las palabras sean pronunciadas por la amada, como la encargada de poner en marcha el nuevo mundo. La tríada gramatical─tú, yo, ya─ se hace imprescindible en el amor, si deseamos despojarnos de todo lo que nos dificulte su comprensión.

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Personales

¡Feliz cumpleaños!¡Happy birthday! ¡Tanti auguri a te!

Con tarta de manzana incluida y en los tres idiomas escuché las notas musicales tradicionales en mi  cumpleaños.

Celebración completa. Este canto va dedicado al día en que nací, 1 de marzo, en lo que coloquialmente denominamos “el cerro”, porque el pueblo Castilblanco (Badajoz)  está como enclavado, sobre ese trozo de tierra elevado. Allí está como vigilante de lo que también se llama la Comarca de los Montes dentro de una geografía más amplia con el nombre de la popular “Siberia Extremeña”, nombre alto, sonoro y significativo. Desde el castillo se pueden divisar el círculo de montañas que jalonan un paisaje acogedor que enaltece el espíritu e invita a la meditación.

Del año 1272 proviene el nombre del pueblo. Aquí se asentaron los “Templarios”, y, probablemente el nombre del pueblo  provenga del hábito de esta orden y el castillo que se constituyó en el montículo.

Entrada de la parroquia
Entrada de la parroquia

Este día ha quedado en mi memoria, transmitido de boca en boca, que llovió copiosamente en la madrugada, pero que con el alba se transformó en un día luminoso, esplendente. Mi madre fue asistida por el Doctor Seco, el practicante (hoy A. T. S.), y una vecina que hizo las veces de Comadrona. A buen seguro que a ésta y al Doctor, Dios les habrá reservado un lugar destacado en el reino de los cielos; del practicante no recuerdo nada especial, seguro que tendría virtudes. Siempre que pasaba por la puerta de mi casa saludaba y preguntaba por mí. Era una persona enjuta, bien vestida y con garrota.

Lápida dedicada al Dr. Seco en la plazoleta
Lápida dedicada al Dr. Seco en la plazoleta

En el Doctor observé, cuando ya tenía uso de razón, inteligencia, solidaridad, cultura, y una entrega a los demás poco común. En mi memoria han quedado para siempre muchas anécdotas y hechos. En Medicina era un especialista, que tal vez, si no se hubiera enamorado de la mujer más guapa y rica del pueblo─él había nacido en Cabeza del Buey (Badajoz)─, su nombre estaría esmaltado en letras de oro en Madrid, Barcelona, o quién sabe. Tenía su clínica en una “casona grandísima”, con olivar incluido. Aquí operaba con las técnicas más avanzadas por aquel entonces. Todos los días recibía revistas y más revistas, libros, cartas. El cartero se despojaba aliviado con su voz atronadora  al pronunciar “Doctor Secoooooooooooooooooo”, cuando llegaba a la mansión del médico.

En varias ocasiones me comentó que Dios estaba en deuda con él, porque no cobraba a los pobres, y al terminar una operación, una visita, eran agradecidos con la frase “que Dios se lo pague”. Tampoco cobraba a los suyos-los ricos-, sería una bajeza, ¡cómo los iba cobrar, me decía! Estos solo decían gracias, y no siempre.

Esto sí que es ser cristiano. ¡Llevamos más de 2000 años de cristianismo y se nota tan poco! Ni siquiera en los que un día se consagraron, que libremente aceptaron ser alfareros de luz cristiana, faro, se les nota, y menos, todavía, en la jerarquía eclesiástica. Ojalá me equivoque, por eso, añándanse todas las excepciones y los “versos sueltos”,  a esta opinión singular.