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Personales

Cross de la Universidad Alfonso X el Sabio

En este curso es el séptimo que se realiza; en general, los que participan son jóvenes primaverales, pero los que llevamos varios años tenemos adicción, quedamos pocos los que ya hemos cumplido años, pero contribuimos a que estos cross prosigan y crece una alegría enorme al contemplarnos con las manos o la mirada.

En una mañana propia del otoño, con mucho viento y frío, soleado, comenzamos a la hora prevista los 6 kms. del cross. Vamos avanzando en las formas: salimos juntos mujeres y hombres; esta modalidad ya lo solíamos comentar al finalizar las carreras hace años: por el momento, solo algunas universidades han entendido los motivos; no tenía sentido la división y la espera a que terminaran «las chicas» (término común que se oía por mujeres), El paisaje, aun siendo distinto, te anima a que continúes y saques fuerza de voluntad, primordial en el atletismo. Me sorprendió que solo participaran 204 personas; por cierto, como siempre abundaron más los populares que los / las universitarios. El próximo será el día 26 en el CEU. Me lo perderé porque participo en la carrera más antigua de España, en Barcelona: Jean Bouin, la 99. Será el día 27 de este mes de noviembre.

Poesía

Ray Bradbury: Poesía completa

En los años setenta se observa en el escritor un cambio que le lleva a adentrarse más en la creación poética; entiende que para recoger la esencia de las cosas la poesía le engrandece. Los poemas son un salto vivificador con una amplia mirada enriquecedora.

«Esta edición bilingüe reúne por primera vez en español los cinco poemarios publicados por el autor e incluye un Apéndice con poemas que no figuran en los volúmenes de su poesía». Todo esto suma 1058 páginas, de las cuales 173 corresponden a una prolija y detallada introducción de don Jesús Isaías Gómez López. El primer poemario data de 1973, el segundo de 1977, el tercero de 1979, y el último de 1987. Estamos ante 176 poemas y sumados los del Apéndice (últimos poemas) son en total 196. No sé si como aconseja el editor es mejor leerlos seguidos para un mayor disfrute de la poesía ( «resulta aconsejable leerla y disfrutarla en su conjunto, pues es como mejor inunda y siembra de ideas la mente del lector», pág.45).Libertad, por tanto, pero lo primordial es leer la poesía completa, para finalmente hacer una reflexión en qué nos ha servido para nuestra forma de vivir o simplemente para ahondar en nuestra mente.

El «vive eternamente», como apunta el editor, reverbera en unos versos sencillos con una lengua actual que la hace más cercana, mejor entendida desde «Remembrance hasta «Hamlet Remenbrance». En el primero, el recuerdo se hace vida ( «An saw the house where I was born / and grown and had my endless days») después de cuarenta años. Su vuelta, lleno de ternura, en ese mirar detenidamente los lugares en los que disfrutó en sus correrías. Su pasado se hace presente. Vuelve al lugar para eternizarlo y permanezca. El último verso repetido abarca todo su ser («I remember you / I remember you»). Y en «Hamlet Remembrance» el recuerdo de Dios y todo lo que rodea a la divinidad se hace actualidad al evocar al personaje Hamlet (Why, God´s dear Joseph ´s Son..). La trama en la corte se hace realidad y conmueve al lector entre el fantasma interior que surge para aclararnos el asesinato y la causa de lo sucedido. La actualidad, o no, depende de quién lo lea y comprenda en el siglo que viva.

El proceso creativo de Ray también se desdibuja con otra mirada, con otro yo para cimentar recuerdos, amistades o simplemente otear otro existencialismo que siente cercano, incluida esa espiritualidad que supura y que no necesariamente tiene que estar cercana a la religiosidad, pero que sí aletea lo fantástico, lo onírico o más en concreto la dualidad ciencia-ficción., pero en el fondo va a la búsqueda de la interioridad de la persona. La ilusión de pensar, de crear le hace más humano, más inteligente, como ser que está cercano a la idea de Dios, aquí reside la esperanza en que no podemos morir, que vamos de paso a otro recinto superior; es esto lo que nos salva de perecer.

El extenso poema «Christ old student in a new school» no parece tan liberador; es más, te sucumbe y quizá la esperanza del cristiano se desvanece; la imaginación del poeta ha ido demasiado lejos aunque la ciencia logre escalar hacia otra galaxia y halle el rostro de Dios y sea otro tú que ha emergido y ya no tiene que sufrir ni dar cuentas a nadie. Ante el sufrimiento, hecho realidad, el «No more» repetido tres veces se adueña de la persona para que pare ya.. Y así, verso a verso, se nos recuerda lo que se aprende en el cristianismo hasta convertirnos en otras formas de vivir hasta conseguir el todo en que se ha soñado, y «Erase all mortal ends…» en el penúltimo verso. El hacedor y el soñador se hermanan.

A parte de recordarnos a dos escritores universales en «A poem written on learning that Shakespeare and Cervantes both on the same day», me ha llamado la atención, parece como si la religión no le abandonase, el poema, también extenso «Christus Apolo. A cantata celebrating the eighth day of creation and the promise of the ninth» en el que los siete días están depositados en la memoria de las personas, como inmersos, para que nuestro viaje no se tuerza, y en el octavo día celebremos la Navidad como se merece; para recordamos el noveno que «will show us forth in light and wild surnise / upon an even further shore». La repetición de la Navidad -no solo en este poema, por ejemplo, la de Dublín, 1953- como luz y oscuridad nos hace más sensibles ante la eternidad. En la época de la Navidad nos avisa de que el mañana se puede vestir de hermosura, que son días sagrados para conocerse mejor y alcanzar lo inefable, lo que no está escrito para aunarse en otra vida que no se conoce que termine. Es la nueva Navidad fuera de la tierra ( «It is the Time of Going Away. …Which is Forever ´s Celebration!). Lo que es más difícil de entender es el posicionamiento del poeta al otorgar una cierta divinidad a las personas como si fuéramos una parte esencial de lo que llamamos el «Ser Superior» (Dios). ¿Realmente la inmortalidad, como defiende Bradbury, reside en las personas que nacen, de otros/as, o no va más allá de nuestra descendencia? Aquí, que yo sepa, la inteligencia con hechos concretos no se nos avecina, o por lo menos yo no lo alcanzo, solo; quizá la fe, nos puede sacar de esa idea, pero la fe es un don que Dios otorga como aprendimos en el catecismo, al menos en el cristianismo.

Toda una poesía que se yergue en un tiempo para la meditación,introspección de quiénes somos y qué hacemos en este planeta a la espera de fundirnos eternamente.

Bradbuy, R., Poesía completa. Madrid, Cátedra, 2013, 1058 págs.

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Personales

XXVII Cross universitario del Rector de la U. Nebrija

Con ilusión, la mañana del sábado, nos dimos cita para participar, un año más, en uno de los cross más emblemáticos en el umbral de la sierra madrileña; con llovizna y frío íbamos llegando para recoger el número de dorsal y la camiseta; casi doscientos estudiantes y personas que ya hemos cumplido esa etapa, pero con el anhelo juvenil de proseguir estas carreras llenas de gozo, de primavera. Me sorprendió que este curso no hubiera más gente; tal vez la distancia -La Berzosa- o la esperada lluvia.

A la hora prevista, tanto mujeres como hombres, aunque en este cross ellas salieron primero -en el de la universidad de Comillas se salió juntos- y casi ya sin llovizna que nos respetó hasta que el último corredor llegó a meta, se comenzó con la alegría que se deposita en la mente; al final, cayó una fuerte nube, y más tarde el sol. No podía faltar el entorno paradisíaco esmaltado de hierbas, jaras, tomillos, encinas (en castúo carrascos), etc., y ese aire purificador que nos acompañó en todo momento y nos embriagó con ese olor placentero que deslizaba la conjunción de la humedad de la tierra, las plantas y árboles, en el que predominó, sobre todo, el de las húmedas jaras. Mi más sincera enhorabuena por la organización y el respeto entre las personas.

Poesía

«In memoriam» y otros poemas

Probablemente Alfred Lord Tennyson sea el poeta inglés de más prestigio de su tiempo. Laureado por la reina Victoria en 1850 nos dejó una obra en la que la poesía y la música constituían la esencia de sus pensamientos.

La elegía a su amigo ha pasado a la historia como lo majestuoso, como el alarido sentimental de algo que perdió, de ahí que perviva («y es cierto que murió antes de lo debido / este amigo querido que ahora vive en Dios»).

Ahora tenemos en edición bilingüe la primera traducción al castellano. La hermosura y hondura con que nos imbuimos en sus versos toman más prestigio, si cabe, con «In memoriam». Es más, tal vez, lo que nos recuerde al poeta sin que el resto de poesía desmerezca. Poco importa si su poesía excelsa está a la altura de otras elegías memorables; lo primordial es que nos sirva de acicate en el camino que hemos emprendido para ser feliz, que en el fondo es un deseo del poeta: «¡Pues levántate entonces, oh mañana feliz, /oh sagrada mañana, levántate de nuevo! / Y saca de la noche el día alegre; / y Tú oh Padre nuestro, roza el este: habrá luz, /la misma luz que hubo al nacer la Esperanza». Sin esperanza la vida se desvanece. Y si algo nos perturba-bien como premio o denuesto-, rehúyelo («Tú solamente sigue y escribe lo que quieras»). El verso de Pushkin me viene a la memoria: «Recibe con indiferencia el loor y la calumnia/ y no discutas con el necio». Sin duda, el poeta debió contravenirse si sus versos no caían en tierra abonada. Pero, también, nos consta de que se sintió feliz cuando su impresionante «In memoriam» fue leída y bien recibida en vida. El hecho de que parte de la crítica le considerara como » el poeta de la nación» y que esté enterrado en la abadía de Westminster es lo máximo a lo que podía llegar; el entorno con otra pléyade de poetas gloriosos favorece a la extensión de su poesía. Inglaterra acoge así a sus poetas, y esto la engrandece; todos los días colas inmensas rinden homenaje, se postran ante la abadía, venidos de cualquier parte del mundo, a reverdecer a los que un día sintieron la poesía como vida.

Aunque a Tennyson no solo se le conoce por «In memoriam», este es el gran poema con el que se le recuerda por su plenitud significativa y profundidad, sin que disminuyan otros poemas como apunta el editor. Poco importa que no lo concibiera como unitario y que fuera escribiéndolos con el tiempo. Lo que sí se desprende, una vez leído es que tenía un destinatario: » el recuerdo personal de su gran amigo, que iba a casarse con su hermana y murió unos días antes en Viena», pág.35. La intensidad divina que desprende nos hace pensar que unió tierra/ cielo y de ahí esa majestuosidad, (» y una fuerza lejana y ya divina / a la cual se somete la Creación»).

Sorprende que el editor, en el apartado «Sus contemporáneos: el viaje de la poesía victoriana» aluda entre otros a Robert Browing y no a Elzabett Barrett con su impresiónate Aurora Leigh, cuando el consenso de la crítica más exigente ha dictado que es la poeta en lengua inglesa más importante del siglo XIX. La luz poética no se apaga, emerge sin más. Y la de Elizabeth ha prendido como una luciérnaga, como cirio perenne. Y ahí está, en el mismo pedestal que los Chaucer, Shakespeare, Milton, Wordsworth, Keats, Byron, Blake, Emily Brönte. Esto no quita a su breve, pero acertada simbiosis y acercamiento, al ámbito de la poesía y su posterior difusión. No hay dudas del esfuerzo por dar a conocer a un poeta lleno de ese soplo de espiritualidad tan necesario en el que el materialismo se encarga de destruir la naturaleza; el ser humano no es capaz de entenderlo, de ahí que el espíritu de los poetas sea tan necesario cuando nos lo recuerdan.

Casi al final de su vida escribe otra perla poética; en esta ocasión breve, que se publicó en 1889: Crossing the Bar (Cruzando la escollera), Es el sentimiento que tiene de que el fin está pronto, pero en el que anida una cierta esperanza en el más allá («Porque, aunque de nuestro espacio y tiempo / me arranque la marea, / confío en ver la cara a mi Piloto, / pasada la escollera»). Y no habrá tristeza porque su tiempo es cumplido («Y ya no habrá lamento en la escollera / cuando hacia la mar salga»). Y entereza («No habrá pesadumbre del adiós acaso / cuando haya de embarcar»). Como contraste, o a mí me lo parece, nos trae a colación el juicio de T.S. Eliot sobre su poesía, en la que sobresalía «no por la calidad de su fe, sino por la calidad de su duda», pág.13. Poco importa, su poesía nos eleva, y fe-duda están en el mismo campo semántico de que no conocemos por qué estamos y adónde nos dirigimos. Otro poeta como Brines nos recuerda en «La última costa» la incertidumbre con que acoge en barcaza, barco y barca al gentío con distintas apreciaciones, que resumen con el último verso: «en el viaje aquel de todos a la niebla».

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Ensayo

El fracaso de un cristiano

El Otro Herrera Oria

En la contraportada del libro leemos: «He aquí un libro de filosofía política de la religión que estudia la tendencia intelectual dominante en la sociedad española…». Don Agapito Maestre, catedrático de Filosofía, se empeña en este ensayo en que Herrera Oria «sea aún actual». Con esta premisa se adentra en la sociedad española de hoy; antes de comenzar el desarrollo, se vale de dos citas; una del Nuevo Testamento (San Mateo, 23, 28-33): «Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad»…; y la otra de Teresa de Jesús: ¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo….».

Doscientas cincuenta y siete páginas coronan su pensamiento, que divide en Introducción («Por qué escribo sobre Herrera Oria»), cinco capítulos ( «Por qué está mal visto un cristiano». «Herrera y sus coetáneos» «Herrera y dos cristianos». «Herrera, Laín y Ortega». «Fracasos cercanos»). Despedida.

En la Introducción se nos advierte de que estamos ante la primera parte («de una investigación más extensa sobre los avatares políticos e institucionales de Herrera en la España de la República y de Franco», pág. 19). Y en todo su desarrollo prima la idea herreriana de ser buenos ciudadanos en la que vida y obra deben constituir la base de un buen cristiano como enalteció el cardenal hasta su muerte en 1968. Para poder entender en todos sus términos el adjetivo «fracaso» que ya aparece en el título hay que leerse todo el ensayo y aun así siempre tendremos dudas porque el bien que debe subyacer en una persona cristiana debe florecer en todo momento y lugar, incluso entre las más grandes dificultades, y más cuando parte de la expresión que Herrera Oria fue «un hombre de acción dentro de la Iglesia católica», pág.18. Además, don Agapito, nos recuerda la divisa pro bono comuni » que figuró en el frontispicio editorial de su Escuela de Ciudadanía Cristiana». Bien es cierto que lo explica-lo de «fracaso»- con nitidez cuando saca a relucir la democracia cristiana en la política europea («Su fracaso en España dice mucho del fracaso de Herrera, pero, sobre todo, explica desde la Segunda República hasta nuestros días, uno de los fracasos más rotundos de la democracia», pág. 19).

Con la expresión «acción, no lamentos», el autor saca la daga para llamar la atención a los pasivos, a los que contemplan pero no actúan en la vida política actual : «o se participa en la política o se renuncia a ella» . Aquí el problema radica en la acción si renuncias; para el autor es nítida: «acción cristiana en el mundo»,pág.20. Fácil de entender, pero puede haber otros caminos que no estén en esa dualidad, y de hecho es así. El cristiano debe ser luz, más allá de esas conjeturas. Otra cosa es si es imposible comprender a Herrera «sin pasar por su concepción política del hombre cristiano», pág.22, como sostiene el Dr. Agapito. Es difícil, también, mantener que «la modernidad no podía entenderse sin el cristianismo». Sí parece consecuente situarlo «en los pliegues de la libertad cristiana, que es a un tiempo histórica y sobrenatural». Ahí sí se puede encuadrar la figura egregia de Herrera Oria. La introducción termina con un pensamiento de Ortega y Gasset que está en consonancia con lo que el autor del ensayo viene manteniendo.

El título con que encabeza el capítulo primero, me sorprende; ¿está seguro el autor que la expresión «Por qué está mal visto un cristiano? es orillado, o es que los que creemos o los que se aprovechan del adjetivo no lo son? He ahí el dilema. Muchos cristianos dan testimonio sin que lo digan, ni tampoco tienen miedo a ese señalamiento; es más, son luciérnagas en la noche oscura del sin sentido o de la maldad. Otra cosa es si el autor se refiere a los políticos por su falta de valentía a la hora de afrontar los problemas cotidianos con «esa desastrosa vagancia», pág. 35. Percibo que es lo que siente el autor, sobre todo al enfocar enseñanza-cristianismo con frases rotundas, algunas difíciles de comprender en el siglo XXI y que están lejos de la base de un cristiano. Con nitidez y fuerza estilística de nuevo repite que la vida y la obra de Herrera Oria (….) «ha sido un completo fracaso». No olvidemos que toda exageración es perniciosa, y si lo que se pretende es que el cristianismo se extienda, esas expresiones duras caerán en tierra pedregosa.

Con «Herrera y sus coetáneos» (Herrera y Azaña. Herrera y Luca de Tena. Herrera y Gil Robles), el autor se lanza vertiginosamente a ideas que pueden herir la sensibilidad de algunas personas-quizá historiadores-. que lo observan con otra amplitud de miras, no solo por expresiones «del tosco socialismo español y del catolicismo integrista monárquico», pág. 56. Sus palabras, como «sectario y dueño material de la Segunda República», «inteligencia arrogante de Azaña», «soberbia totalitaria», «arrogante, despreciativo, cínico», se repiten en las doce páginas hasta la saciedad; son demasiado atrevidas para poder entender unos años convulsos, y más sin que se aluda a su oratoria, a sus ensayos literarios o El jardín de los frailes por poner un ejemplo. Sin que tampoco se aluda a «paz, perdón, piedad».

Lo de Luca de Tena también raya lo insólito al describirlo como propagandista: «siempre, en todos los momentos y ocasiones de su fecunda vida», pág. 82. El buen hacer de Herrera, sin embargo, se percibe; dice a Luca de Tena que es una necesidad «de que acate el nuevo régimen», pág.83. En cuanto a Gil Robles y su relación con Herrera «constituye todo un apartado de la historiografía contemporánea». Dos personas frente a frente; uno, defendiendo a ultranza «el tradicionalismo monárquico»; el otro «el cristianismo» por encima de todo como base de una formación íntegra más allá de los avatares políticos. No podía faltar en el libro la exaltación y defensa de Ortega y Gasset con ahínco, arremetiendo contra todos los que le criticaron en un momento dado; don Agapito saca, de nuevo, el palo intelectual y los aparta de lo que no sea exaltación. Tampoco sale bien parado Bergamín al recordarle » una incapacidad resentida para circunstanciar la vida de un hombre en un acontecer histórico y político». Se refiere a un artículo de Bergamín en contra de Herrera, » por ser una mal cristiano y un peor ciudadano». Herrera por encima del bien y del mal, y los obstáculos son debidos a la falta de «vigor intelectual en los seguidores de Herrera». Más confusión, si cabe, es la relación Herrera- Zubiri. El ensayista lo plantea así: ¿»por qué fue menos que imposible un entendimiento entre Herrera y Zubiri, o mejor, entre la democracia cristiana de Herrera y el liberalismo de Zubiri?». Muchas conjeturas se podían plantear sin que al final distingamos la verdadera luz. Aun así, el Dr. Agapito, da un salto y recoge del camino a Laín Entralgo, humanista y el todopoderoso cultural de una época determinada, » un pozo sin fondo para saber quién es de verdad Herrera» pág. 143. Y remacha con la autocrítica de Laín, «para hacerse cargo de la incomprensión, al fin, el fracaso que el discurso y la acción de Herrera tuvieron entre los intelectuales». En esta situación no podía faltar el ensayo España como problema con esa tríada: «la tradicional, la revolucionaria y la sufrida» . Los nombres de Aranguren, Valverde, Ortega, Calvo Serer, Tovar, Ruiz Jiménez, Araquistáin pueblan unas páginas que hay que leer con sosiego porque se agolpan muchos rincones oscuros detrás de los nombrados. La dualidad Herrera/Ortega se presenta como distante. La síntesis de ambos pensamientos chocó, y a estas alturas del siglo XXI dudo que se puedan plasmar por el antagonismo que subyace.

Al final del ensayo no podía faltar, otra vez, el adjetivo fracaso; todo gira alrededor; además de «totalitario», quizá demasiadas veces, y todos con un sesgo que desdice de la impronta cristiana que al fin y al cabo es lo que intenta hacernos ver. Y termina con el fracaso periodístico de Herrera : «El día en que la Editorial Católica vendió el diario YA se rubricó el principal fracaso de Herrera Oria en la democracia española», pág. 245. Otra forma de periodismo porque ya no vendía: distintas y difíciles serían las causas. En su «Despedida» vuelve a recordarnos el adjetivo fracaso por si lo hubiéramos olvidado. Fuera de lugar o demasiado bélico que nos apabulla con expresiones como «que convierte las virtudes cristianas en algo indecente», o que «excluye al cristiano de la vida pública», de ahí que «Herrera Oria sea aún actual». Parece como si al autor quisiera mostrarnos su enfado por demasiadas cosas que observa. y finalmente recurre al dístico poético de Rilke que puede entenderse de diversas maneras:

¿Quién habla de victorias?

Sobreponerse es todo».

Paz y buena tarde. Después de estar en suspenso con la lectura es el mejor sosiego.


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