Novela

Una novela sorprendente: Nada de Janne Teller

Lectura a lo lejos y reflexión tardía para que quede esmaltada  en la memoria. Estas ideas fueron escritas en su momento que ahora recupero. Después de un día aciago, lunes, ya desde primera hora, no mucho después, una compañera me dice que lea Nada de Janne Teller para que me refugiara en su lectura como antídoto-mucho mejor,dijo, que una placentera conversación- para que luego la cena  sea enriquecedora sin que supiera el motivo, pero que sí se reflejaba en el rostro.

El libro comienza con la frase “Nada importa”, todo un testamento viviente. ¿Entonces por qué nos preocupamos tanto de los desencuentros si no conducen nada más que a cáscara amarga? He ahí el dilema. El decir que después el reencuentro nos hace más comprensibles y se agiganta la amistad es una simpleza, aunque revista certeza; pero, sí nos despoja de todo y nos creemos que todo pasó, que son florecillas del camino que se marchitan. La pregunta es inquietante, pero, las personas ¿ necesitamos esas vivencias que nos sobrecogen?

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La novela desde 1939 a los años setenta

La guerra trajo desolación, hambre, separación, tristeza. La cultura se vio cercenada. Este corte brusco repercutió de manera capital en los géneros literarios.

 Los inicios de la novela de los años posteriores a la guerra están marcados por el ambiente miserable y de opresión como consecuencia de los hechos acontecidos en 1936-39.  Aunque se intenta renovarla, sin embargo, algunos  continúan con lo que se ha denominado “estilo barojiano”; pero hay una serie de novelas que sobresalen por encima de todas que son: La familia de Pascual Duarte (1942)de C. J. Cela, La fiel infantería  de García Serrano, Golpe de Estado de Guadalupe Limón (1946), Javier Mariño(1943) de Torrente Ballester, Nada (1945) de Carmen Laforet, Mariona Rebull de I. Agustí, La sombra del ciprés es  alargada (1948) de Miguel Delibes, La quiebra (1947) de Juan Antonio Zunzunegui, este más con la necesidad de imprimir una regeneración de  ideas con esa escritura a borbotones, pero precisa.

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¿Cómo se puede llamar Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?

Este aserto fue escrito por Juan Ramón Jiménez en la revista Ínsula.

Nada de Carmen Laforet está inserta en la novela de posguerra de la década de los cuarenta, juntamente con La familia de Pascual Duarte ( Cela), Mariona Rebull (I. Agustí), La sombra del ciprés es alargada (M. Delibes), La fiel infantería (García Serrano), Javier Mariño (Torrente Ballester).

Hoy,  está considerada como la mejor de la década de los cuarenta por su acierto a la hora de recoger algunos de los aspectos de los días posteriores a la guerra de 1936, hasta tal punto que siempre nos viene a la memoria, en primer lugar, esta novela, que fue el primer premio Eugenio Nadal (1944), por tres votos contra dos. Su primera edición es de mayo de 1945.

La novela comienza con la llegada del personaje fundamental a la estación de ferrocarril de Barcelona, a medianoche, sin que nadie la espere. La voz narradora es la de Andrea, que llega a estudiar una carrera y se hospeda en casa de sus tíos.  Su alegría por llegar a una gran ciudad choca con el ambiente mortecino y de soledad que se respira; tal vez, nos esté describiendo la cruda realidad de la posguerra. Termina con otra alegría para Andrea, después de tantos sinsabores; su marcha a Madrid es una liberación. La calle Aribau, sólo va a ser un recuerdo. Emprenderá otra vida, en otro lugar, en el que encuentre la plenitud existencial que tanto anheló.

El mundo descrito nos parece anormal por esas confrontaciones y conflictos con que se desenvuelven los personajes. El mundo estudiantil sirve como contrapunto a lo que ocurre en la casa de la calle Aribau; el conflicto de generaciones es nítido. La tortura diaria entre los que habitan la casa nos hace pensar en un infierno ante tanta discordia llena de un dolor íntimo que les aflige.

El tremendismo surge, precisamente, por estas relaciones que producen hastío, por eso pensamos que lo sicológico y existencial son envolventes. La protagonista es testigo de unos acontecimientos que evoca con una gran riqueza de matices, y si bien parece que late un  pesimismo por las escenas que presencia con un vacío desolador; sin embargo, al final nos damos cuenta que existe un ventanal, una luz para que ese tremendismo descrito se convierta en aire purificador, de ahí que la novela tenga un carácter abierto con su marcha a Madrid, y abandone el infierno en el que moraba.

Estilísticamente, es sencilla, de estructura lineal, y el tiempo transcurrido es de un año. El espacio se desarrolla por las calles de Barcelona,  la universidad, y la casa familiar. La dicotomía libertad-opresión es transparente; ésta con más abundancia porque los hechos narrados se entretienen más en el ámbito cerrado de la casa. También hay que añadir que es la primera novela de grupo, de protagonista colectivo.

Quizá lo más innovador estribe en que deja al lector/a para que construya sus pensamientos, por eso se considera una novela abierta; la narradora nos facilita la estructura, pero con muchas aristas libres. Precisamente es uno de los aspectos que resalta, amén de la fuerza de los personajes, más allá de que, simbólicamente, quizá, la calle Aribau represente la gran tragedia de 1936, como nos ha recordado, en varias ocasiones, el novelista Miguel Delibes.

Una de las escenas que más me ha llamado la atención es la ducha fría (“¡Qué alivio el agua helada sobre mi cuerpo!”) con la que Andrea se despoja de ese calor húmedo con que  la ciudad la ha contagiado a su llegada, así como la suciedad de la casa (“aquellas paredes sucias, de puntillas sobre la roñosa bañera de porcelana”). Tampoco puedo olvidar la despedida de su tía Angustias al hacerle en la frente la señal de la cruz, también “y la abuela me abrazó con ternura. Sentí palpitar su corazón como un animalillo contra mi pecho”. Todo un síntoma de acontecimientos venideros.