Poesía

Pureza (Juan Ramón Jiménez)

Cuarenta y seis poemas en este libro inédito ven luz para que nos sirva de faro en momentos en los que queramos hacer una introspección en este caminar incierto; aunque fue escrito en 1912, Juan Ramon siempre con esa obsesión que tanto le preocupó: el alma («Alma, ¿hasta dónde / llegarás, muerto yo? Todo un alarde de esas galerías que nos recuerdan la existencia, el aire que respiramos.

Como bien nos advierte la editora solo diecinueve son inéditos. La división que hizo el poeta en tres partes: Amaneceres («¿Amanece en la tierra / , o amanece en mi vida? / ¿De dónde es la pureza / primera de este día?»? DesveloFría es la noche y pura. / La luna, limpia, albea / oblicuamente la pared») y TardesLa hermosura de la tarde / me ha herido en el corazón. ¡No puedo más. aquí estoy, / caído, muerto de amor») nos invita a pensar en el paso del tiempo, obsesión constante en su poesía. A esto debemos añadir pureza, perfección suma, jalonada por la verdad y belleza. Y algo esencial que incorporó para siempre: primavera, como compañera inseparable del alma. Fue la fuerza de su espléndida poesía que tanto se ha encumbrado en todo tiempo y lugar (¡»poesía / desnuda, mía para siempre!», como grito excelso). Es un canto a la vida, la única que vence a la muerte.

El proceso creador de Juan Ramón Jiménez ha servido para generaciones de poetas, sobre todo para la llamada Generación del 27. Desde que la crítica considera la primera época como esencial para el resto de su obra, el poeta ha sabido fundir naturaleza con vida; forma parte de un estímulo para su poesía. Recordemos en su época de madurez los versos de Piedra y cielo : «El viento agudo roza / las ascuas de mis ojos / y los aviva, una y otra vez, / como soles de sangre» . En este caso solo un elemento de la naturaleza: «viento».

Amaneceres consta de dieciocho poemas; en el primero, una evocación al otoño (…»¡Oh, dulce escalofrío! / Cómo del corazón y la arboleda / cae, mudo, el rocío, / cual un líquido sueño de oro y seda!»). El último, termina con («Luego, en agrestes / blanduras invernales que salen a un poniente idealizado»). Ahora, son los rosales con mutación incluida que contrasta con el final, con el ocaso del tiempo. La imagen no se nos escapa y más cuando el poeta recurre el adjetivo idealizado.

Desvelo comienza con el poema Preludio («¿Es que aquí mueren / las músicas del mundo de esta noche / de primavera?». Esta parte va del 19 al 35. Se nos advierte de que el poeta está como desvelado para describirnos los elementos que le distraen o forman parte de su compañía. Todo gira ante ese desvelo en el que encuentra paz, sosiego; hasta se percata del visillo: «El visillo, / en la quietud augusta y el silencio / de la tranquila madrugada, / se mueve, dulce, al aire vago…». O la precisión de la madrugada: «Fría es la noche y pura». Termina con el poema Primer amor divino como entrega, como algo inherente en su alma: «Y ya él estaba tras el mar. / ¡Primer amor divino! Es la desnudez eterna, algo que el poeta resalta en todo momento en su poesía.

Tardes comprende siete poemas. Siente algo como propio. Y en el primero, Víspera, resalta: ¡Hora morada y profunda / áurea y roja de cálidos luceros! Ahora es cuando al final el poeta se halla en todo: en el canto, luz, sombra, vuelo, agua, fronda, que va a cantar eternamente. Me siento, vivo, eterno. Huelo, celestemente, a rosa.

Los poemas finales afloran un poeta enamorado, enardecido por ese sentimiento amoroso que anida en su corazón («Me tendiste la mano-tú que tantas / veces habías sido mía- / y tus ojos nadaban / en lágrimas ardientes e infinitas»). («Mi sangre se une a la sangre / de un ocaso de pasión, No puedo más. Aquí estoy / -no estoy- muerto de amor»). («Dentro, en un vago escalofrío, / mi corazón, sombrío, / espera). Todo entresacado de los tres últimos poemas con ese hálito amoroso que siente con la naturaleza y el cuerpo de mujer la entrega total, el ansia de fundirse, de ser uno para siempre.

Como coda, la editora, con buen criterio, añade con el título de Anexos cuatro poemas hasta completar los cuarenta y seis («Lirismo», «Paisaje», «Nochebuena», «Nido del pobre»), además de un Apéndice: Notas al corpus de textos de Pureza. A buen seguro que a los/as lectores les servirá como apoyatura para una mayor comprensión del libro.

A veces no se ha dado o no se ha insistido en el carácter religioso de algunos poemas en que el poeta se desnuda, se adentra en ese espíritu que revolotea, pero que con acierto la editora lo trae a colación. En Amaneceres la religiosidad, la espiritualidad prende en el corazón del poeta ( «Noche celeste y clara / que has visto nacido el niño, / noche batida de alas / blancas, dame la fe que necesito, / fe ciega, que no vuelvas atrás un solo paso / por el sendero en flor de lo divino»). En Desvelo, el poema Adviento termina con los nítidos versos: ¡Señor del cielo, nace / esta vez en mi alma! En La una: ¡Mi alma, Señor, está despierta, / y hacia ti, blanca y limpia, se levanta! Otra vez con el mismo título de Adviento como en Amaneceres resuena esa espiritualidad: » Todos duermen. Yo velo. Duerme tú, / duerme mi Jesús, duerme niño mío (…) Mi alma es toda, tuya«. O en Alma pura: «¡Oh Dios resplandeciente! / Todo primaveral, muero y siento / menos el alma mía!

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Jiménez, Juan Ramón, Pureza, Madrid. Cátedra, 2022

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Personales

From London to «Hoz del Huécar» (Cuenca)

Después de tanto tiempo a la espera, conseguí correr por el centro de Londres el 2 de mayo de 2022; lo emblemático de la capital de Inglaterra, mucho tiempo después, no me pareció que había cambiado tanto; recordaba todo tal y como lo observé en la época estudiantil; así, fui disfrutando con cada pisada en la carrera «Vitality»; solo me sorprendió que en Trafalgar Square no hubiera más gente; mi recuerdo era como un hormigueo de personas y sobre todo música y aquellos jóvenes «hippys» ataviados con ropas con combinaciones de colores que llamaban la atención e instrumentos que hacían felices a los transeúntes y a los que se sentaban, sin más, alrededor de la estatua del almirante Nelson; y al lado, como en presidencia, la National Gallery. Era como un descanso en un Londres ruidoso. Allí se juntaba el famoso grupo «Hare Krishna» (con perdón si no se escribe así y si son aquellos grupos que proliferaron y ventearon un canto a la naturaleza y a la paz; al menos es lo que recuerdo; al parecer nacieron en Nueva York en los años sesenta, pero prendieron en Europa). Creo que en Europa ha desaparecido pero ha renacido en hispanoamérica-tampoco tengo certezas-. Simplemente son recuerdos de una época que viví, nada más.

Mi entrenamiento, a diario, en la semana que estuve, en el H.Park pervivirá para siempre en la memoria como algo placentero; me congratuló, ya a las seis de la mañana, ver a personas practicando atletismo desde mi ventana del hotel; intenté imitarlos y a las seis y cuarto también correteaba por ese inmenso parque con un amplio lago en el que sobresalían cabezas de personas bañándose a la misma hora. Me vine con la idea de volver.

Tras Londres, la «Hoz del Huécar», una de las maravillas de la naturaleza. Ya estábamos los corredores deseando que se plasmara por escrito la vuelta a la «Hoz». La última fue el día 16 de junio de 2019; dos años sin ascender a los cielos conquenses; es una de las carreras, juntamente con las que se celebran en el País Vasco-sobre todo la «Behobia»-, en las que me encuentro más contento y siempre pendiente de la fecha. Es como una celebración.

Por los motivos que sean, si comparamos la media de los que participan para subir por estas cumbres, este 22 de mayo calculo que solo nos hemos dado cita la mitad. Da igual el número, en las caras observé esa alegría que surge de los que el atletismo es una constante. Me vienen a la memoria algunas anécdotas como esos dos padres jóvenes que corrieron la «Hoz» con el carro y el niño/a dentro. Y hablar de Cuenca es traer a colación al poeta Federico Muelas; ahí va el primer cuarteto de su famosísimo soneto:

Alzada en limpia sinrazón altiva
–pedestal de crepúsculos soñados–,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?

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Novela

Juliette o Las prosperidades del vicio

Ya en los estudios de bachillerato el profesor dejaba caer algunas espigas de De Sade, sin más, pero a esa edad piensas qué habrá detrás de este escritor que se rebela de lo humano y divino; simplemente lo hacía para que tuviéramos en cuenta que existían escritores en los que se mezclaba el ateísmo, la filosofía y la pornografía. Por los motivos que fuere de este escritor no hicimos comentarios de textos siendo el emblema de los estudios literarios en sus clases, aparte de la declamación de poemas. Nunca nos dictó en clase para que aprendiéramos las obras y autores; para él lo fundamental era la lectura de las obras, los debates y si el texto tenía sentido y nos ayudaba para la vida. Mucho tiempo después me dije que tenía que leer esas obras magistrales para unos y denigratorias para otros. Sentí un cierto regocijo cuando me entero de que la editorial Cátedra había publicado hace unos días Juliette o Las prosperidades del vicio de D.A.F. De Sade. Me dije: pues este es el momento de la lectura como huida de tanto ruido en estos días convulsos y ver si hay diferencias con la otra obra estandarte, Justine o los infortunios de la virtud. Tal vez, por naturaleza, nos decantamos por lo prohibido.

A pesar de que la crítica discrepa en cuanto a su publicación, parece que según la editora la obra de 1801, es, pues, sin ninguna duda, y a pesar de las opiniones «una nueva versión con un nuevo manuscrito». Mas allá de conjeturas lo primordial es la lectura de la obra literaria como siempre he mantenido. Pero sí nos podemos hacer la pregunta: ¿por qué el vicio es el que triunfa en la sociedad?, o simplemente por qué la ingratitud reverdece más que el agradecimiento, pensemos en el personaje galdosiano Benina en su obra Misericordia. Evidentemente son una de tantas ante las diversas cuestiones o por qué algunas personas se lanzan a detallarnos lo que parece que es oculto o no se puede manifestar. Pero tenemos un dato revelador, como altar, la mujer henchida de belleza. Sin duda no es nuevo, pero es lo que nos concierne en esta obra.

No parece lógico que el autor se burle de los que creen en Dios o practiquen la religión. Que él no crea, está también dentro de lo lógico, otra cosa sería los que se valen de Dios para cometer tropelías en su nombre, los famosos «sepulcros blanqueados»; o la rigidez moral abrasadora-incluso con el infierno- para los otros; por cierto que abundan. La opresión, en ningún caso, debe darse, y de hecho existe. Lo que no perdona el autor es cuando esa rigidez proviene de los que un día se consagraron a Dios (Papas, abades, monjas, curas, religiosos en general) y no dan ejemplo, que solo aparentan y se convierten en verdaderos profanadores de eso que predican; evidentemente de esta esfera están fuera los que dan ejemplo, más allá de la valía de esos pensamientos que defienden con su fe inquebrantable.

La superiora insta a Juliette que no se achante ante nada («procura que en el futuro tu libertinaje, sustentado en excelentes principios, pueda con descaro, como en mi caso, entregarse a todos los excesos sin remordimientos», pág. 82). De ahí que comience por la existencia de Dios como cimiento de todo. La base de todas las religiones de la tierra tienen un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos; pero nos podemos hacer la siguiente pregunta, ¿quiénes son estos y aquellos? Difícil respuesta aun teniendo limpio el corazón. Así prosigue la superiora convenciendo a Juliette de que Dios no existe. Pone como ejemplo al de los judíos y al de los cristianos, «al no haberse mostrado todavía este Dios, ni en la secta judía ni en la secta aun más despreciable de los cristianos», pág.87. Duras palabras y razonamiento dechado solo para convencer de que se rompan todas las normas provenientes de las religiones porque enfermizan las conciencias de las personas con ese Dios, «este es el ser abominable que han inventado, y en cuyos templos han hecho correr tanta sangre», pág,89.

¿Estamos ante una necesidad como consecuencia de nuestra debilidad? Si es así, las religiones también pueden ayudar a mantenerte de pie, aunque solo sea como distracción para huir del dolor, por ejemplo. Ante los razonamientos de las religiones quedas en el aire, «en verdad, de todas las religiones establecidas entre los hombres, no hay ninguna que pueda prevalecer legítimamente sobre las demás, pág.93». Pero el que tiene fe, siempre insiste, en que la suya es la verdadera, que las demás no pueden mantenerse. Y esto es lo que nos ha conducido a lo que significa «la guerra de las religiones». Impropio, sin duda, del ser humano porque en todas anida el amor fraterno como base.

Hay un pregunta de Juliette que desnuda todo ante el mosaico de Delbene que va descifrando para la no existencia de Dios: » si no hay ni Dios, ni religión, ¿quién gobierna el universo? La respuesta no se deja esperar: «su propia fuerza, y las leyes eternas de la naturaleza». E incluso la institutriz arremete contra el alma, el espíritu, porque es indemostrable. Y lo peor y escalofriante es cuando se nos narran las auténticas barbaridades que se han cometido contra las mujeres en todo tiempo y en todos los lugares por el hecho simple que quería ser feliz, sentir su cuerpo igual que el hombre; da igual que fuera cierto o no el adulterio, se la acusaba y ya tenía encima la muerte que hiere la sensibilidad de cualquier ser humano al leer cómo se producía ( las páginas 127-129 casi ni se pueden leer sin que una persona sienta escalofrío, tristeza; no puede ser que una persona puede actuar así). Ante estos hechos macabros descritos se les aconseja: «¡Oh mujeres voluptuosas y libertinas!, si estos ejemplos no sirven nada más que encenderos aún más, tal y como imagino, porque la esperanza de que el crimen es seguro es siempre un placer más para mentes cuerdas como las vuestras, escuchad mis lecciones y sacad provecho de ellas», pág.129. Hay que respirar para intentar llevar la imaginación lejos de esos hechos macabros.

Y así la narradora nos va deslizando su pensamiento que va en contra de todos los prejuicios de la sociedad fruto de la ignorancia; la manipulación se hace ver. El final de la primera parte por si había alguna duda nos recuerda, otra vez: «Mis doncellas me esperaban para darme un baño; pasé en él dos horas, otras tantas para mi arreglo y, fresca como una rosa, aparecí en la cena del ministro, más hermosa, según me aseguraron, que el astro mismo del que me habían privado unos infames canallas durante dos días, pág.244).

La estructura de la novela , como nos adelanta la editora nítidamente, tiene como base «una imitación de la del Decameron, que conoció una afortunada secuela en Francia con el Heptameron de Margarita de Navarra», pág. 26. Acierta la editora al nombrar la picaresca española ( » Las aventuras de Juliette, encadenadas una tras otras, recuerdan, cómo no, a la novela picaresca española»). Sin echar en saco roto que lo primordial de Sade es terminar con todos los prejuicios, tal vez fruto de la ignorancia y la forma de cómo se puede manipular la mente humana. El problema radica en por qué todo lo cimenta en el sexo y la libertad. Quizá se toma estas dos palabras como fruto de la prohibición de ambas, de ahí que se nos advierta constantemente que las dos están unidas en las personas y debemos desarrollarlas. Por otra parte, es difícil entender por qué detesta la procreación cuando insiste en que la mujer lo ocupa todo en el universo ; es más, está llamada a liberarnos, a cambiar las estructuras mortecinas de la sociedad que los hombres han realizado.

Según se va avanzando en las seis partes de que consta la novela, las escenas, los movimientos y el deseo carnal son más abrasadoras; el lenguaje y las imágenes que crean en la mente te hacen proseguir en la lectura; da la sensación que no tiene fin. Las últimas son claras por si había dudas: «en todo esto la única que sale malparada es la virtud», pág.1106. Las últimas expresiones son reveladoras; no nos debemos achantar ante tanta cohibición y ventea: «La verdad desvela los secretos de la naturaleza, y por mucho que tiemblen los hombres, la filosofía debe decirlo todo».

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De Sade, Juliette o Las prosperidades del vicio. Madrid, Cátedra, 2022, 1108 págs.

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Ensayo

La mirada quieta (de Pérez Galdós)

Ante el revuelo creado en los medios de comunicación de La mirada quieta(de Pérez Galdós)de Vargas Llosa, me decidí a leerlo; en principio, no leo críticas antes. Dicho esto, me sorprendió que me enterase al día siguiente por la prensa y más cuando soy socio del Ateneo y en la programación del día y del mes no aparecía. ¿ A qué se debe ese oscurantismo cuando en la «docta casa» debe primar la libertad y el respeto? ¿Fue por el autor, la editorial o la dirección del Ateneo? Leído el desarrollo de la presentación, incluidas las preguntas en la prensa del día siguiente, me hice la pregunta, ¿pero todavía se prosigue con los cambalaches, las superficialidades, lo que corre de boca en boca, lo negativo, de los que no lo han leído, lo que no está escrito del más grande escritor en lengua castellana que vieron los siglos después de Cervantes como ya la crítica más exigente lo ha plasmado y venteado urbi et orbi?

Una vez leídas las dos primeras páginas, de nuevo, me pregunté, ¿pero a qué viene todo esto si lo que se concierne es sobre Galdós? Estuve a punto de no proseguir la lectura, pero como ya el tema al que alude lo había escrito en el diario El País hace tiempo, me dije mal empezamos y quizá esto me haya condicionado su lectura. El tema a que me refiero es para recordar a su amigo novelista afincado en Cataluña (» y cuando escribe artículos políticos criticando la demagogia independentista, es convincente e inobjetable».) y echarle unas flores antes de comenzar sus ideas sobre la obra de Galdós. No creo que se tratara como dice «de una provocación», no. Era la superficialidad manifiesta que hirió la sensibilidad de millones de lectores/as, y más cuando se apoyó-sin duda, para desdecir- en un artículo publicado en El País con las primeras líneas en la portada de una gran novelista, galdosiana y ateneísta, Almudena Grandes, tan respetada en el mundo literario para escribir el suyo en El País semanal. Qué lección le dio Muñoz Molina en la forma y en el fondo en el suplemento Babelia. Ahí está el Galdós sublime.

También me ha sorprendido que no aluda a una novela que, efectivamente, no se publicó en vida, pero sí en 1984, editorial Cátedra, descubierta en la biblioteca nacional en el reverso del manuscrito de Gloria ( me refiero a Rosalía, umbral y engarce de las novelas que recibirán el nombre de «realidad contemporánea) y sí dedica unas líneas a un cuento novelado, crepuscular, inconcluyente: La sombra. Por cierto, además de los artículos que manifiesta que no ha leído, olvida también los Cuentos. Celín es una maravilla; y aunque Un industria que vive de la muerte ha pasado como cuento para quien suscribe estas líneas se puede considerar, sin lugar para la duda, un ensayo periodístico. En la relación música- industria-muerte- no cabe más perfección. Tampoco dice si leyó Correspondencia.

A pesar de que me aburre lo repetitivo del narrador que es el primer personaje que inventa un novelista y, claro, Flaubert-como si fuera el dios de la tierra-; incluso lo bautiza con más precisión en Torquemada en la cruz : «Revela una superioridad artificial y petulante del narrador sobre el personaje que no puede defenderse»; lo de novelista anticuado no sé a qué viene ya que Galdós está mas vivo que nunca, y que yo sepa lo moderno comienza con la Ilustración; si no le gusta, que no lo lea y menos que lo escriba; sin embargo, admite que escribió grandes y admirables novelas, como Fortunata y Jacinta, Misericordia, Doña Perfecta, Torquemada en la hoguera, El amigo Manso. Nada nuevo para los lectores/as y crítica.

Los Episodios Nacionales están analizados a la ligera-no olvidemos que son cuarenta y seis- y da la sensación que son así porque su discurso está bien escrito aunque no sé si bien hilvanados, me caben dudas entre los que conforman la primera serie y las series posteriores. Quizá para el lector ocioso hubiera convenido citar de cómo comienzan haciendo mención a la carta de Galdós a Clarín: «En el año 1873, escribí Trafalgar sin tener aun el plan completo de la obra; después fue saliendo lo demás. Las novelas se sucedieron de una manera…inconsciente». Y ya que cita en otro momento a Unamuno, recuerdo que el escritor vasco se valió de El amigo Manso para llegar al concepto de «nivola», y su novela Paz en la tierra tenía influencias de la tercera serie, aparte de la intrahistoria que tanto propaló el escritor vasco.

En cuanto al teatro hay que removerse de la silla para leer lo que se escribe; me aburren esos resúmenes. Vamos a ver: el teatro hay que representarlo, y es ahí donde el crítico escribe; da la sensación como si Vargas Llosa hubiera visto en el escenario las obras; por ejemplo: «Produjo mucha satisfacción entre los espectadores. Pues Voluntad se deja ver, entretiene y hace pasar un buen rato a quienes se llegan a verla». ¿Tal vez un despiste, sin más? Los argumentos de las obras teatrales son farragosos y repetitivos. Por cierto, ya que define a Pardo Bazán como «diablillo lujurioso», le recuerdo lo que escribió sobre el valor de innovación: «La verdadera novedad del drama de Galdós consiste (,,,) en abrir puertas al realismo en la forma y al pensamiento filosófico en el fondo, uniendo a mayor suma de verdad ese sentido de la vida humana que se revela en un momento supremo y la marca para siempre con un trazo de luz o un estigma de miseria y pequeñez».

Sinceramente es inadmisible que su crítica se valga de frases, sin más, como en Mariucha: «obrita simpática y está bastante bien escrita»; de La fiera: «una obra muy menor»; de La de San Quintín: «la obrita pasó sin pena ni gloria ante el público»; de El abuelo : «no dejó huella importante en el público que acudió al teatro»; Alma y Ciencia: «infortunado título»; Alceste : los espectadores siempre sienten al terminar aquella una sensación de algo forzado y lejano»; Gerona : mi impresión es que está bien hecha». Y así, obra tras obra, va dejando ideas sin que se refleje un análisis riguroso de lo que representó el teatro a principios de siglo; tengo la impresión de que ha leído poco o nada de los artículos, ensayos, congresos que han desbrozado el teatro de Galdós. Sin duda es lo peor de su libro.

Queramos o no, Galdós fue el más completo dramaturgo de su época y «uno de los primeros dramaturgos de todos los tiempos» según Pérez de Ayala en Las Máscaras; se lanzó con sus ideas a expresarlas en las tablas, sin que se entienda torpemente que fue de la barricada, y aunque sí fuera estuvo más en la contemporaneidad al ser notario del pasado, del presente y del futuro. Su teatro fue una fuente de información de la sociedad española de finales de siglo y en la primera década del siglo XX. Se ha escrito que es nuestro Ibsen; pues claro, porque entendió perfectamente su teatro realista. Sirvió a la sociedad al mostrarla desnuda. No hay que recobrarlo porque siempre ha estado. Dejémonos ya de tantos tópicos y leamos con sosiego su obra.

En tiempos convulsos, el teatro es como una ventana abierta que ilumina, que nos hace vivientes, que nos une, que nos salva de tanto atropello inane. Esta obra vivificadora- Santa Juana de Castilla- se alza como un oasis de otras teorías históricas que no pueden sostenerse por mucho que nos lo repitan, una y otra vez. El inmenso vacío con que se ha tratado al personaje histórico revive en lo literario. La necesaria ósmosis entre drama y realidad cobra todo su valor si entendemos el teatro como vida, como pensamiento que se alza en las tablas. Con estas palabras, Galdós nos lo recordó: «No hay drama más intenso que el lento agonizar de aquella infeliz viuda, cuya psicología es un profundo y tentador enigma». Con su teatro quiso poner de relieve sobre las tablas el fanatismo, la intolerancia, la incompetencia, el poder corrupto, el enfrentamiento.

Pero, cómo ha escrito el sr. Vargas Llosa que la obra de «Pérez Galdós es muy superficial». Aplíquese el adjetivo. Primero, está bien escrita; segundo es un problema que aun no se ha resuelto; sin duda, el personaje es un enigma como resalta Galdós; pero no olvide que la santifica, otros dramaturgos como Martín Recuerda la pone como un pedestal con la palabra libertad en El engañao. Incluso Martínez Mediero la eleva al considerarla como ejemplo de amor en la obra Juana del amor hermoso. Hay un hecho que no puede pasar desapercibido cuando Juana lleva en la mano Elogio de la locura de Erasmo. Esperando ya la muerte, Borja le dice: «No sois hereje, señora, en el libro de Erasmo nada se lee contrario al dogma. Lo que hay es una sátira mordaz contra los teólogos enrevesados, los canonistas insustanciales, las beatas histéricas y los predicadores truculentos que han desvirtuado la divina sencillez con artilugios retóricos». Sinceramente no sé de dónde se saca «la ideología que promueve esta obra convierte a la caridad en la manera primordial de combatir la pobreza». ¡Asombroso!, no es caridad, ¡es justicia! Al final, el Duque de Gandía pronuncia: «Ya expiró…¡Santa reina! ¡Desdichada mujer! Tú que has amado mucho sin que nadie te amase; tú que has padecido humillaciones, desvíos e ingratitudes sin que nadie endulzara tus amargores con las ternuras de la familia; tú que socorriste a los pobres y consolaste a los humildes sin vanagloriarte de ello, en el seno de Dios Nuestro Padre encontrarás la merecida recompensa». El espectador o lector/a-, no hace mucho se representó en el Ateneo de Madrid-no puede quedar indiferente. Con su obra, Galdós intentó interesar, conmover, capital en una obra teatral y lo consiguió según la crítica periodística del día siguiente; recordemos, entre otros a Manuel Machado y Pérez de Ayala.

En cuanto a La loca de la casa de 1893 no observo que se haga referencia a que algunos críticos la consideran una novela dialogada, aunque se observe una intención dramática, e incluso algunos la incluyen en la novelas españolas contemporáneas; se necesitaba una explicación; pero, sí fue la primera obra que Galdós escribió, directamente, para las tablas. Se percibe, inmediatamente, un problema social al presentar dos fuerzas opuestas, pero lo que el dramaturgo propone es armonía para modernizar España sin que se vuelva a la violencia. Es decir, la búsqueda de un punto en el que se llegue. En definitiva, la comprensión por muy alejados en que se hallen. El dique, como casi siempre, está en los privilegios de unos. Galdós quiere llegar a la raíz para conseguir un compromiso social y que la sociedad se implique; es decir, llegar a la realidad que no sea solo como conservadorismo /liberalismo ilustrado. Había que actuar. Me sorprende que se diga: «En general, se trata de una obra con más fallas que aciertos» y menos «un tanto convencional». Y asombroso que escriba: «hoy tendría más vigencia entre el feminismo radical».

Clama al cielo cuando se refiere al diálogo teatral («ya se utiliza en el Ulises»); pero vamos a ver que Pérez Galdós murió en 1920 y la novela de James Joyce es de 1922. Ya me supera que diga que se burla de los personajes por ser «jerga», cuando lo que hace Galdós es recoger fehacientemente el lenguaje, la forma de hablar de la calle, de esos perosnajes.

Olvida, consciente o no, el Discurso de entrada de ingreso en la Academia-aunque lo nombra, sin más, de pasada-. Mejor le hubiera ido analizarlo puesto que versa sobre la novela y la respuesta de don Marcelino( del que extraigo: «artífice valiente de un monumento que, quizá, después de la Comedia humana, de Balzac, no tenga rival, en lo copioso y en lo vario, entre cuantos han levantado el genio de la novela en nuestro siglo»-7 de febrero de 1897); con esto hubiera llegado a la cumbre. Solo con los dos discursos hubiera sido suficiente para un ensayo en esos 18 meses que dice que tardó en leer parte de la obra de Galdós.

Hay aspectos insostenibles si se han leído las novelas con detenimiento. Escribir que La Fontana de Oro «más que una novela es un un panfleto» y que todo es «superficial y alambicado» es no tener en cuenta lo que supuso El trienio liberal y la revolución de 1868 en la historia de España para no volver a las andadas. Fíjense qué sapiencia: «Dos elementos de desorden minaban la Fontana: la ignorancia y la perfidia», a partir de ahí, Galdós distingue entre lo histórico y lo político. El planteamiento que Galdós hace de la novela tiene características similares a la novela de Dickens-no olvidemos que Galdós consideraba al escritor inglés como «mi maestro más amado»-. Dos aspectos hay que destacar en la novela: el organigrama entre hombre-sociedad y el magistral empleo del diálogo, que perfeccionará con el transcurrir del tiempo. Olvida la descripción de tres personajes: «las Porreño», simplemente insuperable. Aquella casa era como un santuario. Pero hay un personaje en esta tríada galdosiana que destaca: doña Paulita, no solo porque el narrador se encariña con ella. Lo de «mirada quieta» no se sostiene en el vía crucis de Clara, por otra parte magistral, como el personaje Paulita en la misma novela.

«Una historia sin pies ni cabeza» de Gloria. Y por si no quedaba claro ahí va su varapalo: «la crítica feroz y destemplada que hace del catolicismo y el judaísmo en Gloria es por ello, una deficiencia literaria». Lo que faltaba, si lo que quería resaltar Galdós en esa historia de amor es por qué un judío no puede casarse con una católica cuando estas dos religiones predican el amor fraterno por encima de todo; la iglesia lo condenó, incluso se sumó su amigo Pereda con las penas del infierno. Galdós ante tanta fiereza y algarabía, por los de siempre, en sus memorias escribió: «Ni don José María Pereda era tan clerical como alguien cree, ni yo tan furibundo librepensador como suponen otros. (…). Nuestras sabrosas conversaciones terminaban a menudo con disputas, cuya viveza no traspasó los límites de la cordialidad . No pocas veces, cedía en mis opiniones. Pereda no cedía nunca». El pensamiento es nítido: el niño nacido de la pareja está llamado a unir los corazones y sinrazones de las personas, por eso al final las campanas, oídas por Morton, anuncian la buena nueva; tocan a gloria, a luz, a entendimiento, a fraternidad. Quizá el fruto de ambos pueda mover a las conciencias de las personas y germinar la libertad. Se quiso impugnar la obra por los de siempre. Hasta su muerte le persiguió la hostilidad, la sombra cainita que siempre está al acecho. La jerarquía eclesiástica tardó casi un siglo en darse cuenta en el Concilio Vaticano II, en un mundo donde triunfara la libertad de cultos y la fe de las personas no se convirtiera en dique para la convivencia; la intolerancia no podía prevalecer por encima de todo. Pero sí alaba al personaje Serafinita: «este personaje sutil y retorcido en pliegues como los de una víbora es una invención genial». Sin embargo, de nuevo, no le concede a Galdós el mérito y apostilla: «no cree que Galdós haya sido consciente», como si fuera el dador del bien y del mal.

De las novelas de Torquemada. «Estas cuatro novelas están escritas de manera apresurada y no valen gran cosa», aunque admita que la primera Torquemada en la hoguera es una obra maestra y añade «el mayor triunfo fue concebir esta joya literaria»; esto no hace falta que nos lo diga porque lo advierte el lector/a y, claro, la crítica más exigente ya sentó cátedra. Las cuatro, lector/a, son extraordinarias. Galdós da un paso más en el arte narrativo, va adquiriendo su madurez. Tampoco se tienen en cuenta los intentos novelísticos experimentales y los diálogos fuera del drama, así como por vez primera se hace relación al naturalismo en La desheredada, aunque sí apunta que es «una de las pocas que con justicia debería llamarse naturalista´. No matiza que con esta obra casi cambia todo; es una nueva forma de narrar, adquiere ese madurez tan necesaria en la novela-, al estilo indirecto libre, al monólogo interior; al poder de la imaginación juntamente con el de la observación con que nos recrea los lugares, los personajes, los pensamientos. Nos repite, otra vez, que «nunca resolvió el problema del narrador». Esta obsesión desdice de quien se considera más allá del bien y del mal. Sus pensamientos son cansinos y repetitivos. Al sr. Vargas Llosa le falta una lectura sosegada, tranquila; a veces, pienso si ha llegado a comprender lo que se propuso Galdós.

Tampoco se nos aclara a cerca de La razón de la sinrazón . Fábula teatral absolutamente inverosímil, primavera de 1915. Muchos críticos la diseccionan dentro de novelas españolas contemporáneas. «Podrá decirse que no es novela, sino cuento, y un cuento deshilvanado». «Y aunque la idea generadora es alta y noble (la lucha de la verdad contra la mentira y el subsiguiente triunfo de la primera…», Es el final de las novelas contemporáneas con notas claramente teatrales.

Es alarmante que diga: «su obra periodística pasó sin pena ni gloria». Y por si faltaba poco, repite, otra vez, su adjetivo preferido: «superficial» y la define como «literatura de escaso vuelo». Me gustaría conocer si este señor ha leído lo que se ha realizado sobre la obra periodística en ensayos y congresos; cuando una persona lo desconoce, lo mejor es callar.

El libro termina con la frase «Fue, sigue siendo y lo será por mucho tiempo un gran escritor; parece como si le costara escribirlo; quitemos lo de «por mucho tiempo» y pongamos siempre porque su obra, más que le pese, seguirá viva mientras lo humano perviva. Las expectativas creadas del libro no se han hecho realidad; es más, voy a recordarle un adjetivo al que recurre en varias ocasiones: superficial. Eso sí la contraportada del libro te invita a que lo leas y arregla algunas de las cosas que escribió que no son sostenibles. Percibo como si se corrigieran los yerros con «no hay ninguno de sus compatriotas que tenga semejante dedicación, inventiva, empeño y la soltura literaria de Pérez Galdós», quizá para que se venda más.

Coda: lector/a, no leas a Galdós de forma inatenta, céntrate, vive lo novelesco, no discutas con los que hablan de oídas; muchos se han retractado de lo que dijeron al leerlo. Huye de los antigaldosianos porque lo que quieren es hacerse famosos con un escritor que se hizo en la lectura del Quijote, cuando, salvo los ingleses, no lo tuvieron en cuenta, incluso algunos de los Premios Cervantes no han escrito sobre Cervantes ni una línea y dudo que lo hayan leído.

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Novela

Otro centenario: Ulysses de James Joyce

Entre mis manos la última edición de Cátedra, 12 ª, 2022. En esto de cumplir años, lo mejor, en vez de hablar tanto, es leer la obra. No se trata de opinar, antes hay que leer. ¿De qué sirve que venteemos o aprendamos que «el jurado de la «Modern Library» eligió en 1998 a Ulises como la mejor novela escrita en inglés en el siglo XX»? También para el editor de esta edición «Ulises es la novela por antonomasia del siglo XX», pág. LXXIII. No hay otra fórmula que para ennoblecer este pensamiento sea la lectura íntegra; no repitamos el sonsonete de su dificultad. Atrévete y aparca lo que digan. Te irá mejor. Piensa que penetras en un mar desconocido en el que tal vez recuerdes una sinfonía de palabras y te columpies en ellas sin más.

Hace tiempo-incluso ya cuando inicié los estudios filológicos- que abandoné la crítica antes de leer una obra, sobre todo, si era poética. Tengo mis dudas de aquellos que pontifican y llego a pensar que no se leen la obra completa; simplemente la hojean o se detienen en unas líneas, exactamente como hizo el censor para prohibir Ulysses. Precisamente el Fiscal General del Reino Unido se valió de 42 páginas; se tildó de «libro escandaloso»; asombroso, sin duda; por ese aspecto alumbró a los lectores ociosos, al menos para comprarla. Ese acto fue un éxito; sin apenas lectores se convirtió en afamada, una vez publicada en París en inglés. Los desatinos de los censores los hallamos en todas partes; unos alardean de no ser moral; con el paso del tiempo siempre triunfa la libertad inherente en las personas.. ¿Qué tiene que alguien-como Leopoldo Bloom- abandone a su esposa por la mañana y después de muchas peripecias caiga rendido en el lecho a la veinticuatro horas en los brazos de su mujer o para ser más exacto con su cabeza al lado de sus pies? Da igual que sea real o ficción muchos de los aspectos descritos en esta prosa inglesa tan singular y llena de vericuetos para que te detengas y pienses en ese caminar que realiza el protagonista, aunque no solo.

La dificultad nada más empezar su lectura es verdad, pero esto te lleva a que estés atento; ya en las primeras líneas te quedas absorto por lo desconocido, por el camino emprendido y quedas pensativo («Majestuoso el orondo Buck Mulligam llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente sobre su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó: — Introibo ad altare Dei»). No puedes continuar, te paras; tienes que respirar para proseguir su lectura. La imagen te penetra.

Y enseguida en el primer episodio de la primera parte-de las tres- se nos sitúa en la Irlanda católica en el comienzo de un nuevo día con esa dicotomía constante; ahora noche / día; con la misa comienza ese clarear y acción de gracias; la constancia de lo cristiano en estas primeras líneas es nítida ( «Bendice, Señor, estos alimentos». «¡La bendición de Dios sea contigo! «In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti«.»O se cree o no se cree ¿no es así? Personalmente yo no podría tragarme la idea esa de un Dios personal». «Y la santa iglesia de Roma católica y apostólica; et unam sanctam et apostolicam ecclesiam«); otro término que repite en estas líneas es «jesuita» (no olvidemos que Joyce estudió en los jesuitas e incluso estaba llamado para el sacerdocio, pero tras una crisis religiosa abandonó Irlanda); y, cómo no, el monólogo interior («stream of consciousness») tantas veces repetido por la crítica, quizá se haya dado demasiada importancia porque no era novedoso a pesar de su fuerza literaria. No nos quedemos ahí y prosigue sin que te apure el lenguaje, las metáforas o todo lo que te dificulte hasta que encuentres otra vez luz. La exaltación en este primer episodio de la lengua irlandesa ( ¿»Comprende algo el gaélico? «Hermosa no es el término adecuado». (…) «Completamente maravillosa», pág.16).

El episodio segundo nos sumerge en lo tenebroso de fechas, de historia, de leyenda, de actos que nos lleven a pensar, y en medio el profesor con el paso del tiempo, los recuerdos y lanza por si había alguna duda: «La historia, dijo Stephen, es una pesadilla de la que intento despertar». La contestación de Mr. Deasy no se deja esperar: «Toda la historia humana se dirige hacia una gran meta, la manifestación de Dios», pág. 39). Tampoco en esta parte se abandona lo que ha constituido la enseñanza religiosa; a lo largo de lo que se va contando casi siempre existe una referencia precisa («Por el poder amado de Aquel que caminó sobre las olas, por el poder amado…; «los doce apóstoles habiendo predicado a todos los gentiles: por los siglos de los siglos»; a César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»; «tejer y entretejer en los telares de la iglesia«, pág.29. No podía faltar la dualidad Inglaterra / Irlanda. «La vieja Inglaterra se muere». «Inglaterra está en manos de los judíos».

Un paso más en el episodio tercero de esta primera parte en que el profesor, de nuevo, se adentra en la dualidad espacio/ tiempo y en la mutabilidad de todo, del ser y la apariencia y eso sí la palabra Dios como eje vertebrador de todo en hechos concretos para que no haya dudas: «¡Ay, por Cristo bendito en el que me he metido», pág. 45. «Al bajar la hostia y arrodillarse oyó ligada con su segunda campana», pág. 47. «Dios se hace hombre, se hace pez», pág.58. Las citas literarias poéticas se agolpan para intentar llegar al meollo de las cosas; de qué otra forma si no se puede llegar al verdadero conocimiento si no es con la palabra hecha carne, desnuda aunque exija ritmo, musicalidad. El paseo del profesor por la playa le hace meditar más, acercarse a la realidad de los objetos. El paso del tiempo como aguijón, como para recodarnos que somos polvo, que no pasa en balde ( «Sí, el lubricán se encontrará a si mismo en mí, sin mí. Todos los días alcanzan su fin. Por cierto, el próximo cuando sea martes será el día más largo. Todos los días alcanzan su fin»», pág.59.

La segunda parte va del episodio 4 al 15. En las primeras líneas nos enteramos de que a Leopold Bloom lo que más le gusta eran los riñones de cordero a la plancha», pág.61. Después de desayunar se lanza a patear las calles de la ciudad. Es el apego a las cosas lo que le preocupa más que lo intelectual; es lo material lo que le concierne. Su idea primigenia era ir al entierro (- ¿A qué hora es el entierro? – A las once, creo, contestó. No he visto el periódico); al terminar este episodio, de nuevo pregunta («¿A qué hora es el entierro?»). Las campanas de la iglesia, lo anunciaban: «¡Dingdón! ¡Dingdón! una y otra vez. ¡Pobre Dignan!, pág.78. A partir de este episodio tenemos un nuevo personaje, Leopold Bloom.

Es en el episodio quinto en el que se adentra y describe minuciosamente los objetos y personas que observa con un caminar discreto, vestido de negro, pues va a asistir a un funeral. En su cabeza aleteaba algo secreto, pero es interrumpido por otra persona para después hacer tiempo, deambular hasta que se acerque la hora del entierro. Al lector no le es extraño que entre en la iglesia de All Hallows aunque no es practicante pero sí conocedor del catolicismo. Con minuciosidad de las páginas (89-94) describe el desarrollo de la celebración de la comunión; la imagen nítida de casi al final de la celebración: «El sacerdote enjuagaba el cáliz: luego lo apuró de un trago de golpe». Bloom mira para atrás, al coro; se lamenta de que no va a ver música. Pero sí recuerda la música sacra («la duodécima misa de Mozart, ese Gloria. Aquellos antiguos papas entusiastas de la música del arte y las estatuas», etc.) Llama la atención en este episodio su fijeza cuando mira a la mujer de enfrente o cuando sale del hotel observa las piernas de otra mujer, y cómo no, su pensamiento está en ver si le ha escrito su amante-desea no ser advertido, es su secreto- para después buscar un lugar tranquilo sin ser visto y leer la carta de Martha. Por el momento la religión y el sexo revolotean por su mente.

El episodio sexto respira final, muerte. Es el entierro desde los primeros detalles hasta que es inhumado en un Dublín soleado aunque con apenas unas gotas de lluvia. El vacío de los muertos nos sumerge en la nada, sobre todo los que no creen en el más allá; entre ellos está Bloom, pero en esta situación se hallan también con los que tienen una fe religiosa que les adormece y esperan otra vida más justa; es la dualidad que nos embarga como necesidad; el réquiem por el alma de Mr. Patrick Dignam le aleja aún más a Bloom; se encuentra en la ceremonia como solo, apartado. También se percata de otra persona con gabardina, que anda de aquí para allá; le gustaría saber quién es. Es un enigma; cada lector puede pensar lo que desee, no se puede decir quién hay detrás. Cualquier conjetura nos sobrepasa («Mr. Bloom se mantuvo apartado, el sombrero en la mano, contando las cabezas descubiertas. Doce. Conmigo trece. No. El tipo de la gabardina hace el trece. El número de la muerte. ¿De dónde puñetas habrá salido. No estaba en la capilla, lo juraría. Qué superstición más tonta la del número trece», págs. 125-26.). Este número persigue a mucha gente, incluso hoy, como de mal agüero. Al final, ni rastro; desapareció.

En el episodio sétimo Bloom y algunos de los que estuvieron en el entierro se han dirigido a Freeman´s Journal and Nactional Press. Se nos recuerda lo que se hace en una redacción periodística: discusión de temas, páginas, el bullicio, la persuasión con figuras retóricas incluidas. Tal vez nos sorprenda la cantidad de titulares con letras mayúsculas que hallamos en este episodio. ¿Se puede prescindir de ellos? El lector es libre. Si lo omites, la dificultad será menor porque te condiciona el encabezamiento. Son nada menos que 51, mas uno con el rótulo de tres signos ? ? ? El primero: «EN EL CORAZÓN DE LA METRÓPOLIS HIBÉRNICA». El último: «DÍGITOS DISMINUIDOS RESULTAN DEMASIADOS EXCITANTES PARA ADEFESIOS RETOZONES. ANNE ALBORATA, FLORISA-¿PERO SE LAS PUEDE CULPAR? Para terminar con la idea que no nos abandonará en su trayectoria dublinesa: «si se pusiera la pura verdad de Dios Todo Poderoso», pág. 169.

Cada titular parece un enigma, y sin embargo se esconde un pensamiento que te lleva a que tú también seas el copartícipe de las ideas vertidas por Joyce como son la iglesia irlandesa, el nacionalismo, el recuerdo bíblico de la Tierra Prometida, el uso del irlandés en la Universidad, la influencia inglesa; discusiones periodísticas («se tiran al cuello unos a otros sin más en los periódicos y luego todo queda en nada. Cómo te va hombre al momento siguiente», pág. 143).

En el episodio octavo ya se nos dice que estamos en la hora del almuerzo y los olores cobran su sentido, así como el sentido del olfato en la calle, en las personas; y cómo no la búsqueda de un restaurante para almorzar: todo su pensamiento gira alrededor de esta idea. El encuentro con Mrs. Breen con un diálogo absorbente por la alegría de verse después de tanto tiempo. En otro momento lanza la idea de que el «republicanismo es la mejor forma de gobierno. Que la cuestión de la lengua debiera preceder a la cuestión económica», pág. 186. Y así se va avanzando para avisarnos que «las manecillas se mueven. Las dos. Aun no», pág. 197.

El episodio noveno comienza con un bibliotecario que pronuncia a un poeta con páginas inapreciables, «un gran poeta sobre un gran poeta hermano», pág. 211. Como lugar emblemático se recurre a la Biblioteca Nacional de Irlanda. Los nombres de Russel, Shakespeare, Yeats, Aristóteles, Platón, etc. pululan por este apartado. Incluso Stephen preguntó cuál de los dos «me hubiera desterrado de su república», se refería, obviamente, a Aristóteles y Platón. La dualidad materialismo/espiritualismo siempre presente como Don Quijote y Sancho; al final se convencen de que solo el materialismo no es posible, pero tampoco es posible solo el espiritualismo. Pero todo esto nos llevaría a ser lectores de la obra, que es lo primordial, y después podíamos llegar a ser creadores. En este apartado no podía faltar la mofa del autor a la religión que aprendió y vivió en sus primeros años. » Él Que se engendró a Sí mismo mediante el Espíritu Santo y Él mismo se envió a Sí mismo, Redentor», pág. 226.

Dejemos, interrumpido, ese deambular por la vida y las calles de Dublin de las dos primeras partes, y pasemos a la tercera parte, episodio dieciséis con el título Eumeo. Sin duda uno de los más difíciles por la torcedura del lenguaje con sus diferentes modalidades. Comienza con la duda de los dos personajes a dónde ir. Sin más, deciden que lo más apropiado «sería el albergue del cochero», pág. 695. El cansancio se notaba; necesitaban algún tipo de transporte; ante la dificultad pusieron «al mal tiempo buena cara e irse a pata». Llegan, por fin: «penetraron en el albergue del cochero, una construcción de madera sin pretensiones», pág. 705. Piden algo de comer y algo caliente: » El dueño del café puso una taza hasta los bordes ardiendo de una mezcla selecta etiquetada café sobre la mesa y una especie de bollo más bien antediluviano, o eso parecía», pág. 706. En el recinto no podían faltar conversaciones sobre Irlanda y «siendo cerca de la una, tal y como estaban las cosas, iba siendo hora de retirarse al descanso», pág. 747 Antes de terminar este episodio, pasaron a charlar de música; Bloom tenía una cierta inclinación, «sentía un especial cariño, mientras proseguían su camino cogidos del brazo». La música sacra de la iglesia católica le deleitaba, sobre todo el Gloria de Mózart, era el «súmmun de la música de calidad».

El itinerario de vuelta está marcado en el episodio diecisiete con el nombre de Ítaca. De nuevo se enzarzan en múltiples temas como literatura, música, Irlanda, Dublín, París, la mujer, la prostitución, la educación jesuítica, el estudio de la medicina, la iglesia católica, el celibato, etc. Un resumen de lo que ya hemos leído, o no lo figuramos, se matiza o se amplía. Es la vuelta a la casa de Bloom desde el albergue, incluso se permite entrar por la verja del sótano ( » saltó por encima de la verja de entrada al sótano, se encasquetó el sombrero», etc., pág. 762) porque había olvidado las llaves y no quería molestar y también por si su mujer estaba acostada con su amante. Así se producen las cosas, hasta toman leche con cacao, después de que Bloom abriese la puerta a Stephen. Pero, en el fondo, el lector percibe un cierto vacío, un sin sentido, y es cuando a Bloom le embarga la soledad; asistimos a la peor, porque estando con su esposa la siente. Da igual la infidelidad o lo que represente Molly. En Bloom se adueñan la soledad, el dolor, el no entender la cotidianidad. En realidad estamos ante el episodio más didáctico, incluso más certero que el resto en lo referente al estilo literario, abunda la precisión, en el que se nos muestra los pormenores más cercanos: las edades, las estados de ánimo, las relaciones preexistentes, bautizos, linajes, sus estudios, posiciones ante la ciencia, recuerdos, la soledad que sintió Bloom («El frío del espacio interestelar, miles de grados bajo el punto de congelación o el cero absoluto de Fahrenheit…., pág. 809). Un episodio en el que se van resolviendo las dudas que hallábamos según se lee con las dificultades que conlleva.

Y ya, por último, el dieciocho: Penélope; la tantas veces citada y recordada; se la tiene en un pedestal. En esta novela tiene el nombre de Molly, también con toda su grandeza de ser libre. Todo el episodio carece de signos de puntuación; tal vez como oposición a lo que se estilaba, pero también para resaltar a la heroína, que siente en su cuerpo no solo el hecho de ser ella, libre como cualquier ser humano, sino también el derecho de gozar en cada momento. Ya al principio de este episodio se nos brinda la escena de atracción humana entre dos personas más allá de que se tenga un compromiso con otra ( «así que tiene que hacerlo en alguna parte y la última vez se corrió en mi culo cuando fue la noche que Boylan me dio un estrujón en la mano paseando a lo largo del Tolka en mi mano se mete otra y yo ni corta ni perezosa le apreté la suya ya ves con el pulgar para devolvérselo cantando a la luna nueva de mayo…, pág. 857). Es una continua evocación al cuerpo-«y le di todo el placer que pude», pág.907-, incluso en sus recuerdos de donde nació y vivió («y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas (…) ,pero no sé qué clase de bragas le gustan ninguna creo no dijo eso sí y la mitad de las muchachas de Gibraltar nunca las llevaban puestas tampoco desnudas como Dios las echó al mundo aquella andaluza que cantaba la Manola…», pág.869). O la concreción de los lugares («con el dibujo de una mujer en aquella muralla de Gibraltar con esa palabra que no podía encontrar en ningún sitio (…). Sabía la manera de conquistar a una mujer cuando me mandó 8 grandes amapolas porque el mío era el 8 entonces escribí la noche que besó mi corazón», pág.866). Sus pechos («cambiaré el encaje al vestido negro para enseñar bien las tetas, pág. 884) y otras partes de su cuerpo los trae a colación en varios momentos para solaz, esparcimiento, felicidad («ojalá que estuviera aquí o alguien con quien dejarme ir y correrme otra vez y ves siento que me arde por dentro», pág. 874).

El final es nítido, abrasador; los cuerpos necesitan abrazarse, sentirse, unirse al canto de la naturaleza ( «y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbordado y sí dije sí quiero Sí», pág. 908). Da igual lo que se interprete con este adverbio, pero nítidamente es una afirmación a continuar, a pesar de un pasado convulso que nos conduce por una parte a la irrealidad, y por otra a la realidad; es la lucha entre el ser y lo que deseamos aunque sea en ensoñación con el recuerdo de lo que fuimos.

Da igual que la novela se la haya bautizado como una Odisea moderna y que el Ulises sea el judío-irlandés Leopoldo Bloom, y sus caminatas por las calles de Dublín y los lugares que visita como la Biblioteca nacional, la redacción de un periódico, ir a la carnicería, a la maternidad, al burdel, y muchas más actividades; sin olvidarnos del intelectual Stephen que recuerda a Telémaco, y Penélope sería Molly Bloom, la esposa de Leopoldo con amante. Si leemos la Odisea de Homero antes, mejor, pero no necesariamente. Pero no olvidemos que Homero está en la cúspide y por cierto más fácil de leer que a Joyce por la dificultad que entrañan las estructuras lingüísticas y, a veces, con un lenguaje desaliñado, y el paso de un pensamiento a otro que nos dispersa en distintos momentos. Son veinticuatro horas abigarradas- lo más probable es que terminara sobre las tres y media de un viernes el 17 de junio-, pletóricas de quehaceres que se conjugan con las ideas de los personajes y con las de los/as lectores. La tríada Leopold, Stephen y Molly nos inundan de mucho más de lo que se detalla. Nuestra imaginación se satura. Pero atrévete, orilla todo y que el ruido no te agaville. Te adentras en Dublín con un común denominador: el cristianismo convertido en mito, como emblema, y, claro, el problema de la existencia y la insignificancia del ser humano en el universo.

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Joyce, James, Ulises. Madrid, Cátedra, 2022, 12ª edición, 910 págs.

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