Poesía

No quería contarlo…

He leído al declinar la tarde, hoy viernes, ya casi oscurecido, Un año y tres meses.

Las 69 páginas las he leído de golpe, sin parar, como si algo me empujara a ser partícipe de los acontecimientos. Una vez terminado, el recuerdo que viví se hace presente cuando allá por quizá a finales del invierno de 2021-no recuerdo exactamente- cuando yo subía por la calle Cea Bermúdez de Madrid a la altura de La Caixa, por el número 61, bajaban Almudena y Luis, bien abrigados, juntos los hombros, pero no cogidos de las manos, de rostros serios. Anda, me dije, qué sorpresa; pensé: les tengo que decir algo; primero, me vino «Completamente viernes», después «completamente tú», como saludo; al final, ante tanta seriedad, me salió solo «poeta…», y no me atreví a detenerme, proseguí calle arriba. Probablemente, ya el dolor anidara.

Sí me ha sorprendido lo de la silla de ruedas, pero no el hecho de que se colara como disfrazado médico hasta la habitación donde estaba porque una persona enamorada hace lo imposible por estar allí, a su lado, aunque la pandemia estuviera vigilante.

Todavía, de vez en cuando, me viene a la memoria su libro amoroso que puse como lectura obligatoria en la Facultad Completamente viernes. Y, cómo no, los debates en dos clases; verdaderamente fue un libro hermoso que cayó en tierra abonada en una juventud prendida de belleza como el libro, seguro a la espera de «completamente tú». Es algo que nos pertenece.

Novela

Justina o los infortunios de la virtud

Después del empacho de Juliette. Las prosperidades del vicio, me dije, bueno voy a ver Justina del Marqués de Sade, ese hombre que tres regímenes distintos lo condenaron con la cárcel; es decir, la censura pudo más ante la obra que escribió. Hoy, ya podemos leerlo sin cortapisas y sin que te señalen, que generalmente son los que hablan de oídas que es lo peor que puede ocurrir a una persona. La edición original se adorna con un frontispicio alegórico: La Virtud entre la Lujuria y la Irreligiosidad, clave para poder entender lo que se pretende.

Entre mis manos al leer esta novela me pregunto por qué ha pasado al adjetivo «maldita», cuando consta que en el siglo XIX se leyó bastante. Estamos ante las memorias de un personaje : Justina; es la base de lo narrado, la que nos hace percibir de la autenticidad de lo que leemos. Es evidente que cuando uno comienza la lectura ya sabe que el mundo de la finanzas, los aristócratas, el clero, el erotismo, o más en concreto, lo pornográfico revolotean por la mente por lo que ya estamos advertidos. Difícil es comprender por qué la idea de Dios solo se contempla como el rechazo más absoluto o para blasfemar. ¿Es que Sade necesita en quién apoyarse para construir un varapalo en el que destroce a todos los estamentos de la sociedad del siglo XVIII sin distinción? Ya en la segunda línea pone como frontispicio la «Providencia». Tal vez para suscitar el interés de los posibles lectores/as, para inquietar a conciencias dormidas que no quieren verse ante el espejo.

¿Por qué desde las primeras páginas obliga a que nos decantemos con la expresión «vale infinitamente más estar al lado de los malos. que prosperan, que entre los virtuosos, que fracasan»? Y a partir de aquí se construyen las dos partes de las que consta la novela. Hay que tener entereza, ya en la primera parte, para proseguir con la lectura; unas veces, bueno, me decía, por hoy basta para huir de los atropellos descritos y me refugiaba en La calle de las Camelias de Mercé Rodoreda. Fue una forma de distanciarme de las ideas de Sade; una de ellas, no lo he superado todavía, que es el nacimiento de Jesús de Nazaret y de quién nació; para mí una auténtica barbaridad aunque fuera como leyenda. La posición de Sade: es irrespetuoso no solo con los que libremente tienen fe, también contra los que se debaten entre razón y fe. Ante la respuesta de la protagonista- «pero, cualesquiera que sean las espinas de la virtud las prefiero siempre»- insiste en que la maldad es el camino.

Ante tanta violencia, al final de la primera parte, la protagonista se ve desvalida, desesperada, de ahí que piense: «quizá el mal es útil en la tierra…Y, si su divina voluntad así lo dispone, está claro que es un error enfrentarse a ella». Pero, también, se rebela, no lo acepta, y se disculpa ante Dios. El final de esta parte es un asueto después de su última estancia en el convento. El lector, también, siente alivio cuando la señora Lorsange pidió a Teresa que descansara algunos minutos.

Tras esta pausa, prosigue «la exposición de sus lastimosas aventuras» de la segunda parte. Así, se nos narran nuevas peripecias dolorosas que el lector desea terminar por lo cansino que resulta la relación, que más o menos se parecen, y siempre la violencia como común denominador. Sinceramente, después de tantos atropellos, el final de la novela no es posible imaginarlo. En las últimas líneas subyace todo lo contrario de lo que se propuso; es decir, que el vicio triunfe. Evidentemente ahora choca con todo lo sucedido anteriormente, aunque ya nos había advertido con briznas, pero que el lector no se percata, a su «buena amiga» («Quizá una lágrima viva tuya determine, y después de haber leído Justina. digas: ¡Ay! ¡Qué orgullosa me siento de amar a la Virtud ante estas escenas del Crimen!». Para corroborarlo con el fin: «Y vosotros, los que llorasteis ante los infortunios de la virtud y compadecisteis a la desdichada Justina….., ojalá saquéis al menos de esta historia el mismo fruto que la señora de Losarnge. Quiera Dios que os convenzáis con ella de que la verdadera felicidad radica exclusivamente en el seno de la virtud…..».

¿Qué pretendía Sade, solo ir en contra de la virtud y plantear que el vicio también puede sacarnos de nuestras ideas o solo ir en contra de la educación que se recibía? El que se piense que lo único que pretendía era renovar la novela es demasiado simplista. En buena lógica se vale de ella para destruir el ambiente de su época que consideraba desastrosa en demasiados ámbitos e intenta ser verosímil ante la dicotomía ficción- realidad lo que supone un gran esfuerzo en el arte de narrar; sin esta premisa no se puede atraer a lectores/as. El planteamiento bien-mal estaría fuera de lo que pretende, al menos para que sirva de reflexión, aunque solo fuera eso. ¿Entonces es la naturaleza la que nos predestina y no podemos abandonar ese camino desde que nacemos para morir? ¿La ley natural iría en contra de todas las leyes que la humanidad crea para la supervivencia? Por el contrario, el ser humano no puede aceptar la crueldad, la injusticia,, la marginación, el poder del más fuerte. La lucha entre la maldad y la bondad, ¿nos hace más libres o es que la naturaleza nos hizo así y no podemos rebelarnos?

El autor, por otra parte, concreta lo que pretende: «hacer que el sensato, que lee provechosamente, deduzca la lección, tan útil, de la sumisión a las leyes de la Providencia y la advertencia fatal de que a menudo el cielo golpea junto a nosotros al ser que nos parece haber cumplido perfectamente con sus deberes…..».


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Novela

El jardín de los frailes (Manuel Azaña)

Con calor agosteño entre biblioteca y piscina terminé La Quimera (Pardo Bazán); sin duda una obra egregia, lo mejor que he leído de una mujer que quiso y venteó ser ella en los tiempos en que estaban genuflexas y no cogían el vuelo a pesar de que por las ventanas entraba aire fresco.

Si lo artístico se apodera en la obra de doña Emilia, era el momento de adentrarse en otra obra que tenía en mi biblioteca y que había leído hace mucho tiempo. Era el momento de proseguir con esa altura intelectual y artística, me refiero a El jardín de los frailes. La edición que leo se publicó el día 29 de julio de 1936 en Madrid, en la calle Martín de los Heros, 65. Antes se había publicado en los Cuadernos de La Pluma en 1921-22, y en volumen en 1927.

Si en toda la obra quedas como en suspenso según vas deslizando la lectura, la última página y, sobre todo, el final te sobrecoge:

«Se calan la cogulla: a ellos y a mí el cierzo nos hiere. Una cima se encumbra lejos, encapuchada de nieve y rosa.

En túmulos de escarlata

corta lutos el silencio.

Es el ocaso.»

No es perplejidad, es la imagen de la descripción perfecta de la dicotomía existencialismo-fin de la tarde. La estampa viene precedida por tres frailes en el huerto prioral (» las delgadas siluetas negras, sin gravidez, accionan levemente; algo dicen, miran al suelo»).

Ya en las primera hojas podemos observar el acopio de ideas ante un lugar desconocido: «amanecí en El Escorial, donde no tuve otra impresión el primer día que la de entrar en un país de insólitas magnitudes». Ante la pregunta del padre Valdés : «_Tú ¿por qué estudias? ¿Por convicción?». La respuesta fue sincera: «risas y encogimiento de hombros».

Ante el tipo de enseñanza, pronto se enseñoreó la rebeldía (» Más rebeldes que a la conservación de la doctrina éramos a la restauración de los modos»).

Por lo demás, se trata de la evocación de los estudios de Derecho en los agustinos de San Lorenzo de El Escorial, pero siempre con su propia idea: » primer encuentro de un mozo con lo grave y lo serio de la vida». Es sabido que su refugio fue la literatura; el saber cada día más. Tal vez la concepción de la enseñanza a finales de siglo no iba con él según se va tejiendo el desarrollo («El fastidio de tantas horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro»…), incluso las peripecias de lo que narra: se percibe la negrura, el encerramiento de las ideas, siempre apoyadas en el pasado; contra esto se rebela el protagonista, lo dogmático se apoderaba de jóvenes llenos de vida («El tiempo nos aplastaba»), que quieren pensar y al no recibir ese apoyo, algunos pierden la fe, entre otros el protagonista y luchan para extenderla sin más, aunque el lamento no va más allá: las fuerzas oscuras siempre están al acecho. Ese es Manuel Azaña («Declaro con rubor que fui en El Escorial alumno brillante»), ahí se recoge su proceder ante el paso de los días de la enseñanza que recibió y su visita después.

Cuando el antiguo alumno vuelve, se encuentra con el padre Mariano que le pregunta por sus recuerdos; tienen un diálogo de altura, la amistad perdura más allá de conceptos existenciales. El fraile atento a la conversación, pasa al ataque: «conservas, a pesar tuyo por lo que oigo, una forma intelectual y has desechado la substancia. Aquí la recibiste. ¿No te acuerdas?» La respuesta fue contundente: «Me queda un sabor a ceniza». Ante el monstruo que le acompaña desde el nacimiento-«que no debe ser un ángel, rezongando de continuo, descontento de mí»-, al no poder destruirlo, el padre Mariano pronuncia las últimas palabras: -«Dios haga que escuches al monstruo y seas un día nuestro hijo pródigo» . No sabemos si sus últimas palabras en Barcelona llevan esa impronta: «Paz, Piedad y Perdón».

Coda. Siempre que subo a San Lorenzo de El Escorial me doy un paseo por El jardín de los frailes, y claro, el recuerdo de un gran escritor como fue Manuel Azaña no solo por esta novela; no olvidemos que fue Premio Nacional de Literatura por Vida de Juan Valera,1926. No comprendo por qué ese odio por lo de siempre, cuando por mucho que escarbo en su obra no era antireligioso; sí iba en contra del poder que tenía la jerarquía eclesiástica en la política; tuve la suerte, tanto en el bachillerato como en la universidad, que me explicaran en las clases de Historia esa frase ya manida y fuera de contexto que pronunció: «España ha dejado de ser católica». Cualquier persona con sentido común entiende que no se refería a los españoles, a las personas sino a la forma de gobernar, es de decir al Estado que tiene ser libre sin que las religiones entorpezcan el bien común, por lo que no iba en contra de la libertad de cultos sino por el entrometimiento de la iglesia católica en la forma de gobernar. Incluso no atacó la enseñanza que recibió sino que usaba el entendimiento, la razón, para tirar por tierra muchos de los conceptos que había recibido sin más; la prueba evidente, entre otras, es que hoy en la Universidad María Cristina se denomina una de las aulas: Manuel Azaña. Muy distinto fue Pérez de Ayala que atacó, sacó la daga en A.M.D.G. contra la enseñanza jesuítica, a todas luces desproporcionada. Pero como escritor todavía podemos leerlo, nos sirve de ayuda en este devenir que no sabemos a dónde nos conduce.


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Novela

La Quimera ( Pardo Bazán)

El tiempo pasa y Pardo Bazán prosigue en pie por tantas formas con que se manifiesta con su buen hacer y, en definitiva, porque quiso ser ella; el convencionalismo lo convirtió en rebeldía, ¿de qué otra forma si no? Muchas cosas se dicen, se propalan sin más, solo los que la leen llegan a comprender cómo el arte literario se cobija en el alma; son los intervinientes los que se desnudan y chocan con la sociedad aletargada, sin rumbo. Es lo que pretende doña Emilia, adentrarse en lo más hondo de las personas para que nos sirva de ejemplo para el problema existencialista ( «Viniendo a La Quimera, en ella quise estudiar un aspecto del alma contemporánea, una forma de nuestro malestar….», Prólogo, pág. 146). Antes de comenzar a leer La Quimera convendría dar lectura a la significativa y larga introducción de la editora; es una manera de entenderla mejor; de cualquier forma nos sirve de ayuda.

Lo que desencadena la creación de la novela de doña Emilia son los avatares del joven pintor que llega y con generosidad accede a retratarla, y a partir de este momento, su protagonismo no se olvidará hasta su muerte; estamos, por tanto, en la mezcla de ficción y autobiografía que ya desde las primeras páginas se nos muestra en los alrededores de Alborada-lugar de residencia familiar de verano: «Torres de Meirás»-. El principio y el final tiene el mismo título Alborada; antes con el título de Sinfonía se nos describe «la muerte de la Quimera (tragicomedia en dos actos, para marionetas)». Nos anticipa, por ende, el significado de la Quimera en los dos actos; la leyenda griega cobra todo su valor ( «La exterminaré, si me concedes llamarme esposo de tu hija»). Al vencer el héroe a la Quimera tiene como premio el casamiento con Casandra. hija de Yobates y le sucede en el trono. Doña Emilia tuerce la situación; es Casandra la que se enamora del héroe («Yo iré donde tú vayas y pisaré tu huella con los pies descalzos. Si esposa, esposa, si amante, amante, si esclava, esclava» (…)-«mañana a esta misma hora huiremos de aquí juntos», responde el héroe; -«no, hoy mismo, ahora ; -tengo que cumplir mi destino heroico y exterminar a la Quimera»). Su deseo de luchar contra el monstruo lo cumplió y lo vence; ahora es cuando al mirarse ambos después del triunfo, no tienen ninguna atracción y desaparecen («Quién me ha metido en tal empresa (…). Desde aquí me pongo en salvo». Casandra: «yo regreso a mis jardines…»).

Termina con el grito de Minerva: «¡Gloria la héroe! La Quimera ha muerto». ¿Estamos ante la idea de que cuando no existe por lo que luchar, por alcanzar lo máximo, el idealismo de la vida, todo se vuelve rutinario, inane? ¿Son incompatibles idealismo y realismo? En la novela se atisba ambos conceptos el triunfo y la muerte. Lago cae rendido ante la quimera, lo destruye. No ocurre así con Minia que conserva su buena salud e incluso aspira a lo más alto y a vivir. Entiende la vida como entusiasmo, con ansia paradisíaca; y lanzó con esta novela una nueva forma de acercarse a la sociedad, a lo artístico, desde otra atalaya más cercana. Estuvo, en fin, en un apasionante alborear del siglo que comenzaba.

Hay que partir del hecho, según confiesa la autora, de que el personaje principal existió: «el protagonista existió y estuvo muy de moda en Madrid como retratista al pastel». Tampoco hay duda de que doña Emilia aparece como el personaje que lo abarca todo. Una dualidad en que se enfrentan por adentrarse en el mundo artístico con los nombres de Silvio Lago y Minia Dumbría. Cada lector /a, una vez terminada la lectura, puede pensar lo que quiera o haya advertido; pero sí destaca el esmero que tuvo doña Emilia de retratarse y ofrecen el mejor tú. Cierto es que el mito griego de la Quimera le sirvió para trazar secuencias del pintor gallego al que denomina Silvio Lago; este tal vez recurriera a la quimera del arte para acercarse a ciertos personajes de la sociedad de su tiempo.

Estructuralmente, la novela se divide en seis apartados (Alborada, Madrid, París, Intermedio artístico, París, Alborada) y un apéndice documental; aparte de los ya referidos prólogo de la autora y sinfonía; y claro, la magistral introducción de la editora.

Su comienzo no puede ser más alentador, más amoroso: «era de cristal la mañana. Algo de brisa; el hábito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda». La pregunta inmediata: «La Panadería de Sendo, ¿adónde cae?» nos indica un inicio prometedor de quien la realiza para conocer al personaje venido de Buenos Aires y más tarde «voy a Alborada». El sabroso diálogo entre sus parientes que lo acogen nos hace reflexionar sobre la emigración gallega. Al llegar a las torres de Alborada reconoció a la baronesa de Dumbría e inmediatamente enhebra conversación después de que esta leyó la carta que traía Silvio. La contestación no fue muy alentadora: «Tal vez sea difícil…». Pero se produjo lo que deseaba: pintar a Minia, ya que los que tuvo no consiguieron captar la dualidad corporal y espiritual que destilaba. Ya con la expresión de Silvio: – «¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?» se adueñó del personaje y más cuando la previene que no la va a hermosear: » así la respeto más. ¡La doy a usted toda su edad, su corpulencia, y su misma expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas». La conquista estaba hecha, y es cuando se inicia el diálogo de acercamiento entre los dos y las diferentes maneras de ver lo artístico apoyándose en pintores consagrados. Lo que deseaba el pintor: que el retrato lo llevase a Madrid «y lo vean sus relaciones», y así podía hacer retratos en Madrid para pagarse sus estudios que quiere ampliar. Y así, con un diálogo más cercano nos enteramos fehacientemente que marchó «solo y sin amparo a Buenos Aires a los catorce años porque «mi tutor…., decía que pintar es oficio de holgazanes». Quería ganarse la vida y después estudiar en «Francia, en Inglaterra, donde se pinta en gordo».

Su llegada a Madrid viene determinado por el diario de Silvio de noviembre a junio; son «las hojas del libro de memorias de Silvio Lago»; este apartado es más extenso; comienza: «Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin encuentro un taller….».

Si bien las técnicas perspectivistas, a veces, dan una idea más clara de la narración, según la editora, Pardo Bazán «no maneja las técnicas de la introspección y del monólogo como lo hace Galdós, que era maestro en esta modalidad narrativa». Seguramente Pardo Bazán fue consciente de ello y más cuando fue una gran lectora de la obra galdosiana, más allá de la amistad que les unía. Pero eso no quiere decir que no consiguiera unos trazos perspectivistas que el lector observa y recoge en los diversos momentos de la historia. El pintor tiene un buen recuerdo de lo bien que comía en Alborada nada más arribar a Madrid. Ahora es distinto: » me ataca de los nervios al darme consejos de economía; es como si a una adelfa la dijesen : «Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho». Y es cuando lanza la expresión al nombrar a los garbanzos: «mi comida es una desolación y apenas digiero». Pensemos que los garbanzos era un lujo y su pensamiento oscilaba en lo bien que comía en las Torres y la comparación «como los hebreos de las ollas de Egipto» es nítida.

Y así con la verdad por delante se apropia de los meses: noviembre-final de noviembre; diciembre-final de diciembre y ya es cuando va destilando su pensamiento más enriquecido con el entorno y los profundos diálogos (» Salgo, me lanzo a a la calle de Caballero de Gracia y compro una palmera y una camelia en flor. Es el toque que me faltaba»), Y lo que le pone de los nervios es el acto dialogal con Minia. «Se ve que usted no quiere ser libre y dominar el destino (….). Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen suprimir». Más profundo y más extenso es lo concerniente al mes de enero. Siente la amargura, la fatalidad. «No lucho; ¡a luchar , lucharía par no disolverme en los crueles brazos de la Quimera!». La cortedad del mes de febrero radica en la visita que recibe en un día frío, «espantoso y cae una ligera nieve».

Mucho más informativas y necesarias son las cartas de Clara al doctor don Mariano Luz Irazo en Berlín con respuestas; en la primera se muestra con un corazón herido. El final de la misma es una necesidad humana, apremiante: «escríbeme, confórtame. Lo necesito más que nunca». Son cuatro cartas. Verdad, sonrojo, misterio, psicología se columpian para llegar a la cúspide no solo del alma de Clara; el amor, a veces, trae consecuencias inesperadas.. Este segundo apartado te absorbe tanto que deseas llegar al final, como el propio personaje Lago; pero no porque en el mes de junio se nos anuncie con la expresión «¡…Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento», pág.378. Parece que existe como un descanso cuando «empieza correr en los círculos sociales la voz de que me voy a Paris». Surge un cambio: «Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso». Atrás queda la doblez, la mentira y grita: «¡ Madrid, adiós»! Todo un alarde de sinceridad al final del mes de junio para soñar con París en el que subyace la idea de aprender, estudiar lo artístico para pasar a la posterioridad

El primer pensamiento nada más llegar a la estación parisina sorprendió en el diálogo: «Vengo aquí a estudiar». El recuerdo que tenía cuando estaba en Buenos Aires le revoloteaba: «de París hablan los artistas como de la tierra de promisión». El sentimiento que despertaba en su alma «Nuestra Señora» era alivio y afán de progreso en lo que anidaba en su corazón, pero, al mismo tiempo, sentía en él un desengaño: » Nunca pintaré. Nunca saldrá de mis manos lo que se llama un trozo de pintura «. Durante las ociosas mañanas visitó los museos. Y sin duda el primero fue el Louvre. » salió menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado». Pronto percibió que París no es Madrid. Se dio cuenta que su optimismo se venía abajo. Silvio se sintió solo, abrumado, la oscuridad se cernía; pero peor sería que se apagase «la lámpara». Lo sombrío de su existencia no le dejaba: » se declaraba y reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa….». La idea de volver primero a la Alborada y en invierno a Madrid le animaba y zambullirse en sus retratos y más retratos.

En el «Intermedio artístico» se lanza a Bruselas: «Voy a darme un baño de maestros, un chapuzón de pintura seria». Apenas llega, se entera » de que existe un museo de las obras de un solo pintor contemporáneo, que no quiso vender ninguna». Allá que se fue, pienso que no por curiosidad sino por una admiración adelantada que coincidía con su forma de ser. Sin embargo, salió del museo «asqueado, yo no podré, probablemente, ni pintar así».

En Amberes le revoluciona Rubens que «aturde y emborracha». Resalta de la catedral dos trípticos soberbios: «el Descendimiento y la Crucifixión». Y así en un alarde de elocuencia artística se posiciona por si albergara alguna duda: «Porque Rubens grita desde lejos; grita; planta su bandera»; para Silvio en cualquier época del arte se impondría.

Después, La Haya. Prosigue con el diálogo que había establecido con el sueco Limsoë- «que padece ataques de un entusiasmo frío, especie de iluminismo»- en el apartado anterior y deciden encaminarse a tierra holandesa. Impresiona el conocimiento del arte holandés y defiende : » lo que determinó este frondoso florecimiento de arte en Holanda fue la intensidad de la vida civil, las grandes transformaciones de la sociedad, el civilismo y el ciudadanismo de estos bátabos». El razonamiento del periodista sueco ya cansa a nuestro Silvio en la estancia de Harlem. «me obliga a estar siempre razonando las impresiones bellas». Ya en Amsterdam hay cierta coincidencia con Rembrandt, pintor del alma universal: «artística, alucinada, soñadora, apasionada de lo extraño». Es el recuerdo de la luz, mejor de la claridad. El periodista deja su impronta, su saber artístico : Rembrandt «era un bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas, anticuarios encubridores de robos y piraterías….». Y para finalizar este interludio Brujas en la que se mantienen las ideas capitales de lo artístico, y deja su impronta, por si había alaguna duda, sobre los prerrealistas: «lo capital de esta escuela no son sus obras, a pesar de una gran belleza, sino sus teorías que resumen el Evangelio del arte». La estética como factor clave para llegar a la última palabra del arte: » el éxtasis»; el sentimiento profundo, la flor de la belleza. La despedida impregnada de sentimiento: ¡»Démonos un abrazo….y hasta el cielo»!

Su vuelta a París no fue exitosa. De nuevo sus dudas, sus retratos, el porvenir, la confusión: » la exhibición del retrato hecho por mí, de un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que pueden encargar….».

De nuevo a la Alborada como refugio, como tranquilidad. Unos diez días después de escribir una carta a Minia Dumbria le esperaban en el andén las señoras: «sabían que ningún criado acompañaban al enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje». Su abatimiento, desgana, pronto se percibió, de su pregunta de cuándo llegaremos a Alborada y también de su esperanza de que se pondría bueno, aquí está la vida al sentir el frescor de sus alrededores. La tuberculosis aguda con que en Madrid habían descrito la enfermedad, fue aceptada por los doctores de Marineda. En un entorno paradisíaco fue perdiendo sensibilidad y expresiones como «tengo frío, me hielo». Allí a su lado estaba el capellán de la casa; las palabras del sacerdote «quizá no cabe en él más que su Quimera» fueron la losa de que el final estaba pronto. Minia lo condujo a la sacristía de la capilla de Alborada en la que estaba la efigie del Cristo del Dolor. Le dio miedo. No quería morir: «¡Vivir! ¡Sanar! ¡Correr por los sembrados»… Horas de espera hasta que le trajeron el Señor: «Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su lengua descansaba la suave partícula» (…). La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas.

La vida comenzó en la Alborada y aquí concluye; es el final, atrás quedó todo : sufrimiento, enamoramiento, lo artístico, el afán por vivir; «lejos del hálito de brasa de la Quimera». El triunfo de Minia al «tantear la composición de una sinfonía»…, fue su triunfo ante la Quimera; es la otra cara, saber a qué has venido y dejarlo para la posteridad.

Coda. Tengo que confesarlo: es lo mejor que he leído de Pardo Bazán. La expresión de la editora, en mí, se ha hecho realidad: «Confieso, eso sí, es que ayudará a algún lector a apreciar determinados aspectos de la novela». Aquí está.


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La Gatomaquia. Lope de Vega

«No hay libro de más atrevida invención verbal en nuestra lengua«. Así se expresaba Azorín al leer al más grande entre los grandes, para apostillar que sentía placer con las lecturas del todopoderoso Lope; recordemos la expresión ya eternal: ¡Es Lope!

Hay una tríada en lengua castellana que tenemos que tener siempre presente para partir de algo que nos pertenece: Cervantes, Lope y Galdós.

Casi al final de su vida, por si cupiera alguna duda, vuelve a su pasado para enhebrar un asunto tan tormentoso como es la capacidad de amar que poseía. No es una defensa, es poner su conciencia al día. Convendría leerse antes Novelas a María Leonarda y La Dorotea por si puedan contribuir a comprender mejor el éxito de la obra. La diferencia estriba en que ahora los personajes lo ocupan gatos sobre los tejados de Madrid con nombres: Marramaquiz-el protagonista-, que se enamora de Zapalquilda-loada de los dioses por su belleza- y la aparición de Micifut-que se interpone- y consigue compromiso con Zapalquilda, pero Marramaquiz rapta a Zapalquilda y a continuación empieza la lucha de los gatos. El protagonista muere («Cayó para las guerras y consejos / cayó súbitamente / el gato más discreto y más valiente, / quedando aquel feroz aspecto y bulto / entre las duras rejas insepulto»); y cómo no, faltaba la celebración de las bodas («…y Micifuf, con todos amoroso/ porque le prometieron vasallaje, / hizo luego traer de su bagaje / con mano liberal peces y queso. / Alegre Zapaquilda del suceso, / mudó el pálido luto en rico traje», pág. 264). El casamiento tuvo lugar para lo cual «llamaron un autor de los famosos…»

Hay que reseñar que La Gatomaquia forma parte de las Rimas de Tomé de Burquillos. Una meditación clave de Lope y sus circunstancias; el verso «¿pues qué tengo que hacer, si todo ofende»?, es más que todo lo que le ha sucedido en vida; su recogimiento va unido a los sinsabores que le han hecho mella, la gran mayoría por los envidiosos que, a su vez, se aprovecharon de sus quehaceres. Su maestría verbal-como escribió Azorín- y la introspección que realiza del alma humana lo coronan con los laureles más que merecidos.

Más claridad no se halla en estas siete silvas sobre amores gatunos de lo que ya ha recibido el nombre de epopeya burlesca, como es La Gatomaquia de 2802 versos. No contento Lope, viendo que el protagonista no podía quedar entre tejas lanza un alarido en un soneto desde otra atalaya («no forma estrictamente parte de la Gatomaquia«): «A la sepultura de Marramaquiz, gato famoso. En lengua culta, que es en la que ellos se entienden (» Ploren tu muerte Henares, Tajo, Tormes,, / que el patrio Manzanares que eternizas / lágrimas mestas libará conformes,». ) .

«Críticos y lectores a una hacen por fin justicia al Lope no dramático y se rinden ante esta perla de nuestras letras. España no tiene la Ilíada, pero tiene Gatomaquia«, pág.13. Las conjeturas sobre su datación poco importan, aunque parece que se inclina, según la mayoría de la crítica y la del editor, casi al final de su vida; época con el marbete de «senectute» («los últimos años de vida de Lope, una etapa melancólica en la que las desdichas biográficas y profesionales parecían sucederse…», pág. 17); la inspiración viene recogida de la voz de Tomás de Burguillos: «Y si el divino Homero / cantó con plectro a nadie lisonjero / la Batracomiomaquia, / ¿ por qué no cantaré la Gatomaquia?»; lo primordial, como siempre mantengo, es leerlo.

Quizá convendría comenzar la lectura por la introducción de don Antonio Sánchez Jim-énez, tan perfectiva en los avatares del contexto de la obra como en la maestría con que expone sus argumentos. Y, sin duda, a esto habría que añadir las notas a pie de página de las silvas, llenas de acierto y sabiduría; sin ellas, quizá no entenderíamos del todo la magistral obra lopiana, o por lo menos quien suscribe. Y por si no fuera suficiente, el editor añade «notas complementarias» para clarificar aun más las silvas; una a una desgrana los versos con una quietud y certeza de lo que está escribiendo, así como los dos sonetos que las envuelven; el primero: «De doña Teresa Verecundia al licenciado Tomé de Burguillos», para terminar con «A la sepultura de Marramaquiz», el famoso gato de la Gatomaquia que fue acribillado ( «Un príncipe que andaba / tirando a los vencejos /-¡nunca hubieran nacido / ni el aire tales sustenido! – /le dio un arcabuzazo desde lejos», pág. 264)

Una vez leída la obra, en el fondo, piensas que la expresión ¡Es Lope! permanecerá para siempre; como reseñé, forma parte de esa trilogía española que si hubieran nacido en U. K. formarían parte de la Jerusalén literaria a la que acudirían desde todo el mundo a visitar sus tumbas genuflexos.

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