Pérez Galdós

Prosigamos leyendo a una gloria nacional: Gáldós entre el amor y la ciencia

El Galdós finisecular se debate entre el amor y la ciencia. Encerrado en esta idea, de nuevo, condena la representación del mal que viene dada por la larga figura de Doña Perfecta. Este espíritu intransigente es literalmente desmenuzado en Casandra (1905), en La de los tristes destinos (1907), en Alma y vida (1902) y Amor y ciencia (1905). En un último intento, trata de enhebrar su preocupación realista con los nuevos aires renovadores de la Generación de 1898 y el movimiento modernista. Quiere experimentar un nuevo arte de novelar que arranque de lo subjetivo, de lo esencial, y también sea más atemporal. Pérez Galdós entre el amor y la ciencia

Pérez Galdós

Galdós, glorioso maestro, ante el centenario de su muerte en un frío 4 de enero de 1920

Dos adjetivos coronan la obra galdosiana: excepcional e incomparable. Fue el representante excelso de las virtudes y flaquezas de las personas que conoció, había escuchado y leído; le cupo ser el auriga de una sociedad viviente de una época trascendente en lo social, económico y político; asimiló el latido de las personas en un período convulso; de esta forma se convirtió en un símbolo nítido del realismo literario. Sus máximas, todavía pendientes en las relaciones humanas, jalonan el progreso, la ciencia, la libertad, la tolerancia y la educación; aún estamos en esa lucha, que trazó en la novela como espejo.

Más de 30.000 personas asistieron al entierro. Madrid se paralizó ante la muerte del maestro.

El periódico El País dejó constancia de su importancia: “Don Benito ha muerto. ¡Viva Galdós! (…) vivirá en sus obras mientras viva el mundo”. Gran acierto, a pesar de tantos ataques furibundos por tantos, pero sus lectores proseguimos con el espíritu que anida su obra; solo los envidiosos o los que no lo han leído se valen de chascarrillos impropios de gente abierta y culta; por otra parte, es la única forma de que hablen de ellos. Es difícil no sentirse galdosiano después de leerlo. Anímate que no te arrepentirás. No creas tantas tonterías que se propalan por los que quieren ser famosos o que hablen de ellos por pregonar barbaridades del maestro, así, así de nítido. He tenido la valentía de decir esto a un escritor famoso, ya muerto, delante del público asistente en una conferencia que impartía-que no trataba de Galdós, pero aprovechó para denigrarlo- ante un silencio sepulcral. No tuve respuesta. Dudo que hubiera leído algo como tantos que lo citan, y encima mal.

Ya no se dice “después de Cervantes, Galdós”. En el siglo XXI lo coronamos: “está a la altura de Cervantes“. Si hubieran nacido Lope de Vega, Cervantes y Galdós en Inglaterra habría procesión, camino, para rendirse ante ellos lo mismo que se hace con Shakespeare. Qué le vamos hacer,somos así; ¡nos invadieron tantos pueblos con la espada…!La envidia nos corroe, sobre todo a los que creen que han descubierto el mediterráneo literario.

Sus posibilidades lingüísticas se pueden observar; la percepción con que las envuelve es un don por su capacidad imitativa; en sus primeros artículos periodísticos lo deja entrever; en concreto me causó una honda impresión la lectura de “Una industria que vive de la muerte” sobre el cólera que asoló Madrid, que después pasó a cuento-todavía no sé por qué-. Es ensayo periodístico como ya escribí hace mucho tiempo. La tríada música-realidad-literatura conforman un mosaico difícil de igualar y menos perfeccionar.

“La sociedad presente como materia novelable”, así entra en la Academia para dar vida a sus personajes desde El Audaz, y La Fontana de Oro (1870) hasta el último grito en El abuelo (1898). “He levantado la bandera de la realidad enfrente de un idealismo estragado”. En todas ellas subyace la España radiante con sus dicotomías en las intrigas novelescas con ese tono didáctico que tanto caracteriza a Galdós, en fusionar lo político con lo personal con significaciones posteriores, bien reflejados en el mundo conservador y el mundo del progreso, a este pertenecía Galdós. No olvidemos que la vida de un escritor está en sus libros y en Galdós más, sin orillar los puntos de vista, las voces, la verosimilitud para llegar a la verdad de lo que ocurre a su alrededor para lanzarlo a la posteridad. Su vigencia es lo que nos hace recordarlo y leerlo.

Pérez Galdós

Pérez Galdós en el Ateneo de Madrid

Ayer por la tarde se presentó un nuevo libro del que es considerado, no solo en España sino en el resto del mundo, el novelista más importante español después de Miguel de Cervantes. Es un dicho que se repite continuamente allá donde vayas o asistas a una conferencia de altura: “después de Cervantes, Galdós”. El salón de actos del “templo espiritual” como lo denominó Galdós estuvo lleno; eso sí, la gran mayoría- entrado en años- hombres; también había un puñado de gente joven; me sorprendió que hubiera menos mujeres entre la gente mayor porque casi siempre es lo contrario, al menos a las conferencias y presentaciones de libros  a las que asisto y que se desarrollan en Madrid.

Se insistió en que el libro es como un avance de los hechos que se realizarán en el centenario de su muerte, por lo que el 2020 se considerará como el año galdosiano; leamos su obra, comprendamos su fuerza creativa-los tullidos antigaldosianos que se aparten aunque solo sea en este año-. No sé si estos con el paso del tiempo serán recordados, desde luego están muy lejos de la expresión “nuestro contemporáneo, además de clásico” que podemos aplicar sin duda a Galdós en el que hallamos la novela interminable.

Fue socio del Ateneo durante 55 años y aventó la expresión  “altar de mis sueños” urbi et orbi en consonancia con la idea de Espronceda : A todos, gloria, tu pendón nos guía, / y a todos nos excita tu deseo: / apellidarse socio ¿quién no ansía / y con las listas estar del Ateneo? 

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¡Siempre Misericordia! ¿Por qué no justicia?

Una nueva edición de la obra Misericordia de Pérez Galdós en Cátedra Base acaba de publicarse. Buena señal que se prosiga editando esta obra necesaria en el siglo XXI. En mi mente se agolpan muchas ideas de aquellas personas que cayeron genuflexas ante el novelista. Ya ha quedado mitificada la expresión “después de Cervantes: Galdós”. Incluso el Nobel Saramago venteó en varias ocasiones la tríada imagen de nuestra lengua castellana: en el centro Cervantes, a la izquierda Galdós, y a la derecha Torrente Ballester. ¡Qué clarividencia tuvo el escritor portugués! No lo dudemos y aceptemos la realidad. Los alicortos-que los hay de muchos colores-, que se abstengan, que también abundan. Estas ideas y muchas otras las dejé plasmadas en una edición-ensayo titulado Galdós y MIsericordia, 1993.

Sin duda la obra es de las más leídas. Esta edición, escribe la autora, es para “animar a los jóvenes lectores a descubrir en Misericordia una propuesta realista que les acerque a la literatura realista y aun pasado relativamente reciente, a la vez que les permita reflexionar y establecer relaciones con la actualidad del siglo XXI.” (pág.31). En el fondo hay muchas verdades que no queremos oír ni aceptar; no importa que el autor tenga que recurrir a la ficción para comprender la realidad. Esa es la grandeza de la literatura, sin ella no es posible acercarse a la realidad que nos envuelve.

¿Qué se propuso Galdós? Sencillamente hacer suyo lo que veía y oía: “descender a las capas más ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria…”. Ser testigo de una realidad que le atosigaba para ventearla. Este año 1897-el mismo de la publicación de Misericordia- en su discurso de ingreso en la R.A.E. defendió que “imagen de la vida es la novela y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías…”. En suma, analizar la sociedad de finales del siglo XIX desde el altozano espiritualista. Se apoya en cierta inquietud religiosa para escribir no solo Misericordia; al lado están Nazarín, Halma, Tristana y El abuelo. Es el Galdós intimista que le ha conducido de la interiorización personal hasta llegar a la corriente espiritualista. No se contenta con la “misericordia institucional”; por cierto que es un derecho; sino que va más allá con ese aldabonazo a las conciencias, y exige entrega, respeto, cariño, caridad entendida como amor (Ubi caritas et amor Deus ibi est).¿Qué es si no Nina ese gran personaje que crea Galdós apayándose en la lapidaria frase evangélica “Benigna sea tu misericordia”? Nina con su entereza busca la verdad, inculca la esperanza,el bien de los de los demás. Por desgracia, necesitamos muchas Ninas. La tríada adjetival-¡ingrata, ingrata, ingrata!- (“reventó en un llorar ardiente, angustioso, y golpeándose la frente con el puño cerrado, exclamó: Ingrata, ingrata, ingrata”, pág.291) casi al final nos tiene que llegar al sentimiento más profundo y acercarnos a este personaje hecho de trozos de cielo al que tenemos que llevar siempre. La literatura debe servir para esto. no para el entretenimiento. Si no te sirve para la vida, no pierdas el tiempo.

Al final de la obra, la editora recurre a 28 preguntas que te ayudarán a comprenderla con el rótulo “Después de la lectura. La realidad, reflejo de la ficción” para que ahora seas tú el que expandas tu creatividad una vez leída. Un ejercicio en el que se debe notar tu personalidad, tu estilo y si tienes conciencia social ante los desatinos de las relaciones humanas.

Pérez Galdós

Pérez Galdós en el Ateneo de Madrid

Ayer se representó en el salón de la “Docta Casa” la obra Santa Juana de Castilla de Pérez Galdós por el grupo La Cacharrería (.grupo de teatro de la sociedad ateneísta de aire libre). Antes de su representación pudimos ver en vídeo, además de los personajes históricos la primera edición y la última, por cierto, que hice yo-adjunto la portada-.La obra se representó, la primera vez, en el Teatro de la Princesa de Madrid el 8 de mayo de 1918.

En tiempos convulsos, el teatro es como una ventana abierta que ilumina, que nos hace vivientes, que nos une, que nos salva de tanto atropello inane. Esta obra vivificadora se alza como un oasis de otras teorías históricas que no pueden sostenerse por mucho que nos lo repitan, una y otra vez. El inmenso vacío con que se ha tratado al personaje histórico revive en lo literario. La necesaria ósmosis entre drama y realidad cobra todo su valor si entendemos el teatro como vida, como pensamiento que se alza en las tablas. Con estas palabras, Galdós nos lo recordó: “No hay drama más intenso que el lento agonizar de aquella infeliz viuda, cuya psicología es un profundo y tentador enigma”. Con su teatro quiso poner de relieve sobre las tablas el fanatismo, la intolerancia, la incompetencia, el poder corrupto, el enfrentamiento.

El concepto religioso con que es tratada tal vez sea cómo pensaba el autor. Juana no acude a las ceremonias de la Iglesia, pero en su corazón anida una fuerza evangélica que para Galdós ha merecido el título de santa.La religión la llevaba en su alma e intenta transportarla a los demás y estar con los más humildes, con los necesitados. Juana está mucho más cerca del cristianismo que muchos otros que se basan en lo externo. Pérez Galdós se percató de este hecho y la eleva a los altares.

La importancia del personaje tuvo más repercusión en la dramaturgia. Así Martínez Mediero la ensalza como paradigma del amor verdadero( Juana del amor hermoso,1982). Martín Recuerda nos traza una imagen pletórica, de ansia de libertad, de justicia, del lado de los desposeídos, de los engaños de una sociedad en que los “cuerdos son ladrones” (El engañao). Los tres dramaturgos sintetizan la tríada en la que las personas debemos crecer y ser espejo: libertad, amor y santidad.