Literatura y Medios de Comunicación

En la “Docta Casa”

Ayer se presentó mi libro  Literatura y Periodismo en el siglo XXI en la “Docta Casa” (para Galdós “Templo espiritual“) . El acto fue presidido por Miguel Pastrana, representante de la Junta de Gobierno del Ateneo de Madrid;  duró dos horas.

Sala de conferencias de la presentación  del libro

            Aparte de los agradecimientos, brevemente, desgrané algunas ideas; entre otras manifesté cómo la literatura me sirve de refugio, como huella, como meditación, como casa de misericordia, para sacar jugo de la existencia, para que las sombras se conviertan en primavera, única forma de ser feliz, de apostar por la vida. El jardín que día a día cultivamos debe tener como asidero la ensoñación, la utopía. He intentado que el arroyo literario pueda con todas las malezas que, a veces, quieren dificultar la limpidez del agua.

            La mayor parte de mi investigación está dedicada  a la dicotomía Literatura-Periodismo; he puesto todo el empeño para demostrar que en su nacimiento, el periodismo fue el mundo de la literatura. Primero, oral con los juglares que fueron los que pregonaron las noticias con su voz, memoria y donaire. Queramos o no, el embrión de la prensa literaria podemos cifrarla en los pliegos sueltos-cuadernillos de dos, tres o cuatro hojas- que servían para informar, aunque un siglo antes aparecieron “hojas volanderas”. En esta andadura Lemmard Davies ha escrito que la novela inglesa de los siglos XVI y XVII se asemejan a lo que consideramos los orígenes del periodismo. Sin olvidarnos de Andrés de Almansa cuando relata el viaje que hace Felipe IV por Andalucía; se puede considerar como prensa revestida de lo literario, aunque elija la forma epistolar. Quevedo sin saberlo estaba haciendo periodismo con un estilo conciso, improvisado. Era, como Umbral lo definió “periodismo de mano en mano”.

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Literatura y Periodismo 3

 En 1836, Mesonero Romanos publica el Semanario Pintoresco Español, revista literaria, popular y pintoresca. Su propósito no era otro que la generalización de la lectura y el conocimiento de los usos y las costumbres del pueblo. No nos extraña que haya sido bautizada por la crítica como la revista que más contribuyó al conocimiento de España. Mesonero supo como nadie combinar el artículo de costumbres y la novela de costumbres.

            Mas cuando el Periodismo adquiere razón de ser -hasta tal punto que muchos críticos lo ligan como algo inherente-, es en el siglo XIX. En este siglo la difusión de la literatura a través del libro fue minoritaria. Un ejemplo nítido lo tenemos en la poesía culta; la prensa se convierte en el principal canal de propagación. Castelar lo sentía como algo fuera de  lo común (“no puedo menos de sentir un rapto de orgullo por mi siglo y de compasión hacia los siglos que no han conocido este  portento de la inteligencia humana, la creación más extraordinaria de todas sus creaciones. Todavía comprendo sociedades sin máquina de vapor, sin telégrafo, sin las mil maravillas que la industria moderna ha sembrado en la vía triunfal del progreso, ornada de tantos monumentos inmortales; pero no comprendo una sociedad sin ese libro inmenso de la prensa diaria”).

            Al principio, la lectura de la Prensa fue fervorosa. Incluso los analfabetos sentían la información como algo necesaria. Por eso tuvo importancia la lectura periodística en grupo, sobre todo para satisfacer al iletrato. Espigando, encontramos en La Época de 30 de julio de 1888 el juicio que emitimos: “Llegan a la villa, al pueblo, a la aldea; uno de los dos o tres que saben leer reúne en derredor a los que no tienen más ideas que las que el otro les trasmite; se leen los artículos o sueltos en los que se reniegan de todo, desde el Evangelio hasta la última Encíclica; se pone en evidencia y ridículo el orden sacerdotal, clero superior e inferior; se presenta como un personaje grotesco al cura de aldea y se diviniza al individuo, etc.”

            En el siglo XIX nítidamente encontramos, en la primera mitad, una prensa de opinión, sobre todo enmarcada en el factor político-ideológico como bien ha escrito María Cruz Seoane. Los partidos buscan en los periódicos los órganos de expresión. Sin embargo, en la segunda mitad, los que más se venden son los periódicos que tratan de información. Por ejemplo La Correspondencia de España, Las Novedades o El Imparcial. A partir de este momento, adquieren gran importancia los anuncios, que son los que mantienen, en gran medida las  publicaciones. También aparecen las secciones amenas y los reportajes, que unidas a las noticias ocupan el “corpus” del periódico.

            Como consecuencia de la transformación de la Prensa hacia una dependencia del público y menos de los partidos políticos, trajo consigo un periodismo literario y la propalación del folletín-novela, que fue  el paradigma de la Prensa. Las novelas por entregas se convirtieron en el motor de la difusión y la interrelación entre Periodismo y Literatura. No en balde, la segunda mitad del siglo XIX ha sido denominada como la época de oro del folletín en la Prensa. La avidez de los lectores por las noticias sensacionalistas eran parejas a las del folletín. Y en este siglo cobran importancia las colaboraciones de los grandes escritores, ya que complementan la labor de creación con el periodismo. Además, sus obras se editan por entregas. Pensemos en Pérez Galdós ¾el más grande novelista que vieron los siglos después de Cervantes¾, al que muchos acuden y pocos lo citan; en un primer momento se dedicó al periodismo, y probablemente, según parte de la crítica, las dotes de observador provengan del periodismo. Sin lugar para la duda, no sólo fue el periodista destacado con sus crónicas en el siglo XIX para las publicaciones periódicas, sino también el gran cronista épico de una sociedad española desgarrada por tantas causas.

Pedro Antonio de Alarcón, director de El Látigo en su época de estudiante, conservó su vinculación con el periodismo en su obra novelesca, al menos en lo estilístico. Leopoldo Alas “Clarín”, uno de los mejores críticos. En los diarios y revistas dejó su impronta didáctica, orientadora en el campo de la literatura y del periodismo. Sus “paliques” eran seguidos en los periódicos por miles de lectores, no sólo por su forma sino también por el espíritu que emanaban. Y cómo no, la siempre distinta Emilia Pardo Bazán, con esa agudeza con que escribía para cualquier medio.  Una forma clara y distinta de periodismo fue la fundación de El Imparcial, y, sobre todo, el suplemento literario Los lunes de El Imparcial en el que colaboraron todos los grandes escritores del momento.

            Pero traer a colación el siglo XIX y el Periodismo es nombrar a Mariano José de Larra. La importancia de la Prensa en el siglo XIX es capital. En 1835, Larra escribía:

 En todos los países cultos y despreocupados, la literatura entera, con todos sus ramos y sus diferentes géneros, ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de tiempo en tiempo. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Los hechos han desterrado las ideas. Los periódicos, los libros.

 Con estas ideas, Larra nos indica la importancia que adquiere la prensa durante el siglo XIX. La opinión pública quería participar en el hecho informativo. Esta eclosión periodística es debida a que el público se acostumbraba al artículo breve. El tiempo es fundamental para el lector. Esto da pie para que el escritor publique sus obras por capítulos en las páginas de los periódicos y de las revistas. Y como consecuencia surgen nuevos géneros literarios en consonancia con el periodismo, como el artículo de costumbre o la novela-folletín.

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Periodismo y Literatura 1

A partir del siglo XIX, la prensa se convierte en el vehículo más importante de la literatura. En este siglo, las revistas El Europeo (1823-1824), No me olvides (1837-1838), El Artista (1835-1836) o El Iris (1841), fueron las divulgadoras del hecho literario. El periodismo  se arropó de literatura, y ésta ensanchó su campo con las nuevas formas periodísticas. A Larra, a pesar de todo, no se le ha considerado de una forma nítida en el campo periodístico, y, sin embargo, Larra puede significar “una buena línea de partida para el estudio del ensamblaje de literatura y periodismo, en la historia de las letras españolas”[1].

            Esta simbiosis literatura-periodismo se dio, con mayor frecuencia en los siglos XIX y XX, en todos lo países. Pero por no dilatar demasiado el tema pensemos en los escritores españoles que bebieron en las fuentes periodísticas: Pío Baroja que ha sido definido como el “novelista periodístico”[2]; Miguel de Unamuno, amplísima sus colaboraciones periodísticas; Azorín, uno de los escritores que más han escrito en la prensa; Hermanos Machado, Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset, Eugenio d´Ors, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina, Manuel Rivas, Juan Goytisolo, Sánchez Ferlosio, Francisco Ayala, Antonio Gala, Manuel Vázquez Montalbán, Manuel Vicent, o Francisco Umbral. La lista sería amplísima.

            Sin embargo, aunque es notorio que son los escritores los que han levantado el género periodístico a la categoría que hoy tiene, en la segunda mitad del siglo XX no siempre ha sido bueno este maridaje. En España, la polémica ya surgió en el año 1845 con motivo del discurso de ingreso en la Academia Española de Joaquín Rodríguez Pacheco en el que aludió al periodismo como género independiente. Y en 1895 es el escritor-periodista Eugenio Sellés el que también en su discurso de ingreso en la Academia afirmaba que el periodismo es un género literario lo mismo que lo pueda ser la novela, la crítica o el drama, “¿no ha de serlo el periodismo, que lo es todo en una pieza: arenga escrita, historia que va haciéndose, efemérides instantánea, crítica de lo actual y, por turno pacífico, poesía idílica cuando se escribe en la abastada mesa del poder y novela espantable cuando se escribe en la mesa vacía de la oposición?”.

Pero, quizá, haya sido Larra el que con más nitidez nos haya expresado tal dualidad en el famoso artículo “Ya soy redactor”: “Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de ser periodista: lo uno, porque al público no le importarán probablemente, y lo otro, porque a mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas y amanecí periodista; mireme de alto a bajo, sorteando un espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez y dime a escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable tan persona es un periodista como un autor de folletos. Ya soy redactor, exclamé alborozado, y echeme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción”[3].

            Juan Valera al contestar el discurso de recepción en la Academia de la Lengua de Isidoro Fernández Flores (Fernanflor) que defendió el ser periodista como una profesión, no estaba muy de acuerdo con que el género periodístico estuviera fuera del ámbito de la literatura, para remachar: “lo que distingue al periodista de cualquier otro escritor, poco o nada tiene que ver con la literatura”. Su idea era lúcida: el periodista debe ser literato, “un literato de cierta y determinada clase”, aunque para ello tenga que recurrir a determinadas formas del campo periodístico. Valera acorde con este criterio llevó a la novela su espíritu periodístico.

            La crisis de la conciencia burguesa,  el Germinalismo, el “98” se desarrollan en revistas de finales de siglo y primeros años del siguiente. En las revistas se van a dar cita los escritores de la llamada “Generación del 98” o “grupo del 98”, como hoy se tiende a denominarlos. No podemos dejar de mencionar la Revista de Occidente o el periódico El Sol como propaladores de lo cultural, base fundamental para la formación de las personas. Ortega y Gasset participaba de la necesidad de la lectura como regeneradora de todo. Esta proliferación de revistas continuó en las España de los años treinta en las que tuvieron cabida, no sólo las manifestaciones artísticas sino también las ideológicas, y las políticas. Después de la guerra, sobre todo en la década de los cuarenta y cincuenta, la importancia de las revistas se dejó notar; hasta tal punto que los artículos en las revistas literarias eran los de más enjundia.

Azorín, siendo como fue, además de escritor, periodista, no contemplaba el aprendizaje para ser un buen periodista, sino que éste debería poseer unas cualidades innatas. La Academia, siempre atenta, a los problemas del lenguaje acogió en su seno al periodista Mariano de Cavia.

 La dialéctica se ha extendido, aún más, en la segunda mitad del siglo XX. Pero también la Academia lo ha resuelto, hoy día, con la aceptación en sus sillones de dos periodistas: Juan Luis Cebrián y Luis María Anson, dos formas de entender el Periodismo, pero con una estela, en ambos, literaria. El que abrió una ventana para que entrara aire fresco al periodismo español con el nacimiento del periódico El País, ha ido más lejos en unas declaraciones, con motivo de la publicación de su novela La agonía del dragón, al señalar: “Creo que el periodismo es un género de la literatura, sin duda alguna”[5].

Hace ya mucho tiempo apareció en las librerías la obra periodística del también “Premio Nobel” G. García Márquez escrita entre 1974-1975. Su estilo periodístico ha marcado a hornada de jóvenes periodistas, no sólo por imitación estilística sino también asistiendo a los cursos que imparte cada año, en los que deja ese hilo conductor para conseguir la savia de un buen estilo. Para García Márquez da igual escribir novelas o artículos periodísticos. Siempre consigue ese estilo que le ha hecho famoso en ambos géneros.

En realidad-apunta Marcos Giralt- “pocos escritores hay en lengua castellana, además de él, capaces de eliminar de un plumazo, con logros iguales en ambos campos la siempre mentada, pero muy pocas veces hollada, débil barrera entre el periodismo y la literatura. Pocos hay que sean dueños de un estilo literario tan reconocible y pocos hay que, como es su caso, no lo rebajen ni lo amaneren a la hora de escribir en la prensa, convirtiéndolo en la única excusa comparecencia ocasional en pobres recordatorios, vanidosos o pecuniarios, de su existencia como escritores”[6].


[1]. ALFARO, J. M.,  “Literatura y Periodismo” en Cuenta y Razón. Madrid, núm. 5, 1982, págs. 95-99

[2]. Véase una exigua referencia, pero importante, en Mario Castro Arenas, El periodismo y la novelacontemporánea.. Caracas, Monte Ávila, 1969, págs. 73-74

[3]. LARRA, Mariano José de,  Artículos completos. Madrid, Aguilar, 1961, pág. 326

[4] . Entrevista de Antonio Fontana a Juan Luis Cebrián en el suplemento Cultural del periódico ABC, 12 de febrero de 2000, pág. 14

[5] . GIRALT, M., “La literatura del periodismo” en Babelia. Suplemento del diario El País. Madrid, 24 de julio de 1999,  pág. 8. Reseña del libro Artículos. Por la libre.