Novela

La ciudad de las luces muertas. Premio Nadal 2026

El adjetivo «desbordada» es el que me viene a la mente, una vez terminada la lectura. El autor con una capacidad asombrosa ha tejido una Barcelona de luces que han ido despertando cuando precisamente la luz solar y la artificial desaparecen. Solo le ha bastado un día para llamar a los que en otro tiempo la exaltaron ; es suficiente la «sutil» claridad y el resplandor del fuego» para dar vida, para que veamos la grandeza cultural de una ciudad. Los encuentros que se producen entre las personas nos conmueven («los clientes encendieron cerillas y dieron caladas a sus cigarrillos para intentar iluminar el local«, pág.69). La imaginación y la realidad hacen que nos creamos lo que parece difícil ante la búsqueda de lo que se perdió en un lugar llamado hace mas de cuatro siglos en una obra inmortal «de cortesía«. Pero, en un momento, «la gente entró definitivamente en pánico«, pág.79; un trueno y el apagón se fundieron y el ruido se extendió. Barcelona quedó iluminada por el fuego; desapareció la luz solar y artificial. El hecho fue misterioso por lo que «nadie podía abandonar la ciudad por la oscuridad», pág.168. Un infiltrado tenía que escribirlo para la posteridad ante un hecho insólito. La descripción del caos termina con la lapidaria frase: «La oscuridad había cubierto la ciudad», pág,195

No se trata de espigar en los 24 apartados de que consta y un epílogo. Es más bien un conjunto armónico aunque sonsaquemos aspectos y nombres que nos llenan más. Uno de ellos por lo sorpresivo («del considerado mayor poeta de Cataluña: el escritor y sacerdote Verdaguer«, pág.164)-aunque me viene a la memoria el curso quinto de Filología Hispánica en la signatura Literatura Catalana en la Universidad Complutense de Madrid con sus obras más importantes Canigó y L’Atlántida– el dístico lo dice todo: «Se tragaron las olas nave y cargamento, / que con ellas los tiburones compartieron«; y la oda a Barcelona, aparte de contribuir a la Renaixenca-. En mi caso, no podía faltar la excelsa Montserrat Roig que tanto aprendí de sus novelas, sobremanera, La hora violeta en la que me hizo recordar a Eliot y esa voz interior de la mujer que se me escapaba, aunque ya mi madre me decía que no llegaría a entenderla del todo; los hombres no llegáis a lo más profundo que anida en nosotras. Otras dos mujeres también se yerguen como Carmen Laforet y M. Rodoreda, una con su impresionante Nada y la otra con La plaza del diamante y La primavera y la muerte. A las tres se les puede aplicar el adjetivo excepcional sin que quepa duda. Tres narradoras ya clásicas que perviven. Siempre volvemos a lo que se adueña de saber contar.

De su vuelta a la ciudad que la vio nacer, Carmen Laforet sintió tristeza y recordó a las islas afortunadas donde se había criado y hecho mujer («Barcelona le asfixiaba; notaba la presión de las construcciones apiladas alrededor de ella y el oxígeno plúmbeo que despedía una ciudad de más de dos mil años construida de espaldas al mar»). El adjetivo «hostil» ocupaba su mente; estaba agarrado, no podía desprenderse. Por otra parte, le urgía averiguar el motivo de tanta oscuridad en la que está «sumida Barcelona«. Su recuerdo le vino a la mente: «Quiero ver la Catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche. En una noche eterna, una noche de los tiempos«, pág. 218.

Un hecho que no se escapa es Montserrat Roig-convento de los Capuchinos- intelectuales encerrados en la clandestinidad. Allí su voz predominó cuando la policía los cercó, la insigne periodista «aprovechó la rotura del cerco policial para escapar», pág.181. Se alejó sin que pudiera ser vista; en el camino encuentra un anciano que le dice; ante tanto caos, la solución » de salvar Barcelona sería dejándola en barbecho«. Roig le sonrió…., «y continuó hacia el barrio alto«. La joven periodista estaba llamada a subvertir el orden establecido («empeñada en cortar las alambres que asfixiaba y desdibujaba las libertades«), pág.150). Se consideró como la paloma mensajera juntamente con M. Rodoreda.

De esto hecho convulso no se salvó la «Sagrada Familia», esa arquitectura viva que nos anhela espiritualidad. Sí «se resquebrajaron las pilas bautismales del templo, así como el Cristo flotante sobre el altar y la parte central de la fachada del Nacimiento. Dos hechos capitales para que la fe no se distraiga; una, en la que el bautismo imprime carácter al bautizarnos para pertenecer a ser los hijos libres de Dios, y la otra, lo que atestigua que el hijo de Dios se hizo humano para que fuera ejemplo y sigamos su senda. La arquitectura de Gaudí, no obstante, brilló como si no hubiera pasado nada. Y un dato de la humildad del egregio arquitecto quiso que fuera unos metros menor que la montaña de Montjuic-que la consideraba divina-; lo humano tenía que estar genuflexo ante Dios.

El recuerdo del poeta sevillano-Machado– que tanto ensalzó la literatura catalana en sus últimos días en Barcelona, su presencia es obligatoria antes de «meter en el mar los pies hinchados de tanto caminar», pág.161, ya en el exilio. Tampoco podían faltar los detectives en esta ciudad abigarrada culturalmente. Los cafés eran lugares para buscarlos. Capmany después de quitarse el disfraz de religioso, se puso manos a la obra. Salió el nombre de Mendoza, pero hacía tiempo que no se le veía por donde iba a desayunar, dicen «que lo vieron en una alfombra voladora abandonando Barcelona por el Mediterráneo. Aseguraba que había encontrado por fin a Gurg y que quería marcharse con él a otro planeta«, pág. 210 . El camarero le apuntó en un papel de estraza dos nombres: «De día: Manolo/Manuel Vázquez Montalbán. De noche: Pepe Carvalho. La investigación consistía en «buscar a dos personalidades en esta ciudad a oscuras». Que las localice.

Al Epílogo antecede la luminosidad que se desprende: «Y llegó el mediodía. Y se hizo la luz». Y así fue llegando a la ciudad muerta, en los cafés, en las calles, en la famosa estación de Francia-lugar emblemático por muchas razones-. …»se hizo de nuevo la luz, la eléctrica», pág. 267. Al principio, no se percató que también la luz solar estaba de vuelta. La cola fue inmensa «para montarse en el primer tren que partía a Perpiñán», pág.269. A la memoria, nos viene lo que corrió de boca en boca; la película El último tango en Paris. Era un símbolo de la represión sexual en la sociedad española. Todos, como si nos recordara un mes de mayo «con flores a María», iban a postrarse a ese ventanal cinéfilo para entusiasmo y después contarlo. Se tenía como una gloria celestial, como si sucediera en otra galaxia.

Picasso pasaría a la historia como el mejor, pero también como «uno de los más infames«, pág.270. Gaudí fue enterrado «en la cripta bajo el altar». Machado con la esperanza viva, «Miró al cielo. La claridad le inspiró un último verso: estos día azules y este sol de la infancia». Después del apagón y hacerse luz, Carmen vio una Barcelona espléndida, ordenada, «entre el mar y la montaña«, pág 275. La luminosidad cobró todo su vigor. Cuando llegó la luz, ya fuera de la llamada «Capuchinada», reconoció su ciudad que llevaba en su corazón. Roig, aunque esposada, «nadie logró quitarle la sonrisa del rostro«. Cuando la luz volvió, Rodoreda «se sintió feliz de poder regresar a su ciudad«, pág.274 . Había pasado demasiado tiempo en el exilio y su cuerpo desfallecía, ya con el invierno a cuestas; ella que tanto había escrito de la primavera, era un recuerdo. No podía faltar quien descubrió la vuelta de la luz: el detective Carvalho. Y cómo no, fue Montserrat Roig quien llevó flores a su tumba con el nombre CARVALHO Y MONTALBÁN. Así ha quedado impreso para generaciones futuras. Y el último pensamiento: «Todo es luz y brilla«, pág, 276

Quizá lector/a que me lees tengas otra opinión, la mía es esta. Gracias.

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Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

Novela

Galíndez. Manuel Vázquez Montalbán

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No está olvidado el personaje, ya mítico, Galíndez. La editorial Cátedra con buen criterio nos lo recuerda para que primero lo leamos y después cada uno/a es libre para pensar de este profesor exiliado, representante del Gobierno vasco en Nueva York. Missing since 10.30 p. m., march 12 th, 1956. City of New York.

Hago una relectura de la que hice allá por 1990. Ahora con más conocimiento y, sobre todo, con las ideas de la edición de Colmeiro que yo desconocía, tal vez, he pasado de una lectura superficial de aquel entonces a una entrega más profunda del caso ante la repercusión, en su momento, con el adjetivo desaparecido. No sabemos si algún día se recurrirá a otro adjetivo. Su desaparición nos conmueve; detrás, una vez terminada la lectura, nos revolotea tres palabras: secuestro, tortura y asesinato. ¡Quién sabe! Para adentrarse en la novela tenemos que partir de: don Jesús de Galíndez «acaba de presentar su tesis doctoral en la universidad de Columbia sobre el régimen del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo». Estamos, por tanto, ante una novela de investigación.

La novela nos hace ir muy lejos para saber qué pudo ocurrir a este profesor que defendió su tesis doctoral «La Era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana» un 27 de febrero de 1956. Su análisis conmovió los cimientos en los que se basaba el dictador Trujillo. Al acabar sus clases el 12 de marzo de 1956 desapareció en las calles de Nueva York («¿Qué ocurrió el 12 de marzo de 1956 después de que la estudiante Evelyn Lang condujera a Galíndez desde Columbia hasta la parada del metro de la calle 57 con la Octava Avenida, de camino hacia su apartamento en la Quinta Avenida»?, pág. 38). El 5 de junio la Universidad de Columbia le concedió el título de Doctor in absentia-«Recibe in absentia doctorado de Columbia»- . Su estudio crítico de la dictadura de Trujillo («poco a poco fue quedando claro que Trujillo había orquestado un plan para eliminar a Galíndez a través de sus agentes en Nueva York», pág.40), sin lugar para la duda, es lo que está detrás de su desaparición.

Vázquez Montalbán se vale de una universitaria norteamericana-doctoranda- de la universidad de Yale- para descifrar todo lo que pudo ocurrir. Su nombre Muriel Colbert. El título de la tesis «La ética de la resistencia: el caso Galíndez» va más allá de una simple ocurrencia; encierra otros pormenores que la doctoranda irá descifrando a la hora de investigar sobre este personaje desaparecido. Cuando la rebeldía es virtud nos adentramos en lo que pudo ser verdad o, al menos, se va más allá de todo convencionalismo («Estoy solo, solo con mis angustias. Pero seguiré adelante, aunque nadie me comprenda en esta Babilonia«). El hecho de que se le nombre por parte del Gobierno Vasco como cabeza capital ante Naciones Unidas es algo que no puede ser desapercibido. Nueva York no es Santo Domingo de donde vino y en el que estuvo siete años.

Es evidente que la estructura de la novela nos conduce por caminos diferentes; ese multiperspectivismo con idas y venidas al pasado y al presente la hacen más enriquecedora para acercarse al caso de lo que pudo ocurrir ante tantos asesinatos, incluido el del dictador Trujillo unos años después. Tiempos convulsos, de espías, de malhechores, de la violencia del poderoso inmune. Se parte de cómo pudo ocurrir: la imaginación nos sitúa «en el episodio del secuestro, tortura y agonía de Galíndez, en la cárcel privada de Trujillo en la República Dominicana», pág.46. Muriel-la investigadora- indaga desde varias vertientes ya que recoge las diversas manifestaciones de testigos, entrevistas, archivos. Eso sí nos deja claro que no investiga toda la verdad sino qué le motivó («Tal vez por qué se la jugó). Es decir, sabiendo que le podía costar la vida-«sintió a veces que Nueva York era su Getsemaní». Es la clave del título de la tesis. Un hecho que preocupó, entre muchos, fueron las diferentes formas con que se describía al personaje que se acercaban a lo contradictorio; por otra parte, propio de los agentes en los que predominan las traiciones, las verdades a medias o dobles verdades. Galíndez también fue agente del FBI, «Rojas ND507». El hecho de la separación supuso un doble juego para distraer, para que nunca hubiera pruebas fehacientes («Mientras una pate de los servicios secretos luchaba por investigar la vedad de los sucedido, otra parte trabajaba para borrar las pocas pruebas que quedaban»),pág. 621.

La circularidad de la novela nos hace pensar que proseguiremos con la memoria de un muerto sin sepultura. En la penúltima página, de nuevo, se nos recuerda el pueblo de Amurrio como un lugar emblemático para la historia (« El recuerdo más hermoso que ahora tengo de Muriel fue el del día en que fuimos a ver el pequeño monumento que le han construido a Galíndez en su pueblo, Amurrio, sobre una colina que se llama Larrabeode, en la que han puesto un sencillo pedrusco con su nombre y poca cosa más»). Retrocedamos: se abre la novela también con estos parajes: «En la colina me espera…en la colina me espera…»– versos de Jesús Galíndez-, la circularidad que desprende la novela desde los inicios con la idea de aunar presente, pasado y futuro con la doctoranda, Galíndez y Ricardo nos insta a pensar que la memoria permanecerá, y de alguna forma revoloteará esa «colina empinada, / bajo el roble de mis sueños», dístico, soñado por Galíndez. Sin duda, su alma pajareará por Amurrio ya que al ser desaparecido no pudo dormir en el pueblo como soñó-…»y algún día me tenderé a dormir junto al chopo que escogí en lo alto de la colina…».

Conviene, finalmente, dejar prístino el mensaje del autor que no es otro que la ¨la ética de la resistencia» en una persona que quería llevar a los demás con detenimiento en sus ideas-el nacionalismo vasco y la libertad-. Es el compromiso. Probablemente sabiendo del peligro que corría, tanto por los servicios de información estadounidenses como por los agentes de Trujillo. Así como mantenerse firme ante las injusticias y corrupción del poder, su impunidad, sea el que fuere. Muriel es clave para pregonar la solidaridad entre los pueblos. Una modalidad diferente al poder omnímodo. En estos casos la rebeldía es verdad. Es una actitud ante el poder. Su ejemplo es el que pervive. Es la memoria de Galíndez-«ilustre mártir de la patria vasca»- que defiende Muriel con su entrega, su otro yo revestido de enamoramiento («La señora viuda. La viuda de un muerto sin sepultura», pág.149) de Galíndez ante un hecho que la historia venteará y permanece en la conciencia de las personas libres.

Vázquez Montalbán, M., Galíndez. Madrid, Cátedra, 2023, 639 págs.


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Personales

Homenaje a Vázquez Montalbán

Apenas sesenta personas en el Centro Cultural Blanquerna de Madrid para homenajear, ayer, al periodista, novelista y  poeta Vázquez Montalbán dice bastante. Me sorprendió que el salón no estuviera abarrotado, aunque solo sea como recuerdo de la columna que leíamos los lunes en el diario El País, aún no superada; se acercó Eduardo Mendoza pero sin que los lectores tuviéramos noticia, desapareció; el resto, estuvieron a años luz. Era lo primero que se leía. Pero, también, nos queda en la memoria  sus escritos en Triunfo, La Calle, Por favor, Interviú, el Periódico, etc.

Se anunció que el día 24 de abril se proseguiría con el homenaje; esperemos que el público acuda para reverdecer su obra periodística y literaria.

Personales

Pétalo al columnismo

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Félix Rebollo Sánchez

Dentro de unos días se  celebrará un Congreso en Madrid sobre el «columnismo». Me adelanto a verter estas ideas, aunque ya he contribuido con otras en capítulos de libros, artículos y en este mismo «blog» con el título de «La columna literaria». De nuevo,  este es mi canto a un género tan desarrollado y viviente en otro tiempo y no tanto ahora, a pesar del esfuerzo mediático con se acoge y los ejecutores se afanan. Una columna bien hecha siempre pervivirá. Manido es ya el dicho de que » la columna es el soneto del periodismo», aunque hoy se desdibuje. Los lectores del diario El País, los lunes, leíamos con primor la que realizaba Vázquez Montalban; a pesar del tiempo transcurrido aún permanece en nuestra mente, con respeto a quien hoy ocupa su lugar, pero no hay color. Aprovecho estas líneas para lanzar un mensaje: no entiendo por qué Eduardo Mendoza se cayó de esa peana del lunes cuando lo estaba haciendo muy bien; claro que preguntar a una empresa peridíodística y menos por un humilde lector que no ha faltado a la cita desde su creación, es buscar solo, y nunca encontrar. Sigue leyendo «Pétalo al columnismo»

Ensayo

Literatura, música, folclore

 Literatura, música y folclore. Lo que se entiende por el binomio “Literatura-folclore”, se concreta en tres apartados: la danza, lo literario y lo musical. Los tres forman un todo para alcanzar la perfección, que es lo que llamamos “literario”. En la Edad Media y en el Renacimiento “los cancioneros” se estudian en los Conservatorios, como obras musicales, después como obras literarias. Música y letra no nació, al principio, con un fin literario expreso sino para ser acompañado por la partitura, de ahí que el ritmo sea fundamental.

            La geografía, el clima y las personas se relacionan y estimulan. Así como el devenir es también capital ya que “el arte popular” cambia a medida que los hábitos y la mentalidad de la Sociedad se manifiestan de otra forma. Tiempo y espacio, por tanto, son fundamentales en lo folclórico. No existe una gradación porque tan folclórico es la sardana catalana como la copla castellana, la “muñéira” gallaga, la jota extremeña, como las diversas formas andaluzas. Si nosotros separamos los tres conceptos, nos queda la poesía popular. Estamos ante la creación literaria, sin que desaparezca lo musical o el verso. Es lo que hacen, por ejemplo, Federico García Lorca y Rafael Alberti.

            Si obviamos los efectos musicales del verso o las aliteraciones, literatura-música han estado relacionadas. La poesía lírica fue cantada, acompañada de un instrumento: la lira. En el género dramático, la música y las funciones del coro eran factores capitales para el desarrollo de la obra artística. El canto, la canción como base para el desarrollo de la literatura y la música.

            Dámaso Alonso señaló lo musical en los versos de Garcilaso: “en el silencio sólo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba”. O el famoso dístico, “un no se qué / que quedan balbuciendo” en que lo musical se trasluce claramente.

            Pérez de Ayala, en sus novelas, Tigre Juan y El curandero de su honra, sustituye la estructura narrativa en capítulos por una estructura musical. Tigre Juan consta de dos partes: “Adagio” y “Presto”. El curandero lo divide en  “Presto”, “Adagio”, “Coda” y “Parergón”.

            Pérez Galdós en el cuento “Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera”, desgrana el concepto naturaleza / arte como palabras que están en el mismo campo semántico de ruido / música. Lo musical de los martillazos para construir los ataúdes están como veteados de silencio. El martillo desprende música, incluso dice el narrador, es superior a las notas musicales de grandes creadores como Haendel, Palestrina o Mendelsohn. La hipérbole va mucho más allá de lo que espera el lector.

            Gerardo Diego escribió de los Nocturnos para piano de Chopin. A la vocación poética del poeta se unió la de la música.

            Una obra más actual como Cuaderno de Nueva York de José Hierro desprende musicalidad en su totalidad. El poeta ha manifestado que “la poesía es como la música. No es que la gente no le guste, pero no todo el mundo sabe leerla, al igual que no todos saben leer partituras. Por ello es muy importante que la poesía llegue al público a través de la voz, leída. Porque la poesía se entiende cuando se escucha”[1]. En fin, ejemplos se pueden encontrar a raudales.

            En un primer momento, los cantos, los cuerpos adornados, pintados fueron la base, al son de un ritmo musical para imitar a la naturaleza en todas sus formas, ya sean las hazañas del hombre en la caza, en la guerra, ya con cultos a las fuerzas como el fuego o a las divinidades con los himnos sagrados. Las fiestas dionisíacas dieron origen a la tragedia griega, al teatro, e incluso su imitación a la ópera moderna. Con el tiempo todo se fue trasformando. La expresión cantada al compás de un instrumento adquirió otra forma con el invento de la palabra escrita. Durante mucho tiempo lo literario permaneció unido a lo musical, léase los cantos homéricos, los fúnebres, los épicos, los romances cantados, las canciones de los canta-autores de protesta o amor, casi siempre sacados de la propia literatura.

            Vázquez Montalbán, representante del llamado grupo poético de los “novísimos” o de los “70” destaca que “cine y canción se han alimentado de literatura. Hora es ya que la literatura se alimente del cine y canción. Los programadores de divorcio entre cultura de élite y cultura de masas morirán bajo el peso de la masificación de la cultura de élite”[2].

            Finalmente, el crítico Federico Sopeña Ibáñez cultivó diversos aspectos de la historia de la música. En concreto tiene un  ensayo Música y Literatura en el que aborda esta dualidad.

[1] Declaraciones de José Hierro en el diario El País. Madrid, 10 de diciembre de 1998, pág. 38. Al año siguiente hizo otras declaraciones en la misma dirección: “Para mí es muy importante la música. Y no sólo la música. Todas las artes han querido integrarse siempre en una sola cosa. Por eso la poesía ha de tener el volumen de la arquitectura, el color de la pintura y el tiempo de la música, no sólo la musicalidad, es algo más, es ritmo” (El País, 28 de marzo de 1999, pág. 33).

[2] VÁZQUEZ MONTALBÁN, M., “Prologo” en Baladas del dulce Jim de A. M. Moix”. Barcelona, El Bardo, 1969