Novela

Justina o los infortunios de la virtud

Después del empacho de Juliette. Las prosperidades del vicio, me dije, bueno voy a ver Justina del Marqués de Sade, ese hombre que tres regímenes distintos lo condenaron con la cárcel; es decir, la censura pudo más ante la obra que escribió. Hoy, ya podemos leerlo sin cortapisas y sin que te señalen, que generalmente son los que hablan de oídas que es lo peor que puede ocurrir a una persona. La edición original se adorna con un frontispicio alegórico: La Virtud entre la Lujuria y la Irreligiosidad, clave para poder entender lo que se pretende.

Entre mis manos al leer esta novela me pregunto por qué ha pasado al adjetivo «maldita», cuando consta que en el siglo XIX se leyó bastante. Estamos ante las memorias de un personaje : Justina; es la base de lo narrado, la que nos hace percibir de la autenticidad de lo que leemos. Es evidente que cuando uno comienza la lectura ya sabe que el mundo de la finanzas, los aristócratas, el clero, el erotismo, o más en concreto, lo pornográfico revolotean por la mente por lo que ya estamos advertidos. Difícil es comprender por qué la idea de Dios solo se contempla como el rechazo más absoluto o para blasfemar. ¿Es que Sade necesita en quién apoyarse para construir un varapalo en el que destroce a todos los estamentos de la sociedad del siglo XVIII sin distinción? Ya en la segunda línea pone como frontispicio la «Providencia». Tal vez para suscitar el interés de los posibles lectores/as, para inquietar a conciencias dormidas que no quieren verse ante el espejo.

¿Por qué desde las primeras páginas obliga a que nos decantemos con la expresión «vale infinitamente más estar al lado de los malos. que prosperan, que entre los virtuosos, que fracasan»? Y a partir de aquí se construyen las dos partes de las que consta la novela. Hay que tener entereza, ya en la primera parte, para proseguir con la lectura; unas veces, bueno, me decía, por hoy basta para huir de los atropellos descritos y me refugiaba en La calle de las Camelias de Mercé Rodoreda. Fue una forma de distanciarme de las ideas de Sade; una de ellas, no lo he superado todavía, que es el nacimiento de Jesús de Nazaret y de quién nació; para mí una auténtica barbaridad aunque fuera como leyenda. La posición de Sade: es irrespetuoso no solo con los que libremente tienen fe, también contra los que se debaten entre razón y fe. Ante la respuesta de la protagonista- «pero, cualesquiera que sean las espinas de la virtud las prefiero siempre»- insiste en que la maldad es el camino.

Ante tanta violencia, al final de la primera parte, la protagonista se ve desvalida, desesperada, de ahí que piense: «quizá el mal es útil en la tierra…Y, si su divina voluntad así lo dispone, está claro que es un error enfrentarse a ella». Pero, también, se rebela, no lo acepta, y se disculpa ante Dios. El final de esta parte es un asueto después de su última estancia en el convento. El lector, también, siente alivio cuando la señora Lorsange pidió a Teresa que descansara algunos minutos.

Tras esta pausa, prosigue «la exposición de sus lastimosas aventuras» de la segunda parte. Así, se nos narran nuevas peripecias dolorosas que el lector desea terminar por lo cansino que resulta la relación, que más o menos se parecen, y siempre la violencia como común denominador. Sinceramente, después de tantos atropellos, el final de la novela no es posible imaginarlo. En las últimas líneas subyace todo lo contrario de lo que se propuso; es decir, que el vicio triunfe. Evidentemente ahora choca con todo lo sucedido anteriormente, aunque ya nos había advertido con briznas, pero que el lector no se percata, a su «buena amiga» («Quizá una lágrima viva tuya determine, y después de haber leído Justina. digas: ¡Ay! ¡Qué orgullosa me siento de amar a la Virtud ante estas escenas del Crimen!». Para corroborarlo con el fin: «Y vosotros, los que llorasteis ante los infortunios de la virtud y compadecisteis a la desdichada Justina….., ojalá saquéis al menos de esta historia el mismo fruto que la señora de Losarnge. Quiera Dios que os convenzáis con ella de que la verdadera felicidad radica exclusivamente en el seno de la virtud…..».

¿Qué pretendía Sade, solo ir en contra de la virtud y plantear que el vicio también puede sacarnos de nuestras ideas o solo ir en contra de la educación que se recibía? El que se piense que lo único que pretendía era renovar la novela es demasiado simplista. En buena lógica se vale de ella para destruir el ambiente de su época que consideraba desastrosa en demasiados ámbitos e intenta ser verosímil ante la dicotomía ficción- realidad lo que supone un gran esfuerzo en el arte de narrar; sin esta premisa no se puede atraer a lectores/as. El planteamiento bien-mal estaría fuera de lo que pretende, al menos para que sirva de reflexión, aunque solo fuera eso. ¿Entonces es la naturaleza la que nos predestina y no podemos abandonar ese camino desde que nacemos para morir? ¿La ley natural iría en contra de todas las leyes que la humanidad crea para la supervivencia? Por el contrario, el ser humano no puede aceptar la crueldad, la injusticia,, la marginación, el poder del más fuerte. La lucha entre la maldad y la bondad, ¿nos hace más libres o es que la naturaleza nos hizo así y no podemos rebelarnos?

El autor, por otra parte, concreta lo que pretende: «hacer que el sensato, que lee provechosamente, deduzca la lección, tan útil, de la sumisión a las leyes de la Providencia y la advertencia fatal de que a menudo el cielo golpea junto a nosotros al ser que nos parece haber cumplido perfectamente con sus deberes…..».


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Novela

El jardín de los frailes (Manuel Azaña)

Con calor agosteño entre biblioteca y piscina terminé La Quimera (Pardo Bazán); sin duda una obra egregia, lo mejor que he leído de una mujer que quiso y venteó ser ella en los tiempos en que estaban genuflexas y no cogían el vuelo a pesar de que por las ventanas entraba aire fresco.

Si lo artístico se apodera en la obra de doña Emilia, era el momento de adentrarse en otra obra que tenía en mi biblioteca y que había leído hace mucho tiempo. Era el momento de proseguir con esa altura intelectual y artística, me refiero a El jardín de los frailes. La edición que leo se publicó el día 29 de julio de 1936 en Madrid, en la calle Martín de los Heros, 65. Antes se había publicado en los Cuadernos de La Pluma en 1921-22, y en volumen en 1927.

Si en toda la obra quedas como en suspenso según vas deslizando la lectura, la última página y, sobre todo, el final te sobrecoge:

«Se calan la cogulla: a ellos y a mí el cierzo nos hiere. Una cima se encumbra lejos, encapuchada de nieve y rosa.

En túmulos de escarlata

corta lutos el silencio.

Es el ocaso.»

No es perplejidad, es la imagen de la descripción perfecta de la dicotomía existencialismo-fin de la tarde. La estampa viene precedida por tres frailes en el huerto prioral (» las delgadas siluetas negras, sin gravidez, accionan levemente; algo dicen, miran al suelo»).

Ya en las primera hojas podemos observar el acopio de ideas ante un lugar desconocido: «amanecí en El Escorial, donde no tuve otra impresión el primer día que la de entrar en un país de insólitas magnitudes». Ante la pregunta del padre Valdés : «_Tú ¿por qué estudias? ¿Por convicción?». La respuesta fue sincera: «risas y encogimiento de hombros».

Ante el tipo de enseñanza, pronto se enseñoreó la rebeldía (» Más rebeldes que a la conservación de la doctrina éramos a la restauración de los modos»).

Por lo demás, se trata de la evocación de los estudios de Derecho en los agustinos de San Lorenzo de El Escorial, pero siempre con su propia idea: » primer encuentro de un mozo con lo grave y lo serio de la vida». Es sabido que su refugio fue la literatura; el saber cada día más. Tal vez la concepción de la enseñanza a finales de siglo no iba con él según se va tejiendo el desarrollo («El fastidio de tantas horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro»…), incluso las peripecias de lo que narra: se percibe la negrura, el encerramiento de las ideas, siempre apoyadas en el pasado; contra esto se rebela el protagonista, lo dogmático se apoderaba de jóvenes llenos de vida («El tiempo nos aplastaba»), que quieren pensar y al no recibir ese apoyo, algunos pierden la fe, entre otros el protagonista y luchan para extenderla sin más, aunque el lamento no va más allá: las fuerzas oscuras siempre están al acecho. Ese es Manuel Azaña («Declaro con rubor que fui en El Escorial alumno brillante»), ahí se recoge su proceder ante el paso de los días de la enseñanza que recibió y su visita después.

Cuando el antiguo alumno vuelve, se encuentra con el padre Mariano que le pregunta por sus recuerdos; tienen un diálogo de altura, la amistad perdura más allá de conceptos existenciales. El fraile atento a la conversación, pasa al ataque: «conservas, a pesar tuyo por lo que oigo, una forma intelectual y has desechado la substancia. Aquí la recibiste. ¿No te acuerdas?» La respuesta fue contundente: «Me queda un sabor a ceniza». Ante el monstruo que le acompaña desde el nacimiento-«que no debe ser un ángel, rezongando de continuo, descontento de mí»-, al no poder destruirlo, el padre Mariano pronuncia las últimas palabras: -«Dios haga que escuches al monstruo y seas un día nuestro hijo pródigo» . No sabemos si sus últimas palabras en Barcelona llevan esa impronta: «Paz, Piedad y Perdón».

Coda. Siempre que subo a San Lorenzo de El Escorial me doy un paseo por El jardín de los frailes, y claro, el recuerdo de un gran escritor como fue Manuel Azaña no solo por esta novela; no olvidemos que fue Premio Nacional de Literatura por Vida de Juan Valera,1926. No comprendo por qué ese odio por lo de siempre, cuando por mucho que escarbo en su obra no era antireligioso; sí iba en contra del poder que tenía la jerarquía eclesiástica en la política; tuve la suerte, tanto en el bachillerato como en la universidad, que me explicaran en las clases de Historia esa frase ya manida y fuera de contexto que pronunció: «España ha dejado de ser católica». Cualquier persona con sentido común entiende que no se refería a los españoles, a las personas sino a la forma de gobernar, es de decir al Estado que tiene ser libre sin que las religiones entorpezcan el bien común, por lo que no iba en contra de la libertad de cultos sino por el entrometimiento de la iglesia católica en la forma de gobernar. Incluso no atacó la enseñanza que recibió sino que usaba el entendimiento, la razón, para tirar por tierra muchos de los conceptos que había recibido sin más; la prueba evidente, entre otras, es que hoy en la Universidad María Cristina se denomina una de las aulas: Manuel Azaña. Muy distinto fue Pérez de Ayala que atacó, sacó la daga en A.M.D.G. contra la enseñanza jesuítica, a todas luces desproporcionada. Pero como escritor todavía podemos leerlo, nos sirve de ayuda en este devenir que no sabemos a dónde nos conduce.


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Novela

La Quimera ( Pardo Bazán)

El tiempo pasa y Pardo Bazán prosigue en pie por tantas formas con que se manifiesta con su buen hacer y, en definitiva, porque quiso ser ella; el convencionalismo lo convirtió en rebeldía, ¿de qué otra forma si no? Muchas cosas se dicen, se propalan sin más, solo los que la leen llegan a comprender cómo el arte literario se cobija en el alma; son los intervinientes los que se desnudan y chocan con la sociedad aletargada, sin rumbo. Es lo que pretende doña Emilia, adentrarse en lo más hondo de las personas para que nos sirva de ejemplo para el problema existencialista ( «Viniendo a La Quimera, en ella quise estudiar un aspecto del alma contemporánea, una forma de nuestro malestar….», Prólogo, pág. 146). Antes de comenzar a leer La Quimera convendría dar lectura a la significativa y larga introducción de la editora; es una manera de entenderla mejor; de cualquier forma nos sirve de ayuda.

Lo que desencadena la creación de la novela de doña Emilia son los avatares del joven pintor que llega y con generosidad accede a retratarla, y a partir de este momento, su protagonismo no se olvidará hasta su muerte; estamos, por tanto, en la mezcla de ficción y autobiografía que ya desde las primeras páginas se nos muestra en los alrededores de Alborada-lugar de residencia familiar de verano: «Torres de Meirás»-. El principio y el final tiene el mismo título Alborada; antes con el título de Sinfonía se nos describe «la muerte de la Quimera (tragicomedia en dos actos, para marionetas)». Nos anticipa, por ende, el significado de la Quimera en los dos actos; la leyenda griega cobra todo su valor ( «La exterminaré, si me concedes llamarme esposo de tu hija»). Al vencer el héroe a la Quimera tiene como premio el casamiento con Casandra. hija de Yobates y le sucede en el trono. Doña Emilia tuerce la situación; es Casandra la que se enamora del héroe («Yo iré donde tú vayas y pisaré tu huella con los pies descalzos. Si esposa, esposa, si amante, amante, si esclava, esclava» (…)-«mañana a esta misma hora huiremos de aquí juntos», responde el héroe; -«no, hoy mismo, ahora ; -tengo que cumplir mi destino heroico y exterminar a la Quimera»). Su deseo de luchar contra el monstruo lo cumplió y lo vence; ahora es cuando al mirarse ambos después del triunfo, no tienen ninguna atracción y desaparecen («Quién me ha metido en tal empresa (…). Desde aquí me pongo en salvo». Casandra: «yo regreso a mis jardines…»).

Termina con el grito de Minerva: «¡Gloria la héroe! La Quimera ha muerto». ¿Estamos ante la idea de que cuando no existe por lo que luchar, por alcanzar lo máximo, el idealismo de la vida, todo se vuelve rutinario, inane? ¿Son incompatibles idealismo y realismo? En la novela se atisba ambos conceptos el triunfo y la muerte. Lago cae rendido ante la quimera, lo destruye. No ocurre así con Minia que conserva su buena salud e incluso aspira a lo más alto y a vivir. Entiende la vida como entusiasmo, con ansia paradisíaca; y lanzó con esta novela una nueva forma de acercarse a la sociedad, a lo artístico, desde otra atalaya más cercana. Estuvo, en fin, en un apasionante alborear del siglo que comenzaba.

Hay que partir del hecho, según confiesa la autora, de que el personaje principal existió: «el protagonista existió y estuvo muy de moda en Madrid como retratista al pastel». Tampoco hay duda de que doña Emilia aparece como el personaje que lo abarca todo. Una dualidad en que se enfrentan por adentrarse en el mundo artístico con los nombres de Silvio Lago y Minia Dumbría. Cada lector /a, una vez terminada la lectura, puede pensar lo que quiera o haya advertido; pero sí destaca el esmero que tuvo doña Emilia de retratarse y ofrecen el mejor tú. Cierto es que el mito griego de la Quimera le sirvió para trazar secuencias del pintor gallego al que denomina Silvio Lago; este tal vez recurriera a la quimera del arte para acercarse a ciertos personajes de la sociedad de su tiempo.

Estructuralmente, la novela se divide en seis apartados (Alborada, Madrid, París, Intermedio artístico, París, Alborada) y un apéndice documental; aparte de los ya referidos prólogo de la autora y sinfonía; y claro, la magistral introducción de la editora.

Su comienzo no puede ser más alentador, más amoroso: «era de cristal la mañana. Algo de brisa; el hábito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda». La pregunta inmediata: «La Panadería de Sendo, ¿adónde cae?» nos indica un inicio prometedor de quien la realiza para conocer al personaje venido de Buenos Aires y más tarde «voy a Alborada». El sabroso diálogo entre sus parientes que lo acogen nos hace reflexionar sobre la emigración gallega. Al llegar a las torres de Alborada reconoció a la baronesa de Dumbría e inmediatamente enhebra conversación después de que esta leyó la carta que traía Silvio. La contestación no fue muy alentadora: «Tal vez sea difícil…». Pero se produjo lo que deseaba: pintar a Minia, ya que los que tuvo no consiguieron captar la dualidad corporal y espiritual que destilaba. Ya con la expresión de Silvio: – «¡Qué expresión tan bonita, señora! ¿Quiere usted mirar un momento?» se adueñó del personaje y más cuando la previene que no la va a hermosear: » así la respeto más. ¡La doy a usted toda su edad, su corpulencia, y su misma expresión, la misma! Suavizo un poco las líneas». La conquista estaba hecha, y es cuando se inicia el diálogo de acercamiento entre los dos y las diferentes maneras de ver lo artístico apoyándose en pintores consagrados. Lo que deseaba el pintor: que el retrato lo llevase a Madrid «y lo vean sus relaciones», y así podía hacer retratos en Madrid para pagarse sus estudios que quiere ampliar. Y así, con un diálogo más cercano nos enteramos fehacientemente que marchó «solo y sin amparo a Buenos Aires a los catorce años porque «mi tutor…., decía que pintar es oficio de holgazanes». Quería ganarse la vida y después estudiar en «Francia, en Inglaterra, donde se pinta en gordo».

Su llegada a Madrid viene determinado por el diario de Silvio de noviembre a junio; son «las hojas del libro de memorias de Silvio Lago»; este apartado es más extenso; comienza: «Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin encuentro un taller….».

Si bien las técnicas perspectivistas, a veces, dan una idea más clara de la narración, según la editora, Pardo Bazán «no maneja las técnicas de la introspección y del monólogo como lo hace Galdós, que era maestro en esta modalidad narrativa». Seguramente Pardo Bazán fue consciente de ello y más cuando fue una gran lectora de la obra galdosiana, más allá de la amistad que les unía. Pero eso no quiere decir que no consiguiera unos trazos perspectivistas que el lector observa y recoge en los diversos momentos de la historia. El pintor tiene un buen recuerdo de lo bien que comía en Alborada nada más arribar a Madrid. Ahora es distinto: » me ataca de los nervios al darme consejos de economía; es como si a una adelfa la dijesen : «Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho». Y es cuando lanza la expresión al nombrar a los garbanzos: «mi comida es una desolación y apenas digiero». Pensemos que los garbanzos era un lujo y su pensamiento oscilaba en lo bien que comía en las Torres y la comparación «como los hebreos de las ollas de Egipto» es nítida.

Y así con la verdad por delante se apropia de los meses: noviembre-final de noviembre; diciembre-final de diciembre y ya es cuando va destilando su pensamiento más enriquecido con el entorno y los profundos diálogos (» Salgo, me lanzo a a la calle de Caballero de Gracia y compro una palmera y una camelia en flor. Es el toque que me faltaba»), Y lo que le pone de los nervios es el acto dialogal con Minia. «Se ve que usted no quiere ser libre y dominar el destino (….). Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen suprimir». Más profundo y más extenso es lo concerniente al mes de enero. Siente la amargura, la fatalidad. «No lucho; ¡a luchar , lucharía par no disolverme en los crueles brazos de la Quimera!». La cortedad del mes de febrero radica en la visita que recibe en un día frío, «espantoso y cae una ligera nieve».

Mucho más informativas y necesarias son las cartas de Clara al doctor don Mariano Luz Irazo en Berlín con respuestas; en la primera se muestra con un corazón herido. El final de la misma es una necesidad humana, apremiante: «escríbeme, confórtame. Lo necesito más que nunca». Son cuatro cartas. Verdad, sonrojo, misterio, psicología se columpian para llegar a la cúspide no solo del alma de Clara; el amor, a veces, trae consecuencias inesperadas.. Este segundo apartado te absorbe tanto que deseas llegar al final, como el propio personaje Lago; pero no porque en el mes de junio se nos anuncie con la expresión «¡…Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento», pág.378. Parece que existe como un descanso cuando «empieza correr en los círculos sociales la voz de que me voy a Paris». Surge un cambio: «Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso». Atrás queda la doblez, la mentira y grita: «¡ Madrid, adiós»! Todo un alarde de sinceridad al final del mes de junio para soñar con París en el que subyace la idea de aprender, estudiar lo artístico para pasar a la posterioridad

El primer pensamiento nada más llegar a la estación parisina sorprendió en el diálogo: «Vengo aquí a estudiar». El recuerdo que tenía cuando estaba en Buenos Aires le revoloteaba: «de París hablan los artistas como de la tierra de promisión». El sentimiento que despertaba en su alma «Nuestra Señora» era alivio y afán de progreso en lo que anidaba en su corazón, pero, al mismo tiempo, sentía en él un desengaño: » Nunca pintaré. Nunca saldrá de mis manos lo que se llama un trozo de pintura «. Durante las ociosas mañanas visitó los museos. Y sin duda el primero fue el Louvre. » salió menos aplastado de admiración, pero más confuso, que del Prado». Pronto percibió que París no es Madrid. Se dio cuenta que su optimismo se venía abajo. Silvio se sintió solo, abrumado, la oscuridad se cernía; pero peor sería que se apagase «la lámpara». Lo sombrío de su existencia no le dejaba: » se declaraba y reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa….». La idea de volver primero a la Alborada y en invierno a Madrid le animaba y zambullirse en sus retratos y más retratos.

En el «Intermedio artístico» se lanza a Bruselas: «Voy a darme un baño de maestros, un chapuzón de pintura seria». Apenas llega, se entera » de que existe un museo de las obras de un solo pintor contemporáneo, que no quiso vender ninguna». Allá que se fue, pienso que no por curiosidad sino por una admiración adelantada que coincidía con su forma de ser. Sin embargo, salió del museo «asqueado, yo no podré, probablemente, ni pintar así».

En Amberes le revoluciona Rubens que «aturde y emborracha». Resalta de la catedral dos trípticos soberbios: «el Descendimiento y la Crucifixión». Y así en un alarde de elocuencia artística se posiciona por si albergara alguna duda: «Porque Rubens grita desde lejos; grita; planta su bandera»; para Silvio en cualquier época del arte se impondría.

Después, La Haya. Prosigue con el diálogo que había establecido con el sueco Limsoë- «que padece ataques de un entusiasmo frío, especie de iluminismo»- en el apartado anterior y deciden encaminarse a tierra holandesa. Impresiona el conocimiento del arte holandés y defiende : » lo que determinó este frondoso florecimiento de arte en Holanda fue la intensidad de la vida civil, las grandes transformaciones de la sociedad, el civilismo y el ciudadanismo de estos bátabos». El razonamiento del periodista sueco ya cansa a nuestro Silvio en la estancia de Harlem. «me obliga a estar siempre razonando las impresiones bellas». Ya en Amsterdam hay cierta coincidencia con Rembrandt, pintor del alma universal: «artística, alucinada, soñadora, apasionada de lo extraño». Es el recuerdo de la luz, mejor de la claridad. El periodista deja su impronta, su saber artístico : Rembrandt «era un bohemio, que murió en la miseria, que vivió entre judíos prestamistas, anticuarios encubridores de robos y piraterías….». Y para finalizar este interludio Brujas en la que se mantienen las ideas capitales de lo artístico, y deja su impronta, por si había alaguna duda, sobre los prerrealistas: «lo capital de esta escuela no son sus obras, a pesar de una gran belleza, sino sus teorías que resumen el Evangelio del arte». La estética como factor clave para llegar a la última palabra del arte: » el éxtasis»; el sentimiento profundo, la flor de la belleza. La despedida impregnada de sentimiento: ¡»Démonos un abrazo….y hasta el cielo»!

Su vuelta a París no fue exitosa. De nuevo sus dudas, sus retratos, el porvenir, la confusión: » la exhibición del retrato hecho por mí, de un retrato que en Madrid se convino que lo verían gentes conocidas que pueden encargar….».

De nuevo a la Alborada como refugio, como tranquilidad. Unos diez días después de escribir una carta a Minia Dumbria le esperaban en el andén las señoras: «sabían que ningún criado acompañaban al enfermo, y temían que viniese destrozado de tan largo y molesto viaje». Su abatimiento, desgana, pronto se percibió, de su pregunta de cuándo llegaremos a Alborada y también de su esperanza de que se pondría bueno, aquí está la vida al sentir el frescor de sus alrededores. La tuberculosis aguda con que en Madrid habían descrito la enfermedad, fue aceptada por los doctores de Marineda. En un entorno paradisíaco fue perdiendo sensibilidad y expresiones como «tengo frío, me hielo». Allí a su lado estaba el capellán de la casa; las palabras del sacerdote «quizá no cabe en él más que su Quimera» fueron la losa de que el final estaba pronto. Minia lo condujo a la sacristía de la capilla de Alborada en la que estaba la efigie del Cristo del Dolor. Le dio miedo. No quería morir: «¡Vivir! ¡Sanar! ¡Correr por los sembrados»… Horas de espera hasta que le trajeron el Señor: «Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su lengua descansaba la suave partícula» (…). La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas.

La vida comenzó en la Alborada y aquí concluye; es el final, atrás quedó todo : sufrimiento, enamoramiento, lo artístico, el afán por vivir; «lejos del hálito de brasa de la Quimera». El triunfo de Minia al «tantear la composición de una sinfonía»…, fue su triunfo ante la Quimera; es la otra cara, saber a qué has venido y dejarlo para la posteridad.

Coda. Tengo que confesarlo: es lo mejor que he leído de Pardo Bazán. La expresión de la editora, en mí, se ha hecho realidad: «Confieso, eso sí, es que ayudará a algún lector a apreciar determinados aspectos de la novela». Aquí está.


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Novela

Juliette o Las prosperidades del vicio

Ya en los estudios de bachillerato el profesor dejaba caer algunas espigas de De Sade, sin más, pero a esa edad piensas qué habrá detrás de este escritor que se rebela de lo humano y divino; simplemente lo hacía para que tuviéramos en cuenta que existían escritores en los que se mezclaba el ateísmo, la filosofía y la pornografía. Por los motivos que fuere de este escritor no hicimos comentarios de textos siendo el emblema de los estudios literarios en sus clases, aparte de la declamación de poemas. Nunca nos dictó en clase para que aprendiéramos las obras y autores; para él lo fundamental era la lectura de las obras, los debates y si el texto tenía sentido y nos ayudaba para la vida. Mucho tiempo después me dije que tenía que leer esas obras magistrales para unos y denigratorias para otros. Sentí un cierto regocijo cuando me entero de que la editorial Cátedra había publicado hace unos días Juliette o Las prosperidades del vicio de D.A.F. De Sade. Me dije: pues este es el momento de la lectura como huida de tanto ruido en estos días convulsos y ver si hay diferencias con la otra obra estandarte, Justine o los infortunios de la virtud. Tal vez, por naturaleza, nos decantamos por lo prohibido.

A pesar de que la crítica discrepa en cuanto a su publicación, parece que según la editora la obra de 1801, es, pues, sin ninguna duda, y a pesar de las opiniones «una nueva versión con un nuevo manuscrito». Mas allá de conjeturas lo primordial es la lectura de la obra literaria como siempre he mantenido. Pero sí nos podemos hacer la pregunta: ¿por qué el vicio es el que triunfa en la sociedad?, o simplemente por qué la ingratitud reverdece más que el agradecimiento, pensemos en el personaje galdosiano Benina en su obra Misericordia. Evidentemente son una de tantas ante las diversas cuestiones o por qué algunas personas se lanzan a detallarnos lo que parece que es oculto o no se puede manifestar. Pero tenemos un dato revelador, como altar, la mujer henchida de belleza. Sin duda no es nuevo, pero es lo que nos concierne en esta obra.

No parece lógico que el autor se burle de los que creen en Dios o practiquen la religión. Que él no crea, está también dentro de lo lógico, otra cosa sería los que se valen de Dios para cometer tropelías en su nombre, los famosos «sepulcros blanqueados»; o la rigidez moral abrasadora-incluso con el infierno- para los otros; por cierto que abundan. La opresión, en ningún caso, debe darse, y de hecho existe. Lo que no perdona el autor es cuando esa rigidez proviene de los que un día se consagraron a Dios (Papas, abades, monjas, curas, religiosos en general) y no dan ejemplo, que solo aparentan y se convierten en verdaderos profanadores de eso que predican; evidentemente de esta esfera están fuera los que dan ejemplo, más allá de la valía de esos pensamientos que defienden con su fe inquebrantable.

La superiora insta a Juliette que no se achante ante nada («procura que en el futuro tu libertinaje, sustentado en excelentes principios, pueda con descaro, como en mi caso, entregarse a todos los excesos sin remordimientos», pág. 82). De ahí que comience por la existencia de Dios como cimiento de todo. La base de todas las religiones de la tierra tienen un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos; pero nos podemos hacer la siguiente pregunta, ¿quiénes son estos y aquellos? Difícil respuesta aun teniendo limpio el corazón. Así prosigue la superiora convenciendo a Juliette de que Dios no existe. Pone como ejemplo al de los judíos y al de los cristianos, «al no haberse mostrado todavía este Dios, ni en la secta judía ni en la secta aun más despreciable de los cristianos», pág.87. Duras palabras y razonamiento dechado solo para convencer de que se rompan todas las normas provenientes de las religiones porque enfermizan las conciencias de las personas con ese Dios, «este es el ser abominable que han inventado, y en cuyos templos han hecho correr tanta sangre», pág,89.

¿Estamos ante una necesidad como consecuencia de nuestra debilidad? Si es así, las religiones también pueden ayudar a mantenerte de pie, aunque solo sea como distracción para huir del dolor, por ejemplo. Ante los razonamientos de las religiones quedas en el aire, «en verdad, de todas las religiones establecidas entre los hombres, no hay ninguna que pueda prevalecer legítimamente sobre las demás, pág.93». Pero el que tiene fe, siempre insiste, en que la suya es la verdadera, que las demás no pueden mantenerse. Y esto es lo que nos ha conducido a lo que significa «la guerra de las religiones». Impropio, sin duda, del ser humano porque en todas anida el amor fraterno como base.

Hay un pregunta de Juliette que desnuda todo ante el mosaico de Delbene que va descifrando para la no existencia de Dios: » si no hay ni Dios, ni religión, ¿quién gobierna el universo? La respuesta no se deja esperar: «su propia fuerza, y las leyes eternas de la naturaleza». E incluso la institutriz arremete contra el alma, el espíritu, porque es indemostrable. Y lo peor y escalofriante es cuando se nos narran las auténticas barbaridades que se han cometido contra las mujeres en todo tiempo y en todos los lugares por el hecho simple que quería ser feliz, sentir su cuerpo igual que el hombre; da igual que fuera cierto o no el adulterio, se la acusaba y ya tenía encima la muerte que hiere la sensibilidad de cualquier ser humano al leer cómo se producía ( las páginas 127-129 casi ni se pueden leer sin que una persona sienta escalofrío, tristeza; no puede ser que una persona puede actuar así). Ante estos hechos macabros descritos se les aconseja: «¡Oh mujeres voluptuosas y libertinas!, si estos ejemplos no sirven nada más que encenderos aún más, tal y como imagino, porque la esperanza de que el crimen es seguro es siempre un placer más para mentes cuerdas como las vuestras, escuchad mis lecciones y sacad provecho de ellas», pág.129. Hay que respirar para intentar llevar la imaginación lejos de esos hechos macabros.

Y así la narradora nos va deslizando su pensamiento que va en contra de todos los prejuicios de la sociedad fruto de la ignorancia; la manipulación se hace ver. El final de la primera parte por si había alguna duda nos recuerda, otra vez: «Mis doncellas me esperaban para darme un baño; pasé en él dos horas, otras tantas para mi arreglo y, fresca como una rosa, aparecí en la cena del ministro, más hermosa, según me aseguraron, que el astro mismo del que me habían privado unos infames canallas durante dos días, pág.244).

La estructura de la novela , como nos adelanta la editora nítidamente, tiene como base «una imitación de la del Decameron, que conoció una afortunada secuela en Francia con el Heptameron de Margarita de Navarra», pág. 26. Acierta la editora al nombrar la picaresca española ( » Las aventuras de Juliette, encadenadas una tras otras, recuerdan, cómo no, a la novela picaresca española»). Sin echar en saco roto que lo primordial de Sade es terminar con todos los prejuicios, tal vez fruto de la ignorancia y la forma de cómo se puede manipular la mente humana. El problema radica en por qué todo lo cimenta en el sexo y la libertad. Quizá se toma estas dos palabras como fruto de la prohibición de ambas, de ahí que se nos advierta constantemente que las dos están unidas en las personas y debemos desarrollarlas. Por otra parte, es difícil entender por qué detesta la procreación cuando insiste en que la mujer lo ocupa todo en el universo ; es más, está llamada a liberarnos, a cambiar las estructuras mortecinas de la sociedad que los hombres han realizado.

Según se va avanzando en las seis partes de que consta la novela, las escenas, los movimientos y el deseo carnal son más abrasadoras; el lenguaje y las imágenes que crean en la mente te hacen proseguir en la lectura; da la sensación que no tiene fin. Las últimas son claras por si había dudas: «en todo esto la única que sale malparada es la virtud», pág.1106. Las últimas expresiones son reveladoras; no nos debemos achantar ante tanta cohibición y ventea: «La verdad desvela los secretos de la naturaleza, y por mucho que tiemblen los hombres, la filosofía debe decirlo todo».

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De Sade, Juliette o Las prosperidades del vicio. Madrid, Cátedra, 2022, 1108 págs.

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Novela

Otro centenario: Ulysses de James Joyce

Entre mis manos la última edición de Cátedra, 12 ª, 2022. En esto de cumplir años, lo mejor, en vez de hablar tanto, es leer la obra. No se trata de opinar, antes hay que leer. ¿De qué sirve que venteemos o aprendamos que «el jurado de la «Modern Library» eligió en 1998 a Ulises como la mejor novela escrita en inglés en el siglo XX»? También para el editor de esta edición «Ulises es la novela por antonomasia del siglo XX», pág. LXXIII. No hay otra fórmula que para ennoblecer este pensamiento sea la lectura íntegra; no repitamos el sonsonete de su dificultad. Atrévete y aparca lo que digan. Te irá mejor. Piensa que penetras en un mar desconocido en el que tal vez recuerdes una sinfonía de palabras y te columpies en ellas sin más.

Hace tiempo-incluso ya cuando inicié los estudios filológicos- que abandoné la crítica antes de leer una obra, sobre todo, si era poética. Tengo mis dudas de aquellos que pontifican y llego a pensar que no se leen la obra completa; simplemente la hojean o se detienen en unas líneas, exactamente como hizo el censor para prohibir Ulysses. Precisamente el Fiscal General del Reino Unido se valió de 42 páginas; se tildó de «libro escandaloso»; asombroso, sin duda; por ese aspecto alumbró a los lectores ociosos, al menos para comprarla. Ese acto fue un éxito; sin apenas lectores se convirtió en afamada, una vez publicada en París en inglés. Los desatinos de los censores los hallamos en todas partes; unos alardean de no ser moral; con el paso del tiempo siempre triunfa la libertad inherente en las personas.. ¿Qué tiene que alguien-como Leopoldo Bloom- abandone a su esposa por la mañana y después de muchas peripecias caiga rendido en el lecho a la veinticuatro horas en los brazos de su mujer o para ser más exacto con su cabeza al lado de sus pies? Da igual que sea real o ficción muchos de los aspectos descritos en esta prosa inglesa tan singular y llena de vericuetos para que te detengas y pienses en ese caminar que realiza el protagonista, aunque no solo.

La dificultad nada más empezar su lectura es verdad, pero esto te lleva a que estés atento; ya en las primeras líneas te quedas absorto por lo desconocido, por el camino emprendido y quedas pensativo («Majestuoso el orondo Buck Mulligam llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. Un batín amarillo, desatado, se ondulaba delicadamente sobre su espalda en el aire apacible de la mañana. Elevó el cuenco y entonó: — Introibo ad altare Dei»). No puedes continuar, te paras; tienes que respirar para proseguir su lectura. La imagen te penetra.

Y enseguida en el primer episodio de la primera parte-de las tres- se nos sitúa en la Irlanda católica en el comienzo de un nuevo día con esa dicotomía constante; ahora noche / día; con la misa comienza ese clarear y acción de gracias; la constancia de lo cristiano en estas primeras líneas es nítida ( «Bendice, Señor, estos alimentos». «¡La bendición de Dios sea contigo! «In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti«.»O se cree o no se cree ¿no es así? Personalmente yo no podría tragarme la idea esa de un Dios personal». «Y la santa iglesia de Roma católica y apostólica; et unam sanctam et apostolicam ecclesiam«); otro término que repite en estas líneas es «jesuita» (no olvidemos que Joyce estudió en los jesuitas e incluso estaba llamado para el sacerdocio, pero tras una crisis religiosa abandonó Irlanda); y, cómo no, el monólogo interior («stream of consciousness») tantas veces repetido por la crítica, quizá se haya dado demasiada importancia porque no era novedoso a pesar de su fuerza literaria. No nos quedemos ahí y prosigue sin que te apure el lenguaje, las metáforas o todo lo que te dificulte hasta que encuentres otra vez luz. La exaltación en este primer episodio de la lengua irlandesa ( ¿»Comprende algo el gaélico? «Hermosa no es el término adecuado». (…) «Completamente maravillosa», pág.16).

El episodio segundo nos sumerge en lo tenebroso de fechas, de historia, de leyenda, de actos que nos lleven a pensar, y en medio el profesor con el paso del tiempo, los recuerdos y lanza por si había alguna duda: «La historia, dijo Stephen, es una pesadilla de la que intento despertar». La contestación de Mr. Deasy no se deja esperar: «Toda la historia humana se dirige hacia una gran meta, la manifestación de Dios», pág. 39). Tampoco en esta parte se abandona lo que ha constituido la enseñanza religiosa; a lo largo de lo que se va contando casi siempre existe una referencia precisa («Por el poder amado de Aquel que caminó sobre las olas, por el poder amado…; «los doce apóstoles habiendo predicado a todos los gentiles: por los siglos de los siglos»; a César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»; «tejer y entretejer en los telares de la iglesia«, pág.29. No podía faltar la dualidad Inglaterra / Irlanda. «La vieja Inglaterra se muere». «Inglaterra está en manos de los judíos».

Un paso más en el episodio tercero de esta primera parte en que el profesor, de nuevo, se adentra en la dualidad espacio/ tiempo y en la mutabilidad de todo, del ser y la apariencia y eso sí la palabra Dios como eje vertebrador de todo en hechos concretos para que no haya dudas: «¡Ay, por Cristo bendito en el que me he metido», pág. 45. «Al bajar la hostia y arrodillarse oyó ligada con su segunda campana», pág. 47. «Dios se hace hombre, se hace pez», pág.58. Las citas literarias poéticas se agolpan para intentar llegar al meollo de las cosas; de qué otra forma si no se puede llegar al verdadero conocimiento si no es con la palabra hecha carne, desnuda aunque exija ritmo, musicalidad. El paseo del profesor por la playa le hace meditar más, acercarse a la realidad de los objetos. El paso del tiempo como aguijón, como para recodarnos que somos polvo, que no pasa en balde ( «Sí, el lubricán se encontrará a si mismo en mí, sin mí. Todos los días alcanzan su fin. Por cierto, el próximo cuando sea martes será el día más largo. Todos los días alcanzan su fin»», pág.59.

La segunda parte va del episodio 4 al 15. En las primeras líneas nos enteramos de que a Leopold Bloom lo que más le gusta eran los riñones de cordero a la plancha», pág.61. Después de desayunar se lanza a patear las calles de la ciudad. Es el apego a las cosas lo que le preocupa más que lo intelectual; es lo material lo que le concierne. Su idea primigenia era ir al entierro (- ¿A qué hora es el entierro? – A las once, creo, contestó. No he visto el periódico); al terminar este episodio, de nuevo pregunta («¿A qué hora es el entierro?»). Las campanas de la iglesia, lo anunciaban: «¡Dingdón! ¡Dingdón! una y otra vez. ¡Pobre Dignan!, pág.78. A partir de este episodio tenemos un nuevo personaje, Leopold Bloom.

Es en el episodio quinto en el que se adentra y describe minuciosamente los objetos y personas que observa con un caminar discreto, vestido de negro, pues va a asistir a un funeral. En su cabeza aleteaba algo secreto, pero es interrumpido por otra persona para después hacer tiempo, deambular hasta que se acerque la hora del entierro. Al lector no le es extraño que entre en la iglesia de All Hallows aunque no es practicante pero sí conocedor del catolicismo. Con minuciosidad de las páginas (89-94) describe el desarrollo de la celebración de la comunión; la imagen nítida de casi al final de la celebración: «El sacerdote enjuagaba el cáliz: luego lo apuró de un trago de golpe». Bloom mira para atrás, al coro; se lamenta de que no va a ver música. Pero sí recuerda la música sacra («la duodécima misa de Mozart, ese Gloria. Aquellos antiguos papas entusiastas de la música del arte y las estatuas», etc.) Llama la atención en este episodio su fijeza cuando mira a la mujer de enfrente o cuando sale del hotel observa las piernas de otra mujer, y cómo no, su pensamiento está en ver si le ha escrito su amante-desea no ser advertido, es su secreto- para después buscar un lugar tranquilo sin ser visto y leer la carta de Martha. Por el momento la religión y el sexo revolotean por su mente.

El episodio sexto respira final, muerte. Es el entierro desde los primeros detalles hasta que es inhumado en un Dublín soleado aunque con apenas unas gotas de lluvia. El vacío de los muertos nos sumerge en la nada, sobre todo los que no creen en el más allá; entre ellos está Bloom, pero en esta situación se hallan también con los que tienen una fe religiosa que les adormece y esperan otra vida más justa; es la dualidad que nos embarga como necesidad; el réquiem por el alma de Mr. Patrick Dignam le aleja aún más a Bloom; se encuentra en la ceremonia como solo, apartado. También se percata de otra persona con gabardina, que anda de aquí para allá; le gustaría saber quién es. Es un enigma; cada lector puede pensar lo que desee, no se puede decir quién hay detrás. Cualquier conjetura nos sobrepasa («Mr. Bloom se mantuvo apartado, el sombrero en la mano, contando las cabezas descubiertas. Doce. Conmigo trece. No. El tipo de la gabardina hace el trece. El número de la muerte. ¿De dónde puñetas habrá salido. No estaba en la capilla, lo juraría. Qué superstición más tonta la del número trece», págs. 125-26.). Este número persigue a mucha gente, incluso hoy, como de mal agüero. Al final, ni rastro; desapareció.

En el episodio sétimo Bloom y algunos de los que estuvieron en el entierro se han dirigido a Freeman´s Journal and Nactional Press. Se nos recuerda lo que se hace en una redacción periodística: discusión de temas, páginas, el bullicio, la persuasión con figuras retóricas incluidas. Tal vez nos sorprenda la cantidad de titulares con letras mayúsculas que hallamos en este episodio. ¿Se puede prescindir de ellos? El lector es libre. Si lo omites, la dificultad será menor porque te condiciona el encabezamiento. Son nada menos que 51, mas uno con el rótulo de tres signos ? ? ? El primero: «EN EL CORAZÓN DE LA METRÓPOLIS HIBÉRNICA». El último: «DÍGITOS DISMINUIDOS RESULTAN DEMASIADOS EXCITANTES PARA ADEFESIOS RETOZONES. ANNE ALBORATA, FLORISA-¿PERO SE LAS PUEDE CULPAR? Para terminar con la idea que no nos abandonará en su trayectoria dublinesa: «si se pusiera la pura verdad de Dios Todo Poderoso», pág. 169.

Cada titular parece un enigma, y sin embargo se esconde un pensamiento que te lleva a que tú también seas el copartícipe de las ideas vertidas por Joyce como son la iglesia irlandesa, el nacionalismo, el recuerdo bíblico de la Tierra Prometida, el uso del irlandés en la Universidad, la influencia inglesa; discusiones periodísticas («se tiran al cuello unos a otros sin más en los periódicos y luego todo queda en nada. Cómo te va hombre al momento siguiente», pág. 143).

En el episodio octavo ya se nos dice que estamos en la hora del almuerzo y los olores cobran su sentido, así como el sentido del olfato en la calle, en las personas; y cómo no la búsqueda de un restaurante para almorzar: todo su pensamiento gira alrededor de esta idea. El encuentro con Mrs. Breen con un diálogo absorbente por la alegría de verse después de tanto tiempo. En otro momento lanza la idea de que el «republicanismo es la mejor forma de gobierno. Que la cuestión de la lengua debiera preceder a la cuestión económica», pág. 186. Y así se va avanzando para avisarnos que «las manecillas se mueven. Las dos. Aun no», pág. 197.

El episodio noveno comienza con un bibliotecario que pronuncia a un poeta con páginas inapreciables, «un gran poeta sobre un gran poeta hermano», pág. 211. Como lugar emblemático se recurre a la Biblioteca Nacional de Irlanda. Los nombres de Russel, Shakespeare, Yeats, Aristóteles, Platón, etc. pululan por este apartado. Incluso Stephen preguntó cuál de los dos «me hubiera desterrado de su república», se refería, obviamente, a Aristóteles y Platón. La dualidad materialismo/espiritualismo siempre presente como Don Quijote y Sancho; al final se convencen de que solo el materialismo no es posible, pero tampoco es posible solo el espiritualismo. Pero todo esto nos llevaría a ser lectores de la obra, que es lo primordial, y después podíamos llegar a ser creadores. En este apartado no podía faltar la mofa del autor a la religión que aprendió y vivió en sus primeros años. » Él Que se engendró a Sí mismo mediante el Espíritu Santo y Él mismo se envió a Sí mismo, Redentor», pág. 226.

De nuevo, como ya vengo advirtiendo, el soplo de la religión no lo aleja; en las primeras líneas del episodio décimo ( «Y mientras bajaba los escalones del presbiterio»). Hace referencia al reverendo Conmee, para a continuación descifrar otro personaje Dignam («Vere dignum et iustum est»). Y en esta misma página no podía faltar el cardenal Wolsey (Si hubiera servido a mi Dios como he servido a mi rey no me habría Él abandonado en la vejez, pág. 251). Y, otra vez, el padre Conmee (» en el comulgatorio colocaba la hostia con dificultad en la boca del viejo premioso»). O el recuerdo de millones de almas «que no habían recibido el bautismo de agua cuando les llegue la última noche…». La fe no les había llegado, esta idea choca con lo que nos enseñaron en el catecismo; que la fe es un don que Dios otorga, por lo que no se deben preocupar los que no la tienen. Al padre Conmee le parecía «una gran pérdida» que se abandonasen. Todo un personaje en el que se descifra una cierta soledad aunque percibamos ese orgullo en su ser.

Los contrastes de Dublín también son reflejados desde el que pide una limosna, como el marinero, hasta los que se vanaglorian de poseer. Bastante antes ya se había distinguido un lugar para que quede para la posteridad («Estamos en la histórica sala de consejos de la abadía de Saint Mary donde el sedoso Thomas se proclamó a sí mismo rebelde en 1534», pág, 264), para zanjar: «este es el lugar más histórico de todo Dublín»). Y en medio de este ambular las sombras de Bloom y Stephen. Bloom es visto como ( «Es un hombre completo y culto (…).No es uno del montón o uno más», pág. 269). En los tenderetes de venta de libros atisbamos, inmediatamente de qué lado se inclinan. Bloom con apasionado mirar dijo: » Me llevo este». El tendero fijó su mirada en el libro Delicias del pecado y musitó: «Este es de los buenos». Stephen se decanta por «cómo conquistar el amor de una mujer. Esto es lo mío», pág,278. Y así, James va descifrando escenas, cuadros de las calles abigarradas que despistan pero que son como fogonazos en la mente del escritor con distintas dualidades, enfoques.

Me quedo un poco fuera de lugar en la lectura del undécimo episodio. Qué pretenderá con esto. Me da igual que James empleara en el episodio la técnica fuga per canonem; es decir, aunar la música y la literatura como artes perfectivas. Dicho así es fácil de entender, pero me sorprendo; quizá cuando intervienen Miss Dulce y Miss Kennedy, camareras del hotel, que ven pasar la cabalgata del virrey percibo algo. y esas dos mujeres tomando el té y echando por la boca lo que les viene. Me vienen a la memoria los protagonistas de la novela, pero aparece un elemento más: la música y el entorno ( Simón Dedalus toca la canción «Adiós, amor, adiós»). Bloom entra a comer al restaurante del hotel, desde aquí oye la música. Hasta los detalles más mínimos desean que ocurran ( «Tóquelo en la versión original. En fa mayor», pág. 311). ¿-«Qué canción es esa» , pregunta Bloom cuando está terminando de comer. –Ya todo está perdido». -«Una canción hermosa (…..) La conozca bien». Y así todas las canciones sobre el mismo tema, la tristeza embarga y no detenemos («La música tuvo la culpa. La música tiene magia. Dijo Shakespeare», pág, 321). ¿Qué hacemos, entonces, no cantar más al amor cuando hay celos-amargura? La expresión «Bloom solo» es determinante. El acercamiento de «una puta asquerosa con sombrero marinero de paja negro» hacia Bloom nos permite pensar en la soledad («Me siento tan solo») es suficiente para comprender sus ideas. El final de este capítulo es sobrecogedor, incluido la ventosidad (Pprrpffrppffff. Acabó). Aquí la libertad de los lectores/as es nítida. ¿Es una necesidad, sin más, como descanso o un ataque a los hechos descritos incluida la música? Da igual. Hay que proseguir.

No podía faltar el patriotismo irlandés en el episodio duodécimo en la taberna de Barney Kieman y las conversaciones acerca de la identidad de un pueblo con todo lo que conlleva la carga de sentimentalismo, pág. 339. The Irish independent y la expresión «Irlandeses todos por la Independencia de Irlanda» lo dice todo. Una efervescencia a principios de siglo que se palpaba, se discutía, no querían ser súbditos ni de unos ni de otros. Pero, ¿era fácil desentenderse de lo que la iglesia había sembrado y por qué no ayudado a que Irlanda creciera?

Hay un hecho en la conversación de la taberna que no puede pasar desapercibido cuando interviene el paisano y habla de la lengua irlandesa y a vueltas con la liga gaélica, «y que si la liga anticonvidadas y que si la bebida, la maldición de Irlanda, pág.356; y luego «con Irlanda sobria Irlanda libre » hasta llegar a que se pregunte al comisario de policía por qué se prohíbe, los deportes irlandeses en el parque («Qué piensas sobre eso, paisano?»). Bloom no se queda atrás y llega un momento en que da su opinión del tenis («Lo que quiero decir sobre el tenis, por ejemplo, es la agilidad y el entrenamiento visual»).

Importante en este devenir, es cuando el paisano pregunta («Qué decidieron en su reunión los mandamases del ayuntamiento esos chapuceros sobre la lengua irlandesa?, pág. 372) . La respuesta fue la de proteger el uso del gaélico («…»y si a bien hubiera,, una vez más, se retomaría a su estima entre los mortales la lengua asaetada de los gaélicos por el mar separados»). Incluso se llegan a preguntar qué es una nación, para a continuación preguntar el paisano: («Cuál es su nación si me permite la pregunta»). Bloom dice :Irlanda, Aquí nací. Irlanda. No se queda ahí sino que proclama con nitidez que pertenece a una raza «que es odiada y perseguida. También ahora, En este preciso momento. En este preciso instante. (…), vendida en subasta, como esclavos o ganado». pág. 381).

El episodio decimotercero está cargado de sentimentalismo y este nos conduce al sosiego, a que hable el corazón. Bloom y Getty llegan a la conclusión de que los dos están solos; es el momento de sincerarse. Para Getty el sueño amoroso pasa por delante («los dictados de su corazón que le decían que él era suyo todo por entero, el único hombre en todo el mundo para ella porque el amor es el mejor consejero. Nada más importa. Ocurriera lo que ocurriera quería ser rebelde, independiente, libre», pág. 418). No hay otro camino, Bloom le pertenece, le idealiza; en él están todas la virtudes. Las miradas y los fuegos artificiales en el entorno contribuían a ese ardor («A ella le hubiera gustado gritarle sofocadamente, tenderles sus finos brazos de nieve que viniera, para sentir posar sus labios en su blanca frente, el grito de amor de una mujer joven»).

Es la entrega lo que el cuerpo necesita. Realidad, ficción, idealismo; todo se necesita. También en el ser humano, a veces, prevalece la caída; el ver la existencia de otra forma cuando se adentra en el tanto caminar y se pierde esa fragancia con que la vida nos revistió. En este caso también Bloom se viene abajo cuando ve la realidad y huye del espejismo, pero intenta ser agradecido con la joven que le aupó y se llenó de su bondad, y él se entregó a su juventud, a la vida, al amor renacido, pero al observar la cojera («Triste lo de su cojera desde luego») vuelve a ver la realidad («Nunca vuelve a ser lo mismo (…) Oh mi pequeña toda tu doncella blancura desatada vi hasta lo alto…, pág.438). El varapalo de Getty no se deja esperar cuando la realidad se sobrepone («…y se dio cuenta en seguida que aquel señor extraño que estaba sentado en las rocas mirando era un Cuco, Cuco, Cuco», pág. 439″). El amor romántico o destellos del mismo al final se desvanece. Lo que tantas veces pensamos detrás de la alegría también está la tristeza, el desdén.

La entrada en el episodio decimocuarto nos apabulla por la cantidad de oraciones que nos ofrece sin descanso, y cuando este termina empieza con otro párrafo aun más difícil; pero si quieres tener un idea, aunque sea somera, de la novela tienes que asomarte por la ventana para ver ese bosque tan nutrido de palabras, de pensamientos que se entrelazan. La fuerza de la narración te obliga a proseguir aunque por el momento no veas esa luz.

Hay palabras de las que no puedes huir: fecundación y sexo. La fertilidad o procreación es una defensa que tiene un origen bíblico. Estamos tanto inmersos en el origen de la humanidad y de la palabra por la que expresamos nuestras ideas «…y la palabra era acerca de Dios y Dios era la palabra» leemos en el evangelio. Chocante resulta que en las primeras hojas, Bloom se convierta en caminante: «Y el andante Leopoldo»; después «Infante» («Y el caballero escolar tuvo a bien verter para el Infante Don Leopoldo…», pág. 446), luego en caballero ( «…y agora el caballero Don Leopoldo que su sangre…»), y posteriormente » el bueno Don Leopoldo». Son transformaciones pero sin perder el de «judío». La lectura de estos fragmentos nos recuerdan a Quijote. O a mí me lo parece.

Al final del episodio se nos recuerda que «la Divinidad no es cosa de tres al cuarto. Os garantizo que Él es cabal y empresa de gran excelencia. Él es lo más grande y no lo olvidéis. Gritad la salvación está en Cristo Rey. Muy listos os tendréis que andar, vosotros pecadores, si queréis dársela a Dios Todopoderoso. ¡Plaaaap! Vaya que sí. Él guarda para ti un remedio que te va a hacer efecto, amigo mío, en el bolsillo de atrás. Anda, inténtalo», pág. 493. Lo leído por el autor y lo que le habían enseñado en esa Irlanda de principios de siglo revolotea constantemente. Después de todo, nos queda la duda, la relatividad de las cosas sin certezas absolutas, pero el camino elegido por James te hace que estés cada vez más atento a la lectura porque ya se ha pasado el «Rubicón» y no hay otra idea que llegar al final. El final del episodio nos invita a intentarlo.

Lo que faltaba: en el episodio decimoquinto me sorprende que se cambie de género literario, ese deambular por la vida y las calles de Dublín se troca en que el teatro sea el que nos acerque a esa realidad más certera, no necesariamente más objetiva. Como novedad, como en cualquiera obra teatral, se nos advierte del comienzo: «La entrada al barrio nocturno por Mabbot street, ante la cual se extiende un apartadero de tranvía sin empedrar con vías esqueléticas…» contribuye a la puesta en escena para que nos situemos en un lugar parlero dublinés. El pasado que vuelve se cimbrea. La introspección, la meditación que en otro tiempo fue capital es una necesidad que el tiempo apremia, de ahí que la escenificación teatral nos conduzca a la palabra y la acción como motores de la verosimilitud. Quizá no haya otro fórmula mejor y, tal vez, por eso, James recurra al teatro.

La segunda acotación nos vislumbra ese camino tantas veces emprendido por los personajes que conforman la novela. Destaquemos: («Un peón borracho se agarra con ambas manos a los barrotes de la entrada a un sótano, dando bandazos pesadamente. En una esquina, dos guardias nocturnos con esclavina, las manos en las fornituras, se alzan amenazantes. Un plato se hace añicos: una mujer chilla: un niño se queja. Se oyen juramentos de hombres que braman, mascullan, cesan. Unas figuras van de un lado a otro, acechan, escudriñan desde los conejares….,» pág. 496). El ambiente del barrio nos sobrecoge, aunque no nos sorprende; las diferencias de uno y de otros son mínimas. La actitud de los personajes varía, según a quiénes estén representando; las máscaras son exigidas y más en un burdel. El meollo de toda la escenificación teatral la lleva Molly y a ratos Stephen con todo lo que descifran en este caminar heroico.

Las acusaciones a Bloom son continuas. Se puede colegir que desde la página 503 hasta el final del episodio, Molly es el protagonista en todo. La expresión: «Buenas noches, señorita Blanca. ¿Qué calle es esta? es un dibujo lleno de saltos en que la palabra se alza para poder entender y proseguir los acontecimientos; ayuda, sin duda. Cuando el personaje «La Figura» le pregunta «santo y seña», la respuesta es señera y abarcadora de todo un proceder: » Espía de la liga gaélica, enviado por ese tragafuegos». La animación del entorno se anima con la entrada de «La alcahueta» y su decir alto: «Diez chelines un virgo. Cosa fresca jamás tocada. Quince. No hay nadie solo un viejos que está borracho como una cuba…. El sesentaisiete es un putón…Una sinvergonzona es lo que tú eres», pág.509.

Escenas morbosas de Moolly cuando da respuestas a diversas mujeres; a Mrs. Breen: «Señora, cuando la vez última tuvimos el placer por carta fechada el dieciséis de los corrientes… Está espléndida. Absolutamente maravillosa. Barrio interesante. Auxilio de mujeres perdidas. Asilo de la Magdalena». Lúcido es el diálogo con los guardas cuando es detenido y el guarda primero le describe como «vago y maleante» y le conducen a la comisaría.; después pasan acusadores/as. Bloom se declara inocente y J.J. O´Molloy exige «el sagrado beneficio de la duda». Los secretos de su vida relucen pero se apagan; son, por tanto, una incógnita, pero se le tilda de «falsificador, bígamo, alcahuete y cornudo», pág. 541. Las palabras del Magistrado describen un ambiente pérfido: «Pondré fin a esta trata de blancas y libraré a Dublín de esta odiosa peste». Y Bloom que salga bajo custodia y se lo lleven a la prisión de Mountjoy y esté el tiempo que su Majestad le plazca. «Sáquenlo de aquí».

Y así, de una parte a otra, se nos presenta con distintas ropas e ideas, hasta, incluso, proclamarlo «como el mayor reformista del mundo….Tiene la frente de pensador. Dios salve a Leopold Primero. «Ilustre Bloom!». Es un hombre de los que Irlanda necesita». Su respuesta, entre otras, «Os damos gracias de corazón, John, por esta regia bienvenida a la verde Erín, la tierra prometida de nuestros antepasados comunes». Y en otro momento proclama:» Yo defiendo la reforma de la moralidad municipal y los diez mandamientos de siempre. Nuevos mundos en ves de los viejos. La unión de todos, judíos, musulmanes y gentiles… Dinero libre, alquiler libre, Amor libre y una iglesia libre en un estado laico libre», pág,562.

Y Stephen está a la espera, como oyente. También desea la reconciliación, mirarse: «Un tiempo, y tiempos y medio tiempo… En el principio era el verbo, al final un mundo por los siglos de los siglos. Benditas sean las ocho bienaventuranzas. El espíritu está pronto pero la carne es débil» . Su arrepentimiento parece sincero: «Dime la palabra, madre, si la conoces ahora. La palabra que todos conocen . La madre le suplica: ¿»Quién sintió lástima de ti cuando estabas triste entre extraños? La oración es todopoderosa. Oración por las ánimas benditas en el manual de las ursulinas e indulgencia de cuarenta días. Arrepiéntete, Stepfen».

El episodio termina con el protagonismo de Molly-Stephen: hasta dos veces tuvo que llamarlo para que lo oyera. Fue a la segunda cuando Stephen adormecido, refunfuña ¿Quién? Pantera negra. Vampiro…». Bloom suelta: » Poesía. Muy culto. Lástima….». Stephen murmura: …sombras…la espesura…blanco seno… mar ensombrecido». Para terminar con una reflexión : «La cara me recuerda a su pobre madre. En la sombra de la espesura. El profundo blanco seno». El silencio lo puede todo ante la mirada a la oscura pared en la que observa la figura de un niño que sostiene un libro en la mano. Bloom llama: ¡Rudy! , este mira fijamente a los ojos de Bloom y prosigue «leyendo, sonriendo», pág. 694.

Pasemos a la tercera parte, episodio dieciséis: «con el título Eumeo. Sin duda uno de los más difíciles por la torcedura del lenguaje con sus diferentes modalidades. Comienza con la duda de los dos personajes a dónde ir. Sin más, deciden que lo más apropiado «sería el albergue del cochero», pág. 695. El cansancio se notaba; necesitaban algún tipo de transporte; ante la dificultad pusieron «al mal tiempo buena cara e irse a pata». Llegan, por fin: «penetraron en el albergue del cochero, una construcción de madera sin pretensiones», pág. 705. Piden algo de comer y algo caliente: » El dueño del café puso una taza hasta los bordes ardiendo de una mezcla selecta etiquetada café sobre la mesa y una especie de bollo más bien antediluviano, o eso parecía», pág. 706. En el recinto no podían faltar conversaciones sobre Irlanda y «siendo cerca de la una, tal y como estaban las cosas, iba siendo hora de retirarse al descanso», pág. 747 Antes de terminar este episodio, pasaron a charlar de música; Bloom tenía una cierta inclinación, «sentía un especial cariño, mientras proseguían su camino cogidos del brazo». La música sacra de la iglesia católica le deleitaba, sobre todo el Gloria de Mózart, era el «súmmun de la música de calidad».

El itinerario de vuelta está marcado en el episodio diecisiete con el nombre de Ítaca. De nuevo se enzarzan en múltiples temas como literatura, música, Irlanda, Dublín, París, la mujer, la prostitución, la educación jesuítica, el estudio de la medicina, la iglesia católica, el celibato, etc. Un resumen de lo que ya hemos leído, o no lo figuramos, se matiza o se amplía. Es la vuelta a la casa de Bloom desde el albergue, incluso se permite entrar por la verja del sótano ( » saltó por encima de la verja de entrada al sótano, se encasquetó el sombrero», etc., pág. 762) porque había olvidado las llaves y no quería molestar y también por si su mujer estaba acostada con su amante. Así se producen las cosas, hasta toman leche con cacao, después de que Bloom abriese la puerta a Stephen. Pero, en el fondo, el lector percibe un cierto vacío, un sin sentido, y es cuando a Bloom le embarga la soledad; asistimos a la peor, porque estando con su esposa la siente. Da igual la infidelidad o lo que represente Molly. En Bloom se adueñan la soledad, el dolor, el no entender la cotidianidad. En realidad estamos ante el episodio más didáctico, incluso más certero que el resto en lo referente al estilo literario, abunda la precisión, en el que se nos muestra los pormenores más cercanos: las edades, las estados de ánimo, las relaciones preexistentes, bautizos, linajes, sus estudios, posiciones ante la ciencia, recuerdos, la soledad que sintió Bloom («El frío del espacio interestelar, miles de grados bajo el punto de congelación o el cero absoluto de Fahrenheit…., pág. 809). Un episodio en el que se van resolviendo las dudas que hallábamos según se lee con las dificultades que conlleva.

Y ya, por último, el dieciocho: Penélope; la tantas veces citada y recordada; se la tiene en un pedestal. En esta novela tiene el nombre de Molly, también con toda su grandeza de ser libre. Todo el episodio carece de signos de puntuación; tal vez como oposición a lo que se estilaba, pero también para resaltar a la heroína, que siente en su cuerpo no solo el hecho de ser ella, libre como cualquier ser humano, sino también el derecho de gozar en cada momento. Ya al principio de este episodio se nos brinda la escena de atracción humana entre dos personas más allá de que se tenga un compromiso con otra ( «así que tiene que hacerlo en alguna parte y la última vez se corrió en mi culo cuando fue la noche que Boylan me dio un estrujón en la mano paseando a lo largo del Tolka en mi mano se mete otra y yo ni corta ni perezosa le apreté la suya ya ves con el pulgar para devolvérselo cantando a la luna nueva de mayo…, pág. 857). Es una continua evocación al cuerpo-«y le di todo el placer que pude», pág.907-, incluso en sus recuerdos de donde nació y vivió («y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas (…) ,pero no sé qué clase de bragas le gustan ninguna creo no dijo eso sí y la mitad de las muchachas de Gibraltar nunca las llevaban puestas tampoco desnudas como Dios las echó al mundo aquella andaluza que cantaba la Manola…», pág.869). O la concreción de los lugares («con el dibujo de una mujer en aquella muralla de Gibraltar con esa palabra que no podía encontrar en ningún sitio (…). Sabía la manera de conquistar a una mujer cuando me mandó 8 grandes amapolas porque el mío era el 8 entonces escribí la noche que besó mi corazón», pág.866). Sus pechos («cambiaré el encaje al vestido negro para enseñar bien las tetas, pág. 884) y otras partes de su cuerpo los trae a colación en varios momentos para solaz, esparcimiento, felicidad («ojalá que estuviera aquí o alguien con quien dejarme ir y correrme otra vez y ves siento que me arde por dentro», pág. 874).

El final es nítido, abrasador; los cuerpos necesitan abrazarse, sentirse, unirse al canto de la naturaleza ( «y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbordado y sí dije sí quiero Sí», pág. 908). Da igual lo que se interprete con este adverbio, pero nítidamente es una afirmación a continuar, a pesar de un pasado convulso que nos conduce por una parte a la irrealidad, y por otra a la realidad; es la lucha entre el ser y lo que deseamos aunque sea en ensoñación con el recuerdo de lo que fuimos.

Da igual que la novela se la haya bautizado como una Odisea moderna y que el Ulises sea el judío-irlandés Leopoldo Bloom, y sus caminatas por las calles de Dublín y los lugares que visita como la Biblioteca nacional, la redacción de un periódico, ir a la carnicería, a la maternidad, al burdel, y muchas más actividades; sin olvidarnos del intelectual Stephen que recuerda a Telémaco, y Penélope sería Molly Bloom, la esposa de Leopoldo con amante. Si leemos la Odisea de Homero antes, mejor, pero no necesariamente. Pero no olvidemos que Homero está en la cúspide y por cierto más fácil de leer que a Joyce por la dificultad que entrañan las estructuras lingüísticas y, a veces, con un lenguaje desaliñado, y el paso de un pensamiento a otro que nos dispersa en distintos momentos. Son veinticuatro horas abigarradas- lo más probable es que terminara sobre las tres y media de un viernes el 17 de junio-, pletóricas de quehaceres que se conjugan con las ideas de los personajes y con las de los/as lectores. La tríada Leopold, Stephen y Molly nos inundan de mucho más de lo que se detalla. Nuestra imaginación se satura. Pero atrévete, orilla todo y que el ruido no te agaville. Te adentras en Dublín con un común denominador: el cristianismo convertido en mito, como emblema, y, claro, el problema de la existencia y la insignificancia del ser humano en el universo.

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Joyce, James, Ulises. Madrid, Cátedra, 2022, 12ª edición, 910 págs.

Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License