Pérez Galdós

Relectura en estos días aciagos, después de mucho tiempo, de "Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera" publicado en La Nación en 1865 por Pérez Galdós

Cuando leí por vez primera este cuento-ensayo quedé impresionado no solo por lo bien que está escrito sino también cómo Galdós supo aunar música-industria-cólera-muerte. De un hecho del que fue testigo realiza una obra artística que ocurrió allá en 1865, en Madrid, en el que también nos visitó una epidemia de cólera. Galdós se percata de este hecho de actualidad. No podemos olvidar que los problemas reales del momento tenían expresión en los cuentos, y estos en los periódicos y revistas. Periodismo y costumbrismo unidos. Se publicó el 2 y el 6 de diciembre de 1865 en La Nación, aunque lleva fecha de 20 de noviembre. Personalmente, pienso que más que cuento se puede denominar, sin lugar para la duda, ensayo periodístico; poco importa que sea fantástico, real, maravilloso, irreal o de ficción. Antes de entrar en lo acontecido con el cólera, nos adelanta: “Decid, señores músicos, Palestrina, Haendel, Mendelssohn, ¿cuándo habéis llevado la imaginación hasta este punto? ¿Hay en vuestras cinco miserables líneas nada comparable a ese dies irae cantado por un martillo?

Al cólera siempre se le ha emparejado con el terror, con la economía, con el contagio, con la historia, pero no con su música que yo sepa. Este es el acierto de Pérez Galdós: haber relacionado el cólera con la música; haber prestado el oído. La combinación música y cólera es perfecta, y, sobre todo, con el objeto martillo con significado de muerte y esta con una plena significación: liberación. Esta ¿tenía que ver con la sociedad española de 1865? ¿Existe una relación entre ella y la epidemia? La evidencia es el cólera, pero ¿no podía Galdós aprovechar la ocasión para diagnosticar la enfermedad de la sociedad del momento? Lo que es nítido es el enriquecimiento del fabricante y la miseria de los demás. Galdós lo deja nítido: no se puede permitir el lucro ante la desgracia de unos.

La historia comienza en el taller de un carpintero de ataúdes y finaliza con su entierro; murió al terminar su último encargo (“cesó de clavar, y cayó al suelo después de vacilar un instante. El horrible martillo calló”); lo paradójico estriba en que los golpes que daba el carpintero se oyen después de su muerte. Es aquí en donde está lo irreal o maravilloso que mantenemos en la imaginación. Galdós hace morir de la misma forma a quien usaba la muerte como riqueza. Casi al final, el lector/a percibe que el narrador parece como si se decantara por la superación del cólera: “Al siguiente día la animación y la alegría reinan en todos los talleres de la vida”. Y termina: ” Algunos han visto el cólera de cerca , otros lo han sufrido, otros lo temen y otros lo palpan . ¿Por qué no ha de haber quien lo oiga? Sí, lo ha oído quien tiene la manía de atender siempre a la parte musical de las cosas”.

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Personales

Otra vez en una carrera inolvidable: Behobia

Al hablar de Behobia  y ahora al escribir desde la Universidad Complutense-con la medalla puesta,conseguida siempre me viene a la memoria mi madre-que asaltó los cielos-, porque fue al terminar la carrera cuando me susurraron: “la abuela ha muerto”; corría noviembre de 2014. Por eso, en la salida, este 13 de noviembre de 2016, me acordé de ella y se la ofrecí, ahora que ya halló la felicidad eterna. No perdió su hermosura ni cuando dejó de existir, y aunque resuelta ya en ceniza, no dejará la belleza porque esta es verdad según la tradición poética o más en concreto la keatiana, o incluso hace unos días no lo recordaba Francisco.

Con voluntad férrea, partí con miles de atletas para entrar en Donosti con una sonrisa a flor de piel como manda la tradición y así la alegría se desborde entre las miles de personas que nos esperan para animarnos nombrándonos. Vale la pena, volver para participar y luego compartir nuestro entusiasmo con los demás.

Durante el trayecto, la animación fue continua y sincera; se vive como algo propio; si vienes una vez, te engancha y haces lo imposible por volver; pero, ante la imposibilidad siempre permanecerá el recuerdo gratificante de tanta gente  con ese ánimo que te llega al corazón y, a veces, cuando ya falta poco se te pone la piel de gallina, temblorosa. Es como un escalofrío emocionante y, sobre todo, cuando faltan unos metros para cruzar la meta; la felicidad compartida es plena. Y luego los masajes, y “cómo ha te ido”, “qué tal” y otras frases en las que hallamos cercanía, fraternidad en el atletismo. San Sebastián el sábado y el domingo se vistió de hermosura-con lluvia- con gentes venidas de pueblos lejanos y de países remotos.

Hay que ser agradecidos; por eso “gracias mil” a los que me apoyaron ya desde el kilómetro uno; el primero fue un niño de corta edad el que me dijo: “ánimo Félix”; se lo agradecí y le rocé la mano que extendía al lado de una mujer guapísima-supongo que su madre-. Y ya en las primeras rampas fue continuo mi nombre; gracias ese grupo de universitarios que me reconocieron por la espalda y dijeron; “ánimo Rebollo nos vemos en el cross”; les respondí, en alta voz, nos vemos el sábado en el cross de la Universidad de Nebrija; y cómo no recordar a esas jóvenes por esos piropos que destilaron que iban más allá del ánimo; también en mi mente quedará para siempre otro niño que casi coronando el primer puerto sobre el kilómetro siete extendió su mano y me ofreció una botella de agua precintada; la emoción me embargó por un instante. La carrera de Behobia es así.

Para mí, la subida del kilómetro catorce al diecisiete este año fue durísima; parece que nunca terminaba; de ahí que ante tantos aplausos una vez coronada levantara los brazos con los puños cerrados hacia arriba y abajo al mismo tiempo varias veces fuera una señal de victoria; el entusiasmo del público con sus aplausos y “Félix, Félíx, que puedes, así a tu ritmo” me llegara al corazón que agradecí abriendo los brazos como un avión que llega y cerrándolos hacia el corazón en agradecimiento. A lo lejos, ya se veía Donosti; los últimos kilómetros fueron gozo; qué alegría me entró cuando torcí la última curva, a mano izquierda, para enfilar el último kilómetro y medio en esa recta única en la que un público enfervorizado, entregado, aplaudía  a rabiar y gritaba  el nombre del atleta y oías la música y al “speaker”. La emoción es tan grande que hay que controlarla; sientes que las piernas  se han endurecido tanto que no sabes si al final conseguirás entrar en la meta para obtener la medalla que  tengo puesta, como agradecimiento a esta carrera donde de verdad sientes la humanidad de sus gentes. Atleta si no has ido, vete y participa, tu mentalidad será otra desde cualquier almena que te posiciones.

También el recuerdo para los que no pudieron terminarla en el tiempo que se exigía, bien porque se lesionaron, bien por falta de voluntad; mi deseo es que no decaigan y lo intenten otra vez y retengan en su mente el “sí se puede”; ante la dureza de esta prueba la voluntad es primordial.

Finalmente, mis felicitaciones más sinceras para los 23.973 atletas que la terminaron con la esperanza de que en 2017 nos veamos coronando esas curvas de ballesta y nos demos ánimos, esto será buena señal.

Literatura

El canto de la Literatura como sustrato de nuestra vida

 Tantas cosas se agolpan en nuestra mente cuando queremos hablar de literatura que, a veces, tenemos que aparcar algunas ideas para enaltecer lo esencial de lo que constituye lo primordial de nuestra existencia, como es el pensamiento. ¿Se puede dar este sin antes libar de nuestra lectura  lo que otros han plasmado en el papel? Si se ha alumbrado el canto de la existencia, coadyuva; lo primordial es que canten las palabras, que el camino esté henchido de literatura, de poesía, de perfección, que nos sintamos partícipes de esa belleza con la que escribimos. Desgraciadamente, la imaginación, la ensoñación cada vez ocupan menos espacio; las bibliotecas que en otro tiempo, nos sirvieron de reflexión, ahora se cierran por el falso concepto de la palabra “crisis” que nos anega.

La belleza de la palabra poética es su música. Es el arroyo literario. Acerquémonos a esas aguas cristalinas que arrastran el devenir y lo purifican. Contemplémoslo como catarsis.

         La literatura no puede sucumbir ante el mercado si la entendemos como libertad, como vida, como faro, como pensamiento, como luz eternal; la creatividad sólo es libre en la voluntad, en la imaginación del que escribe, del que piensa, del que realiza; es el tiempo de inocencia,  la época del alma. Pero, también es soledad, aunque nos conduzca a la angustia existencial tan propia del género humano.

         Si la expresión flaubertiana “escribir es una forma de vivir”, ¿por qué no hacerla factible en nuestras vidas para orientarnos mejor por ese laberinto lleno de dudas que trascienden nuestras formas de conducta?