Ensayo

Naturaleza de la novela, algo más que un ensayo

De nuevo, Luis Goytisolo se acerca a la literatura-esta vez como ensayista- desde la almena del buen trato de la palabra con su brillante estilo; parece como si la lengua se purificara. No me cansaré de repetir que con los “Goytisolos” el castellano/español se viste de hermosura; es una delicia leer este ensayo. Es como si un corredor en el Maratón no se cansase; quiere llevarlo en volandas, valga el símil en este mes de mayo que tantas carreras se realizan.

Con Naturaleza de la novela vierte lo que está siempre en el alambre a pesar de tantos siglos transcurridos desde que los relatos pasaron al papel. Sinceramente, me ha llamado la atención que nos recuerde el Antiguo y Nuevo Testamento. Ya conocíamos la prosa sublime que encierran; sin embargo, que enhebre tantos hechos capitales para que el lector mire desde ópticas distintas, hacía tiempo que no lo leía. Incluso, Goytisolo va más allá: lo que hoy se entiende por novela se asemeja a esos relatos que primero pasaron de boca en boca y después se plasmaron en papel.

Al recordarnos que en el siglo XX el narrador omnisciente, tan primordial en la novela áurea del siglo XIX, haya desaparecido para dar más nitidez a lo narrado, queda ahí. No sé si ese aserto contribuye o no al decaimiento de la novela en la segunda mitad del siglo XX o ya en los inicios del siglo XXI. Las variantes que se introducen como el objetivismo, el punto de vista expresado en tercera persona o el monólogo interior, quizá hayan complicado más el eje dinamizador de lo contado. Lo que sí parece cierto es que en muchas novelas se ha perdido “alma”, o aquellas que más parecen son las que tienen algo más que un puro estilo, tan importante en la escritura. Ambos se necesitan para configuar un relato y, sobre todo, para los lectores. La emoción para implicarnos es capital.

Es difícil encontrar a un crítico que no ponga como ejemplo el Ulysses de James Joyce. Goytisolo lo ensalza como “máximo exponente” (pág. 129) de formas de expresión, más allá del retrato de Dublín durante dieciséis horas. Al igual que otros trae a colación la llamada “Generación perdida” como de “importancia crucial” (pág. 136), de paradigma de lo que se debía de entender como novela.

El epílogo es una reflexión que va más allá del género literario, que aborda y se pregunta por el futuro del libro, tabletas o “futuras variantes”. ¿Lo que nos espera? Goytisolo piensa que sí (“el libro impreso se convertirá en objeto del coleccionismo”, pág. 169). Pero la máxima preocupación del autor es el futuro de la novela o lo que entendemos por literatura (“en el fondo, que la cultura, y más concretamente la literatura, se convierta para las mayorías en algo prescindible, accesorio”, pág.170). Probablemte estribe en que la novela la cultiven los propios autores, al igual que la poesía. El palo para las editoriales que tienen como común denominador que los lectores consuman novelas para que el negocio no se arruine va a ser descomunal. Goytisolo no deja ni siquiera la duda, y pone el ejemplo de “esos libros de caballerías que ya solo leía don Quijote” (pág. 176). Tal vez exagere, pero el recuerdo de Miguel de Cervantes permanece.

Novela

¿Cómo se puede llamar Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?

Este aserto fue escrito por Juan Ramón Jiménez en la revista Ínsula.

Nada de Carmen Laforet está inserta en la novela de posguerra de la década de los cuarenta, juntamente con La familia de Pascual Duarte ( Cela), Mariona Rebull (I. Agustí), La sombra del ciprés es alargada (M. Delibes), La fiel infantería (García Serrano), Javier Mariño (Torrente Ballester).

Hoy,  está considerada como la mejor de la década de los cuarenta por su acierto a la hora de recoger algunos de los aspectos de los días posteriores a la guerra de 1936, hasta tal punto que siempre nos viene a la memoria, en primer lugar, esta novela, que fue el primer premio Eugenio Nadal (1944), por tres votos contra dos. Su primera edición es de mayo de 1945.

La novela comienza con la llegada del personaje fundamental a la estación de ferrocarril de Barcelona, a medianoche, sin que nadie la espere. La voz narradora es la de Andrea, que llega a estudiar una carrera y se hospeda en casa de sus tíos.  Su alegría por llegar a una gran ciudad choca con el ambiente mortecino y de soledad que se respira; tal vez, nos esté describiendo la cruda realidad de la posguerra. Termina con otra alegría para Andrea, después de tantos sinsabores; su marcha a Madrid es una liberación. La calle Aribau, sólo va a ser un recuerdo. Emprenderá otra vida, en otro lugar, en el que encuentre la plenitud existencial que tanto anheló.

El mundo descrito nos parece anormal por esas confrontaciones y conflictos con que se desenvuelven los personajes. El mundo estudiantil sirve como contrapunto a lo que ocurre en la casa de la calle Aribau; el conflicto de generaciones es nítido. La tortura diaria entre los que habitan la casa nos hace pensar en un infierno ante tanta discordia llena de un dolor íntimo que les aflige.

El tremendismo surge, precisamente, por estas relaciones que producen hastío, por eso pensamos que lo sicológico y existencial son envolventes. La protagonista es testigo de unos acontecimientos que evoca con una gran riqueza de matices, y si bien parece que late un  pesimismo por las escenas que presencia con un vacío desolador; sin embargo, al final nos damos cuenta que existe un ventanal, una luz para que ese tremendismo descrito se convierta en aire purificador, de ahí que la novela tenga un carácter abierto con su marcha a Madrid, y abandone el infierno en el que moraba.

Estilísticamente, es sencilla, de estructura lineal, y el tiempo transcurrido es de un año. El espacio se desarrolla por las calles de Barcelona,  la universidad, y la casa familiar. La dicotomía libertad-opresión es transparente; ésta con más abundancia porque los hechos narrados se entretienen más en el ámbito cerrado de la casa. También hay que añadir que es la primera novela de grupo, de protagonista colectivo.

Quizá lo más innovador estribe en que deja al lector/a para que construya sus pensamientos, por eso se considera una novela abierta; la narradora nos facilita la estructura, pero con muchas aristas libres. Precisamente es uno de los aspectos que resalta, amén de la fuerza de los personajes, más allá de que, simbólicamente, quizá, la calle Aribau represente la gran tragedia de 1936, como nos ha recordado, en varias ocasiones, el novelista Miguel Delibes.

Una de las escenas que más me ha llamado la atención es la ducha fría (“¡Qué alivio el agua helada sobre mi cuerpo!”) con la que Andrea se despoja de ese calor húmedo con que  la ciudad la ha contagiado a su llegada, así como la suciedad de la casa (“aquellas paredes sucias, de puntillas sobre la roñosa bañera de porcelana”). Tampoco puedo olvidar la despedida de su tía Angustias al hacerle en la frente la señal de la cruz, también “y la abuela me abrazó con ternura. Sentí palpitar su corazón como un animalillo contra mi pecho”. Todo un síntoma de acontecimientos venideros.