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Novela

Las novelas de Torquemada

La maestría del gran Pérez Galdós es percibida por quien se acerque a la lectura de sus escritos, y en Las novelas de Torquemada lo notamos ya en las primeras líneas. Es la prosa la que nos sumerge en ese saber contar al conseguir un estilo narrativo que nos alumbra.

Como bien sabemos, Galdós no fue elegido la primera vez que se presentó a la Real Academia, no porque no lo mereciera con quien competía, sino por los de siempre; los que creen que son los dadores de todo, que tanto mal han traído al país. Como nos recuerda el editor en la introducción, basándose en Ortiz Armengol, estribó en que Cánovas «no permitió que los periódicos El liberal , La Iberia y otros le provocasen al sostener que dados los méritos universalmente reconocidos del novelista canario, no había competición posible. De no salir Galdós elegido, añadía, sería preciso disolver la Academia». Ante estas expresiones, Cánovas convenció a los académicos conservadores que no votaran a Galdós, pág.12. Poco importa; ante tal agravio, seis meses después, fue elegido por unanimidad, y curioso, quien le presenta son tres conservadores entre ellos Cánovas. Así se escribe nuestro caminar literario.

Esta tetralogía comienza en la revista La España Moderna. Ante la insistencia de Lázaro Galdiano, su director, y probablemente con la ayuda de Pardo Bazán, Galdós accede a la colaborar, y así surge Torquemada en la hoguera, corría febrero de 1889; unos años después en octubre de 1893 publica Torquemada en la cruz. El periódico La vanguardia adelanta el primer capítulo. Un año después, en 1894, se publica Torquemada en el purgatorio. En 1895 sale Torquemada y San Pedro. Da igual si Galdós lo que pretendía era alargar la figura del avaro, del usurero, del prestamista, o si en la primera novela lo desarrolla sin más, sirva de introducción, y luego conforma otro mosaico con las tres siguientes. Lo primordial es que el autor no quedó conforme y prosigue con una idea que le barruntó, y su empeño fue en construir todo un pensamiento de esta figura; un hombre que ardía en deseos de poseer más y más dinero con ardiente pasión; su claudicación no figuraba en su diccionario. Como sabemos en carta de Galdós a Pereda le dice que va a colaborar en La España Moderna con «una novelita o cuadro de costumbres» sobre la figura del avaro. Lo que sí es importante reseñar, y así el editor nos lo recuerda, es lo que Miguel de Unamuno denominaría «nivola», » en concreto el personaje que se rebela para dejar claro su derecho a existir por encima de las arbitrariedades de fuerzas ajenas a su voluntad», pág. 68. Por si quedaba alguna duda, el personaje se envalentona en la tercera parte de Torquemada en el purgatorio y manifiesta: «He partido siempre del principio de que cada cual es dueño de su propio destino; y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y desgraciado el que no sepa labrársela», págs. 439-40. Toda una idea para los que tienen como salvavidas la suerte. La capacidad y el mérito son de las personas, que a veces arrinconamos. El clásico tantas veces citado «sé tú» adquiere toda relevancia.

El drama que presenta Galdós, en la primera novela, es nítido desde el principio hasta la muerte del hijo de Torquemada, que estaba llamado a ser una gloria de la ciencia, «el monstruo de la edad presente», «milagro de la sabiduría»; el padre entendía que era un fenómeno, la perfección suma; pero la muerte pudo más a una edad temprana: meningitis aguda. El padre no lo acepta, prorrumpe con palabras llenas de ardor, las enfatiza: «Yo no me rebelo, puñales, yo no me rebelo. Es que no quiero, no quiero dar a mi hijo, porque es mío, sangre de mi sangre y hueso de mi huesos…» (…). No me da la gana de resignarme». De ahí que intente implorar, negociar con Dios si pone bien a su hijo («Pero quién es el sinvergüenza que dice que no tengo apuntada ninguna buena obra?», pág. 99). Al final su idea se convirtió en darle un entierro de lujo; y eso sí una invitación a gente de postín, así como a las personas del común. La crítica más exigente la pone como ejemplo de obra maestra. La inspiración de Galdós pasó todos los límites de perfección.

Las primeras líneas de Torquemada en la cruz , su segunda novela, comienzan con un día grande para los madrileños, «fue15 de mayo». A renglón seguido, con una ironía cervantina se nos adelanta una desgracia que «anunciaron cometas, ciclones y terremotos, la muerte de doña Lupe la de los Pavos, de dulce memoria». Su férrea concepción de poseer se detiene al renovar el préstamo.

La capacidad de Galdós es tan asombrosa que su hijo Valentín en la gloria celeste se pone en comunicación, sin duda, espiritual, y le dice que quiere volver al mundo, volver a nacer para convencer a su padre de tantos atropellos como cometió por lo que, de nuevo, tiene que casarse. La riqueza, además de poseerla tiene que ser espejo en sus formas de vestir y hablar. El ascenso social lo requiere (» el rico está obligado a vivir armónicamente con sus posibles, gastándolos con la prudencia debida (….). La posición, amigo mío, es cosa muy esencial», pág.180). Torquemada, por tanto, debe renunciar a los hábitos anteriores. La buena presencia debía constituir el motor a partir de ahora. Es una nueva realidad.

La tercera novela Torquemada en el purgatorio nos presenta el ascenso social del personaje que va de usurero a senador y su entrada en la aristocracia por su riqueza pero lejos de lo que representaba. Consiguió entrar por la puerta de los negocios hasta llegar a multimillonario. Es la realización de lo que abrigó desde el principio, sin olvidar su origen de plebeyo. Galdós se percata de que los tiempos avanzan y las clases también; ya no contempla al avaro de la misma forma ( «En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no deja de ser un bien, familia por familia y persona por persona», pág.330). Se aparta de los hechos costumbristas tal y como lo había previsto al inicio.

Su cuarta novela Torquemada y san Pedro representa la visita de la muerte; se enfrenta al esfuerzo, al trabajo, para llegar a la cúspide económica. Ahora debía dejarlo todo: «sintió un frío mortal que hasta los huesos le penetraba. Por un instante creyó que el techo se le caía encima como una losa y que la estancia se quedaba en profunda oscuridad… Su inmenso pánico dejó sin palabra y hasta sin ideas», pág.586. Y cómo no, la idea de la salvación se entremete; el sacerdote-«de hidalga y pudiente familia alavesa»- desea que Torquemada se arrepienta de su avaricia para conseguir la vida eterna; quería que su conciencia con claridad se arrepintiera; pero la idea de Torquemada le quemaba (¿»qué tengo que hacer o qué tengo que dar para salvarme»? ). Por «un mediano rato tuvo clavados sus ojos en el rostro del confesor» (_»¿De modo que… no hay remedio? _ No». Torquemada no quiere morir. La respuesta es clara, quiere saber si repartiendo su fortuna se salvará («Hermano mío-le dijo Gamborena-, más propia de un buen cristiano es en estos instantes la alegría que la aflicción. Considere que abandona las miserias de este mundo execrable, y entra a gozar de la presencia de Dios y de la bienaventuranza….», pág. 610). La dualidad en las últimas líneas de la novela estremecen; por una parte, «Jesús, salvación, perdón»; por otra, «venga la llave…, exterior…, mi capa…, tres por ciento…conversión», pág.614. Dos horas transcurrieron para el final del misterio de la existencia humana. El narrador «se limita a decir:

– Bien pudo Torquemada salvarse.

– Bien pudo condenarse.

Pero no afirma ni una cosa ni otra…¡cuidado!».

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Pérez Galdós, B., Las novelas de Torquemada. Madrid, Cátedra, 2020, págs. 614

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Ensayo

El legado de Luis Chamizo

Después de tanto tiempo e innumerables actos al poeta de siempre en el centenario de El miajón de los castúos que celebramos en el año 2021, recibo en estos días navideños del ayuntamiento de Guareña El legado de Luis Chamizo, editado por la Diputación provincial de Badajoz. Al Ayuntamiento y a la Diputación gracias mil por extender la poesía de Chamizo, clave de los años veinte.

Sin duda conmueve los «recuerdos de María Luisa Chamizo sobre la vida de su padre», la primogénita. Ya murió, pero con motivo de los actos que terminan, alguien me dijo que el estudio que hice de la poesía y el teatro titulado Nueva perspectiva de Luis Chamizo le había gustado porque era la persona que mejor había comprendido tanto la poesía como el teatro de su padre; se lo agradezco, no fue posible en vida.

El libro consta de, además de la introducción, seis apartados( «Los padres del poeta». «La casa grande y su moradores». «Matrimonio de Luis Chamizo». «Luis Chamizo y los avatares de la guerra». «Muerte de la abuela Asunción. Pérdida del patrimonio familiar». «Luis Chamizo en Madrid. Muerte del poeta. Su legado»). y tres anexos ( el primero «Poesías publicadas e inéditas de María Luisa Chamizo. El segundo, Otros poemas de Luis Chamizo documentados a través del Registro de la Propiedad Intelectual. El tercero, Obras inéditas de Luis Chamizo: Gloria, comedia musical . Flor de Luna Zarzuela.).

Siempre que se habla de Luis Chamizo nos viene a la memoria La Nacencia, es el logotipo, sus señas de identidad en la que sobresale la exaltación de un dialecto del castellano hablado, sobremanera, en el pueblo en que nació: Guareña. Quiso dejarnos para la posteridad lo que más tarde se denominó «lo castúo», convertido en sentimiento de los lugareños y que revierte en los que leen su obra, en la que subyace lo que ha estado en barbecho en demasía: «su verdadera dimensión de poeta social, adelantándose en muchas décadas a la que en los años cincuenta del siglo XX habría de ser llamada ´poesía social´», pág.10. Este mismo aspecto nos lo recordó José López Martínez en el periódico Hoy de Badajoz en diciembre de 1962: «Luis Chamizo fue quien mejor supo llevar nuestro campo a su poesía y demostró, por otra parte, ser un adelantado de la poesía de contenido social», pág. 37. Y lo chocante para mí es que fuera encarcelado en Medellín por declamar la poesía «Invocación al héroe» en los festejos que se celebraron en el pueblo de Hernán Cortés con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de México en el año 1921 («de ella salió pronto, porque la protesta que armó el pueblo no era para menos»), pág38. Chamizo cantó a los más humildes, a los que trabajaban de sol a sol, a los braceros («fueron a estos últimos a los que Chamizo dedicó sus poemas, por los que se le ha calificado de poeta social, con el significado que empleábamos quienes éramos protagonistas jóvenes de la historia de los años sesenta y setenta del pasado siglo veinte», pág. 125). Fue el poeta de los humildes, de los que no tienen voz. Ya era hora de que se quitaran caretas los que no saben, no entienden o no leen a un poeta excepcional, así de claro. ¡Cuánto le hubiera gustado al poeta oír estas palabras!

La introducción de José Juan González Sánchez nos aporta datos, sentimientos, quehaceres que algunos desconocíamos, fruto de las conversaciones con su hija primogénita y la hija de esta. El redactor ha pretendido «contar mi periplo hasta conocer a María Luisa Chamizo y, a través suya, valorar y admirar a Luis Chamizo, con quien, pasado el tiempo fui identificándome». pág. 13, por lo que debemos estar agradecidos, al menos el que suscribe esta reseña; sus 509 páginas me han producido deleite según iba avanzando la lectura.

Me alegra que su hija mayor nos recuerde que, tal vez, la obra dramática Las Brujas, dejó de representarse en 1931 «debido a su fuerte contenido religioso que no supieron entender, ya que en la obra predominaba la temática social», pág.30. Grande María Luisa. Esas ideas las tienen los de siempre: lo que no leen o no entienden y hablan de oídas por muchos motivos, pero su estreno y los meses siguientes en 1930 fue aclamada no solo en los teatros, también por la crítica periodística más exigente. Quedémonos con los aplausos enfervorecidos en la escena y al final; esto ha quedado para siempre, así como nos recuerda su hija («ninguna de las tres menores vio jamás a mi padre sobre un escenario, que era donde más se crecía», pág.115),


El relato de su hija cuando su padre es detenido por los «milicianos» te emociona. No conocían que era poeta, por eso les declamó «La Nacencia» y quedaron absortos ante el empuje y viveza de los versos, motivo por el que le ayudaron a escapar poniéndole un sombrero de paja y lo metieron oculto en un vagón de carbón que le llevó a Guareña, págs. 132 y ss, Lector /a, si tienes la oportunidad de leer este ensayo no dudes en leerte con tranquilidad la página 145 y ss. «Sobre el papel de Luis Chamizo durante y tras la contienda» para callar a tantos/as que hablan de oídas. Chamizo creía en una España «más justa y de hombres más libres e iguales», de ahí que cantara a los trabajadores, a los desheredados. Hay un dato que no podemos olvidar: la amistad entre Lorca y el poeta desde el estreno de Las Brujas en el año 1930; este mismo año estrenó el poeta granadino La zapatera prodigiosa en el Teatro Español. Más tarde, Chamizo fue a ver el teatro ambulante La Barraca que venía representándose por diversos lugares de Andalucía. En una de esas tardes, al final de la representación subió al escenario a felicitarlo para después recitarle la «Casada infiel». Lorca quedó impresionado y se emocionó. Posteriormente, Lorca fue a visitarlo a Guadalcanal. Aquí se dedicaron El miajón de los castúos y Romancero Gitano. Esta edición, Chamizo se la regaló a su hija primogénita («lo he llevado siempre conmigo. Desgraciadamente, me lo robaron, ya casada, cuando nos saquearon nuestros baúles en el puerto de Montevideo, donde llegamos como embajadores de Honduras», pág. 147). Como sé que me leen mucho este blog en toda Hispanoamérica, sería glorioso que este libro se encontrara y se devolviera a la biblioteca pública de Guareña (Badajoz).

Y así, hoja a hoja, conocerás el verdadero nombre de Luis Chamizo; y eso sí habrá que corregir algunas cosas que se han escrito por falsas. En este legado lo que se pide es «justicia a su nombre, que se editen unas obras completas legales y sin tapujos, donde vayan incluidas las dos que dejó inéditas. Solo perseguimos que la obra no se pierda, se ensanche y que su nombre no caiga en el olvido», pág. 214). Este ensayo era necesario como el aire que respiramos; de nuevo gracias a los que lo han hecho posible.

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VV.AA., El legado de Luis Chamizo. Diputación de Badajoz, 2021, 509 páginas.

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Poesía

Roma, peligro para caminantes

Se esperaba el libro como agua de mayo; corría el año 1968 en el que ya estaba instalado Rafael Alberti en Roma. La capital italiana le sirvió al poeta para adentrarse en otro mundo con esos paseos romanos y lanzar «urbi et orbi» un panorama sobrecogedor, insólito; pero también una «Roma en la noche, oscura voz de fuente, / Roma en la luz, clara canción del día».

Poco antes de la primera edición en México, 1968, conocimos varios poemas del libro en el tercer número de la revista Litoral en un homenaje al poeta gaditano. El libro está fechado por el poeta: 1964-1967; salió por vez primera en julio de 1968. En 1972, el editor Mondadori lo publicó en Milán en edición bilingüe; eso sí, está incompleta porque el traductor murió poco antes de la traducción total del libro. La primera edición en España la publicó Litoral , Málaga-marzo MCMLXXIV. El poeta mandó un escrito para tal fin en el que había hecho la Roma «antioficial y antimonumental, la más antigoetiana que pueda imaginarse». Pero también quiso dejar nítida su posición; la de «un poeta lejano de su patria, que afronta su vida en medio de un pueblo sencillo y sorprendente». Después se publicó en Seix Barral, 1976; reimpresión, 1977. La cuarta-Aguilar, al cuidado de Luis García Montero,1988- y quinta edición-Seix Barral,2004- se incluyó en Obras completas que cuidó José María Balcells. Y ahora en Cátedra, con la novedad de que detrás de cada poema viene un comentario nítido para poder entender mejor los versos; así como un apéndice en el que comprende: » A Marco, perro de Santa María in Tratevere». «El poeta pide por las calles». «Abel Vallmmitjana, escultor». Abel Vallmitjana». «Para esta edición». Además todos con un comentario que nos aportan más luz. Este último constituye el prólogo de la edición de la revista Litoral en el que se incluye el autógrafo de Alberti y su transcripción. Y termina esta edición de 2021 con «apéndice textuales», págs. 231-258.

La creación del poeta va transformándose según el lugar en que habita. En esta ciudad de acogida se observa una actitud enorme en la que el vitalismo cobra una singularidad nueva, un dominio verbal tan característico que fluye según se van ensartando los versos. Es el nuevo Alberti en medio de una Roma imperial, pero copartícipe de una barrio de monumentos sí, pero también basuras, gatos, grietas, dejadez, gente del común, el bullicio de la vida popular. Trata de elevar a la categoría poética sus vivencias en la ciudad.

Como nos atestigua el editor, Roma , peligro para caminantes presenta una articulación compuesta por «un poema introductorio, y cuatro secciones relativamente homogéneas por temática y pautas métricas», pág.20. Más allá de la estructura, «posee una fuerte cohesión interna debido a su perspectiva espaciotemporal y a la urdimbre temática que construye el discurso albertiano sobre Roma», pág.22 . En el poema «Monserrato,20» que sirve de introducción se entrega completamente («¡Oh Roma deseada, en ti me tienes, / ya estoy dentro de ti, ya en mí te encuentras!») y lo termina con su yo claro: « un hijo de los mares gaditanos, / nieto de Lope, Góngora y Quevedo».

La primera sección consta de «X Sonetos». En el primero, con el título «Lo que tejé por ti» subyace un recuerdo a Argentina («Dejé por ti mis bosques, mi perdida / arboleda, mis perros desvelados») y en el último terceto aparece la añoranza, el sentimiento («Dame tú Roma, a cambio de mis penas / tanto como dejé para tenerte«). La segunda sección: «Versos sueltos, escenas y canciones» comienza con una exaltación y el recuerdo de Cervantes, «Cervantes entró en Roma por la puerta del Popolo. / «¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta / alma ciudad de Roma!» / le dijo, arrodillándose, / devota, humildemente». Para inmediatamente recordarnos al patrón de la ciudad juntamente con san Pedro: – «Soy San Pablo». Tampoco podía faltar el recuerdo de La Lozana andaluza de Francisco Delicado en el poema titulado «La Puttana andaluza» con una exaltación a la belleza corporal «que viene dando / amor y gracia y júbilo y desplante / a estas calles y vicoli de Roma» con un final nítido: «Te llamas como siempre y para siempre / te seguirás llamando: / La Lozana andaluza». No podía faltar el otro patrón de la ciudad eterna en el poema «Basílica de San Pedro» con esa petición final por la inmovilización en la que se halla sentado el santo con tantos besos en los pies: «Haz un milagro, Señor. /Déjame bajar al río, / volver a ser pescador, / que es lo mío». En esta amplia sección el poeta se detiene en el otoño de Roma en el que «empieza a coincidir el oro de la hojas de los árboles con el dorado de la arquitectura» en el que subyace, otra vez, su recuerdo argentino en su visita al Cementerio Acatólico de Roma. Y eso sí el Vaticano como centro: «Llega el otoño. El Papa / se marcha con las hojas a Nueva York. San Pedro vaga / cantando/

_ Al fin, ¡solo en el Vaticano!«.

En este otoño en su visita al Cementerio Acatólico se detiene en lápida del gran poeta inglés con su impresionante Ode to a Nightingale y su epitafio, «Here lies a man whose name was write», «Pienso en Keats muerto en Roma / y siempre amortajado entre violetas». Destaquemos, también, otros que nos conmueven: «Misericordia, Señor». «Nocturno». Predicción». «El agua de las fuentes innumerables». Y cómo no, al monstruo de la poesía y el teatro : «Gatomaquia romana. ¡Qué poema / hubiera escrito aquí Lope de Vega! Y el último: «Cuando me vaya de Roma» en el que al final sobrevuela Keats: «Y al agua corriente / que escribe mi nombre / debajo del puente».

La tercera sección comprende XI sonetos. Todos son admirables, sin duda. Destaquemos «Entro, Señor, en tus iglesias » con el último terceto que refleja su sentir: «Miran acá, miran allá, asombrados, / ángeles, puertas, cúpulas, dorados…/ y no te encuentran por ninguna parte». Vietnam , como una alarido, exigiendo paz » Lo grito desde Roma: ¡afuera! / Afuera esos fusiles y cañones, / esos cohetes, esos aviones, /esa bandera extraña, esa bandera». Esta protesta se extendió desde los Estados Unidos hasta los fines de la tierra en la que destacó Italia y España, un hervidero de paz. El último terceto es clarividente: «Pido la única paz, la verdadera, / la paz de un solo rostro, antes que muera/ . / Pido la paz. ¡ Lo grito desde Roma! Detrás, resuenan lo que ya describió Blas de Otero en Pido la paz y la palabra que tanto eco tuvo en su momento. En la cuarta parte titulada «Escritos con nombre (escritos en Roma«) podemos leer los poemas «Ugo Attardi, pintor». «Bruno Caruso, grabador». «Alisi Sassu, pintor». «Guido Strazza, Pintor». «Carlo Custtrucci pinta el botánico». Giuseppe Mazullo, escultor». «Corrado Gagli, pintor». «Umberto Mastroianni, escultor». Son ocho poemas de artistas que fue conociendo el poeta y posiblemente aprendiera técnicas artísticas de cada uno.

Sin duda, necesitábamos esta edición por lo que aporta en cada poema con su comentario. Si queremos saber las fuentes y la edición completa tenemos que recurrir, sin pensártelo, a esta de Cátedra.

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Alberti, R., Roma, peligro para caminantes. Madrid, Cátedra, 2021

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Teatro

Lope de Vega en el candelero. Barlaán y Josafat entre manos

Solo los alicortos no admiten que «cielo y tierra» supo como nadie esmaltarlo en las letras universales Lope de Vega, que tanto pululó en el siglo XVII. La poesía y el teatro se aúnan y todo quedó genuflexo ante el poderío del «Fénix».

No conocía esta obra; al tener noticias de su publicación, raudo me la leí para recordar, para saborear la poesía, el drama hechos carne, perfección, sabiduría como nadie ha sabido enaltecer. Cuando terminas la lectura quedas obnubilado, como en suspenso ante tanta belleza y verdad. Es el homenaje que podemos hacer a este «monstruo de la naturaleza» como lo denominó Miguel de Cervantes. Que se vayan publicando las obras de Lope es un acontecimiento que nos tiene que enorgullecer, más allá de las tonterías que hablan de él ,de oídas, sin que se perciba que hayan leído algo. En España es muy común, incluso entre los que se dedican a la docencia.

En Lope de Vega todas sus obras están encima del celemín; la crítica ha recibido a Barlaán y Josafat como «excepcional»; «de una calidad apreciable», «at de front ranks o his comedias de santos», pág. 13. Todas las obras alumbran, y esta no iba a ser menos, y así lo notamos según desgranamos la vida de Josafat hasta conseguir la fe cristiana, partiendo de la leyenda del príncipe que sale al mundo a contemplar el dolor, la enfermedad y la muerte. No se trataría sin más de una purificación sino al hecho de decidir en cada momento con todo lo que conlleve. El dramaturgo se vale de la historia proveniente de la India y su llegada a Europa. Según podemos leer en la contraportada del editor es «la versión más fidedigna posible a los deseos de su autor».

Por otra parte, esta obra se puede encasillar bajo el paraguas de «las comedias fundadas en leyendas o tradiciones devotas, que no tienen valor canónico, ni histórico, ni hagiográfico» con todos los matices que queramos, sobre todo con esta obra. Quizá está en lo cierto la versión que Menéndez Pelayo nos dejó: «es una traducción digna, a la verdad, de estimación por lo apacible y gallardo estilo, no desemejante del que mostró su autor en otras obras de entretenimiento». Con todo, el gran Menéndez Pelayo se queda corto una vez terminas de leerla.

En los versos iniciales del acto primero ya se percibe la capacidad de decisión, la libertad de las personas («En mayor engaño estás, /porque si toda mi vida /me tiene la vida encerrado / ¿por qué culpa hubiera dado / más castigo a un homicida?». La reflexión es nítida: se le ha enseñado que hay un Dios, autor de dos mundos. En estos primeros versos observamos una queja por su reclusión, e inmediatamente se van deslizando las razones por las que su padre mandó encarcelarlo hasta que se le dice («no digas que yo te he dicho / la causa de haberte puesto / la prisión en donde vives, / pues que por mejores medios / le persuadirás que mande / que salgas a ver el cielo»). Tras el diálogo entre el rey y el hijo obtiene la libertad añorada. No sin antes advertirle («¡Ay, hijo, y cuánto me cuestas / de cuidado y de temor. // Pero también era justo / que vieses lo que has sabido / por relación, aunque ha sido / para mí de tal disgusto»).

Las descripciones de las calles en las que ya se encuentra Josafat («¿Esto es tierra? ¿Esto es ciudad?», y el asombro de este, de todo lo que ve, como mercaderes, sastres, plateros, freneros, pintores, («¿Qué son estos que trabajan? / al fuego con tanta fuerza?», etc., y las referencias que realiza del cielo, la tierra; las plazas constituyen para el personaje lo idílico; algo que se le escapa, que no podía entender cuando choca con esa realidad imprevista. Llama la atención el diálogo entre Josefat y un librero («Este quién es?» // Un poeta / ¿Quién es? // Quien canta / de los dioses las grandezas, / de los hombres las batallas). Hasta pregunta por morir ( ¿»Qué es el morir?» // Es un cesar de vivir; esto, señor, no sabéis?». Y así se llega a la distinción entre alma y cuerpo ( » Y el alma tiene otro ser / donde eternamente vive»).

Es en el acto segundo en donde se desarrolla la instrucción de Josafat desde la creación del mundo, las pautas del antiguo y nuevo testamento, la vida de Jesús y sus apóstoles, cómo se fundó la iglesia- «sucediendo a Cristo Pedro»-, para al final convencer a Josefat de la necesidad de creer en Dios y como plataforma el cristianismo para llegar a poseer la fe y alcanzar el cielo («Dame el bautismo, señor, / pues que ya me has enseñado»). Tras un duro diálogo entre Josafat y el Rey-su padre-, toma la decisión de renunciar al reino y retirarse a un yermo, a una cueva, a ese monte mudo y solo como dirá en el acto tercero («Y yo ruego / al cielo te dé el castigo / de menospreciar mi ruego»).

Al final, el Rey pronuncia: «Sin duda, amigos, que Cristo / es el verdadero Dios»). Josafat lo resume: la muerte del rey, su conversión al cristianismo y el bautizo de todo el pueblo: «conoció al Dios verdadero / y admitió la ley de Cristo. / A mi ejemplo habéis tomado / todos el santo bautismo, / y de la fe y Evangelio /estáis todos instruidos». Es el momento de dejar el cetro a Baraquías, que a su vez contesta: «El cielo / oiga / los tiempos suspiros / de tu pueblo».

Es en el acto tercero cuando se encuentran en el monte Josafat y Barlaán ( » ¡Mi padre, gracias a Dios / que en este monte nos vemos!»). Ambos se bendicen y le cuenta que su padre, el Rey murió, heredó el reino y lo dejó a quien sabrá reinar. La respuesta fue inmediata: «Grande ha sido tu valor; / no me acabo de admirar». En realidad estamos ante una exaltación del cristianismo y la vida retirada, lejos del mundo y sus placeres; es exactamente lo que se colige en el apéndice-acto tercero. Son las obras y la fe las que lucen. Josafat que abrazó el cristianismo lo aclara: «Pues, padre, en eso me fundo, / de lo he de hacer me advierte; / que viendo cerca la muerte / ¿qué valen reinos del mundo?». Y después solazarse con la naturaleza: «Aquí sin libros quiero / entretener los días, / que libros son las hojas de las flores / adonde hallar espero / altas filosofías / en la diversidad de sus colores».

El saber y la ciencia juntos sin que se nos aclare el fundamento existencial que potencie una forma de vivir con alegría y el más allá nos acoja sea cual sea la transformación necesaria. Esos dos mundos entrevistos en la obra el infierno y el paraíso no son nuevos pero están como aleteando siempre: «Esta es la bella ciudad / que a los justos se apercibe, / donde la justicia vive / y reina la castidad». Después el infierno que tanto se teme: «¡Ay en cuanto mal me veo / preso por tiempo infinito / por contentar mi apetito / y dar rienda a mi deseo¡», pág. 266. También lo sobrenatural, como apunta el editor, se contempla o nos hace llegar esa forma de levitación-pág.23-, en varios momentos de la obra. La grandeza de Lope estriba en haber sabido hilvanar tierra y cielo, lo natural y sobrenatural con un lenguaje preciso, impregnado de hermosura.

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Lope de Vega, F., Barlaán y Josafat. Madrid, Cátedra, 2021

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Teatro

Casa con dos puertas, mala es de guardar (Calderón de la Barca)

La poética teatral de un gran dramaturgo que supo acoger las inquietudes de las personas y elevarlas al escenario para que fueran vistas y celebrarlas es de agradecer en todo tiempo y lugar. Por eso, hoy, todavía leemos a Calderón por la enseñanza que destila. Si a esto añadimos las formas con que se reviste en las que el gongorismo y conceptismo se aúnan no ha lugar para que el teatro calderoniano no sea apreciado y representado en el siglo XXI y los que vengan. Los grandes autores no tienen época.

La tríada Lope, Calderón, Tirso, enriquecen el teatro no solo español, también el universal. Y de hecho la crítica más exigente ya lo ha enaltecido, está esmaltado en las mejores de Historias de la literatura. Son tres dramaturgos con vida diferente. Calderón más concentrado, más riguroso, más hondo; su ferviente cristianismo-se consagró a Dios recibiendo la orden sacerdotal- suma, no resta. Si a Lope se le atribuye la creación moderna del teatro nacional, Calderón lo culmina con más profundización, con más ideología. Quizá la diferencia estribe en cómo lo observa Ruiz Ramón: «el arte teatral de Lope se hace ciencia teatral en Calderón». Hoy, sin temer a equivocarnos, podemos circunscribirlo dentro de la expresión Arte Total.

Con su obra Casa con dos puertas, mala es de guardar, dentro de la denominación de «capa y espada»-lúdico, sí, puro enredo, pero también destreza y profundidad en las relaciones humanas-, Calderón afina más en su estilo, llega, si cabe, a su plenitud. Además ya se encuentra con que la escena española está fijada en tres actos o jornadas y no en cinco como podemos observar en esta obra y esto facilita el equilibrio entre forma y contenido. Sin olvidarnos de una cierta flexibilidad con las unidades de acción, lugar y tiempo; esta, en concreto, de unas cuarenta horas; la primera jornada empieza al amanecer hasta la tarde; la segunda jornada después de comer; la tercera jornada otra vez al amanecer para terminar de noche («Dices bien, / mas considero también/que ya ha comenzado a cerrar/ la noche y que lo que, andando/ en tal parte, se mejora, …). La unidad de lugar trascurre sobre todo en Ocaña, pero también se alude a Aranjuez, y la gran mayoría en espacios cerrados. Muy lejos, por tanto, de los que han pretendido atribuirle oscuridad y menos los excesos culteranos como otros han querido enfocarlo.

El enredo, el suspense que tanto abunda en las obras de «capa y espada», permite esos encuentros furtivos; herramientas que Calderón manejó a su gusto. Al final de la primera jornada ya nos advierte (¡ Ay, Laura, cuánto te engañas!

¡Ay, cuánto me agravias, Félix!

¡Ay, cuánto nos sirve una

casa que con dos puertas tiene!

En el final de la jornada segunda el desencuentro y el acercamiento se columpian con un lenguaje preciso, conceptual, sencillo, nítido, entre Laura y Félix, clave para el posterior desarrollo («Yo bien disculpado estoy. -Si a aquesto va, yo también. -Pues vi en tu aposento un hombre. -Yo en el tuyo una mujer. -Si esto, cielos, es amar… – Si esto, fortuna, es querer… -Fuego de Dios en el querer bien. – Amén, amén.

Es en la tercera jornada cuando Félix, consumido por los celos (Que donde hay celos se acaba / todo, porque no hay honor / ni amistad que tanto valga) empieza a golpear la puerta. Laura también queda confundida por celos. El enredo es clamoroso hasta que se descubre las entidades de las dos parejas. Fue la llegada de Fabio para desenredar todo, que antes ya se había atrevido a dar la visión de las dos puertas («Oh mal haya /casa con dos puertas, pues /tan mal el honor se guarda!). Y Laura se muestra atrevida («Si una casa con dos puertas / mala es de guardar, repara / que peor de guardar será / con dos puertas una sala;). Finalmente acuerdan los matrimonios de las dos parejas; es Fabio el que sirve de enlace (» No tengo con qué responderos, /si Laura con vos se casa. – Pues para que veáis si es cierto, / aquesta es mi mano, Laura. / Y pues el haber tenido / dos puertas esta y tu casa/ causa fue de los engaños / que a mí y a Lisardo nos pasan, de la Casa con dos puertas, / aquí la comedia acaba».

Nada nuevo, pero es el sino de estas comedias de «capa y espada». La delicia con que se deslizan pensamiento y palabra te mantiene en vilo; esto solo se consigue con ese lenguaje poético con que Calderón se muestra.

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Calderón de la Barca, Pedro, Casa con dos puertas, mala es de guardar. Madrid, Cátedra, 2021

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