Teatro

El teatro anterior a 1939

Es difícil toda clasificación en el género dramático porque más allá de las obras, tendencias, autores, tiene que predominar un teatro basado en la palabra; teatro con cara y ojos, con personajes, que nos inculquen nuevas esperanzas, confianza  en este camino existencial en el que nos desenvolvemos; esto es lo que hicieron los grandes dramaturgos de todas las épocas.

La crítica lo ha entrevisto, en este período, como de alta comedia, costumbrista, poético, costumbrista con la vitola cómica, humorístico, de compromiso, histórico, incluso como innovador; y aún así hallaríamos aquella obra singular que no encajaría en estas divisiones. Pero, hay cuatro dramaturgos que se levantan por encima de todos: Benavente, Valle-Inclán, García Lorca y Pérez Galdós. Cada uno de ellos destaca por alguna faceta dramática.

Si nos detenemos en el Premio Nobel de Literatura, Benavente, no hay término medio en cuanto a la crítica. La mitificación y la censura forman parte de su estandarte,  y eso que escribió 172 obras, desde El nido ajeno (1894) hasta Por salvar su amor (1954). Intentó acercarse a la sociedad, y además estaba orgulloso de haber llegado a los entresijos de la misma. Sin embargo, el crítico José Monleón escribió que “ su inteligencia le hacía ver la mezquindad de la sociedad a la que servía, sin atreverse a afrontarla en los puntos fundamentales”.

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Poesía

¡Qué gran víspera el mundo!

¡Qué gran víspera el mundo! Es el primer verso de uno de los poemas más henchidos de amor. La exaltación amorosa como necesidad humana. Necesitamos que nos quieran para hacer  nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual, que esté en eterna presencia en nuestros actos, de ahí que la anhelemos constantemente. En el poema de Pedro Salinas, con el que encabezo estas ideas, observamos la búsqueda de ese venero, la fuente salvífica que nos llene de alegría; si bien es cierto que nos traza el mundo anterior a la dicha, espera la voz de la amada, el destino, el amor, en definitiva, que dé sentido a la vida y al universo. Es una experiencia individual, su testamento vital, su melodía, pero que  ya nos pertenece. No tendría sentido, de otra manera, la poesía. De ahí que no sea un formalismo esteticista, sino la entrega, el arte humano, el desbarajuste sentimental por el que discurre la existencia. Las palabras sin contexto de poco valen, por eso el poeta desea crear una sociedad en la que las palabras sean pronunciadas por la amada, como la encargada de poner en marcha el nuevo mundo. La tríada gramatical─tú, yo, ya─ se hace imprescindible en el amor, si deseamos despojarnos de todo lo que nos dificulte su comprensión.

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