Personales

Al M. Maratón de Sevilla

Día 26 de mayo. Desde la ventana del vagón observo cómo los rayos mañaneros del sol penetran en la acristalada estación de Atocha, a la espera de que el A.V.E. parta para Sevilla. El hojear de una señora de una revista con fuerza interrumpe el silencio que se respira, y cómo no , también, un cuarentón con gafas oscuras-“rayban”- de los años setenta que le  dan un aire de insastisfecho, no deja de hablar y  hablar con el móvil  en la oreja que encrespa con tanto monosílabo como deslizan sus labios; sin embargo, en frente del señor, el rótulo del compartimento nos advierte de que bajemos el volumen de los móviles y usemos las plataformas para hablar por teléfono. A mi mente llega la tan cacareada Educación para la ciudadanía. Su obligatoriedad es una necesidad, pero no solo en los institutos, sino también en los colegios y universidades. Partimos y ya se oye la voz monótona de la locutora que en esta ocasión parece que tiene una piedra en la boca por su tonillo de rastrojo. ¿Tan difílcil es encontrar una voz agradable, o es que todo vale? Sigue leyendo “Al M. Maratón de Sevilla”

Teatro

El teatro anterior a 1939

Es difícil toda clasificación en el género dramático porque más allá de las obras, tendencias, autores, tiene que predominar un teatro basado en la palabra; teatro con cara y ojos, con personajes, que nos inculquen nuevas esperanzas, confianza  en este camino existencial en el que nos desenvolvemos; esto es lo que hicieron los grandes dramaturgos de todas las épocas.

La crítica lo ha entrevisto, en este período, como de alta comedia, costumbrista, poético, costumbrista con la vitola cómica, humorístico, de compromiso, histórico, incluso como innovador; y aún así hallaríamos aquella obra singular que no encajaría en estas divisiones. Pero, hay cuatro dramaturgos que se levantan por encima de todos: Benavente, Valle-Inclán, García Lorca y Pérez Galdós. Cada uno de ellos destaca por alguna faceta dramática.

Si nos detenemos en el Premio Nobel de Literatura, Benavente, no hay término medio en cuanto a la crítica. La mitificación y la censura forman parte de su estandarte,  y eso que escribió 172 obras, desde El nido ajeno (1894) hasta Por salvar su amor (1954). Intentó acercarse a la sociedad, y además estaba orgulloso de haber llegado a los entresijos de la misma. Sin embargo, el crítico José Monleón escribió que “ su inteligencia le hacía ver la mezquindad de la sociedad a la que servía, sin atreverse a afrontarla en los puntos fundamentales”.

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