Poesía

¡Qué gran víspera el mundo!

¡Qué gran víspera el mundo! Es el primer verso de uno de los poemas más henchidos de amor. La exaltación amorosa como necesidad humana. Necesitamos que nos quieran para hacer  nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual, que esté en eterna presencia en nuestros actos, de ahí que la anhelemos constantemente. En el poema de Pedro Salinas, con el que encabezo estas ideas, observamos la búsqueda de ese venero, la fuente salvífica que nos llene de alegría; si bien es cierto que nos traza el mundo anterior a la dicha, espera la voz de la amada, el destino, el amor, en definitiva, que dé sentido a la vida y al universo. Es una experiencia individual, su testamento vital, su melodía, pero que  ya nos pertenece. No tendría sentido, de otra manera, la poesía. De ahí que no sea un formalismo esteticista, sino la entrega, el arte humano, el desbarajuste sentimental por el que discurre la existencia. Las palabras sin contexto de poco valen, por eso el poeta desea crear una sociedad en la que las palabras sean pronunciadas por la amada, como la encargada de poner en marcha el nuevo mundo. La tríada gramatical─tú, yo, ya─ se hace imprescindible en el amor, si deseamos despojarnos de todo lo que nos dificulte su comprensión.

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