Vamos caminando en este mundo salvífico de la poesía; pero, en este caso, Héctor se apoya en otro poeta grande, ya curtido en todas las batallas, como es Martínez Sarrión. No está solo; se sirve de una pléyade irrepetible como Octavio Paz, Pere Gimferrer, Valente y Panero. Con estos nombres nos envuelve de tal manera que al construir y rematar lo poético resulte más fácil el conocimiento que es a donde quiere aupar, con ritmo, emoción, sentimiento, erotismo para dar sentido a las palabras de la tribu en expresión mallarmiana.
En la presentación del libro Camas de hierba, ayer, faltó debate, pero Héctor estuvo sublime con las palabras adecuadas, rítmicas, sonoras en las que la poesía que leyó hizo que la libertad se derramara sobre los asistentes, hizo que sobre nuestras cabezas se aposentara el espíritu vivificante, nutriente. Lógicamente, como se dijo, no supera, ni lo pretende, a Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez, pero es el libro inicial, el sustento del porvenir poético.
No pude preguntar, aunque en mi mente revoloteó por qué el poeta, casi siempre, cuando se inicia en la poesía, alude a la poética corporal inmersa en erotismo, pensamiento que ya Octavio Paz se encargó de ventear; mas, en Camas de hierba se va más allá al incrustarse en el sexo. Héctor juega con las palabras, más con el silencio para detener el tiempo. Una vez leído el libro, quizá no me equivoque, el dístico preferido es: «Que descanses. Llámame / por la noche, si te destapas: no vayas a coger frío». Todo un mundo en el que el simbolismo se hace carne, pasión, entrega, necesidad.
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Sobre los ángeles. Otra vez perplejo por la exigua acogida, en el debate del Campus virtual y también de clase, por mis alumnos/as de un libro hermoso de Rafael Alberti.
La intranquilidad, el estar en vilo, como se hacía en el teatro griego, es una nota destacada de uno de los libros poéticos más importantes de la literatura española del siglo XX. Incluso se ha llegado a escribir como el mejor. Esta expresión en literatura es difícil mantener por el carácter disidente de la misma, pero sí que ha dejado huella.
Más allá de la dicotomía como se ha entrevisto, en sí contradictorias, como “imagen surrealista” y como alejado del “automatismo psíquico”, el libro está acorde con el espíritu existencialista de los escritores de la primera mitad del siglo. La diferencia estriba en que Rafael Alberti en ese momento se hallaba en un dilema. Su poderosa imaginación le lleva a recordar la formación jesuítica que había recibido con la realidad que vive a finales de los años veinte y toda la literatura que se agolpaba en su mente.
¿Cómo salir del atolladero? Si hacemos caso al poeta, la pérdida de un paraíso, «tal vez el de mis años recientes, y mi clara y primerísima juventud, alegre y sin problemas», nos percataremos, inmediatamente, de ese pasado cercano que añora. Pero el problema se agranda cuando el poeta nos desvela que «llegué a escribir a tientas, sin encender la luz, a cualquier hora de la noche con un automatismo no buscado, un empuje espontáneo, tembloroso, febril, que hacía que los versos se taparan los unos a los otros, siéndome, a veces, imposible descifrarlos en el día».
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¡Qué gran víspera el mundo! Es el primer verso de uno de los poemas más henchidos de amor. La exaltación amorosa como necesidad humana. Necesitamos que nos quieran para hacer nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual, que esté en eterna presencia en nuestros actos, de ahí que la anhelemos constantemente. En el poema de Pedro Salinas, con el que encabezo estas ideas, observamos la búsqueda de ese venero, la fuente salvífica que nos llene de alegría; si bien es cierto que nos traza el mundo anterior a la dicha, espera la voz de la amada, el destino, el amor, en definitiva, que dé sentido a la vida y al universo. Es una experiencia individual, su testamento vital, su melodía, pero que ya nos pertenece. No tendría sentido, de otra manera, la poesía. De ahí que no sea un formalismo esteticista, sino la entrega, el arte humano, el desbarajuste sentimental por el que discurre la existencia. Las palabras sin contexto de poco valen, por eso el poeta desea crear una sociedad en la que las palabras sean pronunciadas por la amada, como la encargada de poner en marcha el nuevo mundo. La tríada gramatical─tú, yo, ya─ se hace imprescindible en el amor, si deseamos despojarnos de todo lo que nos dificulte su comprensión.
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you know on earth, and all you need to know.
Desagravio. Hace tiempo que tenía en mi mente la desconsideración que hizo un profesor de Ode on a Grecian Urn, escrita en 1819, en favor de Lord Byron porque la Comisión encargada de seleccionar las lecturas para la selectividad de la Comunidad de Madrid se había decantado por el poema de J. Keats, y no por el Don Juan de Byron en «hora 25» de la Cadena S.E.R.
Dejé mi disconformidad en el «Twitter», el mismo día, pero no porque manifestara que uno es mejor que el otro, sino porque para encumbrar a Byron desdeñó a Keats, incluso con el tono de expresión. Esta forma ya desdice para quien la pronuncia. Algunos mantenemos que B. Pérez Galdós es «el más grande escritor» después de Miguel de Cervantes, pero no por eso arrinconamos a otros muchos excelentes escritores que hay para levantar la peana galdosiana. No olvidemos que la literatura es disidencia.
Este es el motivo por el que dedico este canto a este poeta que se sumergió en las situaciones de las cosas para hacerlas poesía, que disfrutó en su breve vida de la luz y de la sombra, y que ha sido definido por el crítico J.M. Valverde como «el mejor entre los poetas británicos»,»poeta, poeta», «poeta por antonomasia»; o por A. Burgess: «would have become one of the great poets of all time» (…).»The poems of Keats that remain to us are models of the purely sensuous aspect of the romantic movement»( English literature, pág. 172).
Por eso quiero llamar la atención de J. Keats al que la muerte le llamó demasiado temprano, para recordar que, quizá, sea la voz poética más importante del romanticismo inglés. Su pensamiento siempre estuvo en los parámetros de la virtud, de la conducta, unidas a la palabra independencia. Al lado están celebración, alegría («Una obra hermosa es eterna alegría»-Endymion-). En muchos de sus poemas nos habla de ese «espacio de mirada interior».
En su Ode to a Grecian Urn canta la inmortalidad de la belleza por el arte, que se contrapone a la caducidad de la vida. Es la permanencia del arte frente al paso del tiempo de las personas. Su poema no nos lleva al escepticismo como pudiera parecer sino a lo humanístico, aunque siempre veteado de un fondo de muerte tras la belleza; y eso sí, con adjetivos novedosos, exactos. La idea borgiana de que «se anticipó en un cuarto de siglo a la tesis de Schopenhauer» ha quedado esmaltada para la eternidad.
El epitafio en su tumba de Roma es toda una revelación: «Here lies one whose was write in water».
Que L. Byron tuvo más notoriedad, sin duda; pero desbarra el profesor si piensa que Don Juan sea el ejemplo más nítido de la poesía inglesa romántica. El crítico A. Burgess lo tiene claro cuando escribe que Don Juan «is perhaps not strictly a romantic poem at all; there is too much laughter in it».
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Retrato de Emily por su hermano Branwell
Así comienza el poema «Remenbrance» de Emily Jane Brontë. La cuarta estrofa la iniciará, también, con la misma expresión: «Cold in the earth-and fifteen wild Decembers. /From those brown hills, have melted into spring: /Faithful, indeed, is the spirit that remembers / After such years of change and suffering!».
Hablar de la poesía de Emily quizá no se lleve porque nombrarla es recordar su gran novela Wuthering Heights. Aquí narró un amor tan apasionado como quizá no recordemos en lo que se denomina la Inglaterra victoriana, amasado de vivas descripciones de la naturaleza. Si hacemos caso a una de sus hermanas la crítica fue injusta; no entendió su mensaje; ¿cómo se puede denominar inmoral al amor?; ¿quién traza la línea, quién se puede oponer a lo más grande del ser humano? Pero, hoy, es uno de los relatos más leídos y más conocidos de esa época; es más, son muchas personas las que visitan esas «Heights», o lo que ya se denomina «Brontë Country».
Yo también, en una ocasión, no hace mucho, me escapé, de donde me encontraba, con un grupo de estudiantes italianos y dos profesoras que venían de Italia, y allí tuve la oportunidad de vivir su poesía, su amor a la naturaleza y esa libertad que anidaba en la escritora. Recordé cómo una persona enamorada de la vida, no encontró esa savia amorosa que la hiciera crecer. El verso «Sweet Love of youth, forgive, if forget thee /while the world´s tide is bearing me along», siempre me hizo pensar en que algún día le llegaría la plena realización amorosa; tal vez se truncó o ni siquiera apareció. No sé el motivo por el que cuando releo a Emily me viene siempre a la mente Nela, el personaje galdosiano de la novela Marianela. Probablemente no haya semejanzas, pero pienso que a las dos se les hurtó lo más grande que tenemos después de la libertad: el enamorarnos. Pero no sólo el amor humano, que es el primordial, sino también de la vida que llevamos, es el estar contentos, es hacer el bien. ¿Puede una persona ser feliz sin hacerlo? Con estos dos personajes la naturaleza fue injusta; por un lado, devolvió la vista a Pablo, pero no la belleza a Nela. Y a Emily no se le concedió lo que tanto deseaba, y encima la muerte llegó muy temprana, solo tenía treinta años. «Cold in the earth», un 19 de diciembre de 1848, ni siquiera el brezo que tanto amaba pudo sacarla de esa melancolía que traía sabor a final. Para ella, el brezo era sinónimo de libertad, de fundirse con la naturaleza, de romper con las convenciones sociales que impiden el pleno desarrollo de la persona. ¿Cómo es posible que solo la muerte traerá la liberación para dos personas que añoran el ser uno, más allá de todas las normas que lo impiden?, dejará entrever en Wuthering Heights. ¿Se puede dar la traición con estos pensamientos? He ahí otro dilema que subyace también en la novela.
La rectoría de Haworth enclavada en una naturaleza salvaje le servirá de trampolín para escribir, para sacar su mejor yo, esa vida interior, apasionada, que llevaba. El lugar era su refugio, los páramos serán testigos de su alegría, de su tristeza. Esto es precisamente lo que sentí cuando visité esas cumbres, parece como si su poema «Come, walk with me, / There´s only thee/ To bless my spirit now» te invitara a sentir con ella. Encontré the true spirit de Emily, plenty of hope, beauty, joy. Es difícil no entregarse a su poesía una vez que alguien ha hollado ese paisaje hecho de trozos de cielo.