Poesía

¡Qué gran víspera el mundo!

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¡Qué gran víspera el mundo! Es el primer verso de uno de los poemas más henchidos de amor. La exaltación amorosa como necesidad humana. Necesitamos que nos quieran para hacer  nuestra vida más inteligente, más cercana, más viva, más espiritual, que esté en eterna presencia en nuestros actos, de ahí que la anhelemos constantemente. En el poema de Pedro Salinas, con el que encabezo estas ideas, observamos la búsqueda de ese venero, la fuente salvífica que nos llene de alegría; si bien es cierto que nos traza el mundo anterior a la dicha, espera la voz de la amada, el destino, el amor, en definitiva, que dé sentido a la vida y al universo. Es una experiencia individual, su testamento vital, su melodía, pero que  ya nos pertenece. No tendría sentido, de otra manera, la poesía. De ahí que no sea un formalismo esteticista, sino la entrega, el arte humano, el desbarajuste sentimental por el que discurre la existencia. Las palabras sin contexto de poco valen, por eso el poeta desea crear una sociedad en la que las palabras sean pronunciadas por la amada, como la encargada de poner en marcha el nuevo mundo. La tríada gramatical─tú, yo, ya─ se hace imprescindible en el amor, si deseamos despojarnos de todo lo que nos dificulte su comprensión.

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Poesía

Beauty is truth; truth, beauty. That is all

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you know on earth, and all you need to know.

Desagravio. Hace tiempo que tenía en mi mente la desconsideración que hizo un profesor de Ode on a Grecian Urn, escrita en 1819, en favor de Lord Byron porque la Comisión encargada de seleccionar las lecturas para la selectividad de la Comunidad de Madrid se había decantado por el poema de J. Keats, y no por el Don Juan de  Byron en «hora 25» de la Cadena S.E.R.

Dejé mi disconformidad en el «Twitter», el mismo día, pero no porque manifestara que uno es mejor que el otro, sino porque para encumbrar a Byron desdeñó a Keats, incluso con el tono de expresión. Esta forma ya desdice para quien la pronuncia. Algunos mantenemos que B. Pérez Galdós es «el más grande escritor» después de Miguel de Cervantes, pero no por eso arrinconamos a otros muchos excelentes escritores que hay para levantar la peana galdosiana. No olvidemos que la literatura es disidencia.

Este es el motivo por el que dedico este canto a este poeta que se sumergió en las situaciones de las cosas para hacerlas poesía, que disfrutó en su breve vida de la luz y de la sombra, y que ha sido definido por el crítico J.M. Valverde como «el mejor entre los poetas británicos»,»poeta, poeta», «poeta por antonomasia»; o por A. Burgess: «would have become one of the great poets of all time» (…).»The poems of Keats that remain to us are models of the purely sensuous aspect of the romantic movement»( English literature, pág. 172).

Por eso quiero llamar la atención de J. Keats al que la muerte le llamó demasiado temprano, para recordar que, quizá,  sea la voz poética más importante del romanticismo inglés. Su pensamiento siempre estuvo en los parámetros de la virtud, de la conducta, unidas a la palabra independencia. Al lado están  celebración, alegría («Una obra hermosa es eterna alegría»-Endymion-). En muchos de sus poemas nos habla de ese «espacio  de mirada interior».

En su Ode to a Grecian Urn canta la inmortalidad de la belleza por el arte, que se contrapone a la caducidad de la vida. Es la permanencia del arte frente al paso del tiempo de las personas. Su poema no nos lleva al escepticismo como pudiera parecer sino a lo humanístico, aunque siempre veteado de un fondo de muerte tras la belleza; y eso sí, con adjetivos novedosos, exactos. La idea borgiana de que «se anticipó en un cuarto de siglo a la tesis de Schopenhauer» ha quedado esmaltada para la eternidad.

El epitafio en su tumba de Roma es toda una revelación: «Here lies one whose was write in water».

Que L. Byron tuvo más notoriedad, sin duda; pero desbarra el profesor si piensa que  Don Juan sea el ejemplo más nítido de la poesía inglesa romántica. El crítico A. Burgess lo tiene claro cuando escribe que Don Juan «is perhaps not strictly a romantic poem at all; there is too much laughter in it».

Poesía

Hoy, 30 de julio,hace 200 años nació Emily.Acércate a su poesia. Cold in the earth

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Retrato de Emily por su hermano Branwell
Retrato de Emily por su hermano Branwell

Así comienza el poema «Remenbrance» de Emily Jane Brontë. La cuarta estrofa la iniciará, también, con la misma expresión: «Cold in the earth-and fifteen wild Decembers. /From those brown hills, have melted into spring: /Faithful, indeed, is the spirit that remembers / After such years of change and suffering!».

Hablar de la poesía de Emily quizá no se lleve porque nombrarla es recordar su gran novela Wuthering Heights. Aquí narró un amor tan apasionado como quizá no recordemos en lo que se denomina la Inglaterra victoriana, amasado de vivas descripciones de la naturaleza. Si hacemos caso a una de sus hermanas la crítica fue injusta; no entendió su mensaje; ¿cómo se puede denominar inmoral al amor?; ¿quién traza la línea, quién se puede oponer a lo más grande del ser humano? Pero, hoy, es uno de los relatos más leídos y más conocidos de esa época; es más, son muchas personas las que visitan esas «Heights», o lo que ya se denomina «Brontë Country».

Yo también, en una ocasión, no hace mucho, me escapé, de donde me encontraba, con un grupo de estudiantes italianos y dos profesoras que venían de Italia, y allí tuve la oportunidad de vivir su poesía, su amor a la naturaleza y esa libertad que anidaba en la escritora. Recordé cómo una persona enamorada de la vida, no encontró esa savia amorosa que la hiciera crecer. El verso «Sweet Love of youth, forgive, if forget thee /while the world´s tide is bearing me along», siempre me hizo pensar en que algún día le llegaría la plena realización amorosa; tal vez se truncó o ni siquiera apareció. No sé el motivo por el que cuando releo a Emily me viene siempre a la mente Nela, el personaje galdosiano de la novela Marianela. Probablemente no haya semejanzas, pero pienso que a las dos se les hurtó lo más grande que tenemos después de la libertad: el enamorarnos. Pero  no sólo el amor humano, que es el primordial, sino también de la vida que llevamos, es el estar contentos, es hacer el bien. ¿Puede una persona ser feliz sin hacerlo? Con estos dos personajes la naturaleza fue injusta; por un lado, devolvió la vista a Pablo, pero no la belleza a Nela. Y a Emily no se le concedió lo que tanto deseaba, y encima la muerte llegó muy temprana, solo tenía treinta años. «Cold in the earth», un 19 de diciembre de 1848, ni siquiera el brezo que tanto amaba pudo sacarla de esa melancolía que traía sabor a final. Para ella, el brezo era sinónimo de libertad, de fundirse con la naturaleza, de romper con las convenciones sociales que impiden el pleno desarrollo de la persona. ¿Cómo es posible que solo la muerte traerá la liberación para dos personas que añoran el ser uno, más allá de todas las normas que lo impiden?, dejará entrever en Wuthering Heights. ¿Se puede dar la traición con estos pensamientos? He ahí otro dilema que subyace también en la novela.

La rectoría de Haworth enclavada en una naturaleza salvaje le servirá de trampolín para escribir, para sacar su mejor yo, esa vida interior, apasionada, que llevaba. El lugar era su refugio, los páramos serán testigos de su alegría, de su tristeza. Esto es precisamente lo que sentí cuando visité esas cumbres, parece como si  su poema «Come, walk with me, / There´s only thee/ To bless my spirit now» te invitara a sentir con ella. Encontré the true spirit de Emily, plenty of hope, beauty, joy. Es difícil no entregarse a su poesía una vez que alguien ha hollado ese paisaje hecho de trozos de cielo.

Poesía

«Que no se me rompa, no /con qué»

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Así termina el poema de Gerardo Diego que el profesor nos hacía aprender, de memoria, para después declamarlo en clase, en bachillerato, cuando llegaba la Navidad. A buen seguro que sabrás que se refiere a «Letrilla de la Virgen María esperando la Navidad». Recuerdo que la primera estrofa «Cuando venga, ay, yo no sé /con qué le envolveré yo, /con qué», di muchas vueltas a cómo haría el «ay», ya que entonces contaba 13 años y era un chico, y claro, la protagonista es una mujer que espera un niño, que fuera divino para ese momento no tenía importancia; al final cerré los ojos e hice con que lo abrazaba con un sentimiento que apenas vocalicé el famoso «ay». En ese momento sentí el silencio en el salón de actos.

Otros compañeros de clase eligieron un poema, también navideño, de Lope de Vega. Creo que el título era «Pastores de Belén«. Sí recuerdo los dos primeros versos : «Este niño y Dios, Antón / que en Belén tiembla y suspira / con unos ojuelos mira que penetra el corazón». Y lo recuerdo porque tuve mis dudas si elegir uno u otro. Si en el primero encontraba dificultad en el famoso «ay«, en el segundo era aún más difícil «con unos ojuelos mira que penetra el corazón».

A pesar de que elegí la poesía del poeta santanderino, con el paso del tiempo me convertí en un fervoroso admirador del «monstruo de la naturaleza», como le llegó a definir Miguel de Cervantes. Aquellos versos que aprendí, «¿Qué tengo…,  que a mi puerta cubierto de rocío / pasas las noches del invierno oscuras? «. Y sobre todo, …»lloró cuanto es amor; hasta el olvido / a amor volvió, porque llorar pudiera; y es la locura de mi amor tan fuerte, / que pienso que lloró también la muerte». Estos versos y otros me hicieron vibrar, amar la poesía, libar del mejor tú. Me convencí en esos años que mi obligación era extender la literatura, como una necesidad, como el pan que nos alimenta.

Pero la Navidad también me trae recuerdos para los que no tienen «Navidad», para los desheredados de ese amor, de esa solidaridad, de esa entrega; para los que sufren; para los que trabajan para que otros sean felices estos días. El artículo de Azorín publicado en el diario El País, el 24 de diciembre de 1896, titulado «La nochebuena del obrero» siempre ha sido un aldabonazo en mi interior. Este reverdecer me inunda el pensamiento cada Navidad. Transcribo algunas líneas: «En tanto que por allá fuera se celebraba con escándalos el Nacimiento de Cristo, él, junto a la máquina, oyendo su runrún cariñoso, pensaba en otro Cristo. Pensaba en un Cristo terrible y feroz; un Cristo que demoliese todas las viejas y bárbaras instituciones, que hiciese un montón de ruinas de todas leyes, de todos los dogmas, de todas la mentiras que impiden el libre desarrollo de la actividad humana..

Que la lluvia de diciembre nos traiga sabor a humanidad. Tú eres el que eres/pero el otro también es.