Otra vez el caminar se hace verdad en esta mañana primaveral que apunta a calurosa en la ciudad universitaria madrileña; el desayuno me espera en la mítica cafetería de la antigua Filosofía y Letras, no sin antes bañarme del aire perfumado que viene de la sierra y el acompañamiento de caras juveniles que buscan un destino, que sueñan, que albergan un espíritu arrollador, cada uno con una dirección a recoger lo sembrado en este segundo día de alborozo por lo que puede representar en sus vidas. La ancha avenida por la que andamos es el cantar de los sentidos en el alma purificadora. El devenir hecho naturaleza que despierta, que clama al uníseno con esta juventud itinerante, como símbolo de ser.
Ayer encontré a una ex alumna que también estaba en la misma sede de selectividad, ya profesora con oposición, que me reconoció después de tantos años. ¿No te acuerdas?, fuiste mi profesor de B.U.P. («mi jovencísimo profesor», insiste). A pesar de los años transcurridos aún conserva la dulzura de su rostro. Me hizo recordar aquellos tiempos.
Observo, hoy, en el aula, más tranquilos a este puñado de jóvenes; a su vez, leo en sus rostros cierto cansancio de haber dormido poco, pero con ánimo para restar un día más a la prueba. Me fijo en la vestimenta, y percibo que vienen más arregladitos que ayer.
No puede haber reproche cuando se han preparado para proseguir en este peregrinaje en el que nos encontramos.
El tiempo transcurre sin que nos avise del instante; pero, un año más, hoy el sol se detiene en los rostros de una nueva juventud que quiere participar, que quiere ser dueña de su destino; percibo, ya, a primera hora, la alegría con que se apuestan en el entorno de las Facultades de Medicina, Derecho, Filología, Biológicas, etc., de la Universidad Complutense con la carga de la mochila. Yo también me dirijo a pie, desde Moncloa, a la sede 18 en la que debo presentarme a las 8.30 horas en la Facultad de Derecho. Paso obligado para un filólogo, que fue feliz en el edificio- ahora «A», antes Filosofía y Letras- en la Licenciatura y en el Doctorado, es visitar la cafetería. Unos camareros serviciales al verme ya están prestos para el café; aún hay dos de los tiempos heroicos, como yo los denomino, adjetivo que es una constante en este «blog» cuando me refiero a la dictadura y transición españolas. Al fondo, con chaqueta marrón-claro veo al hermano Pisonero que está presto para comenzar el desayuno.
La vida nos empuja «como un aullido interminable», verso de J.A. Goytisolo, que tantas veces hemos leído y hemos comentado en clase para que los alumnos participen, para que vivan, para que no pierdan el tiempo, para que buceen en la literatura como algo salvífico. Es una selectividad más, es la primavera hecha carne, que en otro tiempo los que examinanos fuimos también jóvenes con ilusión para pasar esta valla. Desde estas páginas mi más sincera felicitación por haber coronado la cumbre, y, sin duda, el que cada persona pueda elegir la especialiadad que desea.
Entrecomillo parte del título porque es el último verso del famoso soneto del poeta Federico Muelas que los docentes hemos encajado dentro de la llamada «Generación del 36» o también de la poesía de posguerra.
A la espera del Alvia que me conducirá a Cuenca, un año más, para participar en la carrera «La hoz del Huécar», me entretengo en la estación «Atocha-Renfe» leyendo Babelia del diario El País de 25 de mayo. Como casi siempre paso las páginas para ver qué me interesa más, o simplemente de qué versa, más allá de la portada con un título torrencial: «Contra la cruda realidad. La literatura fantástica vive una primavera editorial a través de nuevos sellos y colecciones». Al principio quise leer las páginas centrales por la luz que transmitía el título «Mapa total de Otero» con la ya famosa fotografía del poeta en Granada en un homenaje en 1976 a García Lorca. Pero, no lo hice porque me llamó la atención en las páginas siguientes «Vidas de la novela. Luis Goytisolo revisa las fuentes de un género informe convertido en eje de la sensibilidad lectora occidental». El motivo de hacerlo antes que el resto del suplemento fue porque se refería al ensayo de Luis Goytisolo Naturaleza de la novela (mayo, 2013), que yo, ya, había leído y dejada mi opinión en mi «web-blog» (18 de mayo). Además, el libro lo llevaba en el bolso de viaje porque quería releerlo en el trayecto, juntamente con Simple suspense para recordar «my English» por si paso una temporada en Inglaterra.
Me enfrasco en la reseña (pág. 14), y al terminarla me quedé suspenso. Inmediatamente, percibo que el escrito no se lee como una novela, y sí el ensayo de Luis Goytisolo, con más razón, por tanto, para imbuirme, de nuevo, en el libro. Fui previsor porque no conocía que hoy sería reseñado. Quizá sea el adjetivo agridulce el que más defina mi lectura del comentario en el suplemento; es que, a veces, los críticos quieren ser más que los autores y aprovechan para ventear todo un repertorio de lo que conoce, sin que el lector se entere nítidamente del libro reseñado si antes no lo ha leído. Los críticos deberían leer los pasajes bíblicos y evangélicos propuestos por Goytisolo para que sus escritos se lean como un relato y la sencillez lo cubra todo, que el texto afecte al lector por lo evocado. Percibo que no se hace, que se intenta llamar la atención con oraciones farragosas, con un léxico, a veces, rebuscado, y eso sí, demostrar que la crítica está por encima, y al final el lector no sabe qué es lo que ha pretendido el autor siendo como es primordial.
En la página siguiente del suplemento, leo en destacado el título «Sobre amores». En «´Miguiño mio´, doña Emilia Pardo Bazán, una mujer de armas tomar, da rienda suelta epistolar a su pasión por Galdós», que leo con fruición. No es novedoso lo que se relata, al menos para el que suscribe, porque para motivar a los alumnos a la lectura del más grande novelista después de Cervantes he recurrido a estas anécdotas, a esa relación amistosa y pasional entre los dos.
El domingo, día 26, era el día señalado para la carrera que imprime carácter para siempre, por lo que irá en las alforjas en este itinerario existencial. Para mí, de todas las carreras en las que que he participado, sobresalen esta y la de «Behobia». A la de Cuenca le falta ese aluvión de personas animándote, haga calor, frío, llueva o nieve, durante toda la carrera; esto no lo olvidará el atleta que participe en la «Behobia-Donosti». Más de 25.000 personas es una tarjeta de visita para tenerla presente.
A las diez se dio la salida, y al igual que hacían las compañías teatrales en el siglo XVI cuando estrenaban una obra, dimos una vuelta por las calles principales de Cuenca, para después enfilarnos por la celestial hoz del Huécar donde parece que según subes, deseas acariciar el cielo; pronto me acuerdo del verso del poeta «en volandas de celestes prados», que cristaliza con su enamoramiento al exclamar: «¡Oh, aventura de cielos despeñados».
Panorámica del puente san Pablo, parador(antiguo semillero de los PP.Paúles) y las famosas rocas.
En la subida del kilómetro siete al ocho, ya coronada la «cueva del fraile», observo, por fin, a un puñado de personas, en una de las curvas, que aplauden; cuando me faltaban unos diez metros para girar y emprender otra cuesta, oigo «ánimo Behobia», «ánimo Behobia», «Behobia», e irrumpen en aplausos, que agradecí con un saludo. El hecho significativo de «Behobia» fue porque yo corrí con la camiseta de la última Behobia 48 (noviembre, 2012), en agradecimiento a esas miles de gentes que tanto me aplaudieron sobre todo en las estribaciones de Lezo, y también como recuerdo de mi madre que dentro de nada cumplirá un siglo, y a la que le dediqué la carrera de Behobia como ya di testimonio en este «blog» («Desde Behobia-San Sebastián. Mis impresiones de la carrera internacional Behobia», 12 de noviembre).
Si, al final, no vienes enamorado de la hoz del Huécar, es que te falta algo; los dioses no han sido propicios; hay que volver para que la lámpara del sentimiento no se apague.
Carrera «La Hoz del Huécar», mayo, 2013La sultana al fondo (la roca capital)
Cuando ya despuntaba el alba, 11 de mayo, en una estación casi vacía -Madrid Chamartín- un centenar de personas nos dirigimos al tren que nos conducirá, unos a Vitoria; otros a capitales distintas del centro y norte de la península. Con cara soñolienta y vestimenta variopinta vamos dejando el equipaje en los vagones. Solo se oye el ruido mortecino de bolsos y maletas. Algún «buenos días» y para de contar. Por el rostro y el vestir percibo que algunos tienen el mismo destino: «Maratón Martín Fiz» de Vitoria.
Al llegar a la capital de Euskadi, el recuerdo de otras veces, me hace evocar una de las ciudades más limpias que he visitado, por no decir «la más»; esta es la idea que mantengo desde que fui a correr por vez primera. Hoy, confirmo lo que esperaba, en una tarde de paseo y terraza en el que sobresale el bullicio de las gentes. Observo, también, cómo los turistas se aprisionan en los lugares históricos para escuchar y ver lo emblemático. Chocante para mí es que la catedral siga en obras; ya son trece años. Eso sí, permiten la entrada a «las visitas guiadas». ¿Terminará el papa Francisco con el comercio de los lugares de culto construidos y mantenidos con el dinero de todos? ¿Cuándo se volverá a lo que nos enseñaron de pequeño, que es casa de oración y que visitemos el templo al trasladarnos de un sitio a otro? En España, la jerarquía eclesiástica no se entera o no quiere de las palabras evangélicas.
Entrada en meta. M. Maratón de Vitoria, mayo 2013
El domingo, día 12, a primera hora, nos damos cita en los aledaños «Plaza España» en esta carrera internacional. Cuatro mil corredores, venidos de lejos, no nos podemos equivocar. El día fue ideal; los termómetros de la calle marcaban 10 grados. Este año había más personas para aplaudir a los atletas, sobre todo en el último kilómetro y en el final. Gracias mil por los atronadores aplausos y el ánimo que recibí en los últimos 500 metros. También mis gracias a los tres «fisio» (dos chicos y una mujer-les dije que les iba a sacar en esta página) por el esfuerzo y la profesionalidad con que me pusiseron el cuerpo nuevo al terminar la carrera. Sin duda, les comenté que había sido el mejor masaje recibido. Nos despedimos hasta el año que viene, que realizaré si es posible. A estas gentes tan amables y educadas no se les puede decir «no»; lo hago extensible a las de Donostia a las que me he referido en las dos últimas «Behobias» que corrí. Me falta Bilbao. A ver si este año me cuadran las fechas y puedo realizar la «Y», como ya simbólicamente se conoce a las tres capitales vascas.
Y cómo no, mi más sincera enhorabuena, a la organización por el empeño en que todo saliera bien, incluidos los «menús» del corredor en el «Canciller Ayala».