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La fuerza de una mirada

Mirada, gesto. Dos palabras que destrozan los corazones de las personas; da igual el sexo; esto es lo que algunos/as no comprenden o no lo desean. Con la fuerza de una mirada construye S. Zweigh una de las novelas más sentimentales, más sinceras de la literatura; aunque ya, en otro curso, hace algún tiempo, la puse como lectura obligatoria, de nuevo, en un avance de la programación «Literatura y Medios de Comunicación Social» la he elegido para el 2011 / 2012. Me estoy refiriendo a Carta de una desconocida.

Esa mirada casual, como casi siempre ocurre, esa mirada tierna que te desnuda, que te envuelve, pero para que se agrande tiene que permanecer en secreto, en algo sagrado. Quizá a la espera de decir: ¿Sabes que me gustas? El problema surge cuando no podemos o  no hemos tenido la ocasión de decirlo. ¿Qué hacer? En este caso la protagonista, toma la determinación de escribir la carta:

«A ti que nunca me has conocido».

Se sincera. ¿O no es entrega total, sin limite, cuando escribe:

pero, créeme, ninguna te ha querido tan devotamente como yo, ninguna te ha sido tan fiel ni se ha olvidado tanto de sí misma como lo he hecho yo por ti».

¿A quién no le gusta que digan esto de ti, aunque nunca llegues a saber de quién se trate?

Cuando la soledad te embarga no está de más acercarse a la poesía, a la búsqueda del sentimiento. Esta mujer desconocida  abre su corazón, y pronuncia:

-«Cada palabra tuya era para mí como el evangelio y el padrenuestro».  

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La Golondrina. Unas pocas palabras verdaderas

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Dentro de unas horas presento la novela La Golondrina. Novela del maquis. Adelanto algunas ideas; al ser oral me surgirán, tal vez, otras que en buena lógica no pueden estar aquí.

Sigue leyendo «La Golondrina. Unas pocas palabras verdaderas»

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Hoy, no

Solo una sonrisa mañanera

cuando la luz no termina nunca,

llegabas, henchida de juventud,

de plenitud, cada miércoles.

Hoy, no.

¡Qué miras!, me decías.

¿Recuerdas? Tus ojos se

clavaban; tu mirada penetrante

lo inundaba; buscaba la palabra

verdadera, el aroma de la lucidez.

Tú que fuiste luz, cirio

esplendente; vuelves la espalda,

y te vas, también, ¿hacia la luz?

Me dio miedo,

miedo a perderlo todo,

a no extasiarme con tu sonrisa,

qué importa tu figura,

cuando respiras anhelo, alegría, primavera.

No digas adiós

it´s better so long, so long

like the holy tree

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Un hombre culto, un hombre bueno

Al evocar la muerte de Jorge Semprún me viene  a la mente las palabras solidaridad, testimonio, libertad; pero, al mismo tiempo, creación literaria. Escritor y buena persona no siempre se ensamblan; en Jorge Semprún se dan la mano.

Hace ya mucho tiempo, en la época de estudiante, compré y leí con fruición Largo viaje; y después Aquel domingo. Me impresionó cómo relaciona lo cultural, lo ético e histórico. En mis libros Literatura y Periodismo, hoy (2000), y Literatura y Periodismo en el siglo XXI (2011) hago referencia a esas novelas como paradigma de cómo la literatura te puede enseñar tanto. De cómo un escritor con una experiencia asombrosa puede hilvanar el problema existencial en el que nos desenvolvemos.

Encabecé estas líneas con dos adjetivos. No lo conocí personalmente, pero su escritos y su oralidad portentosa me hacen describirlo como una persona culta, y la imagen que siempre percibí fue también la del adjetivo bueno. A veces no damos importancia a las grandes voces que tenemos en nuestra literatura; el hecho de que fuera un republicano exiliado es una virtud. La Academia de la Lengua Española (castellana), como tantas veces, no estuvo atenta.

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«Cuenca, de piedra ruda, / fue la fuente tallada

en el desierto lento de la vida«.

Entrecomillo los versos porque me han venido a la memoria, pero no sé a quién pertenecen. A mi memoria, de vez en vez, acuden ideas, versos, frases que aprendí en el bachillerato. Era cuando me hacían aprender de memoria sonetos, tercetos, cuartetos, y después como práctica teníamos que hacerlos nosotros. Era cuando no se conocían «apuntes», sino libros de textos, libros de lectura, y el profesor explicaba, no dictaba. Nos hacían ver la literatura como vida, y toda lectura nos debía conducir a la escritura.

La universidad fue un desencanto; guardo todavía la carta que se hizo y que se repartió por la Facultad al terminar el 5º año de Filología Hispánica. En otro escrito he hecho referencia. El verdadero estudio filológico lo inicié cuando ya tenía la titulación.

Tal vez los versos anteriores tengan alguna relación con el poeta conquense Federico Muelas, pero por mucho que busco en su poesía no los encuentro, por eso sí voy a nombrar el terceto de un soneto con que el poeta la homenajea: «¡Cuenca, cristalizada en mis amores! / Hilván donde al aire del lamento. / Cuenca cierta y soñada, en cielo y río».

No podía pasar la oportunidad  de un canto a esta ciudad ensoñadora, acogedora, vital y existencialista, después de mi participación en la XXIV Carrera Popular del Huécar, 5 de junio, 2011. El olor a piedra, a flores primaverales,  a sombra, a sol, a agua límpida, a huertos, a desfiladero, te anima a proseguir una carrera que exige voluntad, esfuerzo, para llegar  a la meta como algo necesario que te pide el espíritu. Alegría que uno siente cuando ya vas coronando el kilómetro doce y ves cerca la cota; es indescriptible, la otra cara del esfuerzo humano. Sabes que después tienes una bajada de 2 kilómetros empedrados, y el último kilómetro con al ansia de llegar y los aplausos del público te cuesta más porque no sabes si un tirón, una caída puede dar con todo al traste después de  hecho lo más difícil.

Vine encantado de Cuenca; no en vano recibe el nombre de «Ciudad encantada». El año que viene estaré, de nuevo, en la salida.