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Año Maragall.El poeta extasiat. El dramaturg.Critic militant

Añadamos también el ensayista y el periodista. Al cumplirse el centenario de su muerte, tenemos que ver en Maragall todas sus aristas, eso sí, a través de la literatura que es lo que permanece, lo que da vida, lo que se sale de lo oficial. Si solo nos quedamos en «nacionalista catalán» es que no hemos entendido, o no queremos comprender sus escritos, sus ideas. Pero, aunque fuera así, ¿es que una persona no tiene libertad para definirse, para propalar su pensamiento, aunque este perturbe el de otros siempre y cuando no recurra a la violencia?

Probablemente,  muchos de los males de los españoles han sido no reconocer otras lenguas, otras literaturas, otras costumbres, otras  culturas, y no solo esto, sino prohibirlas. Aquí está el mal.  Tal vez, el poeta al observar que no se respetaba a un pueblo, a una Nación-por qué no, ¿dónde está el impedimento?- abrazara y exigiera una Nación fuera de España por la intolerancia con que a veces se ha tratado a Cataluña y a otras regiones o nacionalidades. Para  Maragall, en los primeros años del siglo XX, España estaba enferma, y la curación según él debería partir de otras personas distintas, es decir  el catalanismo estaría llamado a conducir esa otra España de los pueblos. Pienso que él deseaba «un encaje» diferente dentro de una nueva España. He llegado a la conclusión de que él se sentía catalán y español, después de haber leído parte de su obra y haber escuchado algunas conferencias. El problema viene cuando a uno no se le permite sentir lo que es desde la cuna.

Todos tenemos que ceder, pero lo que no puede ser es que cada día nos digan que nos tenemos que poner de rodillas y musitar «soy español». Esta idea en sí produce rechazo. Pero, a veces, la inteligencia es tan corta de los gobernantes y de los medios de comunicación que son los verdaderos artífices de los problemas de la sociedad.

He releído, al cumplirse el centenario de su muerte (será en diciembre), algunas poesías y artículos periodísticos. Sin duda ha contribuido bastante el centro cultural Blanquerna de Madrid al recordarnos con una exposición la vida, la obra del poeta y el periodismo. Pero, más todavía las conferencias impartidas y los debates posteriores, en el que se ha insistido en otro brillante, soberbio, poeta Maragall.  No faltó su «Oda a España», que tanto se ha comentado y debatido con aspectos disidentes.

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La emigración global

Siempre ha existido la emigración como necesidad, pero también como conocimiento, aunque es difícil mantener este aserto en los umbrales del siglo XXI, y más cuando la crisis es un vocablo que se repite una y otra vez. Pero, nos olvidamos de que más de la mitad de la población ha sufrido  siempre lo que en las sociedades opulentas llaman crisis. Los que no tienen voz, los desheredados de la fortuna, siempre han estado en el pozo, incluso de la miseria. Es evidente que en la Europa que vivimos se entiende la crisis de otra forma, pero aquí también  reside la pobreza aunque no comparable con los que tienen verdadera necesidad, hambre, en otros lugares.

         La emigración, en parte, sirve para satisfacer las necesidades de donde proceden, pero también del país de acogida. Digamos de partida que se necesitan. Sin embargo, hoy, mucha gente no lo entiende. En la Europa que habitamos, el Parlamento Europeo de Estrasburgo propuso un marco legal que discrimina a trabajadores inmigrantes, ya que con el término “permiso único” excluye a importantes colectivos y deroga derechos básicos. Pero, es razonable que el Eurodiputado socialista Alejandro Cercas manifieste que ¿“estamos ante un nuevo tipo de esclavitud moderna?( El País 13 de diciembre de 2010, pág. 24).

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Torrente Ballester: crítico teatral

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La importancia del profesor, novelista, Torrente Ballester, arrinconó su memorable crítica teatral. A continuación tienes algunas espigas que contribuyen a ensalzar, aún más, al que fue Catedrático Numerario de Lengua y Literatura

No sé si todos los críticos están de acuerdo con el pensamiento de Gustave

 

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La vida no es como la esperábamos

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es el mejor resumen que podemos hacer de la trayectoria de Juan Marsé, uno de los mejores narradores de la literatura española del siglo XX, una vez leída su última novela Caligrafía de los sueños (2011).

Juan Marsé se inicia en el arte de narrar en el año 1960 con Encerrados con un solo juguete. Pero es en el año 1962 con Esta cara de la luna cuando se aproxima a las directrices que marcó Tiempo de silencio de Martín Santos. Es una nueva forma de narrar, y, sin embargo, en opinión de casi todos, fue un paso atrás.  El salto cualitativo lo consigue con Últimas tardes con Teresa (1966). Pero, quizá, la innovación más importante la hallemos en La oscura historia de la prima Montse (1970). Su consagración le vino con Si te dicen que caí (1973). Es una vuelta a la subjetividad en la narración, y un punto de vista múltiple.

No ocurre así con La muchacha de las bragas de oro (1977) en la que se encamina hacia lo que entendemos por novela tradicional. Después vendría la entrada en un mundo melancólico, intimista, la fascinación juvenil por la violencia con Un día volveré (1982). Es la suma de la realidad, la fantasía y la nostalgia. Teniente Bravo es una pequeña obra maestra. Es la vuelta a un tiempo que hay que desmitificar, la huida de la sórdida realidad hacia la fabulación.  Corto fue el relato Ronda del Guinardó (1984), en el que lo artístico supera con creces la brevedad, aunque todo hay que decirlo, se consideró como un boceto, el embrión de lo que vendría después.

En la contraportada de El amante bilingüe (1990): «una mirada irónica y desencantada sobre la dualidad cultural y lingüística de Barcelona». Eran años en que afloraba la obsesión lingüística en Cataluña. Marsé aprovecha ese momento para contarnos los entresijos de una sociedad bifronte de la que resalta el convencionalismo, que conduce a lo esperpéntico para ahondar más en las relaciones humanas. Con El embrujo de Shangai (1994)  recupera ese estilo narrativo tan característico de una generación de posguerra que encabeza por su sentido ético de la realidad. De nuevo se apodera del novelista el fracaso, la corrupción de los sueños, el desencanto.

El «todo Marsé» lo podemos encontrar en Rabos de lagartija (2001). Es la vuelta a la posguerra barcelonesa, ha buceado en la imaginación de su adolescencia, incluso da la sensación como si quisiera derribar la mitificación con que se acercó a la narración anterior. Es decir, estamos ante una desesperanza, derrota sería demasiado. En el fondo subyace el tema de la apariencia y la realidad. Es la imaginación la hacedora del porvenir, la del triunfo. Y lo cuenta desde el útero materno, lo que se llana un «nasciturus». Pero qué gran personaje es el niño al hacernos ver la utopía y la realidad al mismo tiempo; o la fuerza de la imaginación.

El novelista del «Guinardó», como se le puede denominar, con su última novela, ¿ha oscurecido o superado las anteriores? Personalmente, creo que no. Con todo, en Caligrafía de sueños, de nuevo, reverdece su pasado; es la felicidad a su entorno, es hurgar en una lóbrega realidad que supura; es la huella personal que exige permanencia; es la felicidad a un barrio tan característico en su forma de narrar, la fidelidad va con él.

Ahora bien, a J. Marsé hay que valorarlo en su totalidad; cada novela desempeña una función significativa, pero el recuerdo de Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí o Un día volveré siempre quedarán en sus lectores/as.