Poesía

Hacia otra relectura de Don de la ebriedad

Una nueva lectura para la docencia: Don de la ebriedad

Félix Rebollo Sánchez

Refugiarse en la poesía siempre es un alivio y más cuando el pensamiento atesora capacidades que van más allá del lenguaje denotativo; en este caso, me refiero al poeta Claudio Rodríguez que supo entender la poesía como ebriedad, como entusiasmo, como rapto, como fervor; aspectos que podemos observar en su primer libro de juventud: Don de la ebriedad. Para el poeta es «un solo poema arbitrariamente dividido en fragmentos». Qué más da que haya conexión o no; quizá la descoordinación nos conduzca a más claridad, más sencillez y a más conocimiento. En sus conferencias, le he escuchado decir que sus primeros poemas «brotaron del contacto directo, vivido, recorrido, con la lentitud de mi tierra, con la geografía y con el pulso de la gente castellana, zamorana». Se podría definir Don de la ebriedad como libro andariego.

Por mi mente, en estos momentos, revolotea quizá una de sus últimas expresiones en vida: «que me voy de vuelo»; cuando ya la muerte le acechaba llamó al director de la Real Academia Española  para que trasmitiera al resto de compañeros su despedida  con la  frase que ha quedado para la posteridad.

La década de los cincuenta fue rica en poetas que supieron salir de una realidad que les agobiaba y supieron cobijarse en la poesía ( citemos a los que han dejado una estela de esplendor: Blas de Otero y Gabriel Celaya – como abanderados de la poesía social- Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, Ángel González, Carlos Barral, Francisco Brines, etc). Claudio Rodríguez, ante una realidad atosigante, eligió la exaltación de vivir, como un camino hacia la aventura, sin explorar; pero fue el contacto con la naturaleza-recurre a vendimia, encina, cosecha, vino, surco, meseta-, con la realidad, sin apenas conocimientos, los que le animaron a trazar versos hondos, sinceros; el detalle más insignificante le sirve como apropiación para su poesía.

Hoy, con mirada retrospectiva, como casi siempre, hallamos los mejores versos en los que se construyeron en momentos de juventud. Los poetas no siempre lo son; dejan de serlo con el paso del tiempo; el halo poético no es para siempre; sus primeras obras conforman un mosaico lleno de perfección; después existe una poesía repetitiva e incluso aburrida; algunos, sin embargo, no lo quieren percibir.

En mi pensamiento han quedado imágenes que la construcción poética de Claudio Rodríguez la ha realizado caminando, en movimiento; la frase textual del poeta «yo he escrito casi todos mis poemas caminando» cobra todo su vigor. Es el poder de crear el que consigue la palabra exacta, precisa; y todo unido a ese ritmo interior que es el que crea el pensamiento para después que el poema hable o calle, no existe intermedio; el canto debe extenderse, debe penetrar en los lectores; es la tarea del poeta como creador del pensamiento, que se sumerge en la contemplación, en la expresión viva.

Todo ese deambular por el marco poético lo hallamos en los tres libros que conforman Don de la ebriedad. El primer verso del libro primero-nueve poemas-, es sobrecogedor: «Siempre la claridad viene del cielo». Ya está instaurado en lo paradisíaco. Es su mundo poético. El segundo libro es exiguo, consta de dos cantos («Canto del despertar», «Canto del caminar»). El primer verso lleva la carga de un presentimiento («El primer surco de hoy será mi cuerpo»); la luz embellecedora ha pasado, ahora, a dolor («sí para mi castigo»). Bien es cierto que el poema termina con esperanza al señalar el camino verdadero («…Entonces / hay que avanzar la vida de tan limpio / como es el aire, el aire retador». En el «Canto del caminar», se siente culpable porque se lo gritan («Quiere que sea así quien me aró. -¡ Reja /  profunda!-  Soy culpable. Me lo gritan. / Como un heñir de pan sus voces pasan / al latido, a la sangre, a mi locura / de recordar»). El desasosiego del poeta es evidente cuando construye estos versos.  Por una parte, la contemplación y por otra, la sabia, estar en el camino para llegar a ese éxtasis poético. Ambos van precedidos de citas (San Juan de la Cruz y Rimbaud).  Pero es en el libro tercero-ocho poemas- donde hallamos la reciprocidad, aunque comience con negrura («Lo que antes era exacto, ahora no encuentra / su sitio».); el canto en el que hallamos la relación yo-tú; el encuentro amoroso; es el conocimiento el que lo concita. El adjetivo más apropiado de la ebriedad:lúcida.Así es su poesía.

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Personales

Otra vez en una carrera inolvidable: Behobia

Al hablar de Behobia  y ahora al escribir desde la Universidad Complutense-con la medalla puesta,conseguida siempre me viene a la memoria mi madre-que asaltó los cielos-, porque fue al terminar la carrera cuando me susurraron: «la abuela ha muerto»; corría noviembre de 2014. Por eso, en la salida, este 13 de noviembre de 2016, me acordé de ella y se la ofrecí, ahora que ya halló la felicidad eterna. No perdió su hermosura ni cuando dejó de existir, y aunque resuelta ya en ceniza, no dejará la belleza porque esta es verdad según la tradición poética o más en concreto la keatiana, o incluso hace unos días no lo recordaba Francisco.

Con voluntad férrea, partí con miles de atletas para entrar en Donosti con una sonrisa a flor de piel como manda la tradición y así la alegría se desborde entre las miles de personas que nos esperan para animarnos nombrándonos. Vale la pena, volver para participar y luego compartir nuestro entusiasmo con los demás.

Durante el trayecto, la animación fue continua y sincera; se vive como algo propio; si vienes una vez, te engancha y haces lo imposible por volver; pero, ante la imposibilidad siempre permanecerá el recuerdo gratificante de tanta gente  con ese ánimo que te llega al corazón y, a veces, cuando ya falta poco se te pone la piel de gallina, temblorosa. Es como un escalofrío emocionante y, sobre todo, cuando faltan unos metros para cruzar la meta; la felicidad compartida es plena. Y luego los masajes, y «cómo ha te ido», «qué tal» y otras frases en las que hallamos cercanía, fraternidad en el atletismo. San Sebastián el sábado y el domingo se vistió de hermosura-con lluvia- con gentes venidas de pueblos lejanos y de países remotos.

Hay que ser agradecidos; por eso «gracias mil» a los que me apoyaron ya desde el kilómetro uno; el primero fue un niño de corta edad el que me dijo: «ánimo Félix»; se lo agradecí y le rocé la mano que extendía al lado de una mujer guapísima-supongo que su madre-. Y ya en las primeras rampas fue continuo mi nombre; gracias ese grupo de universitarios que me reconocieron por la espalda y dijeron; «ánimo Rebollo nos vemos en el cross»; les respondí, en alta voz, nos vemos el sábado en el cross de la Universidad de Nebrija; y cómo no recordar a esas jóvenes por esos piropos que destilaron que iban más allá del ánimo; también en mi mente quedará para siempre otro niño que casi coronando el primer puerto sobre el kilómetro siete extendió su mano y me ofreció una botella de agua precintada; la emoción me embargó por un instante. La carrera de Behobia es así.

Para mí, la subida del kilómetro catorce al diecisiete este año fue durísima; parece que nunca terminaba; de ahí que ante tantos aplausos una vez coronada levantara los brazos con los puños cerrados hacia arriba y abajo al mismo tiempo varias veces fuera una señal de victoria; el entusiasmo del público con sus aplausos y «Félix, Félíx, que puedes, así a tu ritmo» me llegara al corazón que agradecí abriendo los brazos como un avión que llega y cerrándolos hacia el corazón en agradecimiento. A lo lejos, ya se veía Donosti; los últimos kilómetros fueron gozo; qué alegría me entró cuando torcí la última curva, a mano izquierda, para enfilar el último kilómetro y medio en esa recta única en la que un público enfervorizado, entregado, aplaudía  a rabiar y gritaba  el nombre del atleta y oías la música y al «speaker». La emoción es tan grande que hay que controlarla; sientes que las piernas  se han endurecido tanto que no sabes si al final conseguirás entrar en la meta para obtener la medalla que  tengo puesta, como agradecimiento a esta carrera donde de verdad sientes la humanidad de sus gentes. Atleta si no has ido, vete y participa, tu mentalidad será otra desde cualquier almena que te posiciones.

También el recuerdo para los que no pudieron terminarla en el tiempo que se exigía, bien porque se lesionaron, bien por falta de voluntad; mi deseo es que no decaigan y lo intenten otra vez y retengan en su mente el «sí se puede»; ante la dureza de esta prueba la voluntad es primordial.

Finalmente, mis felicitaciones más sinceras para los 23.973 atletas que la terminaron con la esperanza de que en 2017 nos veamos coronando esas curvas de ballesta y nos demos ánimos, esto será buena señal.

Personales

Lo que faltaba por oír

Asombro y tristeza si se lleva a cabo. Sinceramente pensé que esto ya estaba superado. Alguien ha sugerido que se retiren, se apilen, se donen o se metan en cajas libros antiguos de una biblioteca para poner los libros actuales porque no hay sitio; inmediatamente me vino a la mente el famoso artículo de Muñoz Molina donde nos contaba que una concejala de cultura quiso hacer lo mismo en su tierra y el pasaje de Don Quijote de a Mancha.

Ante este disparate, no se pueden aceptar ideas trasnochadas cuando hablamos de biblioteca; esta, claro, como templo espiritual, como arroyo que nos conduzca hacia el pensamiento, y este como fulgor, como llama eterna, que sea salvífica, luz ante tanto despropósito. Ese relámpago cultural lo hallamos en los libros clásicos; no los encerremos, no los destruyamos, que aquí yace la savia, la riqueza humana.

Poesía

Pere Gimferrer en Madrid

Como la nube desenmascarada,

ver otra vez tu rostro en los carmines

de la vacilación de amanecer.

——

Ante un salón abarrotado-para mí fue sorpresivo- se presentó, tarde-anoche, en  Conde Duque de Madrid el último libro de Pere Gimferrer: No en mis días. El poeta del libro clásico y referente de la poesía de los años sesenta Arte el mar (1966)impregnado de tradicionalismo y sensualismo- nos alimenta, de nuevo, en su siempre alborear poético; no puede pasar desapercibido, es como una estela hacia lo sublime; ya quedamos absortos con Amor en vilo (2006 y Tornado (2008).

Hasta la saciedad nos ha repetido que el tema de la poesía «es la poesía»; claro, unido a la fórmula ya clásica: sonido, ritmo, palabra; y estas dentro del campo semántico musicalidad-literatura; no hay más fórmulas; en esto, Pere Gimferrer es un maestro, aunque, a veces, no entendamos algunos versos por la dificultad que entrañan, pero siempre con fidelidad a la medida, al alejandrino, al ritmo. Es de los pocos que hoy defiende que la palabra se basta así misma; es el retorno al fogonazo irracionalista; es el fulgor que estalla, que inventa lo nuevo, que nos purifica; el relámpago que ilumina como llama perpetua.

Literatura

Otra vez Campos de Castilla

Otra vez Campos de Castilla
Despertad, cantores:
acaben los ecos,
empiecen las voces.

Félix Rebollo Sánchez
Cuando se recurre a los clásicos es porque recordamos lo que nos impresiona más allá del tiempo. A mí, uno de los poemas que se me adentró fue la carta poemática a “José María Palacio”, y más en concreto: “con los primeros lirios / y las primeras rosas de las huertas, / en una tarde azul, sube al Espino, / al alto Espino, donde está su tierra”…. Esa carga sentimental del demostrativo me llega alma; como también la dedicatoria del libro-dos meses antes de morir- “A mi Leonorcica del alma”, o los impresionantes versos “Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”. Es el Machado que supo cincelarse en su autorretrato con sus últimos versos; “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”. El poeta García Montero manifiesta que es una verdadera poética, “la explicación del camino elegido en una encrucijada”.
No es de recibo que se le encuadre en generaciones; sabemos por carta a Ortega y Gasset que no lo deseaba: “soy más de su generación que de la catastrófica que Azorín fustiga”; pero, que quede claro que Machado a renglón seguido manifestaba su admiración por Azorín. Pero sí ha permanecido para la posteridad la opinión de Federico García Lorca, que había dos maestros: “Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. El primero en plano puro de serenidad y perfección poética; poeta humano y celeste (…). El segundo, gran poeta, turbado por una terrible exaltación de su yo” . La crítica más exigente lo ha definido como la más alta cima del lirismo, de emoción y melancolía. Ante esto, solo nos resta evocar cómo definía la poesía: “palabra en el tiempo”.
Su fervor por Castilla es nítido cuando publica el libro en 1912 y lo amplía en 1917. Si observamos su pasado hay como un cordón umbilical con la Institución Libre de Enseñanza; no en vano al morir Giner de los Ríos lo plasma en su poesía: “Su corazón repose / bajo una encina casta, en tierra de tomillos, donde juegan / mariposas doradas… / Allí el maestro un día / soñaba un nuevo florecer de España”.
El rechazo a la Restauración es patente; él veía otra España donde se atisba un temperamento fuerte: la del cincel y de la maza (“Una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea). Es el Machado de la soledad pero también de la esperanza. Pero, es la belleza de los versos la que purifica, la que es fuente de esa poesía desnuda en “¡ Colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas, roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria”. O los versos tan señeros, hondos, sentimentales “ ¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco, dame / tu mano y paseemos”. La apelación a Dios: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor contra la mía. / Señor ya estamos solos mi corazón y el mar”.
El largo romance “La tierra de alvargonzález”-unos 700 versos- nos sobrecoge (una leyenda de un labrador asesinado por sus hijos por herencia). El lector no puede quedar impasible ante esos hechos; leyenda que Machado recoge para la posteridad y sirva de acicate para hasta dónde el género humano puede llegar por los bienes materiales-envidia, codicia-, más allá de la forma poética con que lo reviste que posteriormente no prosigue.
Aunque no estamos ante un Campos de Castilla uniforme, es el Machado interiorizado, atento al existencialismo- tan en boga a principios de siglo- en el que hallamos dos segmentos nítidos: esencialidad y temporalidad, la poesía hecha carne, de trozos de cielo.