Poesía

A vueltas con el poema «La viña del Tinajero» en Valdearenales

Félix Rebollo Sánchez

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«Endenantes fue la joya de los buitres, / de los lobos y los cuervos»

El dístico ya nos previene de la peligrosidad del lugar y de misterio; una persona como Joaquín Chamizo- padre de Luis Chamizo- que se atreva a roturar esa tierra es de alguien que su pensamiento vuela más que esos cuervos que pululan por los cielos y desean aposentarse sobre la cúspide  virgen; pero que quiera convertirla en una viña va más allá de lo cercano; esa fantasía que le vino quiere hacerla realidad; el jolgorio, la imposibilidad de tal idea corrió de boca en boca, y lo mínimo que se decía este tío «está pirao» («... fue la chufla de to´el pueblo«. El dicho «zapatero a tus zapatos» fue común, y encima un tinajero «Güérvete pa tu Sanroque deseguía,/ güérvete pa tus tinajas, tinajero»; qué sueño tan «estartalao», hasta a alguien se le ocurrió decir que «los lobos se reían, / ajullando desde lejos«.

Con la voluntad que poseía ante la adversidad, el tinajero fue haciéndose realidad lo soñado y lo más sorprendente «Jizo un jorno pa cochuras de ladrillos / y una casa para tener allí un socuello». No solo iba triunfando la voluntad, la perseverancia, también la creatividad se adueñó de todo; a esto no llegaban sus paisanos. No todo el mundo tiene las mismas capacidades, y,sobre todo, cómo el arte revela al alma del artista; y aquí es donde nace lo prodigioso del pensamiento, las manos y las herramientas.

La memoria no puede ser débil, hay que extenderla, hay que trabajarla para el recuerdo de lo que fue un momento de la historia. En una sociedad globalizada, el reconocimiento de un lugar y de unas gentes austeras hay que reverdecerlas, hacerlas vivientes; estamos ante el dibujo de una perspectiva del sentimiento humano (» …el que jizo que su nombre resonara / por la gran revolución der sus inventos / ondiquiera que las cepas dieran uvas, / muchas leguas en reondo de su pueblo, / no podía consenti que tropezara / su tresón, qu´era más jujerte que los jierros, / en los roscos, chaparreras y congojas / de la joya de los cuervos»).

Poco más de once kilómetros separan Valdearenales-Guareña: esa distancia asombra para los que se animan a practicar senderismo, ruta agradable a la vista con el recuerdo presente siempre de nuestros antepasados que hicieron más de lo posible, y a lo lejos el triunfo de un hombre hecho de naturaleza, ejemplo para los que no entendían, no sabían que la savia nacería («...y las cepas dieron uvas / remojás con el süor del tinajero«). No podía faltar la música para que quede para la posteridad esta obra grandiosa, poderosa, para que el  verso anuncie la alegría, la placidez del lugar ( «El regacho Laguadú pasa cantando / cantarcinos y tonás que yo no entiendo«). Notamos cómo la naturaleza, en este caso el agua, produce una música natural, placentera entre veredas transfiguradas con meandros anunciadores de otras formas de vivir. Bosques y valles se dieron parabienes al oír la cadencia del manantial.

Desde la cúspide se observa con estrofa cantarina y luminosa «el lucío plantonal del tinajero, / qu´endenantes fue la joya de los buitres, / de los lobos y los cuervos”. Aquella tierra feroz, ahora se ha convertido en feraz, fértil, paradisíaca para la vista, para el disfrute después de tanto tiempo. En aquel sueño ya el hacedor percibía fragancia. En ese sendero áspero también se pudo llegar a las estrellas que alumbran.

El paisaje como protagonista es capital en ese caminar en el que la imaginación se apodere del poema y surja el deleite hacia donde nos dirigimos, que es lo que está vinculado a la propia vida del artista. El hecho en sí es como una invitación a la lectura como alimento, siendo consciente de que todo es un valor social del patrimonio cultural literario que favorezca su protección, uso y disfrute. La mirada humana reflejada en la naturaleza, espejo de un espacio natural acorde con la obra artística, en este caso la viña descrita en el poema. Pero no es una mera descripción, sino que las palabras se combinan para producir un efecto claro; exactamente como las notas de la música nos producen armonía o hechos que nos hacen reflexionar para comprender mejor; en definitiva, algo que el poeta quiere cincelar en la mente de los lectores,

El poema nos tiene que servir para un turismo cultural sostenible con una idea nítida: ecosistema mejor, más estable. Esta aventura literaria empieza con la ilusión que nos ha creado la poesía de la viña de tinajero, y en el horizonte su alma, que es en lo que nos apoyamos en este caminar para orientarse al hilo de los versos que se erige en lo salvífico hecho canto como si brotara de la tierra roturada.

La realidad-ficción debe ser útil como una experiencia única y enriquecedora para volver pletóricos de naturaleza y podamos compartirla para que la dualidad paisaje-espejo sirva para mirarnos y sin miedo lo propaguemos. La búsqueda de la memoria histórica y literaria a través de unos parajes que en otro tiempo fueron hollados por otras gentes cercanas a nuestra forma de vivir. Vida real y ensueño que nos permite estar vigilantes.

Si “necesario es crear”, como nos apostilló Pessoa, estamos ante un Chamizo, ingeniero del verso, que nos invita a la contemplación y esta evocadora de un más allá con el ritmo sonoro en el que la naturaleza y mente se aúnan. Así, con la decantación de un estilo personal. la naturaleza se yergue. Seamos, por tanto, fieles a una época única, distinta. No olvidemos que la autenticidad de la poesía, es decir, lo que sentimos al leerla o declamarla- en este caso la viña del tinajero- sale de nuestro interior; el poeta García Baena escarba y ventea que ”la poesía hace que la libertad se derrame como un gran fuego sobre los hombres”. Lo que transmiten los versos chamicianos brotan de la observación del entorno y cristalizan en el proceso de la creatividad poética; es, en definitiva, la transformación de un paisaje humanizado. Es la celebración de la contemplación con la palabra para guiarnos hacia el conocimiento y la verdad; es la literatura la que perpetúa la historia del paisaje; lo perenne mece la mirada; es cuando, como nos recuerda Juan Ramón Jiménez “tiene el alma un descanso de caminos / que han llegado a su único final”. Si quedamos pensativos ante los versos machadianos en torno a Soria con sus «colinas plateadas, /grises alcores, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta…», también esa intensidad emocional la hallamos en este rincón extremeño exuberante de vida, de armonía con paisaje musical. Sepamos cantarla.

En el aire siempre quedará lo realizado, el alma del artista, que aviva, una y otra vez, cuando nos acercamos a la lectura del poema, como en perpetua fluencia al lado del creador para que no se extinga ese camino de sabiduría , que un día se trazó y hoy disfrutamos. Santo Tomás nos advierte de que «son hermosas las cosas que complacen a la vista». Muy lejos de nuestra imaginación subyacen, también, otras formas que nos inclinan a ser partícipes, aunque solo sea con la lectura y el recuerdo de un autor que tuvo la certeza vívida de haber compuesto lo que soñó; las imágenes se alzaron sobre él y la expresión se hizo realidad en unos versos que hoy perduran con prados verdes, soleados, vivientes que antes fue lugar salvaje. Pasarán los años, pero no se deshará la memoria del paisaje, hoy acogedor.

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Poesía

Senderos

Hace algún tiempo me mandaron por correo el libro Senderos, lleno de vida; es esta la que nos lleva a la añoranza de lo que fue canción; a buen seguro que la autora fue más lejos, algo más de los/as lectores, ya en el siglo XXI; tal vez no lleguemos a alcanzar su total sentimiento por el tiempo transcurrido desde su publicación en 1957; ante el acto poético, en todo caso, debemos estar genuflexos si es que la naturaleza te ha dado esa cualidad humana como es el sentir la poesía. La pasión por la palabra hermosa, juntamente con su vitalismo, es el sustento de la poesía.

Con motivo de «el centenario de El miajón de los castúos» se han reeditado varios poemas de María Victoria Chamizo con el título de Senderos por su hija Victoria Díez Chamizo-nieta del poeta universal Luis Chamizo-, como homenaje a su madre, que falleció en 2019, María Victoria Chamizo, además de poeta, tuvo una columna habitual durante muchos años en El Faro de Ceuta. Me cabe hacer constar el espíritu que anida en la mente de su hija al leer el prólogo, y, sobre todo, el final: «Querida madre, ¡cuánto me hubiera gustado que hubiera visto esta edición!». Victoria Díez Chamizo. Barcelona, junio de 2021.

A la edición de 1957, José María Pemán coronó la poesía con un poema en que pregunta en los tres primeros versos «Dime, Victoria Chamizo, / ¿de dónde viene el hechizo / de tus cantares?». Exactamente es lo que sentimos cuando abordamos cada uno de los poemas, que son canción, humanismo, sensibilidad, espíritu que aletea; no hay forma mejor para expresar la exactitud, sintiéndola dentro de sí para alcanzar la lucidez en ese peregrinaje poético desde Senderos– primer poema- hasta Un día sin ti-el último. En todos anida una cierta preocupación, más allá de lo estético. La introspección que subyace en sus poemas es necesaria para después sacarlas y elevarlas al papel, convertirlas en anécdotas creadoras para encajarlas en ese «sendero blanco, donde solo irán lo poetas»; ese sendero que es la elección y, al mismo tiempo, la cúspide en la que se desea llegar, «el sendero de los que sueñan, pág. 11.

Adentrarse en esta poesía, hechas de trozos de cielo, requiere sosiego, limpidez, que se detenga tu tiempo, si no, no llegarás a sacar el mejor tú de cada uno de los poemas de los que entresaco «Tristeza» («Y fue todo una mentira, / por otro amor me dejaste / poniendo luto a mis sueños, / poniendo luto a la tarde…»). No podía faltar un poema a su tierra extremeña que tuvo que abandonar, «A mi tierra»: «…que forjé en tu hermosa cuna, / que lejos marcho, y clavada, / me llevo en el corazón, / junto a su imagen amada, / la espina de mi dolor»). También eleva a lo poético su espíritu religioso con «Plegaria«, ( » Aquí, estoy, Señor, postrada a tus plantas»), con «Oración a la Virgen Inmaculada«. » La noche», «A la Soledad«, («Y que lloren tus ojos, Virgen mía»,,,). «Ceuta a Jesús Nazareno», (….»sangrando su cuerpo, / siento que mis lágrimas / se tornan en fuego». Y cómo no, el amor que nos aprisiona, que nos exige, que nos aprieta, «Cuando menos pensaba»: «…sucedió, y fue sin darme cuenta, / yo creí mi alma liberada / de un amor que ahora me atormenta». «Comprensión», «…tú necesitas mi sol, / yo necesito tu frío», Mi último beso. Maldición. No puedo quererte. Pasión. Alma y cuerpo. Sed de amor. Cómo te lo diría. Y lo más grande: lo que enardece, lo que nos hace vivencia, libres, fuego, espíritu, como es la poesía: «Al poeta«, («¡ Pobre loco!, le dice el que no siente / el batir de las bellas fantasías: es mejor para él vivir ausente, / que soñar y sentir melancolías»).

La última parte viene encabezada con «Pequeñas poesías de amor», y los últimos poemas son un conjunto con el título Un día sin ti, págs.68-92, en los que es el alma que supura llanto, querencia, desconsuelo, primavera, olvido, beso, tentación, sueño, ilusión, lejanía, tiempo, soledad, fuego, pesadumbre, camino, corazón, nubes, obscuridad, talle, azucena, herida, dolor, paso del tiempo, arrepentimiento; son palabras que te mantienen en vilo según desgranas la lectura desde el primer verso «Soledad, llanto, obscuridad», hasta «que no tendrás otra más / parecida a la mía». Este final dirigido al Señor al recordarle las penas y las alegrías » de valor tan desigual». En el fondo es la necesidad, en este caso, de tener fe; de dirigirse al Altísimo para ofrecerle cómo fue su vida. Esta ha sido, en tus manos me encomiendo.

Son cuarenta y nueve poemas los que conforman este apartado: en ellos hallamos un itinerario, un camino con alegría pero también abrojos; dicha-tristeza, dolor-alegría; «música que al sonar / no ha conmovido!; «Goces que el corazón / no ha comprendido»; «aquella que no ha tenido / con un beso, el latido / del propio corazón». «Llegaste sin yo llamarte, / y ahora, sin porqué, te vas». En otros está la entrega, el aliento, el sentimiento, la querencia desnuda: «Por un solo beso tuyo / yo daría el mundo entero». «He soñado que eras tú / el amor de mis amores». «Te quiero como a nadie ha querido».»Por saber si me quieres yo daría / mi juventud, mis sueños, mi alegría». Pero también la llama de amor viva se apaga: «Quisiera verte de fuego, / pero tú eres nieve fría». «No me quieras, por Dios / no me quieras». «Tú no sabes querer, lo sé de cierto; / tú eres solo veleta de los vientos». «Quizá cuando yo muera / darías media vida / porque no hubiese muerto». La añoranza: «…para mí siempre de noche /será, cuando tú estés lejos». A solas he quedado largo rato; / he meditado mucho y he sentido», «…que eternamente perdura / cuando se amó de verdad».

En verdad es un libro que conmueve, que el tiempo no se detiene, que al final lo derrotamos de tanto como nos ha aprisionado, que seguramente María Victoria, a pesar de las dificultades que debió sortear, encontró luz y esperanza al mostrarnos e ir más allá del territorio de lo estético.

Contraportada


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Poesía

Ray Bradbury: Poesía completa

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En los años setenta se observa en el escritor un cambio que le lleva a adentrarse más en la creación poética; entiende que para recoger la esencia de las cosas la poesía le engrandece. Los poemas son un salto vivificador con una amplia mirada enriquecedora.

«Esta edición bilingüe reúne por primera vez en español los cinco poemarios publicados por el autor e incluye un Apéndice con poemas que no figuran en los volúmenes de su poesía». Todo esto suma 1058 páginas, de las cuales 173 corresponden a una prolija y detallada introducción de don Jesús Isaías Gómez López. El primer poemario data de 1973, el segundo de 1977, el tercero de 1979, y el último de 1987. Estamos ante 176 poemas y sumados los del Apéndice (últimos poemas) son en total 196. No sé si como aconseja el editor es mejor leerlos seguidos para un mayor disfrute de la poesía ( «resulta aconsejable leerla y disfrutarla en su conjunto, pues es como mejor inunda y siembra de ideas la mente del lector», pág.45).Libertad, por tanto, pero lo primordial es leer la poesía completa, para finalmente hacer una reflexión en qué nos ha servido para nuestra forma de vivir o simplemente para ahondar en nuestra mente.

El «vive eternamente», como apunta el editor, reverbera en unos versos sencillos con una lengua actual que la hace más cercana, mejor entendida desde «Remembrance hasta «Hamlet Remenbrance». En el primero, el recuerdo se hace vida ( «An saw the house where I was born / and grown and had my endless days») después de cuarenta años. Su vuelta, lleno de ternura, en ese mirar detenidamente los lugares en los que disfrutó en sus correrías. Su pasado se hace presente. Vuelve al lugar para eternizarlo y permanezca. El último verso repetido abarca todo su ser («I remember you / I remember you»). Y en «Hamlet Remembrance» el recuerdo de Dios y todo lo que rodea a la divinidad se hace actualidad al evocar al personaje Hamlet (Why, God´s dear Joseph ´s Son..). La trama en la corte se hace realidad y conmueve al lector entre el fantasma interior que surge para aclararnos el asesinato y la causa de lo sucedido. La actualidad, o no, depende de quién lo lea y comprenda en el siglo que viva.

El proceso creativo de Ray también se desdibuja con otra mirada, con otro yo para cimentar recuerdos, amistades o simplemente otear otro existencialismo que siente cercano, incluida esa espiritualidad que supura y que no necesariamente tiene que estar cercana a la religiosidad, pero que sí aletea lo fantástico, lo onírico o más en concreto la dualidad ciencia-ficción., pero en el fondo va a la búsqueda de la interioridad de la persona. La ilusión de pensar, de crear le hace más humano, más inteligente, como ser que está cercano a la idea de Dios, aquí reside la esperanza en que no podemos morir, que vamos de paso a otro recinto superior; es esto lo que nos salva de perecer.

El extenso poema «Christ old student in a new school» no parece tan liberador; es más, te sucumbe y quizá la esperanza del cristiano se desvanece; la imaginación del poeta ha ido demasiado lejos aunque la ciencia logre escalar hacia otra galaxia y halle el rostro de Dios y sea otro tú que ha emergido y ya no tiene que sufrir ni dar cuentas a nadie. Ante el sufrimiento, hecho realidad, el «No more» repetido tres veces se adueña de la persona para que pare ya.. Y así, verso a verso, se nos recuerda lo que se aprende en el cristianismo hasta convertirnos en otras formas de vivir hasta conseguir el todo en que se ha soñado, y «Erase all mortal ends…» en el penúltimo verso. El hacedor y el soñador se hermanan.

A parte de recordarnos a dos escritores universales en «A poem written on learning that Shakespeare and Cervantes both on the same day», me ha llamado la atención, parece como si la religión no le abandonase, el poema, también extenso «Christus Apolo. A cantata celebrating the eighth day of creation and the promise of the ninth» en el que los siete días están depositados en la memoria de las personas, como inmersos, para que nuestro viaje no se tuerza, y en el octavo día celebremos la Navidad como se merece; para recordamos el noveno que «will show us forth in light and wild surnise / upon an even further shore». La repetición de la Navidad -no solo en este poema, por ejemplo, la de Dublín, 1953- como luz y oscuridad nos hace más sensibles ante la eternidad. En la época de la Navidad nos avisa de que el mañana se puede vestir de hermosura, que son días sagrados para conocerse mejor y alcanzar lo inefable, lo que no está escrito para aunarse en otra vida que no se conoce que termine. Es la nueva Navidad fuera de la tierra ( «It is the Time of Going Away. …Which is Forever ´s Celebration!). Lo que es más difícil de entender es el posicionamiento del poeta al otorgar una cierta divinidad a las personas como si fuéramos una parte esencial de lo que llamamos el «Ser Superior» (Dios). ¿Realmente la inmortalidad, como defiende Bradbury, reside en las personas que nacen, de otros/as, o no va más allá de nuestra descendencia? Aquí, que yo sepa, la inteligencia con hechos concretos no se nos avecina, o por lo menos yo no lo alcanzo, solo; quizá la fe, nos puede sacar de esa idea, pero la fe es un don que Dios otorga como aprendimos en el catecismo, al menos en el cristianismo.

Toda una poesía que se yergue en un tiempo para la meditación,introspección de quiénes somos y qué hacemos en este planeta a la espera de fundirnos eternamente.

Bradbuy, R., Poesía completa. Madrid, Cátedra, 2013, 1058 págs.

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Poesía

«In memoriam» y otros poemas

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Probablemente Alfred Lord Tennyson sea el poeta inglés de más prestigio de su tiempo. Laureado por la reina Victoria en 1850 nos dejó una obra en la que la poesía y la música constituían la esencia de sus pensamientos.

La elegía a su amigo ha pasado a la historia como lo majestuoso, como el alarido sentimental de algo que perdió, de ahí que perviva («y es cierto que murió antes de lo debido / este amigo querido que ahora vive en Dios»).

Ahora tenemos en edición bilingüe la primera traducción al castellano. La hermosura y hondura con que nos imbuimos en sus versos toman más prestigio, si cabe, con «In memoriam». Es más, tal vez, lo que nos recuerde al poeta sin que el resto de poesía desmerezca. Poco importa si su poesía excelsa está a la altura de otras elegías memorables; lo primordial es que nos sirva de acicate en el camino que hemos emprendido para ser feliz, que en el fondo es un deseo del poeta: «¡Pues levántate entonces, oh mañana feliz, /oh sagrada mañana, levántate de nuevo! / Y saca de la noche el día alegre; / y Tú oh Padre nuestro, roza el este: habrá luz, /la misma luz que hubo al nacer la Esperanza». Sin esperanza la vida se desvanece. Y si algo nos perturba-bien como premio o denuesto-, rehúyelo («Tú solamente sigue y escribe lo que quieras»). El verso de Pushkin me viene a la memoria: «Recibe con indiferencia el loor y la calumnia/ y no discutas con el necio». Sin duda, el poeta debió contravenirse si sus versos no caían en tierra abonada. Pero, también, nos consta de que se sintió feliz cuando su impresionante «In memoriam» fue leída y bien recibida en vida. El hecho de que parte de la crítica le considerara como » el poeta de la nación» y que esté enterrado en la abadía de Westminster es lo máximo a lo que podía llegar; el entorno con otra pléyade de poetas gloriosos favorece a la extensión de su poesía. Inglaterra acoge así a sus poetas, y esto la engrandece; todos los días colas inmensas rinden homenaje, se postran ante la abadía, venidos de cualquier parte del mundo, a reverdecer a los que un día sintieron la poesía como vida.

Aunque a Tennyson no solo se le conoce por «In memoriam», este es el gran poema con el que se le recuerda por su plenitud significativa y profundidad, sin que disminuyan otros poemas como apunta el editor. Poco importa que no lo concibiera como unitario y que fuera escribiéndolos con el tiempo. Lo que sí se desprende, una vez leído es que tenía un destinatario: » el recuerdo personal de su gran amigo, que iba a casarse con su hermana y murió unos días antes en Viena», pág.35. La intensidad divina que desprende nos hace pensar que unió tierra/ cielo y de ahí esa majestuosidad, (» y una fuerza lejana y ya divina / a la cual se somete la Creación»).

Sorprende que el editor, en el apartado «Sus contemporáneos: el viaje de la poesía victoriana» aluda entre otros a Robert Browing y no a Elzabett Barrett con su impresiónate Aurora Leigh, cuando el consenso de la crítica más exigente ha dictado que es la poeta en lengua inglesa más importante del siglo XIX. La luz poética no se apaga, emerge sin más. Y la de Elizabeth ha prendido como una luciérnaga, como cirio perenne. Y ahí está, en el mismo pedestal que los Chaucer, Shakespeare, Milton, Wordsworth, Keats, Byron, Blake, Emily Brönte. Esto no quita a su breve, pero acertada simbiosis y acercamiento, al ámbito de la poesía y su posterior difusión. No hay dudas del esfuerzo por dar a conocer a un poeta lleno de ese soplo de espiritualidad tan necesario en el que el materialismo se encarga de destruir la naturaleza; el ser humano no es capaz de entenderlo, de ahí que el espíritu de los poetas sea tan necesario cuando nos lo recuerdan.

Casi al final de su vida escribe otra perla poética; en esta ocasión breve, que se publicó en 1889: Crossing the Bar (Cruzando la escollera), Es el sentimiento que tiene de que el fin está pronto, pero en el que anida una cierta esperanza en el más allá («Porque, aunque de nuestro espacio y tiempo / me arranque la marea, / confío en ver la cara a mi Piloto, / pasada la escollera»). Y no habrá tristeza porque su tiempo es cumplido («Y ya no habrá lamento en la escollera / cuando hacia la mar salga»). Y entereza («No habrá pesadumbre del adiós acaso / cuando haya de embarcar»). Como contraste, o a mí me lo parece, nos trae a colación el juicio de T.S. Eliot sobre su poesía, en la que sobresalía «no por la calidad de su fe, sino por la calidad de su duda», pág.13. Poco importa, su poesía nos eleva, y fe-duda están en el mismo campo semántico de que no conocemos por qué estamos y adónde nos dirigimos. Otro poeta como Brines nos recuerda en «La última costa» la incertidumbre con que acoge en barcaza, barco y barca al gentío con distintas apreciaciones, que resumen con el último verso: «en el viaje aquel de todos a la niebla».

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Poesía

Fin del mundo del fin

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Mas allá de la esencialidad de la poesía de Izara Batres, hallamos un «no sé qué» lleno de luz que impregna el territorio que ha elegido, pero siempre como una voz en la que cobra todo su vigor el hecho existencial. Un espacio, llamado poesía, en el que expresa lo que anida en sus pensamientos con lucidez que nos aplasta.

En este nuevo libro, más denso, ajustado al intelecto, se nos muestra con el viento de las palabras, como rompeolas, más pensativa, si cabe, como si la metáfora se deslizara íntimamente y la posesión, otra vez, se adueñara de su ser. Absorta en el devenir nos recuerda que «el fin no es más que una derrota del tiempo», pág.108; y, sin embargo, es el tiempo el que nos aprisiona, que es limitado, el que nos llama, el que nos va cercenando la fuerza mental, lo fisiológico, el instinto de perpetuación, el que nos derrite, el que nos deja inquietos/as, nos advierte.

El libro se puede leer de un tirón porque su poesía nace del corazón, de la generosidad, de la verdad que alberga en su ser. Es su latido que le atrapa, le persigue y necesita ventearlo. Así, en este caso, ha recurrido a cuatro secciones. La primera, la más extensa, consta de veintiséis poemas con el título «Fragmentación. El fin de los tiempos»; se sumerge, paso a paso, en el silencio cuando el ser humano observa una realidad que no se atiene al humanismo. Sí es el fin; todo se ha acabado: ahora solo cabe preguntar con el silencio, sabiendo que no puede haber respuesta ante «el odioso espectáculo de este abril del dolor»; todo está derruido, quedan «las lápidas que devoran la hierba». Tal vez un torbellino nos devuelva, aunque sea huracanado, a otra existencia y arranque el espíritu de la «muerte florida» en la que estábamos. ¿De qué forma, entonces, podemos propalarlo? No podemos quedarnos pasivos ante el grito, ante la sinrazón; «en el silencio del silencio». El final del segundo poema es elocuente: «seremos poesía. / Renaceremos». Es la esperanza hecha carne viviente.

En estas edades rotas no podía faltar la relación entre el «tú y el yo» en el poema «Desde aquí» como necesidad, con tanto tiempo transcurrido entre el Carnaval hasta el final del otoño en el poema. A la espera para celebrar la vida, el encuentro, el susurro -completamente tú- que ya leímos en Avenidas del tiempo con la destellante expresión «fabrícame con tus ojos la existencia». Incluso en la segunda sección en «Desmesura» exige la profundidad con la expresión «Ámame salvaje», «desde el agua desbocada y el fuego», «quiéreme descomunal»; pero, eso sí, sin perder un ápice de su libertad.

En el cuarto poema «Viaje» de esta primera sección se entrega a la ensoñación. al invento de ese viaje que le rodea con el recuerdo de un tiempo en que «mi amor y tu amor era el mismo hilo del tiempo», aun percibiendo que ya no; hasta las fotos aparecen «ennegrecidas»; la desnudez total aunque quiera volver mentalmente a lo que fue. Los dos últimos poemas de esta sección -«Entrevisión y Oh, make me a mask»- son como el arrullo que se cierne entre el dolor de ser y la exigente petición de no ser, o, al menos, que «una máscara» sirva de protector ante tanta ingratitud y dolor «en la otra orilla del tiempo», ya trascendido, que, de nuevo en el poema «París, sus nostalgias» se nos recordará «La entrevisión, dulcemente amarga, / en su fugacidad inexorable».

La segunda sección «Incendio» (La Búsqueda», Catábasis, Revelación), Se inicia con el poema «Alarido», «que invade la muerte desde la vida». Es el continuo no saber de la existencia sin una preparación que nos aclare los porqués que nos abaten. Ni siquiera «un sol de lluvia ni la noche esmeralda» nos pueden ayudar ante el alarido que nos oprime. El sentido de la palabra desvanece. No quiere más «vórtice» que la creación límpida, sin cortapisas. En «Desmesura» es la querencia suma en la que ni por asombro aparezcan sombras, ni cirios que se apagan, y menos el dicho «quiéreme, aunque sea mentira»: solo cabe fulgor, fuego eternal. Ante «un laberinto» en el que no se sabe salir y el incendio aprieta, hay que apremiar para ver una salida, para, al fin, conseguir «la puerta». El último poema «La caricia del sentido», de nuevo, el incendio existencial que ahoga aunque aparezca como «espejismo» repentino «y cruel». Al intento de atraparlo se esfuma «como el lujo evanescente del perfil más exacto del placer» y no comprendes, no sabes qué camino elegir.

La tercena sección, «Transfiguración. Viaje al químico» consta de tres apartados (Viaje al químico, Anábasis, Pasaje). Comienza con un poema armonioso en el que evoca otra mirada, otra creatividad en la que la muerte no sea, representada en «El buque» que trae savia nueva, niños por encima del misterio y lejos de la temeridad que no conocen esa oscuridad y no morirán porque es otro espacio sin amargura y llanto; ya no cumplirán años, inmersos en una época luminosa, en un espacio paradisíaco.

La cuarta sección, «La Puerta» como finitud con cinco poemas. La laguna Estigia tantas veces evocada en la poesía, también aquí reverdece como final sagrado, después haber pasado aquellas aguas negras, neblinosas, cerradas en un estado de conciencia de no saber, como esclavos. Da igual que hayas ido ascendiendo o pasando en la barca de Caronte. Desde ese lugar, como «ladera atemporal», abandonamos el oprobio; somos, ahora, luciérnagas estáticas.

No podía faltar la entrega a Cronopia («Para llegar a Cronopia»), a su Cortázar-de hecho el título lo recoge de un relato-; es el poema sin rimas, sin márgenes en que apoyarse en esos atardeceres sanguíneos «desde el alba al anochecer», pág.112. Es el fin de la muerte, es el espanto que desaparece y arrastra «al fin del mundo fin». El hecho de que el título del libro nos lleve hasta Cortázar es como un homenaje, más que un recuerdo, para advertirnos de que está inmersa en el poderío de Cronopia. Evidentemente, el libro es mucho más, es el deseo de permanecer más allá de regiones ignotas, es una celebración.

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Batres, Izara, Fin del mundo del fin. Madrid, Valparaíso, 2022


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