Poesía

A vueltas con el poema «La viña del Tinajero» en Valdearenales

Félix Rebollo Sánchez

«Endenantes fue la joya de los buitres, / de los lobos y los cuervos»

El dístico ya nos previene de la peligrosidad del lugar y de misterio; una persona como Joaquín Chamizo- padre de Luis Chamizo- que se atreva a roturar esa tierra es de alguien que su pensamiento vuela más que esos cuervos que pululan por los cielos y desean aposentarse sobre la cúspide  virgen; pero que quiera convertirla en una viña va más allá de lo cercano; esa fantasía que le vino quiere hacerla realidad; el jolgorio, la imposibilidad de tal idea corrió de boca en boca, y lo mínimo que se decía este tío «está pirao» («... fue la chufla de to´el pueblo«. El dicho «zapatero a tus zapatos» fue común, y encima un tinajero «Güérvete pa tu Sanroque deseguía,/ güérvete pa tus tinajas, tinajero»; qué sueño tan «estartalao», hasta a alguien se le ocurrió decir que «los lobos se reían, / ajullando desde lejos«.

Con la voluntad que poseía ante la adversidad, el tinajero fue haciéndose realidad lo soñado y lo más sorprendente «Jizo un jorno pa cochuras de ladrillos / y una casa para tener allí un socuello». No solo iba triunfando la voluntad, la perseverancia, también la creatividad se adueñó de todo; a esto no llegaban sus paisanos. No todo el mundo tiene las mismas capacidades, y sobre todo cómo el arte revela al alma del artista; y aquí es donde nace lo prodigioso del pensamiento, las manos y las herramientas.

La memoria no puede ser débil, hay que extenderla, hay que trabajarla para el recuerdo de lo que fue un momento de la historia. En una sociedad globalizada, el reconocimiento de un lugar y de unas gentes austeras hay que reverdecerlas, hacerlas vivientes; estamos ante el dibujo de una perspectiva del sentimiento humano (» …el que jizo que su nombre resonara / por la gran revolución der sus inventos / ondiquiera que las cepas dieran uvas, / muchas leguas en reondo de su pueblo, / no podía consenti que tropezara / su tresón, qu´era más jujerte que los jierros, / en los roscos, chaparreras y congojas / de la joya de los cuervos»).

Poco más de once kilómetros separan Valdearenales-Guareña: esa distancia asombra para los que se animan a practicar senderismo, ruta agradable a la vista con el recuerdo presente siempre de nuestros antepasados que hicieron más de lo posible, y a lo lejos el triunfo de un hombre hecho de naturaleza, ejemplo para los que no entendían, no sabían que la sabia nacería («...y las cepas dieron uvas / remojás con el süor del tinajero«). No podía faltar la música para que quede para la posteridad esta obra grandiosa, poderosa, para que el  verso anuncie la alegría, la placidez del lugar ( «El regacho Laguadú pasa cantando / cantarcinos y tonás que yo no entiendo«). Notamos cómo la naturaleza, en este caso el agua, produce una música natural, placentera entre veredas transfiguradas con meandros anunciadores de otras formas de vivir. Bosques y valles se dieron parabienes al oír la cadencia del manantial.

Desde la cúspide se observa con estrofa cantarina y luminosa «el lucío plantonal del tinajero, / qu´endenantes fue la joya de los buitres, / de los lobos y los cuervos”. Aquella tierra feroz, ahora se ha convertido en feraz, fértil, paradisíaca para la vista, para el disfrute después de tanto tiempo. En aquel sueño ya el hacedor percibía fragancia. En ese sendero áspero también se pudo llegar a las estrellas que alumbran.

El paisaje como protagonista es capital en ese caminar en el que la imaginación se apodere del poema y surja el deleite hacia donde nos dirigimos, que es lo que está vinculado a la propia vida del artista. El hecho en sí es como una invitación a la lectura como alimento, siendo consciente de que todo es un valor social del patrimonio cultural literario que favorezca su protección, uso y disfrute. La mirada humana reflejada en la naturaleza, espejo de un espacio natural acorde con la obra artística, en este caso la viña descrita en el poema. Pero no es una mera descripción, sino que las palabras se combinan para producir un efecto claro; exactamente como las notas de la música nos producen armonía o hechos que nos hacen reflexionar para comprender mejor; en definitiva, algo que el poeta quiere cincelar en la mente de los lectores,

El poema nos tiene que servir para un turismo cultural sostenible con una idea nítida: ecosistema mejor, más estable. Esta aventura literaria empieza con la ilusión que nos ha creado la poesía de la viña de tinajero, y en el horizonte su alma, que es en lo que nos apoyamos en este caminar para orientarse al hilo de los versos que se erige en lo salvífico hecho canto como si brotara de la tierra roturada.

La realidad-ficción debe ser útil como una experiencia única y enriquecedora para volver pletóricos de naturaleza y podamos compartirla para que la dualidad paisaje-espejo sirva para mirarnos y sin miedo lo propaguemos. La búsqueda de la memoria histórica y literaria a través de unos parajes que en otro tiempo fueron hollados por otras gentes cercanas a nuestra forma de vivir. Vida real y ensueño que nos permite estar vigilantes.

Si “necesario es crear”, como nos apostilló Pessoa, estamos ante un Chamizo, ingeniero del verso, que nos invita a la contemplación y esta evocadora de un más allá con el ritmo sonoro en el que la naturaleza y mente se aúnan. Así, con la decantación de un estilo personal. la naturaleza se yergue. Seamos, por tanto, fieles a una época única, distinta. No olvidemos que la autenticidad de la poesía, es decir, lo que sentimos al leerla o declamarla- en este caso la viña del tinajero- sale de nuestro interior; el poeta García Baena escarba y ventea que ”la poesía hace que la libertad se derrame como un gran fuego sobre los hombres”. Lo que transmiten los versos chamicianos brotan de la observación del entorno y cristalizan en el proceso de la creatividad poética; es, en definitiva, la transformación de un paisaje humanizado. Es la celebración de la contemplación con la palabra para guiarnos hacia el conocimiento y la verdad; es la literatura la que perpetúa la historia del paisaje; lo perenne mece la mirada; es cuando, como nos recuerda Juan Ramón Jiménez “tiene el alma un descanso de caminos / que han llegado a su único final”. Si quedamos pensativos ante los versos machadianos en torno a Soria con sus «colinas plateadas, /grises alcores, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta…», también esa intensidad emocional la hallamos en este rincón extremeño exuberante de vida, de armonía con paisaje musical. Sepamos cantarla.

En el aire siempre quedará lo realizado, el alma del artista, que aviva, una y otra vez, cuando nos acercamos a la lectura del poema, como en perpetua fluencia al lado del creador para que no se extinga ese camino de sabiduría , que un día se trazó y hoy disfrutamos. Santo Tomás nos advierte de que «son hermosas las cosas que complacen a la vista». Muy lejos de nuestra imaginación subyacen, también, otras formas que nos inclinan a ser partícipes, aunque solo sea con la lectura y el recuerdo de un autor que tuvo la certeza vívida de haber compuesto lo que soñó; las imágenes se alzaron sobre él y la expresión se hizo realidad en unos versos que hoy perduran con prados verdes, soleados, vivientes que antes fue lugar salvaje. Pasarán los años, pero no se deshará la memoria del paisaje, hoy acogedor.

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