Poesía

«In memoriam» y otros poemas

Probablemente Alfred Lord Tennyson sea el poeta inglés de más prestigio de su tiempo. Laureado por la reina Victoria en 1850 nos dejó una obra en la que la poesía y la música constituían la esencia de sus pensamientos.

La elegía a su amigo ha pasado a la historia como lo majestuoso, como el alarido sentimental de algo que perdió, de ahí que perviva («y es cierto que murió antes de lo debido / este amigo querido que ahora vive en Dios»).

Ahora tenemos en edición bilingüe la primera traducción al castellano. La hermosura y hondura con que nos imbuimos en sus versos toman más prestigio, si cabe, con «In memoriam». Es más, tal vez, lo que nos recuerde al poeta sin que el resto de poesía desmerezca. Poco importa si su poesía excelsa está a la altura de otras elegías memorables; lo primordial es que nos sirva de acicate en el camino que hemos emprendido para ser feliz, que en el fondo es un deseo del poeta: «¡Pues levántate entonces, oh mañana feliz, /oh sagrada mañana, levántate de nuevo! / Y saca de la noche el día alegre; / y Tú oh Padre nuestro, roza el este: habrá luz, /la misma luz que hubo al nacer la Esperanza». Sin esperanza la vida se desvanece. Y si algo nos perturba-bien como premio o denuesto-, rehúyelo («Tú solamente sigue y escribe lo que quieras»). El verso de Pushkin me viene a la memoria: «Recibe con indiferencia el loor y la calumnia/ y no discutas con el necio». Sin duda, el poeta debió contravenirse si sus versos no caían en tierra abonada. Pero, también, nos consta de que se sintió feliz cuando su impresionante «In memoriam» fue leída y bien recibida en vida. El hecho de que parte de la crítica le considerara como » el poeta de la nación» y que esté enterrado en la abadía de Westminster es lo máximo a lo que podía llegar; el entorno con otra pléyade de poetas gloriosos favorece a la extensión de su poesía. Inglaterra acoge así a sus poetas, y esto la engrandece; todos los días colas inmensas rinden homenaje, se postran ante la abadía, venidos de cualquier parte del mundo, a reverdecer a los que un día sintieron la poesía como vida.

Aunque a Tennyson no solo se le conoce por «In memoriam», este es el gran poema con el que se le recuerda por su plenitud significativa y profundidad, sin que disminuyan otros poemas como apunta el editor. Poco importa que no lo concibiera como unitario y que fuera escribiéndolos con el tiempo. Lo que sí se desprende, una vez leído es que tenía un destinatario: » el recuerdo personal de su gran amigo, que iba a casarse con su hermana y murió unos días antes en Viena», pág.35. La intensidad divina que desprende nos hace pensar que unió tierra/ cielo y de ahí esa majestuosidad, (» y una fuerza lejana y ya divina / a la cual se somete la Creación»).

Sorprende que el editor, en el apartado «Sus contemporáneos: el viaje de la poesía victoriana» aluda entre otros a Robert Browing y no a Elzabett Barrett con su impresiónate Aurora Leigh, cuando el consenso de la crítica más exigente ha dictado que es la poeta en lengua inglesa más importante del siglo XIX. La luz poética no se apaga, emerge sin más. Y la de Elizabeth ha prendido como una luciérnaga, como cirio perenne. Y ahí está, en el mismo pedestal que los Chaucer, Shakespeare, Milton, Wordsworth, Keats, Byron, Blake, Emily Brönte. Esto no quita a su breve, pero acertada simbiosis y acercamiento, al ámbito de la poesía y su posterior difusión. No hay dudas del esfuerzo por dar a conocer a un poeta lleno de ese soplo de espiritualidad tan necesario en el que el materialismo se encarga de destruir la naturaleza; el ser humano no es capaz de entenderlo, de ahí que el espíritu de los poetas sea tan necesario cuando nos lo recuerdan.

Casi al final de su vida escribe otra perla poética; en esta ocasión breve, que se publicó en 1889: Crossing the Bar (Cruzando la escollera), Es el sentimiento que tiene de que el fin está pronto, pero en el que anida una cierta esperanza en el más allá («Porque, aunque de nuestro espacio y tiempo / me arranque la marea, / confío en ver la cara a mi Piloto, / pasada la escollera»). Y no habrá tristeza porque su tiempo es cumplido («Y ya no habrá lamento en la escollera / cuando hacia la mar salga»). Y entereza («No habrá pesadumbre del adiós acaso / cuando haya de embarcar»). Como contraste, o a mí me lo parece, nos trae a colación el juicio de T.S. Eliot sobre su poesía, en la que sobresalía «no por la calidad de su fe, sino por la calidad de su duda», pág.13. Poco importa, su poesía nos eleva, y fe-duda están en el mismo campo semántico de que no conocemos por qué estamos y adónde nos dirigimos. Otro poeta como Brines nos recuerda en «La última costa» la incertidumbre con que acoge en barcaza, barco y barca al gentío con distintas apreciaciones, que resumen con el último verso: «en el viaje aquel de todos a la niebla».

Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License