Personales

Baldía espera

Esta mañana te vi canéfora blanca,

distante, con ese viento

autosuficiente, crecido,

sabedora de que

intuías el pensamiento.

Ni siquiera me dejaste decir:

¡qué arrulladoras vienes, qué esplendente!

Tu luz te la has llevado

pero, el alba prosigue arrullando,

ebria de una espera que no llegará,

ni cintura, ni manos.

I missed you.

Baldía espera, solo

espíritu, aleteo,

¿para no acabar nunca?

Sé feliz en tus cumbres.

Personales

¡Aleluya!

Se disputaron tu nombre

al abrigo de fuego solidario,

qué más da la A. que la J.

Te llamó en la época

del alma, sigilosamente.

Te tendió la mano. Ven.

No entres en el olvido,

en la maldad, en la doblez.

Risueñas flores primaverales

adornaron tu cajita

blanca; rubíes celestiales te acompañaron.

Tu espíritu pervive.

¡Aleluya, aleluya!

Personales

Hoy es tu día

Desde muchos kilómetros

nuestras felicitaciones

para esas 98 primaveras.

Tú que nos acariciaste

y miraste con esperanza

a nuestros ojos,

te devolvemos nuestras

miradas llenas

de gratitud, de generosidad.

A ti que cincelaste con

tu forma de ser

nuestro camino, henchido

de verdad, solidaridad,

de libertad.

Solo recordamos luz

en nuestra educación,

que hemos derramado,

también, a los nuestros.

Tu nombre, Antonia,

esmaltado en nuestras

mentes.

Personales

Exultent angelica turba caelorum

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Exultent divina mysteria: / et pro tanti Regis victoria turba insonet salutaris. Así comienza lo que se denomina «Pregón Pascual» para el día más grande de los cristianos. Solo en este momento y en esta celebración es proclamado; lo hemos vivido estos días; el resto del año, como símbolo, permanecerá el cirio pascual encendido hasta su extinción. Es el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Es la fiesta de la Pascua de Resurrección, la primordial, la que anuncia algo nuevo, el preludio de una nueva aurora; es la alegría de vivir.

El texto es atribuido a san Agustín (354-430), pero no podemos olvidar que, al principio, las comunidades cristianas intervenían en la construcción y elaboración de los textos. Posteriormente se unificarían los textos y los ritos en la liturgia, sobre todo, a partir de san Gregorio Magno (540-604), a quien debemos la difusión del canto gregoriano.

Atrás quedaron momentos estelares, como el día del amor fraterno, el recuerdo de la pasión, el sermón de las siete palabras, y tantos hechos que perturban al ser humano, pero que las gentes viven con entrega. ¡Cómo no recordar, en estos días, lo que tantas veces mi madre, ahora con el invierno a cuesta, nos ha contado: «yo he llevado en las famosas andas a la Virgen Dolorosa, sin descanso a la morra, ida y vuelta, en procesión, sin ningún relevo porque yo no quería». Hago constar que solo las mujeres podían pasear a la virgen, de seis en seis, aunque podías no aceptar el relevo. La morra en mi pueblo está a tres kilómetros, entonces un camino escarpado, en medio de un silencio sepulcral, en que solo se oían el paso  de los creyentes y el ruido del caballo en que iba montado el sacerdote, por cierto navarro. La vuelta era más dura porque mi pueblo está en un cerro y había que subir «las estatuas» por una cuesta empinada y camino estrecho. Eso eran procesiones, nos dice todavía. ¿Se llama eso fe? Quién sabe. ¡Cuántas veces he escuchado de su boca que solo cree en el de arriba! Que la justicia de la tierra está muy lejos del ser humano. Si vemos lo presente no le falta razón.

La estrofa, Haec nox est, de qua scriptum est: / et nox sicut dies iluminabitur / et nox illuminatio mea in diliciis meis (Ésta es la noche / de la que estaba escrito: / Será la noche clara como el día, / la noche iluminada por mi gozo), es todo un presagio de la limpidez, de la alegría del cristiano que comienza un nuevo año santo, la noche en la que ahuyenta la maledicencia en todo su largor, expulsa el odio, se acerca más al carácter solidario que nos debemos, alegra al triste, al desheredado de la fortuna; es la noche de gracia, dichosa, simbolizada en el cirio hecho con cera de abejas, bien elaborado para que expanda su luz sin mengua y una el cielo con la tierra, lo humano con lo divino, lo material con lo espiritual; literariamente, Sancho con Don Quijote.

El cirio como símbolo de una llama eterna para apartar la oscuridad y triunfe la luz, las relaciones humanas como algo salvífico, el foco que necesitaremos cuando se apodere de nosotros el carácter cainita que llevamos desde el nacer, y que los cristianos deben rechazar, deben educar cuando quiera brotar. ¡Pero qué difícil es mantener esa llama de «en el buen sentido de la palabra bueno», evocada por A. Machado! Es más, se deja traslucir en las personas lo que comporta negación, noche.

En estos días también me acuerdo del estribillo gongorino:» ¡Que se nos va la Pascua, mozas, /que se nos va la Pascua!». Y eso es lo que inculco que prevalezca, que intentemos vivir, que la vida es breve, que vamos de paso. Son las expresiones clásicas «Carpe diem», «Collige, virgo, rosas», «Tempus fugit», «Coged de vuestra alegre primavera». Es el dístico del poeta culteranista: «Mirad no os engañe el tiempo, / la edad y la confianza».

Personales

¡Feliz cumpleaños!¡Happy birthday! ¡Tanti auguri a te!

Con tarta de manzana incluida y en los tres idiomas escuché las notas musicales tradicionales en mi  cumpleaños.

Celebración completa. Este canto va dedicado al día en que nací, 1 de marzo, en lo que coloquialmente denominamos “el cerro”, porque el pueblo Castilblanco (Badajoz)  está como enclavado, sobre ese trozo de tierra elevado. Allí está como vigilante de lo que también se llama la Comarca de los Montes dentro de una geografía más amplia con el nombre de la popular “Siberia Extremeña”, nombre alto, sonoro y significativo. Desde el castillo se pueden divisar el círculo de montañas que jalonan un paisaje acogedor que enaltece el espíritu e invita a la meditación.

Del año 1272 proviene el nombre del pueblo. Aquí se asentaron los “Templarios”, y, probablemente el nombre del pueblo  provenga del hábito de esta orden y el castillo que se constituyó en el montículo.

Entrada de la parroquia
Entrada de la parroquia

Este día ha quedado en mi memoria, transmitido de boca en boca, que llovió copiosamente en la madrugada, pero que con el alba se transformó en un día luminoso, esplendente. Mi madre fue asistida por el Doctor Seco, el practicante (hoy A. T. S.), y una vecina que hizo las veces de Comadrona. A buen seguro que a ésta y al Doctor, Dios les habrá reservado un lugar destacado en el reino de los cielos; del practicante no recuerdo nada especial, seguro que tendría virtudes. Siempre que pasaba por la puerta de mi casa saludaba y preguntaba por mí. Era una persona enjuta, bien vestida y con garrota.

Lápida dedicada al Dr. Seco en la plazoleta
Lápida dedicada al Dr. Seco en la plazoleta

En el Doctor observé, cuando ya tenía uso de razón, inteligencia, solidaridad, cultura, y una entrega a los demás poco común. En mi memoria han quedado para siempre muchas anécdotas y hechos. En Medicina era un especialista, que tal vez, si no se hubiera enamorado de la mujer más guapa y rica del pueblo─él había nacido en Cabeza del Buey (Badajoz)─, su nombre estaría esmaltado en letras de oro en Madrid, Barcelona, o quién sabe. Tenía su clínica en una “casona grandísima”, con olivar incluido. Aquí operaba con las técnicas más avanzadas por aquel entonces. Todos los días recibía revistas y más revistas, libros, cartas. El cartero se despojaba aliviado con su voz atronadora  al pronunciar “Doctor Secoooooooooooooooooo”, cuando llegaba a la mansión del médico.

En varias ocasiones me comentó que Dios estaba en deuda con él, porque no cobraba a los pobres, y al terminar una operación, una visita, eran agradecidos con la frase “que Dios se lo pague”. Tampoco cobraba a los suyos-los ricos-, sería una bajeza, ¡cómo los iba cobrar, me decía! Estos solo decían gracias, y no siempre.

Esto sí que es ser cristiano. ¡Llevamos más de 2000 años de cristianismo y se nota tan poco! Ni siquiera en los que un día se consagraron, que libremente aceptaron ser alfareros de luz cristiana, faro, se les nota, y menos, todavía, en la jerarquía eclesiástica. Ojalá me equivoque, por eso, añándanse todas las excepciones y los “versos sueltos”,  a esta opinión singular.