Novela

La última novela de Luis Goytisolo

He hecho un alto en la relectura de Bella del Señor-terminé la primera parte-para leer el último libro de Luis Goytisolo, Coincidencias, 2017. Muerto su hermano Juan, vuelve a hablarse del Premio Nobel para el novelista-académico; escribo esto porque hace algún tiempo-unos siete u ocho años- asistí a una conferencia en la que el protagonista fue un escritor sueco y desgajó que Luis Goytisolo sonaba en Suecia para  el Premio; al final, en el coloquio sugerí que también se tuviera en cuenta a Juan Goytisolo; que se diera, por vez primera, a dos galardonados; hubo silencio, y el escritor sueco me contestó: «tomo nota».

Mas allá de estas consideraciones, Coincidencias-aun reconociendo que está muy bien escrito para lo que se publica hoy-, hay que felicitarse, pero me quedo con sus novelas de los años ochenta-noventa; ¡cuidado!, entiéndase bien, el libro se lee con delectación, aunque como podemos observar en la contraportada es atípico. Cuando comienzas la lectura piensas que no es una novela; al terminarla, te surgen las dudas; piensas que todo este torbellino son hechos que ocurren hoy, y que además la estructura de la narración se atiene a ese común denominador como son los personajes que participan bien cohesionados. La dependencia del móvil, las fantasías de los jóvenes, las clases altas, los automovilistas cabreados, hombres de negocios, desayunos en hoteles, erotismo, pijos, medio ambiente, hacer la calle, camarera de hotel, despedidas de soltera, ecología, etc.; todo este abigarrado mundo forman lo que se denomina una novela coral. Todo,  un alarde de sabiduría con una escritura rayando la perfección.

Novela

Últimas tardes con Teresa, todo un compendio de arte narrativo

Cuando oímos o hablamos de Juan Marsé siempre nos viene a la memoria ese monumento narrativo como es Últimas tardes con Teresa (1966), «Premio narrativa Breve». La docencia siempre nos lleva a retroceder en las lecturas; es volver a lo que ya está cincelado para siempre en el arte de contar, y sin duda esta novela lo es. Evocando a Vázquez Montalbán es cuando el escritor del Guinardó ingresó «en el club de los novelistas vivos». De aquí es desde donde se parte para enjuiciar el resto de su obra; y siempre con ese latiguillo que aunque suene a frase hecha es el Marsé que conocemos: «La vida no es como la esperaba. La vida traiciona. Este es mi gran tema literario».

El personaje «Pijoparte» de la novela ha servido para rememorar, para asentar unas ideas de la España de los años sesenta con ese don tan característico suyo de no alargar sino condensar, ir a la búsqueda del adjetivo que da vida, a la necesidad de contar una historia que le rebullía. Esta no se circunscribe solo a una historia de amor que no cuaja. Si fuera solo eso, no tendría el vigor, el recuerdo constante siempre que nombramos a Marsé. Va más allá; el lector lo podrá entender como quiera, está en sus manos, pero no podrá desfigurarlo; asombro es el adjetivo que se podía describir cuando Marsé leyó lo que se decía de su novela; para nada  coincidía con lo que pretendió. El problema radica en que una vez que el lector compra la novela ya se hace dueño de su interpretación. Se fue más allá, ahí podíamos dejarlo siendo conscientes de que es difícil llegar a penetrar en el creador.

El choque entre Teresa con estudios y perteneciente a la burguesía y Pijoaparte peteneciente  a la clase baja está presente. La dualidad interés-ingenuidad nos atrae. Por una parte, Teresa-progre universitaria- va a la búsqueda de las personas con  conciencia de clase obrera; y por otra, el Pijoaparte desea adentrarse en otra clase superior para en principio aprovecharse. La vertiente burguesía-proletariado es nítida. Casi podíamos decir que llegan a hermanarse, pero terminan huyendo, se niegan. ¿Es imposible ese maridaje o es que solo se necesitaban en un tiempo para comunicarse o sentir? La desmitificación de la idea revolotea por la novela en la que se trasluce la Barcelona de los años sesenta, años de lo que se llamó de desarrollo con el eslogan veinticinco años de paz.

Literariamente  esta novela no  está sola; en estos años surgen otras,  claves como Tiempo de silencio (1961), Volverás a región (1966), Don Juan (1965), Señas de identidad (1965), Cinco horas con Mario(1966).Todas, espejo del arte de contar.

Novela

Grandes esperanzas (Great Expectations), penúltima novela de Charles Dickens

No sé si se vuelve a leer a Dickens o siempre estuvo en el candelero; en mi caso, cuando la oportuinidad se  presta-como ahora la novena edición que lanza la editorial Cátedra- me viene  a la memoria la expresión galdosiana: «mi maestro más amado». Fue un espejo para el más grande novelista después de Cervantes del que también bebió. Tal vez no le faltaba razón a Pérez Galdós.

Que para muchos Great Expectations sea la mejor novela no es suficiente si no prende en los/as lectores y  la traducción no es lo suficiente atractiva o no recoge el verdadero espíritu del autor. Por lo que a mí respecta, estamos ante un hecho esclarecedor por no decir radiante cuando acometemos su lectura; ya el hecho de que María Engracia Pujals haya realizado la traducción es más que suficiente para acercarnos a su lectura.

Del novelista inglés se han dicho tantas cosas positivas que solo nos resta leerlo aunque solo fuera por su innovación en el arte narrativo y cómo no por los ataques a la sociedad victoriana, y más clarificador fue que participara del gran momento de la novela, como género descollante en la segunda mitad del siglo XIX. Pero, más allá de estructura, de estilos, de detalles asombrosos de la sociedad del siglo XIX, disfrutemos de su lectura por su bien saber contar; en este sentido Dickens es un grande y de ahí el recuerdo perenne.

Dickens, CH., Grandes esperanzas. Madrid, Cátedra, 2016

Novela

Doña Inés: un recuerdo filológico

Los que nos dedicamos a la docencia tenemos que hacer muchas relecturas para explicar mejor nuestra capacidad en el arte docente y cumplir mejor con los programas que tenemos que explicar; esto  ocurre a veces; ahora, entre mis manos, Doñas Inés de Azorín, que así se conoce a José Martínez Ruiz. Lo primero que nos viene a la memoria es ese estilo pulcro, breve, con que adorna lo que cuenta; aunque haya sido definido como escritor de una página, también va más allá cuando nos adentramos en el resto de géneros.

El epílogo está firmado en San Sebastián el año 1925, y antes LI títulos que hacen la delicia estilística, en los que traza lo cotidiano para elevarlo a la perfección lingüística. Su primera estampa es el Madrid de finales del siglo XIX, concretamente «las afueras del barrio de Segovia» (Casa de Campo, el Campo del Moro y el Parque de Palacio). Nos maravillamos cuando leemos esta prosa tan nítida y tan sugerente que hoy quisiéramos ver en la actualidad.

Novela

La última novela de Juan Marsé: Esa puta tan distinguida

La última novela de Juan Marsé: Esa puta tan distinguida[1]

Félix Rebollo Sánchez

Otra vez a la búsqueda de ese pasado que nos corroe; otra vez, la memoria nos invade, Esa puta tan distinguida. De nuevo Juan Marsé se interroga, se explaya, nos entrega lo que para él se puede resumir en la expresión “la vida no es como la esperábamos”. Toda su obra se puede considerar memoria. En este caso se sirve de un encargo: un guion de cine sobre un asesinato que se cometió en  1949 en su barrio de Barcelona. No es usual que la novela comience con las respuestas dadas (48) a una entrevista, sin que aparezcan las preguntas. Pero, sin duda, en las mismas reconocemos la autoría; es como su carta de presentación por si cabía alguna duda (“un relámpago negro en el corazón y en la memoria”).

La dicotomía adulteración-desmemoria ha sido clave en el desarrollo posterior de la sociedad española, y ahí estamos, por eso Marsé vuelve a la fuente, quiere vivificarla con la palabra precisa. No se trata de un salto en el vacío en lo que narra, sino que ensarta de manera cabal lo que fue la transición y su recuerdo de la posguerra (“La desmemoria fue decretada en este país oficialmente a partir de la Transición y después macerada y propiciada por determinadas políticas culturales; nos robaron y adulteraron el pasado”.

Son imágenes sin que estas nos conduzcan a lo que sucedió tal como fue, simplemente muestra el hecho con la mejor estilística. Un medio fue el cine en el que observa la literatura como fuerza que pervive. Otra cosa es si las adaptaciones cinematográficas de sus obras evocaron lo que intentó plasmar; según el autor fueron malas películas. Es el clásico Marsé que admiramos.

Marsé se adentra en una investigación de un hecho; poco importa si fue testigo, lo oyó o lo leyera, lo cardinal cómo lo convierte en arte (“En mis ficciones, la vivencia real se somete a la imaginación, que es más racional y creíble. En la parte inventada está mi autobiografía más veraz”, pág.12). Tiene miga la historia por el ensañamiento y más si detrás se escondían lo político y eclesiástico (solo rumores), quién sabe. Son años de negrura. La verosimilitud es un camino empinado, y es en la dualidad ficción-realidad donde podemos encontrar la exactitud, y claro en saber contar historias, y en esto Marsé es un maestro (“La realidad solo existe si somos capaces de soñarla, ese es mi lema, pág.103).

[1] 2016, 235 págs.