Novela

Cartas de la monja portuguesa

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Hace ya algunos años cayó en mis manos las cinco cartas de una monja del convento de Beja en el Alentejo de Portugal. Ahora, de nuevo, con motivo de un próximo debate en clase de la Universidad, han reverdecido. Las ideas que me vinieron, entonces, se agolpan otra vez. La principal: cuando nos visita el amor hay que servirlo, de lo contrario andaremos cojitrancos. E inmediatamente: ¿podemos exigir a la otra persona la misma entrega? ¿Por qué el que está más enamorado quiere arrebatar al otro el mejor tú? ¿Qué derecho tenemos? ¿Por qué al final Sor Mariana se ensaña de forma despiadada? («Si algún azar os devuelve a este país, os anuncio que os entregaré a la venganza de mi familia«). ¿Cómo una monja puede tener semejantes pensamientos? Me refiero, lógicamente, a lo de ´os entregaré a la venganza de mi familia´. ¿Pero, qué cristianismo es ese? ¿No nos enseñaron que hay que ofrecer la otra mejilla?

Si repasamos la literatura y los periódicos, recordaremos que nadie está exento de esa visita, y si nos hacemos caso, los escritos y  las noticias han dado buena cuenta, incluso, de los que un día se consagraron a Dios; han dejado atrás ese voto y se han entregado con pasión, y, sin duda, han proseguido con sus ideas cristianas, precisamente, por eso, por ser los hijos libres de Dios, y en la elección se han decantado por lo más grande que tenemos después de la libertad. Por tanto un aplauso a Sor Mariana, una mujer excepcional. Una mujer apasionada cabe siempre, y, sobre todo, como es el caso, si nos descubre la escasa capacidad o el egoísmo del ser amado («¡Cuánto cuesta decidirse a sospechar de la buen fe de aquellos a quienes uno ama!», pensamiento que ya podemos leer en la segunda carta).

Qué más da que estas cartas hayan sido escritas por Sor Mariana o por otra persona. Para mí eso no tiene importancia. Lo primordial es si nos sirve, hoy, para nuestra formación, no solo estilísticamente, como arte de la palabra.

Y una pasión amorosa, en un tiempo en que las apariencias predominan, siempre será bien recibida. Pero hasta tal punto de ¿ «estoy decidida a adoraros durante toda mi vida y a no ver nunca a nadie más«? La monja ya en la primera carta, se desnuda totalmente: «SI ME FUERA POSIBLE SALIR DE ESTE DESGRACIADO CLAUSTRO, NO ESPERARÍA EN PORTUGAL EL EFECTO DE VUESTRAS PROMESAS. SIN NINGÚN COMEDIMIENTO IRÍA A BUSCAROS, OS SEGUIRÍA EN TODAS PARTES DEL MUNDO«. Sinceramente, ¿no nos gustaría que alguien nos lo dijera? Libertad, amor sentimientos, he ahí un pozo inagotable en el ser humano. ¿Entonces por qué lo ocultamos? ¿Por qué no lo venteamos, como lo hace la monja, que lo sepa todo el mundo, que no haya misterio, que nos sintamos orgullosos de nuestra querencia. aunque esta , a veces, se muestre esquiva?

¿Es contradictorio el pensamiento de una persona que nos ha dicho que ha amado hasta lo máximo con  «pero ya no quiero nada de vos y soy una loca por repetir estas cosas tan a menudo»?

La última frase de las cartas  es un aldabonazo a nuestras conciencias: «¿Acaso estoy obligada a daros cuenta de todos mis sentimientos?

Novela

Wuthering Heights

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Es el segundo canto que dedico a E. Brontë ante la poca aceptación que ha tenido la obra entre los 140 alumnos/as de segundo de Periodismo en el debate en clase y en el campus virtual. Sinceramente ha sido sorpresivo, y, dicen que el siglo XXI será de las mujeres.  De ahí que ventee la fuerza estilística, la libertad, el inconformismo, y los sentimientos de una mujer memorable aunque levantó temprano el vuelo; en ocasiones, la naturaleza  es injusta y nos llama en plena juventud. Hoy, el recuerdo es perenne en lo que se denomina «Brontë Country».

A veces somos exigentes con quienes intentan salirse de los cánones que marca la sociedad. El convencionalismo es uno de los males de la existencia humana. E. Brontë murió sin que se le reconociera ese impulso vital con que adobó su relato; pero, para la posteridad, nos dejó un helecho que, sin que en su tiempo se regara, ha crecido cual laurel, y se mantiene contra todos los embates en el siglo XXI.

No intentemos la bifurcación entre el amor terrenal como arcadia feliz y el del más allá  como algo imposible, fuera de lo común. Ambos se necesitan, alumbrémonos con el verso quevediano “serán ceniza, más tendrán sentido”. Es más, quizá, sea más hondo el que no se puede realizar en el entorno en el que nos desenvolvemos, pero que abriga la esperanza de un amor pasional en otro cielo, en otro reino diferente, sobre todo, en los que poseen una mayor capacidad de amar. El amor apasionado no puede sucumbir ante lo que se denomina la moral ortodoxa de un tiempo determinado.

E. Brontë, rompe con la moral ortodoxa de la época victoriana porque va contra natura, por eso se la considera como provocadora, alarmante, rebelde, soñadora, y, sin embargo, hoy, es admirada, echando por tierra esa moral convencional que nos empequeñece, que nos anonada. La novelista reprodujo la verdad de la vida; es el ser humano el que ahonda, el que sufre, el que disfruta, el que piensa. ¿Por qué cercenar esa savia? Lo que se llama la función social y moral del escritor no debe perturbar la obra artística, al contrario, debe coadyuvar a descifrarla. La autora, en este caso, con su personalidad contribuye a expandirla.

El paisaje entrelazado con varias colinas alrededor de Hawworth (in the Riding of Yorkshire, in the North of England) debió contribuir a esa mente soñadora  que observamos en la novela. Si uno visita el pueblo se percatará de por qué Emily se detiene tanto en los páramos llenos de brezales que desprenden luz, vida, y, al mismo tiempo, ansia de libertad.

Novela

¿Cómo se puede llamar Nada un libro que encierra tanto y tan bueno?

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Este aserto fue escrito por Juan Ramón Jiménez en la revista Ínsula.

Nada de Carmen Laforet está inserta en la novela de posguerra de la década de los cuarenta, juntamente con La familia de Pascual Duarte ( Cela), Mariona Rebull (I. Agustí), La sombra del ciprés es alargada (M. Delibes), La fiel infantería (García Serrano), Javier Mariño (Torrente Ballester).

Hoy,  está considerada como la mejor de la década de los cuarenta por su acierto a la hora de recoger algunos de los aspectos de los días posteriores a la guerra de 1936, hasta tal punto que siempre nos viene a la memoria, en primer lugar, esta novela, que fue el primer premio Eugenio Nadal (1944), por tres votos contra dos. Su primera edición es de mayo de 1945.

La novela comienza con la llegada del personaje fundamental a la estación de ferrocarril de Barcelona, a medianoche, sin que nadie la espere. La voz narradora es la de Andrea, que llega a estudiar una carrera y se hospeda en casa de sus tíos.  Su alegría por llegar a una gran ciudad choca con el ambiente mortecino y de soledad que se respira; tal vez, nos esté describiendo la cruda realidad de la posguerra. Termina con otra alegría para Andrea, después de tantos sinsabores; su marcha a Madrid es una liberación. La calle Aribau, sólo va a ser un recuerdo. Emprenderá otra vida, en otro lugar, en el que encuentre la plenitud existencial que tanto anheló.

El mundo descrito nos parece anormal por esas confrontaciones y conflictos con que se desenvuelven los personajes. El mundo estudiantil sirve como contrapunto a lo que ocurre en la casa de la calle Aribau; el conflicto de generaciones es nítido. La tortura diaria entre los que habitan la casa nos hace pensar en un infierno ante tanta discordia llena de un dolor íntimo que les aflige.

El tremendismo surge, precisamente, por estas relaciones que producen hastío, por eso pensamos que lo sicológico y existencial son envolventes. La protagonista es testigo de unos acontecimientos que evoca con una gran riqueza de matices, y si bien parece que late un  pesimismo por las escenas que presencia con un vacío desolador; sin embargo, al final nos damos cuenta que existe un ventanal, una luz para que ese tremendismo descrito se convierta en aire purificador, de ahí que la novela tenga un carácter abierto con su marcha a Madrid, y abandone el infierno en el que moraba.

Estilísticamente, es sencilla, de estructura lineal, y el tiempo transcurrido es de un año. El espacio se desarrolla por las calles de Barcelona,  la universidad, y la casa familiar. La dicotomía libertad-opresión es transparente; ésta con más abundancia porque los hechos narrados se entretienen más en el ámbito cerrado de la casa. También hay que añadir que es la primera novela de grupo, de protagonista colectivo.

Quizá lo más innovador estribe en que deja al lector/a para que construya sus pensamientos, por eso se considera una novela abierta; la narradora nos facilita la estructura, pero con muchas aristas libres. Precisamente es uno de los aspectos que resalta, amén de la fuerza de los personajes, más allá de que, simbólicamente, quizá, la calle Aribau represente la gran tragedia de 1936, como nos ha recordado, en varias ocasiones, el novelista Miguel Delibes.

Una de las escenas que más me ha llamado la atención es la ducha fría («¡Qué alivio el agua helada sobre mi cuerpo!») con la que Andrea se despoja de ese calor húmedo con que  la ciudad la ha contagiado a su llegada, así como la suciedad de la casa («aquellas paredes sucias, de puntillas sobre la roñosa bañera de porcelana»). Tampoco puedo olvidar la despedida de su tía Angustias al hacerle en la frente la señal de la cruz, también «y la abuela me abrazó con ternura. Sentí palpitar su corazón como un animalillo contra mi pecho». Todo un síntoma de acontecimientos venideros.

Novela

Algo más que «amante»

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La remembranza del pensamiento tantas veces repetido de Juan Marsé de que «la literatura es un ajuste de cuentas», y de que podamos ver, ya, su novela esperada, en las librerías,  Caligrafía de los sueños, me ha recordado otra, que, quizá, no se la haya valorado en su justa medida; me refiero a El amante bilingüe.

La novela de Juan Marsé se remonta al año 1975, en la que el novelista nos narra una historia envolvente que nos conduce a la nostalgia de ser otro. Más allá de una historia de amor, subyacen las dicotomías lengua española / lengua catalana; emigración (charnegos) / burguesía catalana;  ser y no ser; casamiento / separación; dictadura / democracia, y, cómo no, la ebullición del “Proceso de Burgos”. Son años convulsos, pero apasionantes para la sociedad española.

Juan Marsé se alinea con lo que se ha considerado como un escritor de denuncia y compromiso, que ha llegado a mostrarnos una visión de la vida desalentada, en el que su principal objetivo ha sido el de contar el pasado, recrear la memoria, de manera emocional, para mostrarla entre la realidad y los deseos en un espacio que conoce bien: el barrio en el que creció.

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