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Ensayo

Don Quijote de la Mancha o el triunfo de la ficción caballeresca

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No sé si estamos ante una nueva lectura o ante un estudio inédito para ahondar más si cabe en el libro que embelleció al mundo de las letras. De cualquier forma, he aquí un libro imprescindible para recordar y proseguir con la ejemplar novela. No te debe importar el tiempo que tardes en su lectura; sus meandros e incluso sus arroyos literarios te animan a pesar de que, a veces, quedes en suspenso en lo que tu mente te descifra, aun siendo chocante, pero siempre saludable.

La portada es nítida en cuanto al colorido, a lo lúdico y espectáculo; estamos ante certámenes, justas caballerescas en lo que también lo literario se establece, bien como exaltación de los libros e incluso en hechos burlescos, fiestas cortesanas o «festejos dedicados a la beatificación o canonización de los santos» para que el mensaje sea más esclarecedor. Todo le permitió a Cervantes asir una sociedad que se tambaleaba, y que hoy nos sirve para nuestra formación. Las frases últimas de este ensayo atestiguan la valía después de tantos siglos: «…el Quijote se alzó como la representación máxima de la ficción novelesca, lo que equivalió finalmente a convertirse en el modelo por antonomasia de cualquier ficción y muy especialmente la literaria», pág. 270.

El libro consta de un Prefacio y trece capítulos. En las primeras líneas del Prefacio, la autora nos avanza: «…hemos tratado, en primer lugar, de leer de nuevo la obra cervantina a la luz de los torneos y las justas caballerescas y literarias, situándolos en el contexto histórico en el que surgieron», pág. 11. Dos reinos, el de Castilla y el de Aragón, y la ciudad que pisa primero el hidalgo: «Barcelona, centro neurálgico de comunicaciones entre el resto de España, Europa y el Mediterráneo». pág.13. Me ha alegrado leer que Cervantes supo libar en varios géneros «para producir su propia miel escrituraria a través de un ejercicio máximo de imitación compuesta», que casi siempre olvidamos. Pero bien es cierto, que a lo inventado sacó ese personaje que supo crear su panal. Aurora Egido trae a colación, en este sentido, las palabras de Polonio respecto a Hamlet: «Though this be madness, yet there is method in it», pág.16. En las dos partes hallamos la dicotomía hechos literarios e históricos contemplados desde el «espejo cóncavo de la locura de su héroe».

En el capítulo primero-«El juego del torneo y las justas de lucimiento»- se nos advierte de que Cervantes » no fue la causa directa de la desvalorización de los libros de caballería» por si quedaba alguna duda. La tríada torneo, justa y certamen están en el mismo campo semántico, aunque quizá con matices. Aurora Egido documenta de forma brillante cada uno por separado y en conjunto con ese trabajo arduo que observo en las páginas según voy leyendo y me obliga al descanso intelectual ante un libro singular. Una sociedad cargada de «resonancias militares», pero con la carga de la aristocracia y realeza en cada instante para enaltecer las riquezas que poseían y su jerarquización. Incluso en el siglo XV la iglesia los sancionó y entraron a formar parte de la sacralización, que luego se extendería con la denominación de torneos espirituales y posteriormente en lo que hemos dado en llamar literatura mística. Este espíritu caballeresco no solo fue nacional, abarcó al resto de Europa. Sin duda, este hecho sirvió para acoger Quijote ante un hecho revolucionario en las artes. El caballero andante se adentró en las conciencias de las personas que atisbaron cómo lo histórico, lo literario se aposentaban en lo viviente. Cervantes supo libar en la tradición para llegar a la cúspide de la relación materia-espiritualidad; ficción-realidad. Lo literario y la justa caballeresca se dieron la mano para amasar aun más la importancia del buen hacer para siglos venideros.

El capítulo segundo-«Las órdenes militares y el Quijote«. Cervantes supo recoger «las órdenes militares» por su importancia no solo de defensa; no podemos olvidar que la dualidad religión-militar las aunaba. («Los principios caballerescos de caridad, lealtad justicia y verdad, inherentes al caballero, conforman un ideal puesto al servicio de la fe católica y también la del señor terrenal», pág.36. Primordial en este capítulo es que la autora nos muestra la diferencia de las órdenes militares en la primera y de la segunda, pues «en esta sería capital la presencia de san Jorge», ya en el reino de Aragón y a los pies de Barcelona, abierta al mundo y al Mediterráneo. Cervantes, en este aspecto, se nos muestra como gran conocedor. Además supo diferenciar a los caballeros reales de las órdenes militares con los de las novelas de caballerías con esa impronta ficcional tan dado en la obra aunque lo veamos en clave humorística, sobre todo, en los personajes Quijote, Sancho y Dulcinea para elevarlos a una clase destellante. La ficción como común denominador en esa fabulación literaria.

Con buen criterio se alude a la diferencia entre el caballero cortesano «encerrado en sus dominios» y el caballero andante, «que discurre a lo libre por los caminos del mundo». Cervantes no iba, no se detenía con los sedentarios, con aquellos que tenían las ideas alicortas, encerradas en su yo; de ahí que recurra al idealismo, a la ensoñación, a la invención de esos caballeros andantes; sin duda, estos no son los que aparentan ser caballeros. He ahí la razón de su creación.

El capítulo tercero: Caballeros santos. Todo por san Jorge. Tal vez haya una cierta preferencia por todo lo que rodea este capítulo, lo cual no quiere decir que no sea certero, pero se advierte y al mismo tiempo resalta el conocimiento que tuvo Cervantes de los tratados militares. Quizá en una lectura apresurada de la obra de Cervantes se nos escapen algunos hechos como esos caballeros santos. La figura de san Jorge es la que más se yergue «puesto a caballo con una serpiente a los pies y la lanza atravesada por la boca…», Santiago como «patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada…»; y sobre todo con esa expresión en boca de Sancho que ha quedado en boca de todos: «¡ Santiago y cierra España!». Martín como «de los aventureros cristianos». A estos tres santos hay que añadir a san Pablo con el apelativo de doctor, «catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo», pág.60. La autora se detiene en magnificar a san Jorge al recoger su importancia o toda su leyenda de lo que se ha escrito o dicho: «sant universal», «megalomártir», su universalidad, unido a las Cruzadas, patrono del reino de Aragón; la Generalidad de Cataluña en 1461 convirtió el 23 de abril en fiesta nacional del reino de Aragón junto a la Virgen María, aunque ya lo había hecho antes la ciudad de Barcelona; patrón de Cataluña a instancias de la Generalitat, págs. 63-68. Tampoco podía faltar que aunque nombrada la ciudad de Zaragoza, no llegó visitarla y prosiguió a Barcelona, ciudad abierta al mar que exalta en todo momento. Pero bien matiza Aurora Egido al final del capítulo que Cervantes fue «buen conocedor de las justas que celebraba Zaragoza en honor de san Jorge, donde los caballeros de su cofradía habían alimentado secularmente los torneos en las entradas reales», pág.77.

Al calor de las imprentas de Zaragoza y Barcelona es el título del capítulo cuarto en el que se hace hincapié: «Zaragoza fue después de Sevilla, y junto a Toledo, la ciudad en la que se publicaron más libros de caballerías…». Las prensas se convirtieron en propagadoras de los diversos certámenes poéticos, amén de la difusión de los pliegos sueltos, claves para comprender los avatares de una sociedad convulsa por tantos hechos como se avecinaban. En concreto, Barcelona se convirtió «en centro mediático en el siglo XVII, sus imprentas fueron una muestra de la difusión de las muchas relaciones que corrían de mano en mano gracias a los pliegos sueltos», pág.86; por ejemplo, a las fiestas por san Raimundo de Peñafort. Se advierte de que los pliegos se escribían en catalán y castellano.

Cambio de destino, capítulo quinto. Por si el lector no se había percatado, de nuevo, se nos dice que » don Quijote decide ir al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza para asistir a las solemnísimas justas por la fiesta de san Jorge», edición, 1615. Inmediatamente se nos aclara el motivo por el que pasó de largo: «la aparición del apócrifo le obligara a cambiar definitivamente ese destino».

Los grados de la caballería son evidentes, puesto que no todos los que se llaman así lo son. La evidencia del ser y parecer se deslinda. También la dualidad armas-letras dan pie para entender mejor; en este aspecto se diferencian las órdenes religiosas que no podían ser militares por su origen. Añadamos la nitidez entre los caballeros cortesanos y los caballeros andantes verdaderos, estos estaban sujetos «al sol y al frío»; los otros, encerrados en sus habitaciones paseaba con su imaginación «mirando un mapa».

En este capítulo, tiene importancia la «Cofradía de san Jorge»- aunque se repita-, la Corona de Aragón adoptó «al caballero y mártir san Jorge como su patrón». Sus caballeros se diferenciaban de otros.

Capítulo sexto. Orillas del mar. Entre caballeros, damas y muchachos. Está bien que se nos recuerde, de nuevo, la importancia de los pliegos sueltos en los que hallamos los eventos principales de la segunda mitad del siglo XVI y parte del siglo XVII, en las lenguas castellana y catalana. El hervidero social de aspectos, a veces, increíbles los hallamos en estos pliegos; era la mejor forma de llegar a la sociedad; los relatos informaban, capital en años convulsos, de ahí su proliferación.

No sorprende que se haga mención a «muchachos»: «le seguían los muchachos por las calles como si fuera loco, diciendo a voces. Al hombre armado, muchachos, al hombre armado». Las niñas, los niños tuvieron su importancia en los festejos tano religiosos-sobre todo procesiones- como profanos; quizá más aquellos. Un dato significativo en Barcelona es cuando Quijote sale al balcón para que se rían o mofen «a vista de las gentes y de los muchachos». Otro tanto ocurrió cuando salió a pasear por la calle con un letreo en su vestimenta. Presencia o no de Cervantes en Barcelona no quita para mantener que había leído o paseado por ella por lo certero que resulta de sus descripciones. Los historiadores del hecho literario se decantan por su estancia antes o después. Sus elogios («archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospìtal de los pobres, etc.) nos hacen pensar que sí. Su singularidad y abierta al mar la enaltecen. Y un dato que no puede pasar desapercibido: la aparición de muchas lenguas en contacto «con el catalán y el castellano».

En el capítulo siguiente se insistirá en la presencia continua de niños y niñas en los acto religiosos y en los festejos en la calle o en los templos. Se nos recuerda con motivo de la canonización de san Raimundo de Peñafort en varios momentos: en los festejos de 1601 » la presencia de niños vestidos de blanco y coronados de flores, la igual que la de las niñas». (…). «El número de niños en procesión va creciendo conforme la relación…». (…). «No faltaron tampoco los niños pobres» . Las diversas clases sociales se dieron cita para enaltecer a san Raimund0, pág. 135.

El capítulo séptimo está coronado con Gigantes y caballitos cotoneros. Un paso más en la investigación en la que se detallan las fiestas y los torneos; se extienden a «ciudades, villas y lugares». La caballería se aposentaba con otras miras. Las cofradías, las universidades, las órdenes religiosas tomaron los eventos no solo como algo lúdico, también como cultura, como sapiencia. Las justas literarias llevaron la iniciativa y se unificaron, aun más, lo caballeresco y lo religioso. Se nos aclara que Cervantes fue testigo de esos gigantes y cabezudos que pululaban en las fiestas de los pueblos, incluso en el Corpus Christi; sin duda, un poco chocante porque lo fundamental de esta fiesta religiosa todas las miras deben ir a la consagración de Cristo en forma-hostia-. La autora refrenda que los gigantes de Quijote, contrahechos o no, merecen también en la tradición festiva de las figuras que los habían representado secularmente en las procesiones del Corpus Christi y en otras muchas», pág.140. Torneos y gigantes se asociaron ya en el siglo XV, y proliferaron a partir del siglo XVII. También los caballitos cotoneros tuvieron su importancia en los diversos estratos de la sociedad. Pero la figura que destella en este capítulo es la de san Raimundo de Peñafort y unas páginas dedicadas a hechos del Quijote de Avellaneda.

Caballeros con espejos armados a la antigua. El Paso venturoso, Capítulo octavo. Empieza, de nuevo, con el recuerdo de las fiestas barcelonesas por san Raimundo de 1601. Un capítulo en que la base versará sobre el santo. Comienza con una convocatoria «que los conselleres y el consejo de la ciudad mandaron publicar en honor del santo» para honrar la canonización y fiesta del glorioso Santo. Entre otras cosas llamó la atención las lenguas en que se podía concurrir : «Allí de Palma y de Laurel corona / darán de gracia, las hermanas bellas / pues la Ciudad Ilustre Barcelona / ofresce premios para dar con ellas, / la patria lengua, Limosina abona / en que derrama Ausias sus querellas, / la general Latina y abundosa, y la elegante Castellana hermosa,(pág. 159). Es decir, cualesquiera de las lenguas catalana, latina y castellana podían servir para participar en el certamen cuyo tema tenía que estar bajo el paraguas de san Raimundo. Fueron muchos los festejos que se dedicaron al santo. Entre otros fue la participación de los obispos de Cataluña; también se extendió a los actos universitarios, como el Certamen de la Universidad. No podían ser menos los pobres del Hospital de la Misericordia en la que los niños fueron los protagonistas, «vestidos de peregrinos…, aparecieron en procesión junto a la mulaza, llevada por cuatro hombres que tiraban cohetes…».

Entre las tradiciones históricas y caballerescas destaca «la defensa y conquista del PASSO VENTUROSO» en el que se fundía lo religioso y lo guerrero; en este paso venturoso los caballeros dieron en la iglesia «una graciosa arremetida hasta al Altar del Santo»; después, pasaron a la «plaza del Borno» donde tuvo lugar la fiesta caballeresca. Bien es sabido que la canonización del santo se extendió tanto que Barcelona se convirtió en una peregrinación » para visitar las reliquias del santo». La defensa del lugar fue prioritaria. Estos hechos fueron conocidos por Cervantes. Las justas por san Raimundo arraigaron. Al final del capítulo es interesante el «Ave Fénix», que como sabemos se introdujo en los diversos géneros literarios. En este caso la transformación de los torneos en teatro y lo divino como eje vertebrador (…»la figura de don Ramón, con una llave de plata y las insignias de penitencia y oración. Tras lo cual este levantó la mano y echó la bendición, dándose fin a la fiesta», pág. 174.

Desafíos caballerescos y poéticos. La aparición del Pariandro. Con este nuevo capítulo la autora despeja las dudas que puedan caber en lo que ha escrito dando un paso más en su desarrollo, con un año clave como viene repitiendo: 1601. Ahora se refiere a la celebración de «El torneo del Desafío de los caballeros forasteros», y en el que se nos detalla «dichos forasteros»: don Miguel de Sanmanar y don Luis de Sayor. Se nos recuerda que el Caballero de los Espejos cervantino se relaciona «en el espejo que llevaba don Miguel de Sanmanar en su empresa con una letra que decía: ´Si me miro en ti engaño, / mas si me miro en don Raymundo, / veo mi ser y el del mundo´. De esta forma se prosigue en posteriores páginas de los encuentros, celebraciones que tuvieron lugar, como la fiesta de los mercaderes en la lonja, desfiles de juristas y abogados, misa de inquisidores familiares del Santo Oficio, la fiesta de san Justo, la devoción al sacramento de la eucaristía, cofradías de corredores de cuello, platicantes de notarios, sermón de los libreros de Barcelona, etc.

De nuevo se nos repite, por su importancia, el uso de la lengua catalana y castellana en los certámenes por san Raimundo («A juicio de Rebullosa, era más fácil seguir las leyes castellanas que la complicidad de las catalanas». No podían faltar los escritos en latín. Llamó la atención que en las justas universitarias hubo poemas en las tres lenguas descritas, algunos poemas escritos por mujeres, incluso algunas cantaban sus versos acompañadas de instrumentos. La figura del Periandro cubierto de máscara, que al quitársela resulta que fue don Pedro Chasqueri. Bien es cierto, como apunta la autora, el Periandro del Persiles de Cervantes fue muy distinto, que revestido «de peregrino cruzó mares y tierras hasta llegar a Roma, tierra de salvación», pág.192.

Cervantes y los dominicos. Las justas por san Jacinto y san Raimundo

Casi se da por hecho en este trabajo que Cervantes pudo haber tenido noticia de las fiestas programadas en Barcelona en favor de san Raimundo, así como las relacionadas por la Orden de Predicadores. Se afirma que Cervantes participó «en el certamen zaragozano por san Jacinto en 1595», que tuvo lugar en el convento de la Orden de Predicadores («Miguel de Cervantes llegó, / tan diestro, que confirmó, / en el certamen segundo / la opinión que le da el mundo / y el primer premio llevó»). Se dice que, tal vez, no asistió a esta justa poética.

El capítulo termina con una exaltación de la Orden de Predicadores y el sepulcro de san Raimundo que «quedaría sellado dentro del espacio conventual de los dominicos barceloneses», pág. 218.

Justas de armas y letras en el gran teatro caballeresco. Las primeras líneas nos previenen de otro acontecer como es «el paso de la justa caballeresca a la justa poética dedicada a san Ramón de Peñafort por la beatificación de santa Teresa». Este evento se celebró en la Rambla de Barcelona «frente al convento del Carmen». La justa caballeresca fue disminuyendo con el paso del tiempo. La traslación a lo literario y festivo de la justa caballeresca fue una constante, incluso del vocabulario; este paso fue significativo; en Quijote se observa también. La vida como literatura o esta como vida fue nítida. Un dato importante fue que la plaza de Born se convirtió en un espacio teatral; los vecinos, cuando había acontecimiento, alquilaban las ventanas y balcones por lo que la fuerza teatral se dejó sentir y fue foco de atracción; en años posteriores fue un lugar de encuentro de todo tipo de festividad, bien como divertimiento o hecho histórico. La autora nos recuerda el capítulo XVII de la segunda parte en el que don Quijote se muestra como si se conociera lo acontecido («Bien parece un gallardo caballero a los ojos de un rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada…»). Se refiere al hecho de cómo Felipe IV participó en dicha plaza con el infante y demás caballeros.

Del paso Honroso al Paso Venturoso. Los ancestros de Alonso Quijano. En este capítulo, la autora se centra en «el pasado de los torneos con el presente de la vida y hazañas de don Quijote de la Mancha», pág. 235. Es una constante la insistencia de que los festejos barceloneses por la canonización de san Raimundo, se inspiraron «no solo en el Paso Honroso sino en el anterior Paso de la Fuerte Ventura». Este con una raigambre religiosa nítida. Los ejemplos que se aportan: la crónica de Juan II como el del Paso Honroso «en el que había intervenido Gutierre Quijada; un caballero del que don Quijote dijo descender…» . De ahí el sobrenombre de Quijada en el capítulo primero. También en Los claros varones de Castilla, aparece la referencia del Paso Honroso; como también en la plaza de Born se rememoró el Paso Venturoso con motivo de san Raimundo; así como el Paso de la Fuerte Ventura en Valladolid. Los caballeros se hicieron casi dueños al imitar los episodios novelescos tan propios en aquel entonces. Todos los «Pasos» se alimentaron entre sí y con la tradición.

Por todo lo dicho en el penúltimo capítulo, Aurora Egido sostiene que Cervantes pudo tener noticias o leído la Relación que en 1601 Jaime Rebullosa había hecho de las justas y fiestas barcelonesas por el nuevo santo dominico»,

El último capítulo con el nombre de El triunfo de la ficción. Don Quijote en el espejo cóncavo de de la caballería es el eje del que partió la autora; como reza la portada «El triunfo de la ficción caballeresca; un nuevo camino para acercarnos a la obra magna de la literatura castellana, un espejo en el que podemos mirarnos. No en vano, el personaje principal quiso ver en la realidad «cuanto había leído y soñado, lográndolo en ocasiones». Consiguió ser personaje de la novela y este no puede morir. La muerte personal se deslinda del personaje. Pero añadamos que tuvo libertad para ofrecernos la ficción y la realidad a su antojo. Tal vez, por eso, lo veamos en esa sublime imitación como un estandarte literario viviente. El arte de la imitación no todos lo consiguen; hecho que los/as lectores son avizores; saben separar ese arte según las escenas descritas en los diversos géneros que hallamos en Quijote. Muchos ejemplos encontramos en la obra.

La aclaración de la autora de que «Barcelona, la única ciudad que visitó, sería para siempre el símbolo de cómo alcanzar el triunfo en la derrota gracias a la derrota, que perpetuaría su nombre durante siglos», es clave en todo el ensayo, así como el concepto de lo caballeresco para que tuviésemos una obra de tal magnitud, «piedra fundamental de la novela moderna». Las últimas líneas son esclarecedoras: «el Quijote se alzó como la representación máxima de la ficción caballeresca, lo que equivalió finalmente a convertirse en el modelo por antonomasia de cualquier ficción y muy especialmente la literatura». Como clave es que se nos diga: «…ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano». El adverbio «ya» se nos muestra como inherente a lo que se ha trazado en la novela. Vuelve a ser el que era: Alonso Quijano cuando la muerte le acecha. El personaje literario queda para la historia, como sabático eternal viviente.

Coda. La lectura de este ensayo me ha supuesto una cierta delectación por un leguaje bien hilvanado que no cansa ante palabras verdaderas; por el contrario, te anima a proseguir la lectura por tanto aprendizaje como se halla. Lo corrobora las 629 notas a pie de página. Es más, una vez leído el ensayo, se puede dar lectura a las notas para asombrarte más de lo difícil que ha podido ser el trabajo. Es un libro lleno de belleza-esta solo se transmite si se siente- en el que se recrea la vista, y quedas prendido por la fuerza estilística del mismo, sin olvidarnos que se trata de un trabajo de investigación después de tantas lecturas.

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Egido, A., Don Quijote de la Mancha o el triunfo de la ficción caballeresca. Madrid, Cátedra, 2023, 270 págs.


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Personales

A runner at «Run and Feel»

Por segunda vez participo en una de las carreras en Santa Eulària des Rius (Ibiza); ya estuve en la de Formentera y en la de Palma de Mallorca. Las tres son paradisíacas por el entorno en el que se desenvuelven; además en Santa Eulària sientes esa puesta de sol con el mar al lado. No puedes olvidarlas por su singularidad, al final por tu cabeza se desliza el pensamiento de que volverás.

A dos kilómetros de la meta en una tarde calurosa y a ratos con aires ibicencos.

Mucho público se agolpó tanto a la salida como en meta con aplausos sentidos y griteríos felices. Esta carrera es una de las mejores organizadas, se afianzan cada vez más para que quedes contento y vuelvas. Me cabe la satisfacción de nombrar dos hechos que me enternecieron; uno – sería aproximadamente sobre el kilómetro nueve- cuando una persona de voz cantarina, melodiosa, delicada – tal vez una niña- me dijo «¡ánimo Félix! En ese momento sentí un escalofrío y me acordé de esa niña que recibe al Mío Cid cuando arriba a Burgos mientras las puertas está cerradas «a cal y canto». Y el otro momento fue cuando el «speaker» en los últimos 100 metros gritó por los altavoces «¡ánimo Félix!». Son los únicos que recibí en toda la carrera. En este último la felicidad fue enorme ya que había mucho público que empezó a aplaudir con fervor.

Al día siguiente, domingo de Ramos, a primera hora, me fui a ver en qué consistía la expresión «misa ibicenca» que advertí en las informaciones que te dan en los hoteles; en realidad, salvo la lengua-que fue toda en catalán, con acentos propios de la isla- fue como todas; el templo se llenó; tampoco me sorprendió que fuera del templo-estaba en en la calle principal- se amontonaran tanto público en los laterales y en el centro, a la espera de la procesión de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén hace siglos para rememorarlo, poco antes de la última cena. Fue presidida por varios sacerdotes, y muy cerca el alcalde, concejales, guardia civil, cofrades-todos con prendas impecables; detrás y delante mucho público con ramas de olivos, de palmeras y laurel. Tampoco faltó la música. Una vez que dieron el permiso para comenzar nos enfilamos por las calles principales y pronto se empezó a subir por calles empedradas hacia «Puig de Missa» en donde tendría lugar la misa solemne. Esta iglesia está en una colina y fue uno de los cuatro templos fortaleza «que se erigieron en la isla como protección frente a los ataques de los corsarios turcos y norteafricanos». No hace falta decir la belleza que sientes y ves cuando desde esta altura contemplas el pueblo, el mar, los montículos y más con un sol de justicia en que la claridad lo preside todo.

La iglesia no es grande; parece ser que «tras la reconquista cristiana de la isla, en 1235, se edificó un templo en la colina». Como dato, aquí solo se celebran misas los domingos y fiestas de guardar; el resto de días, en la Capilla de la Virgen de Lourdes de donde partió la procesión.

Estos días, en la isla, me acordé de la novelista M. Roig; más en concreto de su novela La hora violeta. Es una obra que no puede quedar en el desván, y más si eres mujer; su lectura enriquece; en uno de sus pasajes, recuerdo la expresión «La hora violeta tanto a la hora del ocaso como la del alba». Ella hacía mención a la obra de T.S. Eliot The waste land, en concreto al verso «At the violet hour, the evening hour that strives Homeward» (esta idea está recogida en mi «blog», en salutación). El poeta resaltaba la hora violeta al atardecer-al ocaso-. Montserrat Roig mantenía que también se producía al alba. Con esta idea, observé esa hora al atardecer en donde se celebró la carrera. Pensé que era un momento ideal para contemplar la hora violeta al alba; con esta idea, salí del hotel a entrenar, a las siete de la mañana, el día 3 de abril, y la alegría fue enorme porque también como escribió la novelista se producía este hecho. Vi cómo una mujer con su cámara en ristre sacaba fotografías, y también el conductor de un camión de basuras, se bajó y empezó a fotografiar con su móvil. Yo no llevaba móvil, pero se me pasó por la cabeza bajar a la arena, a la orilla del mar donde estaba la mujer y pedirle si me podía mandar a mi correo electrónico las fotos; no me atreví. No sabía cómo me iba a responder, y en cuanto al conductor montó rápido en el camión y marchose y yo proseguí entrenando ya con vuelta a desayunar al hotel.

Poesía

La tierra baldía de T.S.Eliot

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No sé si se ha tenido en cuenta la lectura en 2022 de La tierra baldía al cumplirse los cien años; al menos, se le ha recordado; la dificultad de esta poesía es una de las claves que debemos tener presente más allá de la transcendencia, ya de por sí ardua e ignota cuando nos detenemos en el alma que va más allá de lo que podamos pensar.

Aun así, la excelsa introducción puede servir para disipar alguna duda, por lo que es necesaria su lectura antes o después de adentrarse en la complejidad de La tierra baldía, en edición bilingüe. Uno de los datos que nos aporta Viorica Patea es la importancia de Dante en el pensamiento de Eliot («Dante era el ideal a través del cual medía el presente», pág.25). El poeta italiano supo asimilar la teología con la mitología; eran tiempos en que lo transcendente, lo espiritual, iban mucho más allá de lo terrícola. Tampoco se puede dejar en saco roto la formación del poeta en París, símbolo de vanguardias artísticas en aquel entonces. Filosofía, literatura, cristianismo se adornan para conseguir un vitalismo que haga surgir, unido a un pensamiento crítico, así como a puntales místicos que se agolpaban en su mente. Tampoco podemos desgajar el sufrimiento interior y las penurias que el poeta tuvo que pasar para poder sobrevivir un tiempo; sin duda su poesía recoge esa interiorización, ese ahondamiento que solo se puede traslucir con la palabra poética. El imperativo pronunciado por E. Pound «leedle» es necesario más que nunca (Asistió a los funerales en la abadía Westminster, 1965, y eso que tuvo que desplazarse de Venecia a edad muy avanzada). A la historia han pasado sus tres libros capitales que hay que releer, incluso en tiempos convulsos: La tierra baldía (1922), Miércoles de Ceniza (1930), Cuatro cuartetos (1943). Es el mejor homenaje que se le pueda tributar después de tanto tiempo.

El libro está estructurado con partes clarificadoras para poder entenderlo mejor. Estamos ante una introducción muy extensa (págs. 7-219), pero necesaria y brillante. Después, los poemas de La tierra baldía (págs. 241-293). En tercer lugar, las «Notas a La tierra baldía» (págs, 274-293). En cuarto lugar, las esclarecedoras «Notas a esta edición crítica» (págs. 295-335). En quinto lugar, un ampuloso «Apéndice» (págs. 337-409). Todo un hecho que nos puede da una mejor visión del libro.

El primer poema «El entierro de los muertos» denota ya, no solo cultura, también ahondamiento intelectual ante hechos que intenta descifrar. Tanto las notas que aparecen al final de poema como las que nos recuerda y amplía la editora nos conducen a hechos pasados en los que ha bebido el poeta (Ezequiel, Eclesiastés, Tristán e Isolda, Inferno, Baudelaire. La editora en una extensa nota con el título «El entierro de los muertos» nos da a conocer «el origen de las leyendas del grial con los antiguos ritos de fertilidad», así como las referencias «al motivo de la tierra baldía»).

El primer poema consta de 75 versos, y el 76 es un verso extraído de Las flores del mal, por si había alguna duda de la idea que quiere transmitirnos; ya el primero te retrotrae («Abril es el más cruel de los meses, hace brotar….), hasta el cuarto quedas como en suspenso en el que surgen atisbos de esperanza «con lluvia primaveral». Esta expresión como evocadora de un nuevo renacer de la naturaleza que ha permanecido casi dormida en la época invernal. Evidentemente, choca con al adjetivo «cruel». El final te destroza, otra vez, y te hace ser copartícipe del hastío, de la soledad, del mal existencial. No podía faltar, tampoco, el recuerdo de Dante («A veces suspiraban con presteza / cada uno con la vista fija a sus pies»,,,). Tal vez la simetría entre lo que observa en la actualidad y la época medieval. De todas formas, en todo el poema subyace la negrura y la luz; la muerte y la germinación; o la muerte como la resurrección. En definitiva, postrados ante la muerte-vida («muerte en vida y la vida en la muerte», pág. 108). Y la pregunta, ante la simiente (qué árbol, qué planta, qué trigo nacerá); o también la persona destinada a la tierra, a ese invierno,¿ resucitará, como lo hace la naturaleza o permanecerá en tierra baldía? Si lo pensamos, fuera de la fe, no está resuelto. Simplemente nos hace reflexionar y recurre a con el último verso a Baudelaire en Las flores del mal: «hipócrita lector, mi semejante, mi hermano».

El último y extenso poema con el título «Lo que dijo el trueno», los fragmentos desprenden dinamicidad, rapidez, a la búsqueda de lo que cuece, a través del tiempo, en lo intelectual del poeta. En las notas a La tierra baldía en la parte V se nos dice que aparecen tres temas: el peregrinaje a Emaús, la aproximación a la Capilla Peligrosa y el presente declive de la Europa del este. El primer fragmento nos evoca a la figura del Cristo que se nos ha transmitido como agónico, como final («Tras la antorcha roja en sudorosos rostros / tras el silencio escarchado en los jardines / tras la agonía en los pedregales…». A los cristianos nos recuerda al prendimiento de Cristo en donde oraba según el evangelio, a su sufrimiento, su conducción al palacio del sumo sacerdote, después ante Pilato que le debe juzgar, su muerte y resurrección. Pervive en este fragmento la vida como muerte y esta como vida.

El segundo fragmento es más extenso que el primero («No hay agua aquí, solo roca / roca pero no agua, y el camino de arena / que serpentea hacia las montañas / montañas de rocas sin agua….»). No hay vida, todo es sequedad, soledad, baldío, inerte, despojado de lo que da vida, de lo que nos hace seres vivos. Incluso se alude al «trueno estéril sin lluvia»; termina con el verso «Si hubiera agua«, con esa necesidad imperante del agua como vida; idea que va a proseguir en el tercer fragmento («Y no roca / si hubiera roca / y también agua / y agua / un manantial / una poza ente las rocas«). El poeta trae a colación el pájaro que probablemente le hizo feliz al evocarlo en medio de la naturaleza ( » Donde el zorzal ermitaño canta entre los pinos». El agua como más que necesaria. El último verso de este fragmento lo dice todo: «Pero no hay agua». Es la oscuridad total.

En el siguiente fragmento se quiere recordar lo que da movimiento y esperanza con un interrogativo: «Quién es el tercero que camina siempre a tu lado ?/ Cuando cuento, solo estamos tú y yo / pero cuando levanto la vista hacia el camino blanco / siempre hay otro caminando a tu lado«. Es la trascendencia que nos insta a huir a otra realidad. Pero, inmediatamente, otra vez el poeta se sumerge en el caos, en las revueltas, en una Europa a la deriva ( «Qué es lo que suena por el aire?)Y enseguida su educación cristiana («Murmulla de lamentación materna«) al recordar a Cristo:»….no lloréis por mí…».

Y así va desgranando con las evocaciones a la literatura, lugares, Salmos, evangelio, San Juan de la Cruz, Dante-Infierno, Purgatorio-, Venus, Kyd- Spanish Tragedy-, historia, etc, y el espíritu cristiano que anida en toda la obra. El final del poema y de la obra se nos muestra como descanso, sobre todo intelectual que nos deja perplejo ante tanta sabiduría y trascendencia a la que quizá estemos abocados ( «Me sentaré en la orilla / a pescar, a espaldas de la árida llanura / ¿ he de poner al menos mis tierras en orden ? (…) / estos fragmentos he reunido sobre mis ruinas / entonces yo os serviré, no se hable más. Jerónimo está loco, otra vez). Ahora sí, todo lo nombrado. todo lo agavillado ha servido para la esperanza de la trascendencia, el umbral para marcharnos con la idea de que no todo morirá. El último verso- Shanti shanti shanti- nos trae el sosiego definitivo, la paz añorada después de tanto sufrimiento-aunque solo sea intelectual-; la editora corrobora esa tranquilidad con Eliot-y traduce el término por «la paz que supera nuestro entendimiento», en alusión a las palabras de san Pablo a los primeros cristianos: » Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». En sánscrito, shanti representa la finalidad de la verdad contemplativa, pág.335.

El Apéndice consta de 71 páginas. Conviene leerlo porque a veces pasan desapercibidos poemas, artículos, ideas que contribuyen desde otra atalaya a ver la importancia de la literatura en los siglos que nos han precedido por la cantidad de imágenes que aportan y por el estilo amasado con palabras cultas. Enriquecedor son las ideas que aporta T. S. Eliot del Ulises de James Joyce con el título «Ulises, el orden y el mito». Parte de que el libro «es la expresión más importante de nuestra era». La grandeza con que lo escribe debe crear lectores. La idea en las primeras líneas son suficientes: «… me ha proporcionado toda la sorpresa, el placer y el terror que podría necesitar, y ahí lo dejo», pág.339. Y añade, poco importa; no entra en el debate si el Ulises «debe ser concebido como novela; y si preferimos llamarlo épica, tampoco importa».

Completan este «Apéndice», G. Chaucer, Baudelaire, Shakespeare, Webster, Spenser, Marvell, Goldsmith, Froude. san Agustín, El sermón de Buda, En el camino de Emaús, Shackleton, Upanishad, Pervigilium Veneris, Gérard de Nerval, Thomas Kyd. Todo un compendio de sabiduría que es necesario leer con pausa, en inglés o castellano.

Eliot, T, S.,La tierra baldía. Madrid, Cátedra, 2022, 412 págs.


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Novela

Antagonía de Luis Goytisolo

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Aunque solo hubiera escrito Luis Goytisolo la tetralogía, ahora compendiada en un solo tomo por la editorial Cátedra, es más que suficiente para que recibiera el Premio Nobel de literatura; allá por los finales de los años ochenta su nombre fue venteado para que se le otorgara, una vez terminado el último tomo Teoría del conocimiento (1981).

Se hayan leído o no las novelas, conviene antes leerse el epílogo de Gonzalo Sobejano, crítico literario donde los haya; su nombre ha quedado para la historia literaria como un referente sin que haya brizna que se oponga, claro, si antes se han leído las numerosísimas críticas. En esta publicación se sumerge con el título que sirve de epílogo «Antagonía, gran teatro del mundo», pág. 1383. Ya en las primeras líneas deja claro su pensamiento: «la construcción de un edificio novelesco articulado en cuatro unidades autónomas aunque interrelacionadas», que se desgranan en la «historia», la «escritura», la «lectura» y «el pensamiento» por orden de publicación (1972, 1976, 1978 y 1981). O también «en la composición de las partes los elementos de la naturaleza (tierra, agua, fuego, aire)». Acorde con el título se atreve a pensar que «un teatro del mundo es la tetralogía». Una vez terminada la lectura es tu decisión si estás de acuerdo con esa idea.

También conviene leer el Prólogo para que sepas los pormenores, la acogida, las diversas ediciones, la intemporalidad, historicidad de su recepción, su belleza expresiva, lo alegórico, entorno generacional, la singularidad narrativa, variantes y ecos de un sistema policéntrico, trama del conocimiento. En las primeras páginas se nos hace un recorrido por el itinerario de la crítica y su buena acogida desde el principio. No podían faltar la de críticos tan deslumbrantes como Rafael Conte en la revista Ínsula, en el número de julio-agosto de 1985: «el mejor de nuestros narradores». De Gonzalo Sobejano: «Luis Goytisolo se sitúa en el linaje de los alegóricos, desde Dante, Calderón y Gracián hasta James Joyce». Darío Villanueva : » Mil cien páginas de literatura en estado puro». Luis María Anson: «estamos ante un novelista de excepción que deja para la posteridad una de las creaciones literarias del siglo XX». Luis Suñén: «un novelista tan dominador como inteligente, de un escritor excepcional, de un escritor, en gran medida, único».

Más allá de la polifonía, ante las diversas voces, subyace una realidad histórico-social que nos apabulla y nos insta al conocimiento; esta actitud crítica prevalece en todo momento, inserta en un testimonio en el que la belleza expresiva nos conduce a la reflexión con su singular creación literaria, de ahí que al autor no se le pueda encajar con denominaciones con una generación concreta. Nos podemos preguntar si la tetralogía puede separarse; es decir, si podemos comenzar por la cuarta y después ir a la primera. Personalmente, creo que sí, si lo que se pretende es imbuirte en unos aconteceres que se pueden separar, porque no podemos olvidar que estamos ante un bisturí ante la sociedad catalana en años distintos. En esta relectura, comencé con el último Teoría del conocimiento porque lo recordaba como más nítido, más esclarecedor porque lo que realmente me venía a la mente era una la prosa más lúcida como acto creador. El protagonista se hace escritor; es decir, lo que había deseado. No lejos de lo que pensó el autor: «sus líneas maestras cristalizaron en cuestión de pocas horas algún día de mayo de 1960». También podemos acercarnos a la novela como un todo cuando damos por finalizados las cuatro partes.

El peregrinaje que hizo el autor es como una invitación a que tú también lo hagas, en este caso con delectación; no es posible de otra manera, como también realiza Gonzalo Sobejano en su magistral epílogo. En sus palabras estamos ante «la biografía de un hombre, narrada en tercera persona, que en las últimas páginas se entrega a sus primeras experiencias literarias»…., se podría decir que Recuento es la biografía de un hombre (…). Los verdes nos ofrece la vida cotidiana de ese hombre que ya escribe, mezclada a sus notas, a sus recuerdos, a sus sueños, a sus textos. El Aquiles es el libro que tal vez desoriente más al principio (…), el relator ya no es Raúl, ni en tercera persona ni en primera sino una antigua amante (…). El Aquiles es una obra dedicada a Raúl; es como la tierra vista desde la luna (…). Teoría del conocimiento es la obra de Raúl», págs. 32-33. Con estas premisas es más fácil entender el entramado.

La primera, Recuento, es la más extensa-quizá demasiado-; en 1960 » empezó a gestarse», en mayo, en una prisión en donde estaba el autor; muchos años contemplan esta tetralogía; tal vez, el autor, no quiere desprenderse de todo lo que vio, pensó o imaginó («Cuando salieron a la calle todavía sonaba algún cañonazo lejano, algún disparo perdido. Habían abierto las ventanas de par en par…»); la evocación de la «guerra civil» es nítida. El novelista comienza en esos años tan luctuosos y llenos de muerte, entre otros, la de su madre, para proseguir en esta la primera parte con una radiografía en dónde estamos y las ideas que marcarán en la sociedad. Un dato que no puede pasar desapercibido es la referencia al himno de la Falange Española «Cara al sol» con ese verso que se hizo popular «Volverán banderas victoriosas». El entorno es esclarecedor. La dualidad azul-rojo distinguía el pensamiento de las personas. En las primeras líneas de la segunda parte ya se nos advierte del lugar en el que nos vamos a desenvolver: «Durante todo el mes se rezaba el rosario en la capilla». Y claro, el recuerdo del mes de mayo dedicado a la Virgen: «Con flores a María...». Como estamos en Cataluña el término «roses d`abril» es muy significativo al hacer referencia a la Virgen de Montserrat. También aparece ya el nombre, el personaje capital, Raúl. Es la trayectoria de Raúl Ferrer, con más nitidez su biografía («mientras Raúl, sentado frente por frente, miraba las colinas plateadas, las viñas, los cerezos, cargados de roja fruta, doblegados, reventones»). Estamos ante una prosa torrencial llena de descripciones, voces, lugares sin fin, plazas, iglesias, colegio; es la Barcelona en estado puro con los sitios más emblemáticos y sus gentes («las Ramblas-era no solo un cambio de calle, sino también, y sobre todo, de estado de ánimo»-,Diagonal-Paseo de Gracia, monumento a Colón, Barrio Gótico, masías, servicio militar, plaza de Cataluña, Gaudí, religión, prostitución, luchas estudiantiles, consejo de guerra, cárcel-«ciertos hábitos que adquirí en la cárcel-contar los pasos, los peldaños peldaños«-, de la universidad a la calle, huelgas, republicanos, comunistas, anarquistas, detenciones, los llamados charnegos, la burguesía catalana, sitio carismático como la Barceloneta, Barrio Chino, milicias universitarias, el Tibidabo, noticias familiares de Vallfosca, Vilasacra-atemporal en su acondicionamiento a la función de residencia campestre-, Santa Cecilia-una fantasía muy fin de siglo-, el patrullar de los grises, Montserrat-arpadas cimas, corona de rocas, pétreo cetro alzándose con énfasis místico, dominante-,(…) » un monte sagrado desde siempre, con independencia de la clase de culto al que se halle dedicado«; la Puerta de la Fe-arrobado retablo centrado en la representación de Jesús en el templo-, etc.). Sin perder de vista al personaje principal y el mundo por donde se mueve, como son los militantes del partido, la familia, los amigos. En la narración lenta, con paradas continuas caben todos; las imágenes se agolpan y el lector no sabe lo que le viene, pero lo desea para ver a dónde nos conduce. El tiempo y el espacio se juntan y los lugares se elevan. Todo es la historia de Barcelona-y su estado físico- unido al político-social, o, al menos, lo esencial, y todo bajo el prisma ideológico del narrador del que participa, se quiera o no, el posible lector/a. Si hay un adjetivo significativo de este saber recontar es el de asombro por tanto dicho o narrado.

Si se admite que Recuento es la referencia-en tanto en cuanto es la biografía de Raúl-, necesariamente tiene que haber un hilo, un gozne que una; y de hecho es así, se puede pensar porque casi terminando se nos describe a Raúl y a Nuria en «La Bahía» de Rosas, «un pueblo que está dejando de ser lo que ha sido«. Fueron al hotel de siempre; al llegar, la dueña los abrazó. Al ser fuera de la temporada, el pueblo estaba vacío, y desde la habitación veían «picos nevados, con esplendores de carámbanos«. Sin duda, las descripciones del pueblo y el campo se visten de hermosura, se siente como placer al ir leyendo las páginas; es una recreación lectoral. Los detalles abundan, incluso, el día que con el título de Pentecostés hicieron el amor con el sol en la cama: «Nos fue mal». Al terminar Recuento se siente alivio después de tanta grandeza y belleza; y, por fin, se desea descansar después de más de seiscientas páginas, y claro, el recuerdo de tantos años transcurridos en los que el conocimiento unido al arte de escribir nos hace pensar.

Después de Recuento, el lector/a encuentra un cierto alivio; es la segunda parte-o proseguimiento de la vida del personaje primordial- con el título Las verdes de mayo hasta el mar ahora solo se circunscribe a Rosas-espacio y tiempo son más cortos-, pueblo catalán y marinero; ya el agobio desaparece. El turismo como tema primordial. El aumento fue significativo. En las últimas páginas de Recuento en «La Bahía» se narra la llegada de Nuria y Raúl : » A Rosas: un pueblo que está dejando de ser lo que ha sido», pág.655. Otra forma de conocer ámbitos y actitudes distintas. Todo está ceñido al pueblo. Sin olvidarnos de que Los verdes se inicia al final de Recuento, como he escrito. El comienzo con el título «El viejo» es una continuación de un espacio abrasador lingüísticamente, pletórico; con una prosa que nos hace sentir partícipes de las descripciones («Las laderas eran suaves y escaso los accidentes del terreno. Un panorama cuyo principal relieve lo constituían, de hecho, las ruinas diseminadas por aquel vasto jardín abandonado«). Son las primeras líneas. Y casi al final se nos recuerda lo que fue el «regreso a Rosas con Rosa, de aquellos días pasados trabajando en las líneas maestras de la obra«. Está dentro de lo denominado «Periplo». La referencia a las imágenes que guardamos de la infancia, e incluso «del momento en que se empieza a fijar en representaciones la propia infancia» que uno se hace («Un trabajo no muy distinto a fin de cuentas, del que supone la obra en cuestión, seis días entre todo, un tiempo tradicionalmente apropiado por dar, por acabada una obra»). El recuerdo del libro del Génesis nos retrotrae a lo que aprendimos, leímos, oímos en nuestra infancia (y el séptimo día descansó). Es la escritura la protagonista, que es realmente el punto de partida con que el autor se mece en su andamiaje novelesco.

En La cólera de Aquiles, de nuevo, es otro pueblo: Cadaqués. El tema de la burguesía prosigue candente y el sexo ocupa la mayor parte, que ya nos lo advierte en el comienzo («He tenido amantes masculinos, en ocasiones creí amarlos; hasta llegué a estar casada. (…) Cuanto me atrae de los hombres (…), pertenece al dominio del espíritu, no de del cuerpo«. E inmediatamente se explaya más con el cuerpo de la mujer, («de lo que la mujer es, pura invitación al amor. al cuerpo y a la contemplación«). Pero a continuación el varapalo, lo que menos le gusta: («… el conjunto de su persona. Su modo de ser y, sobre todo, de actuar: esa manera tan suya de seducir, y una vez alcanzado el objetivo, disponer a su arbitrio de la felicidad o desgracia de su presa»).

Es cuando el proceso creador aparece y la escritura yergue. Tal vez sirve de unión con todo lo que falta. El comienzo es casi semejante al de Teoría del conocimiento. ¿Lo hizo a propósito el autor para que todo lo escrito formara una unidad novelesca? Poco importa, o sí, para advertirnos de que se prosigue con lo acontecido hasta ahora, pero el lector /a advierte de que es otro el que narra; o más concretamente como nos dice el autor «una antigua amante y prima lejana, Matilde, que nos da su propia imagen del mundo de Raúl… (,,,), es una obra dedicada a Raúl; es como la tierra vista desde la luna». Inventada o no, es la que toma la palabra desde el inicio para contarnos su vida y su obra. Se crea otro personaje en El Edicto de Milán, como novela intercalada. Lo que llamamos «novela dentro de la novela», una pequeña joya. La protagonista nos dice o nos da a entender que la joven, llamada Lucía, de veinte años es un personaje de ficción; en realidad un trasunto de la propia Matilde desde otro altozano, pero siempre como única, como luz entre tinieblas; su sexualidad por encima de todo. Su enamoramiento corporal se trasluce en toda la novela, incluso su bisexualismo es fruto de su yo altísimo, aunque finalmente se decante por la mujer porque su cuerpo es más perfecto, más atractivo, más excitante. La fogosidad amorosa entre mujeres es más feroz; muestran más su ser. Matilde sueña con un cuerpo joven, placentero, radiante para enaltecer la sexualidad. Su adoración a su cuerpo es lo que le lleva a desdeñar lo que no sea belleza, claro y lo que no esté en el ámbito aristocrático; lo demás, lo repudia; incluso la palabra igualdad no está en su mente; la aborrece.

Teoría del conocimiento es más intelectual; es la creación elevada a lo sumo. La restructuración de lo escrito anteriormente. Es decir, estamos ante un proyecto, o la obra en proyecto, «una prueba que es también un objetivo La Ciudad Ideal». Ordena, por si se tenía alguna duda, la realidad descrita y siempre con la palabra justa, equilibrada, como hacedora de la construcción novelesca («La palabra escrita no será ni más ni menos que la palabra pensada por el mero hecho de haberse objetivado; lo que sí ganará, en cuanto a expresión, es coherencia respecto a sí misma, respecto a (…) lo que se quería silenciar, a lo que se quería esconder y se revela«). No cabe la menor duda de que el autor está dentro desde el principio; es como el cirineo que coadyuba- «incluir al autor en la obra y, con el autor, el tiempo, el tiempo que toma a ese autor el desarrollo de la obra«.

El inicio es semejante al de La cólera de Aquiles al insistir en la belleza del cuerpo: «La belleza reside en el cuerpo, pero solo reside, ya que solo hasta cierto punto su naturaleza es en verdad física» . El recorrido llega a su final, a lo que denominamos novela, incluso con la muerte del protagonista: «…, así yo al remontar el aire sobre sus cabezas con renovada agilidad y energía, mientras la enfermera se volvía a sus familiares, amigos y convecinos que rodeaban mi lecho, para anunciarles, señores, este hombre ha fallecido», (pág.1360).

Todo choca con el título Recuento de la primera, lo histórico en sí, pero sirve ese itinerario para poder entender lo que se pretende. De ahí su exposición como propuesta que después descifrará en el resto. El protagonista llega a lo máximo que había soñado: ser escritor («mi propósito de escribir, de escribir y no solo de pensar, a cerca de unas cuantas cosas; de explicarme a mí mismo esta necesidad de hacerlo...»). Es una reflexión sobre el acto de crear en el que la palabra cobra todo su vigor; es la relación entre el creador, la obra y el posible lector/a. No quitemos importancia a la invitación de este último, que también se le puede considerar creador de lo que ha leído. La actividad creadora como la cima de la sabiduría.

Las primeras líneas nos dejan entrever que la palabra certera unida a la belleza de la expresión prosigue, además de que el personaje capital se quiere adornar con sus ideas. No es descabellado que comience en el mes de septiembre-en la penúltima página se nos dice que «el cielo se diría propio de uno de esos diciembres del norte«-, y se evoque la belleza física y se pregunte por si en un rostro, en su rostro, ¿es la belleza en sí de los ojos lo que manda o es la mirada?

De nuevo nos recuerda en dónde está afincado como exaltación de unas tierras que siente ese tendero que visita París y proclama la afinidad de París y Barcelona ( » Cataluña, unido a Francia -unido sí, no separado sino unido- por los Pirineos, un pequeño país con grandes ciudades como Barcelona y parajes de belleza incomparable como la Costa Brava, sí, la Costa Brava está en Cataluña, y Montserrat, ¿no ha oído hablar de Montserrat?, ¡ah, pues vale la pena!, un pequeño país, en fin, que siempre ha sentido una gran admiración por Francia...»). El sentimentalismo y la identidad convergen por unas tierras sagradas. Solo cabe respeto y tolerancia. Lógico, los seres humanos somos así y la emoción nos embarga cuando pensamos en los sitios donde fuimos y crecimos felices, como los veranos de la primera infancia con ese detallismo geográfico como si fuera paradisíaco: «Al norte, Por de la Selva; al sur, Rosas; al este Cadaqués: un pueblo por cada uno de los frentes marítimos que flaquean el cabo de Creus (…). ¿Y a poniente, tierra firme adentro?

Según avanzamos en la lectura no podía faltar el saber, el pensamiento crítico de los que nos han precedido en el concepto de la sabiduría con alusiones capitales, pero también con ideas que pueden chocar; el recuerdo para Sócrates, Aristóteles, Platón, Descartes, Pitágoras, etc. El capítulo sétimo, en su primera línea, ya te previene: «La humanidad se idiotiza progresivamente en virtud de la creciente ignorancia que atrofia las facultades intelectivas del hombre» . Por si había alguna duda, mantiene que «los únicos pensadores son los presocráticos». Y más en concreto sobre la novela: «Moisés y Platón no son solo dos grandes novelistas; Moisés y Platón son el modelo mismo de lo que todo novelista, es o no consciente de ello, aspira realizar«. Un Moisés, único dios, el verdadero creador del libro y del mundo; es decir, el lector a sus pies. Platón como la clave en su contar la filosofía de Sócrates de forma dialogada, como fabulador único al representar la realidad y la forma de estructurarla. Todo como una metáfora de la realidad.

El cambio en el capítulo siguiente se hace más llevadero, más comprensible. Nos hallamos en la naturaleza en pie-en concreto el bosque y los árboles- con cierta comparación con el paso del tiempo del cuerpo humano, sus achaques, así como lo que se transmite de generación en generación; ambos van muriendo. La dicotomía campo-ciudad se sobrevaloran; a ciencia cierta ambas se necesitan, pero lo industrial parece como si resaltase más, cuando las apariencias engañan en los dos sentidos. Hay una frase que recoge la idea no virgiliana, sino la realidad: «el campo huele a estiércol y el que lo trabaja también», pág, 1314. El campo, el agricultor, la naturaleza se amasan con visión estelar. Entre estas páginas sublimes, el personaje rememora la perfección unida a la palabra y la música con la evocación de «Mi gran obra preferida es la Creación del inmortal Haydn, antecedente directo no solo de la Misa Solennis sino también de la 9ª Sinfonía, la máxima exaltación jamás lograda de la voz humana».

El final es lo que corrobora que estamos ante una obra maestra-«,,,la obra como punto hacia el que convergen autor y lector, ámbito en el que se reflejan sus respectivas actitudes»; en las posibles relecturas se pueden leer separadas, o, al menos. a mí me lo parece. Otros, por el contario, manifiestan «como una sola obra, como una unidad», incluida la opinión de Luis Goytisolo, que ha insistido «en el carácter unitario de la obra». Sin duda es su visión, pero los/as lectores pueden pensar, añadir otros cabos sueltos que pululan por sus mentes para acercarse, también, al proceso creador. No podemos separarnos de que es como una celebración de la obra literaria con ese torrente de palabras a cual mejor, o una meditación sobre la creación literaria, la teoría del conocimiento. Esta es la conclusión a que llego.

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Goytisolo, L, Antagonía. Madrid Cátedra, 2016, 1394 págs.


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Poesía

Poesía de José Agustín Goytisolo

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Ante la poesía de José Agustín Goytisolo siempre me vienen a la memoria los versos «Prefiero que recuerden algunos de mis versos / y que olviden mi nombre. Los poemas son mi orgullo«. Se los oí, por vez primera, en los Cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid en San Lorenzo de El Escorial, y después los leí con una lectura más sosegada en el libro Cuadernos de El Escorial (1994). En el fondo dejaba entrever, de viva voz, que es el poema el que debe permanecer. El recuerdo de Catulo se trasluce como también manifestó. De hecho lo son después de tanto tiempo; leemos o canturreamos lo que lanzan al viento los diversos cantautores. Hoy, en esta excelente novena edición, Carme Riera nos lo recuerda en 2022 con detalle minucioso. Estamos ante una edición que fue «preparada por José Agustín Goytisolo». Aquí está todo su haber y tal como él quiso desde El retorno (1955/ 1996) hasta Las horas quemadas (1996).

Ejemplar es el itinerario poético que realiza Carme Riera en esta edición memorable y llena de sabiduría no solo de los versos, también nos adelanta sus estudios, sus compañeros, sus ideas que evidentemente van a tener una influencia capital en su vida y en su poesía. El éxito que obtiene con el premio Boscán, publicado con el título Salmos al viento constituye la base de su poética de lo que vendrá después con su compromiso poético ante la realidad que observa. Hay un hecho que no puede pasar desapercibido como fue el homenaje a Antonio Machado en febrero de 1959-como compromiso social- donde está enterrado, así como «Conversaciones Poéticas de Formentor» en mayo de 1959, y cómo no, los «Jueves poéticos» del Ateneo de Madrid en el que tenía plaza por derecho propio José Hierro. Por cierto, todavía se mantiene en el siglo XXI.

El encaje en lo que se ha llamado la generación de los años cincuenta cumple con lo que se proponía el poeta: elevar a categoría de la experiencia lo cotidiano, lo consuetudinario, sin perder de vista a Machado; como dato esclarecedor Veinte años de poesía española de Castellet estaba dedicado al poeta sevillano; la poesía social y compromiso se dan la mano con el realismo crítico, con un común denominador que llegue a todos.

Si queremos ser partícipe de esta poesía en toda su plenitud quizá sea necesario la lectura de cada uno de los libros que se nos traza en la edición para después adentrarse en el texto poético. Una vez leído el itinerario poético y El retorno, tal y como se nos muestra, es el momento de leer los versos que incluyen el libro del poeta, Y así con todos los libros; las ideas y comentarios son necesarios para poder entenderlos, de ahí la importancia y acierto de la edición; al menos para mí han sido capitales para llegar al jugo poético; por ejemplo, en El retorno se aclara que sin nombrarla está su madre; una evocación, pero también un vacío, una necesidad desde el primer verso al último. Comienza con el aleteo de muerte («lloré en silencio ante tanta muerte») y termina con la mirada profunda, verdadera («a través de mi cuerpo / tu mirada hacia el fondo se mantiene». Ya antes en otro poema había hecho alusión a los ojos (» Yo recuerdo tus ojos / cuando hablabas del aire»). La mitificación se trasluce en todos los versos, la memoria le emociona, la siente cercana. Sin duda me refiero a los poemas que aparecen en la edición.

Un vuelco nítido le absorbe; su poesía se enreda con lo satírico y publica Salmos al viento (1958-1980), uno de los libros más conocidos y bien tratado; lo quevedesco tiene su rincón. El recurso literario consigue adentrase más en la realidad a través de la parodia, la ironía, la sátira; esta impronta también la podemos observar en lo que se ha considerado la generación de la década de los cincuenta; admito con matices.

Me cabe hacer constar, por los motivos que sean, que este libro es de los más nombrados, tal vez leídos. Las doce composiciones está precedidas de citas bíblicas-unas del Antiguo Testamento y otras del Nuevo-, y a partir de ese contexto reviste su poesía. Esta inclusión es esencial, y así nace la intención paródica. La intertextualidad se alza para aludir momentos, personas, ideas. No sorprenden los varapalos que intuimos y siempre basados en el pensamiento cristiano que aprendió en sus estudios en los colegios religiosos en los que estuvo: jesuitas y «la salle». Así, en «Los celestiales» con la cita bíblica «No todo el que dice: Señor, Señor, / entrará en el reino…«, alude a los poetas de bajo nivel y aposentados en el régimen: («…y componer hermosos versos vacíos sí pero sonoros / melodiosos como el laúd / que adormezcan que transfiguren / que apacigüen los ánimos ¡qué barbaridad!»). Su pensamiento es nítido. También en el último «El profeta» con la cita bíblica «Yo saciaré mi furor contra la gran pared…» arremete contra las instituciones culturales como lo académico universitario o el Consejo Superior de Investigaciones Científicas («Entonces el profeta rasgó sus vestiduras /entró en ayuno y cubierto de ceniza y excremento / permaneció setenta días. Luego abandonó el llano / y caminó hacia la ciudad. Allí calle y paseo, plaza y plaza / arribó al sitio en donde los varones / sapientes se reúnen en donde son discutidos / los asuntos es decir al Consejo Supremo / de Disquisiciones Metafísicas»).

En esta edición, Carme Riera dedica treinta páginas a resaltar «Las entregas poéticas» con el título «Apéndice», para permitir «al lector conocer someramente la evolución del autor catalán, atendiendo especialmente a las primeras ediciones hoy inencontrables».

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Goytisolo, José Agustín, Poesía. Madrid, Cátedra, 2022


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