Novela

Realismo y naturalismo en la novela española del siglo XIX Félix Rebollo Sánchez

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Durante la segunda mitad el siglo XIX se produce uno de los hechos más significativos en el arte de narrar. El florecimiento de la novela es tan deslumbrante que bien puede considerarse como áurea, no solo en España, sino también en el resto de Europa. El apogeo es de tal calibre que no se puede entender sin nombrar la palabra burguesía; esta es quien protagoniza la novela realista, y, al mismo tiempo, la destinataria. Pérez Galdós escribió que «la grande aspiración del arte literario en nuestro tiempo es dar forma a todo esto». El rechazo a lo romántico es algo emblemático, se sustituye por el término realismo. Los novelistas emplean «técnicas y formas narrativas» que servirán como estandarte. Así se inmiscuyen en reflejar la realidad social de manera exacta; lo subjetivo debe quedar al margen, es lo que se ha denominado  objetividad o «narración objetiva», casi siempre en tercera persona.  Esto no quiere decir que vaya en contra del punto de vista omnisciente cuando el autor anticipa lo que va a ocurrir, opina, juzga a los personajes. Además utilizan un lenguaje sencillo para que el lector no encuentre dificultades y se refleje el habla de los diferentes grupos sociales. Las técnicas narrativas naturalistas son semejantes, pero llevadas al extremo y con el máximo rigor. La idea stendhaliana que concebía la novela como un espejo que se pasea a lo largo del camino es el signo característico del llamado realismo.  Clarín elige a Balzac como «el más a propósito para reproducir impresión de realidad en la novela».

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Novela

Temas y técnicas narrativas en el realismo

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 Lo primordial en la novela del siglo XIX es dar una imagen de la vida en la que se descifrará tanto la realidad externa como la individual. Si lo que se pretende es reflejar la vida tal cual es, la suma técnica realista consistiría en llegar a la verosimilitud, a la reproducción exacta de la realidad. Para conseguir este objetivo, el escritor debía estudiar la realidad exterior con la misma imparcialidad que se estudian, por ejemplo, las ciencias físicas. Por eso los novelistas tenían en cuenta los métodos de observación de las ciencias experimentales, se documentaban de los aspectos más nimios para llegar a captar los ambientes, la sicología de las personas y, en general, el entorno de la estructura novelesca. Un ejemplo famoso es que Flaubert consultó tratados médicos para describir la muerte por envenenamiento de Madame Bovary (1856), y, al mismo tiempo, con su novela reflejó el triunfo del realismo como movimiento literario, que consistía en reflejar fiel y objetivamente la vida y su entorno.

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Poesía

Pétalo

Perdí aquel instante,

pero en mi memoria permanece,

me persigue,

me inunda,

me conmueve,

me  interioriza;

la esperanza es dicha,

mientras tanto la elevo a categoría artística;

es lo que han hecho los poetas con los sueños,

con las realidades que se escabullan,

que se esconden, que no afloran.

Lo primordial es el contento con que uno lo siente

ante el recuerdo.

Tu nombre es repetitivo,

casi se desdibuja;

no es poético,

no ha sido elevado al carro de los triunfos.

Eso poco importa;

la nombradía es pasajera, superficial,

queda lo existencial.

Poesía

La poesía de la Generación del 27

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Diversos nombres han recibido los poetas que nacieron entre 1891 y 1905. No voy a entrar en las varias teorías que pululan sobre cómo denominar a esta etapa esplendorosa. La más acuñada ha sido Generación del 27, aunque hoy también reciba la de grupo. Tampoco entraré en el último ensayo publicado por el profesor jiennense Bernal sobre La invención de la Generación del 27 (2011), sobre su mitificación como prefieren la gran mayoría, o que el primero que hizo referencia como «Generación del 27» fue J. Chabás en 1944 en Nueva historia de la literatura española, publicada en La Habana (dato recogido en Andrew A. Anderson, Examen de la historiografía generacional y replanteamiento de la Vanguardia histórica española. Madrid, Gredos, 2005);  tampoco en el artículo de Valbuena Prat, «La Generación del 27 vista al cabo de veinticinco años» en Correo Literario, 1 de noviembre de 1953; ni en lo que atestigua Díez de Revenga al recordarnos que el sintagma completo quien lo difunde es Valbuena Prat en su Historia de la literatura en 1957; tampoco en el artículo de Dámaso Alonso titulado «Una generación poética 1900-1936» en la revista Finisterre, en marzo de 1948, que luego se recogería en el libro Poetas españoles contemporáneos, en 1952, en Gredos: ni en el artículo de Rafael Ferreres, «Sobre la Generación poética de 1927″en Son Armadans, núms.32-33, noviembre-diciembre de 1958, recogido después en el libro Los límites del modernismo. Pero sí resaltar que esta pléyade de poetas es conocida por el acto celebrado en 1927 en el Ateneo de Sevilla para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Góngora, inmortalizado con una fotografía en la que podemos ver a Dámaso Alonso (“se depositó sobre las sienes ruborosas de Dámaso Alonso una auténtica corona de laurel”), García Lorca, Gerardo Diego, Jorge Guillén y Alberti. Después se unirían Vicente Alexandre, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados. En el número uno de la revista Verso y Prosa aparece por vez primera los que conforman «La Generación».

 Los poetas tuvieron conciencia del momento en que vivían, pero admitieron el magisterio de Juan Ramón Jiménez y las influencias de los Cancioneros, el Romancero, Juan del Encina, Gil Vicente, Manrique, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Fray Luis, Lope de Vega, Góngora, Bécquer, Machado, Rubén Darío, el poeta francés Valery o el anglosajón T. S. Eliot. Los inicios poéticos estuvieron marcados por Juan Ramón Jiménez y Bécquer; es lo que la crítica ha denominado “la poesía pura” (Es lo que inmortalizó León Felipe en sus versos “Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía, / eso / será la poesía”).

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Ensayo

Novecentismo y vanguardias 2

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Tanto el Novecentismo como las vanguardias contribuyeron de forma esplendorosa a difundir la literatura en unos años convulsos y revueltos como fueron los de la primera mitad del siglo XX.

La nueva literatura rompía unos moldes y preconizaba otros