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Hoy, no

Solo una sonrisa mañanera

cuando la luz no termina nunca,

llegabas, henchida de juventud,

de plenitud, cada miércoles.

Hoy, no.

¡Qué miras!, me decías.

¿Recuerdas? Tus ojos se

clavaban; tu mirada penetrante

lo inundaba; buscaba la palabra

verdadera, el aroma de la lucidez.

Tú que fuiste luz, cirio

esplendente; vuelves la espalda,

y te vas, también, ¿hacia la luz?

Me dio miedo,

miedo a perderlo todo,

a no extasiarme con tu sonrisa,

qué importa tu figura,

cuando respiras anhelo, alegría, primavera.

No digas adiós

it´s better so long, so long

like the holy tree

Personales

Hoy es tu día

Desde muchos kilómetros

nuestras felicitaciones

para esas 98 primaveras.

Tú que nos acariciaste

y miraste con esperanza

a nuestros ojos,

te devolvemos nuestras

miradas llenas

de gratitud, de generosidad.

A ti que cincelaste con

tu forma de ser

nuestro camino, henchido

de verdad, solidaridad,

de libertad.

Solo recordamos luz

en nuestra educación,

que hemos derramado,

también, a los nuestros.

Tu nombre, Antonia,

esmaltado en nuestras

mentes.

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Un hombre culto, un hombre bueno

Al evocar la muerte de Jorge Semprún me viene  a la mente las palabras solidaridad, testimonio, libertad; pero, al mismo tiempo, creación literaria. Escritor y buena persona no siempre se ensamblan; en Jorge Semprún se dan la mano.

Hace ya mucho tiempo, en la época de estudiante, compré y leí con fruición Largo viaje; y después Aquel domingo. Me impresionó cómo relaciona lo cultural, lo ético e histórico. En mis libros Literatura y Periodismo, hoy (2000), y Literatura y Periodismo en el siglo XXI (2011) hago referencia a esas novelas como paradigma de cómo la literatura te puede enseñar tanto. De cómo un escritor con una experiencia asombrosa puede hilvanar el problema existencial en el que nos desenvolvemos.

Encabecé estas líneas con dos adjetivos. No lo conocí personalmente, pero su escritos y su oralidad portentosa me hacen describirlo como una persona culta, y la imagen que siempre percibí fue también la del adjetivo bueno. A veces no damos importancia a las grandes voces que tenemos en nuestra literatura; el hecho de que fuera un republicano exiliado es una virtud. La Academia de la Lengua Española (castellana), como tantas veces, no estuvo atenta.

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«Cuenca, de piedra ruda, / fue la fuente tallada

en el desierto lento de la vida«.

Entrecomillo los versos porque me han venido a la memoria, pero no sé a quién pertenecen. A mi memoria, de vez en vez, acuden ideas, versos, frases que aprendí en el bachillerato. Era cuando me hacían aprender de memoria sonetos, tercetos, cuartetos, y después como práctica teníamos que hacerlos nosotros. Era cuando no se conocían «apuntes», sino libros de textos, libros de lectura, y el profesor explicaba, no dictaba. Nos hacían ver la literatura como vida, y toda lectura nos debía conducir a la escritura.

La universidad fue un desencanto; guardo todavía la carta que se hizo y que se repartió por la Facultad al terminar el 5º año de Filología Hispánica. En otro escrito he hecho referencia. El verdadero estudio filológico lo inicié cuando ya tenía la titulación.

Tal vez los versos anteriores tengan alguna relación con el poeta conquense Federico Muelas, pero por mucho que busco en su poesía no los encuentro, por eso sí voy a nombrar el terceto de un soneto con que el poeta la homenajea: «¡Cuenca, cristalizada en mis amores! / Hilván donde al aire del lamento. / Cuenca cierta y soñada, en cielo y río».

No podía pasar la oportunidad  de un canto a esta ciudad ensoñadora, acogedora, vital y existencialista, después de mi participación en la XXIV Carrera Popular del Huécar, 5 de junio, 2011. El olor a piedra, a flores primaverales,  a sombra, a sol, a agua límpida, a huertos, a desfiladero, te anima a proseguir una carrera que exige voluntad, esfuerzo, para llegar  a la meta como algo necesario que te pide el espíritu. Alegría que uno siente cuando ya vas coronando el kilómetro doce y ves cerca la cota; es indescriptible, la otra cara del esfuerzo humano. Sabes que después tienes una bajada de 2 kilómetros empedrados, y el último kilómetro con al ansia de llegar y los aplausos del público te cuesta más porque no sabes si un tirón, una caída puede dar con todo al traste después de  hecho lo más difícil.

Vine encantado de Cuenca; no en vano recibe el nombre de «Ciudad encantada». El año que viene estaré, de nuevo, en la salida.

Novela

Las olas

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He vuelto a leer Las olas de Virginia Woolf. Ahora con más detenimiento, con más profundidad, y, quizá, con más conocimiento. Estas líneas son un canto para una gran mujer, una gran escritora y, en definitiva, para la literatura hecha carne, hecha de trozos de cielo.

¡Cuántas veces me ha venido a la cabeza aquella anécdota que me ocurrió en clase de tercero de carrera, hace  ya algunos años, cuando una alumna, hoy famosa, me pidió desde las últimas mesas que por qué no les hacía un resumen de la obra, en medio del debate que ya se había iniciado! Contrariado por la pregunta contesté: – «Señorita, le recuerdo que está usted en la Universidad». Añadí después que la expresión «de qué va» no cabe en un/a universitario, y  prosiguió el debate.

¡Qué poco hemos avanzado, todavía, en pleno proceso de Bolonia! Los/as alumnos se preocupan por los apuntes, por los resúmenes de las obras, cuando es todo lo contrario lo que se debe hacer para una verdadera formación; no tienen seguridad que esta metodología les vaya a formar; desde luego más que la otra, seguro.

Al hilo de todo esto, recuerdo con añoranza fructífera la carta que se escribió, una vez terminamos 5º de Filología Hispánica y que se repartió por la Facultad cuyo encabezamiento fue: «Carta abierta de los alumnos de 5º de Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid (Complutense). Al resto de nuestros compañeros, profesores, y opinión pública». Transcribo algunos párrafos: «Hace ya cinco años, iniciamos aquí, en esta Facultad de Filosofía y Letras, nuestros estudios, con pocas esperanzas y no ausentes los recelos. Hoy, al cabo de los cinco años, desaparecieron las esperanzas y los recelos se convirtieron en certezas: lo que pacientemente hemos aprendido en tanto tiempo queda diluido en la inoperancia de todo aquello que es ajeno a la cultura y a la vida».

La carta es extensa, y al releerla se me nublan los ojos, pero no por el tiempo transcurrido, sino por las verdades que encierra. Aquí va otro párrafo: «Del pensamiento crítico contemporáneo, nada nos ha llegado (salvo otra vez, pocas excepciones), y la única alternativa a la ignorancia es la audacia de haberlo superado todo, de estar ya de vuelta de todo. Parece que se trata de pasar el tiempo, de llenar el expediente, de aprender durante cinco años por impregnación de las paredes de esta Facultad que hoy no impregnan precisamente sabiduría».

Estos párrafos de la carta son un recuerdo,  una reflexión por si puede ayudar a los miles de alumnos/as que se están formando para que aprovechen el tiempo. El himno de la juventud,  en este sentido, es nítido, que se canta al principio de curso y al final. Hagámosle realidad. Te invito a que reflexiones con la primera y última estrofa:Gaudeamus igitur, / iuvenes dum sumus. / Post iucundam iuventutem, / post molestam senectutem, / nos habebit humus.   (…). Alma Mater floreat / quae nos educavit, / caros et  conmillitones / dissitas in regiones / sparsos congregavit.