Teatro

Cincuenta años de Els Joglars

El día 1 de noviembre de 2011 se cumplen cincuenta de la creación de Els Joglars. Enhorabuena por habernos hecho reír, llorar, pensar, soñar; por esa creatividad tan ajena a la convencional.

De todos los grupos teatrales que han recibido el adjetivo de independiente por el carácter transgresor que acarrean sus representaciones en los últimos cincuenta años, destaca Els Joglars. Público y crítica estuvieron de acuerdo en la fuerza dramática de sus representaciones. Nombre y éxito se hermanan en este grupo. Sin embargo, su director Albert Boadella declara que si bien no se considera injustamente tratado, cree que “no ha tenido la consideración exacta sobre lo que ha hecho”.  Se define como “un titiritero sin patria ni dios que complica la buena marcha de la sociedad”. Aunque el grupo se crea en el año 1961-A. Boadella, Antoni Font y Carlota Soldevila son los fundadores- es a partir de la década de los setenta cuando su nombre adquiere difusión. En un primer momento, se dedican a espectáculos de mimo.

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Poesía

José Ángel Valente: el poeta recobrado

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He terminado de leer Diario anónimo (Galaxia/Gutenber, 2011) de José Ángel Valente. En tiempos de tribulación no está demás acercarse a los poetas como confortación, como algo nutriente, y más si la escritura busca la perfección dentro del campo intelectual.

Son notas, trozos de una vida poética, que José Angel Valente comienza en el año 1959 y terminan con su muerte en el año 2000. Si algo llama la atención en el poeta es su heterodoxia, esta, aunque sea dificultosa siempre tendrá sentido. En su diario nos ha querido mostrar unos rasgos que podemos considerar como su autobiografía. A cualquier lector/a seguro que no se le escapa el dolor por la muerte de su hijo, acompañado de un infarto ante tanto sufrimiento («En las primeras horas del día 5, tuve un infarto»). El 27 de diciembre del mismo año se deja traslucir aún más su sentimiento( «Hoy, en el Beaubourg, la imagen de Antonio reapareció con terrible intensidad»).

He aquí algo más que una querencia que, a veces, se nos escapa cuando queremos escribir sobre alguien. Si antes se refería al hijo, también hallamos en estas páginas el pensamiento, que a mí me sobrecoge: «Coral si alguna vez lees esta página, cuando yo ya no esté, sabes que te quiero». Se refería a su compañera. Claro que es mucho mejor, que se piense que alguien te quiso, una vez fallecido; es más poético, pero también más sincero. Ahí se juntan lo claro, lo nebuloso, lo invisible.

La injusticia siempre está ahí acechando. Cómo no recordar, cuando fue eliminado «a las primeras» en el premio Cervantes. El jurado tuvo sus preferencias, y no la valía, el mérito de su poesía; el haberse entregado plenamente a libar la palabra, a sacar el mejor tú, a estar en las lindes de lo difícil, a no entender la literatura como negocio.

Su nota «Art… the one way possible / Of speaking truth, to mouths like mine at least», lo dice todo (recogido de Robert Browning). Sin fecha, en el año 2000, cita a Roland Barthes: «Es escritor aquel para quien el lenguaje crea un problema, aquel que siente su profundidad, no su instrumentalidad o su belleza».

Esperó su final tranquilo, seguro que no cantando, pero sí con pleno conocimiento (» Lenta, muy lenta, muerte, en la belleza / tan lenta del otoño./Si esta fuera la hora/ dame la mano, muerte, para entrar conmigo / en el dorado reino de las sombras»). Su sombra poética nos cobija, nos reconforta, nos insta a pensar que el mundo no busca la verdad, el conocimiento; va por otros derroteros que nada tienen que ver con su poesía, con ese humanismo tan propio de las personas.

José Ángel nos dio ejemplo con sus reflexiones sobre la palabra poética en una sociedad que huye, descentrada. Su diario me ha servido, otra vez, para la ensoñación, para buscar los escondrijos, para sentirlos, para obviar la vacuidad, para ser más persona, para vivificar la interiorización.

Novela

El nuevo lector: otra vez, Madame Bovary 9

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En esta página «web», en el apartado «blog», me he adentrado en mujeres que han sentido esa gran palabra con que Don Quijote contesta, en una ocasión, a Sancho: libertad; y, sin embargo, en un  principio, las mujeres han sido señaladas, apartadas, segregadas, precisamente por ser mujer. ¡Qué desatino para los que todavía distinguen, juzgan por el sexo! Todavía en su mente no han anidado la palabra «persona», que evoca más, que une, que nos conduce a lo que somos: humanos.

Los de siempre se escandalizaron de la novela Madame Bovary de G. Flaubert. No falta detallar, si me sigues leyendo, a lo que me refiero cuando escribo «los de siempre». Seguramente por ese rechazo, la novela adquirió más acrecentamiento en su día. He vuelto a leerla y he sentido un sabor distinto, placentero, saludable, envolvente, y dejando atrás el latiguillo que con fue bautizada en el siglo XX: como precursora de la liberación de la mujer. Esta idea en sí, hoy, me parece huera. Estoy más por la actitud que toma el personaje más allá de su condición. Evidentemente que fue valiente con su forma de proceder en una sociedad opresora en las relaciones humanas. Pero lo que está mal, está mal en todo tiempo y lugar. No vale decir es que eran otros tiempos. La sociedad la formamos los humanos, y la libertad de pensamiento ha sido cercenada desde tiempos remotos porque molesta a los de siempre, aquellos que quieren que la gran mayoría seamos genuflexos, que seamos rebaño.

Sinceramente, a mí no me importan las clasificaciones tanto del autor como de la novela; lo primordial es si hoy me sirve para mi formación, para mi manera de ser. Qué más da que a Flaubert se lo sitúe al lado de Zola o Maupassant, o que la novela se la encuadre dentro del movimiento realista del siglo XIX. Es más, creo que ni siquiera al autor le interesaba. Lo que quería es contar unos hechos.

 La mujer es entronizada en la novela del siglo XIX; es la protagonista. El adjetivo infiel es negativo por lo que deberíamos buscar otro más acorde con los sentimientos que germinan en las personas, porque el problema se plantea de distinta forma si el hombre es infiel, casi se oculta.

Desterremos, por tanto, ese adjetivo con que se ha bautizado a todas las “Emmas” de la literatura universal. Y menos, todavía, cuando algunos recurren a la expresión “mujer fatal”, que sirve de reclamo y, por tanto, de perdición para el hombre. Estas ideas deben ser abolidas de nuestro diccionario.

De nuevo, la literatura es el arroyo corporal, el que nos invita al goce; esto en sí sería más bien vitalidad, no una perdición. Quizá sea el miedo a ser nosotros, y, sobre todo, a que la mujer sea.

Personales

Botella al mar 1.1

El faro del mar me ha comunicado que la botella ha sido recogida. Por una parte, alegría, pero, por otra, reflexión e inquietud. Me hubiera gustado la tardanza de años; quizá me precipité y la lancé en plena luz; pero quién sabe, el mañana no está escrito, pero ya no puede ser igual por lo que habrá que proseguir ante una realidad que te atosiga, que te persigue, te persuade. El secreto se ha deshecho mucho antes de lo esperado.

Contento, también, de que está ahí, que no ha abandonado el lugar ni el recuerdo, que las cumbres se han revestido de belleza, de canto, de querencia viva. Es que si no soñamos, ¿qué nos queda? El verso de Yeats «Be still» / Be still, solo sirve para mantener las raíces, lo sagrado; pero, conviene, de vez en cuando que el árbol se agite, aunque permanezca el sustrato, sin él vana es la esperanza.

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El nuevo lector: de la narrativa romántica al realismo en Europa 8

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El inicio de una nueva Edad de Oro en la novela tiene una fecha, un nombre y una novela. Este planteamiento corresponde, sin duda, a Benito Pérez Galdós con La Fontana de oro (1870). Aunque siempre se ha escrito y hablado de las tres grandes figuras de la estética realista -Galdós, Valera y Clarín-, sin embargo, no seríamos equitativos si no nombramos a Emilia Pardo Bazán, Pedro Antonio de Alarcón, El Padre Coloma, José María Pereda, Armando Palacio Valdés y Vicente Blasco Ibáñez. Este es el cuadro de honor de nuestro realismo decimonónico que tanta gloria dará a la novela española, no sólo en España sino en el mundo.

Leopoldo Alas «Clarín» propuso el año 1868 como origen de una nueva época de la novela española. En palabras del escritor: «Y es que para reflejar, como debe, la vida moderna, las ideas actuales, las aspiraciones del espíritu presente, necesita este género más libertad en política, costumbres y ciencia, de la que existía en los tiempos anteriores a 1868. Es la novela el vehículo que las letras escogen, en nuestro tiempo, para llevar al pensamiento en general, a la cultura común, el germen fecundo de la vida contemporánea».

BENITO PÉREZ GALDÓS. Es el novelista por excelencia de la novela del siglo XIX. Mucho se ha escrito y, posiblemente, se escribirá de la obra de quien ha sido considerado el más grande novelista después de Miguel de Cervantes en lengua castellana/española. Aserto que es contemplado por algunos como desmesurado. Pero sin entrar en la polémica, su obra sigue viva y sus lectores cada día se reproducen; por consiguiente, la obra galdosiana no ha envejecido, y muchos de sus escritos si se leyeran sin anteojos, incluso por algunos a quienes les han puesto el peto de galdosianos sin apenas haberlo leído, se observará que tienen plena vigencia, y, sobre todo, se olvida el fin didáctico y el compromiso ético que subyace en todo lo que escribió. Sin esta premisa difícilmente podremos asimilar lo que ha sido una constante en toda su obra literaria: La preocupación y el análisis de la realidad.

Inmerso, pues, en la sociedad, Pérez Galdós no duda en el tema. De ahí que se decante en un principio, por dos novelas eminentemente históricas –La Fontana de Oro y El Audaz- pero que tienen un aserto en la sociedad que le ha tocado vivir. Galdós pergeña la defensa de una novela realista española que responda a las exigencias del momento histórico y que, al mismo tiempo sea portavoz de la burguesía naciente, y, a la vez, reflejo de los problemas más acuciantes  que observa. Galdós sajó, con habilidad, aquella sociedad que él también conocía. A ella se acercó con el propósito de diseccionarla. Cual Diablo Cojuelo quiere ver las capas sociales madrileñas; asomarse, en suma, a la ínfima pobreza de seres henchidos por el desconsuelo y la marginación.

Para comprender la sociedad contemporánea hay que estudiar su pasado. De ahí el objetivo primordial de sus dos primeras novelas La Fontana de Oro y El Audaz. Con ellas pretende rehumanizar la Historia, y propende a la Historia porque ve en ella el trampolín que le servirá de engarce con la realidad que observa. No suficiente con esto, Galdós piensa en qué tipo de novela puede ser idónea para reflejar y proveer a esa sociedad surgida de 1868. De ahí que dibuje el panorama político y social en Doña Perfecta, Gloria, Marianela, La familia de León Roch, sin olvidar Rosalía, que no publicó en vida.

En su plenitud novelesca arranca con La desheredada, que supone una aceptación de la técnica naturalista y que proseguirá con El amigo Manso, El doctor Centeno, Tormento, La de bringas y Lo prohibido. Con estas novelas, Galdós comenzaba su tercera manera de narrar, donde desaparece la novela de tesis y, por consiguiente, los diseños mentales.

El cuarto estrato narrativo está configurado por la progresiva interiorización individual de los personajes; pensemos en Fortunata y Jacinta, Miau, La incógnita, Torquemada en la hoguera, Realidad, Ángel Guerra, Tristana y La loca de la casa. En su andadura novelesca prosigue con la interiorización exaltando la voluntad de vivir, pero desde la realidad para llegar a rebelarse contra el destino. Este período correspondería a Torquemada en la Cruz, Torquemada y San Pedro, Nazarín, Halma, Misericordia y El abuelo. Con estas novelas consigue encerrarse en una nueva forma: «el espiritualismo«. Y finalmente se aferra a su técnica y se encamina hacia el sueño de la realidad con Casandra, El caballero encantado y La razón de la sinrazón.

Todo esto no puede ser considerado como una suma de sucesos o conflictos, sin más, que pululan por doquier. Es algo más. Es una fe que abarca el campo inmenso de la realidad española. «Lo contrario -como apunta María Zambrano, pues, de ese nadismo o niquilismo que se esconde bajo el llamado realismo, bajo el naturalismo -aunque no todo- , y tanto más raro porque no se declara ni expresa por separado».