Personales

Otra vez en la Hoz del Huécar

¡Por fin hubo luz!; se temió que este año “por quítame estas pajas” no se celebrara la carrera, ya santificada, “Hoz del Huécar”. La alegría fue enorme cuando entre los/las atletas saltó un fogonazo, que sí, que sí, que se celebra, después de que durante más de un mes apareciera que no había carrera. Del desencanto pasamos a lo celestial.¿Cómo nos iban a cortar las enamoradizas hoces con sus parajes, el bajar del agua-ese runrún inconfundible-, el encanto con que trepas, sudoroso pero altivo ante un paisaje acogedor que invita a la contemplación, a  adentrase en un paraíso que enaltece? Este trece de mayo de 2018 quedará en nuestra mente porque el “no” se convirtió en “sí”. Tuvimos que esperar demasiado para volver a la flor de  senderos. La menos participación   sin duda ha sido debido a que se propaló “urbi et orbi” que no había. Me viene a la mente el último verso del Romance del prisionero: “¡dele Dios mal galardón!”

Este año con un tercio menos de participantes-se percibió en los hoteles y en las compras que solemos hacer- asaltamos, otra vez, los cielos de Cuenca. En alguna ocasión he manifestado que hay dos carreras que te impregnan, te purifican, te glorifican: la Hoz del Huécar y la Behobia-San Sebastián. Sin ellas, te falta algo. No necesitan publicidad, la transmitimos de boca en boca los que participamos. Son, simplemente, únicas.

Alicortas e injustas serían estas líneas si no diera gracias mil cuando alguien en alta voz me lanzó ¡ánimo, profesor! durante la carrera, y  ya en la recta alfombrada final para llegar a meta ante el griterío de la gente alguien susurró ¡vamos Rebollo! entre acogedores aplausos. Evocando al poeta habrá que volver la próxima primavera a “Cuenca cierta y soñada, en cielo y tierra”.

El poeta Federico Muelas enalteció a Cuenca con un soneto ya famoso:

Alzada en limpia sinrazón altiva
–pedestal de crepúsculos soñados–,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?

¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.

Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.

¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.

Está esmaltado en el jardín de poetas.

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Vista del puente san Pablo y parador de turismo. Antiguo convento de los PP.Paúles.

Ensayo

La lámpara maravillosa

La lámpara maravillosa, cien años después. Homenaje a Valle-Inclán

Félix Rebollo Sánchez

La sacralización de la belleza fue algo inherente a Valle-Inclán: “No olvides que la última y suprema razón que todas las cosas atesoran para ser amadas, es ser bellas”. Mucho antes, J. Keats plasmó para su acuñación: “La belleza es verdad; la verdad es belleza”. ¡Qué lejos estamos cuando el mundo está regido por el deseo de poder, la codicia y la maldad; precisamente esta lámpara al igual que el cirio pascual de los cristianos está llamada a ensalzar la belleza, pero también a dónde nos puede conducir la maldad que no es otro que a lugares infernales.

La fusión del arte y la vida, tal pretende Valle-Inclán, como ráfaga de luz para asimilar su obra, incluidos los famosos espejos de la calle Álvarez Gato de Madrid. Somos peregrinos que caminamos hacia la luz como nos recuerda en “Gnosis”: “Hermano peregrinante que llevas una estrella en la frente, cuando llegues a la puerta dorada, arrodíllate y medita sobre estas palabras de san Pablo: si quis inter vos videtur sapiens ese, stultus fiat, ut sit sapiens”.

“El anillo de Giges”, “El milagro musical”, “Exégesis trina”, “El quietismo estético” y “La piedra del sabio” constituyen una arqueología filológica base de la producción valle-inclanesca; son las partes de La lámpara maravillosa; obra que casi no se cita y sin embargo es el arroyo que recoge toda su obra. La similitud de los cinco capítulos-secuencias es chocante.

Sus ideas estéticas están remozadas de espíritu paulino o, tal vez, ignaciano si tenemos en cuenta el subtítulo del libro Ejercicios espirituales. La lámpara maravillosa comienza con “Gnosis” al que se puede denominar pre-liminar; es el anticipo de todo un conocimiento que nos lleva a la sabiduría. En la última glosa no tiene dudas: “Peregrino sin destino, hermano, ama todas las cosas en la luz del día, y convertirás la negra carne del mundo en el áureo símbolo de la Piedra del Sabio”. Son cuarenta y tres que se reparten en siete, diez, nueve, diez, y siete de similar extensión. Todas impregnadas de lo existencial, principio para adentrarnos en la creatividad, donde el gozo es palabra, y esta perfección suma; así Valle concibe lo estético, la cumbre, el paraíso filológico; pero, nos advierte de que el camino es tortuoso, aunque nos invite a realizar la experiencia como purificación para alcanzarlo, lo que importa, la luz que es bien, amor, dicha.