Teatro

Lope de Vega en el candelero. Barlaán y Josafat entre manos

Solo los alicortos no admiten que «cielo y tierra» supo como nadie esmaltarlo en las letras universales Lope de Vega, que tanto pululó en el siglo XVII. La poesía y el teatro se aúnan y todo quedó genuflexo ante el poderío del «Fénix».

No conocía esta obra; al tener noticias de su publicación, raudo me la leí para recordar, para saborear la poesía, el drama hechos carne, perfección, sabiduría como nadie ha sabido enaltecer. Cuando terminas la lectura quedas obnubilado, como en suspenso ante tanta belleza y verdad. Es el homenaje que podemos hacer a este «monstruo de la naturaleza» como lo denominó Miguel de Cervantes. Que se vayan publicando las obras de Lope es un acontecimiento que nos tiene que enorgullecer, más allá de las tonterías que hablan de él ,de oídas, sin que se perciba que hayan leído algo. En España es muy común, incluso entre los que se dedican a la docencia.

En Lope de Vega todas sus obras están encima del celemín; la crítica ha recibido a Barlaán y Josafat como «excepcional»; «de una calidad apreciable», «at de front ranks o his comedias de santos», pág. 13. Todas las obras alumbran, y esta no iba a ser menos, y así lo notamos según desgranamos la vida de Josafat hasta conseguir la fe cristiana, partiendo de la leyenda del príncipe que sale al mundo a contemplar el dolor, la enfermedad y la muerte. No se trataría sin más de una purificación sino al hecho de decidir en cada momento con todo lo que conlleve. El dramaturgo se vale de la historia proveniente de la India y su llegada a Europa. Según podemos leer en la contraportada del editor es «la versión más fidedigna posible a los deseos de su autor».

Por otra parte, esta obra se puede encasillar bajo el paraguas de «las comedias fundadas en leyendas o tradiciones devotas, que no tienen valor canónico, ni histórico, ni hagiográfico» con todos los matices que queramos, sobre todo con esta obra. Quizá está en lo cierto la versión que Menéndez Pelayo nos dejó: «es una traducción digna, a la verdad, de estimación por lo apacible y gallardo estilo, no desemejante del que mostró su autor en otras obras de entretenimiento». Con todo, el gran Menéndez Pelayo se queda corto una vez terminas de leerla.

En los versos iniciales del acto primero ya se percibe la capacidad de decisión, la libertad de las personas («En mayor engaño estás, /porque si toda mi vida /me tiene la vida encerrado / ¿por qué culpa hubiera dado / más castigo a un homicida?». La reflexión es nítida: se le ha enseñado que hay un Dios, autor de dos mundos. En estos primeros versos observamos una queja por su reclusión, e inmediatamente se van deslizando las razones por las que su padre mandó encarcelarlo hasta que se le dice («no digas que yo te he dicho / la causa de haberte puesto / la prisión en donde vives, / pues que por mejores medios / le persuadirás que mande / que salgas a ver el cielo»). Tras el diálogo entre el rey y el hijo obtiene la libertad añorada. No sin antes advertirle («¡Ay, hijo, y cuánto me cuestas / de cuidado y de temor. // Pero también era justo / que vieses lo que has sabido / por relación, aunque ha sido / para mí de tal disgusto»).

Las descripciones de las calles en las que ya se encuentra Josafat («¿Esto es tierra? ¿Esto es ciudad?», y el asombro de este, de todo lo que ve, como mercaderes, sastres, plateros, freneros, pintores, («¿Qué son estos que trabajan? / al fuego con tanta fuerza?», etc., y las referencias que realiza del cielo, la tierra; las plazas constituyen para el personaje lo idílico; algo que se le escapa, que no podía entender cuando choca con esa realidad imprevista. Llama la atención el diálogo entre Josefat y un librero («Este quién es?» // Un poeta / ¿Quién es? // Quien canta / de los dioses las grandezas, / de los hombres las batallas). Hasta pregunta por morir ( ¿»Qué es el morir?» // Es un cesar de vivir; esto, señor, no sabéis?». Y así se llega a la distinción entre alma y cuerpo ( » Y el alma tiene otro ser / donde eternamente vive»).

Es en el acto segundo en donde se desarrolla la instrucción de Josafat desde la creación del mundo, las pautas del antiguo y nuevo testamento, la vida de Jesús y sus apóstoles, cómo se fundó la iglesia- «sucediendo a Cristo Pedro»-, para al final convencer a Josefat de la necesidad de creer en Dios y como plataforma el cristianismo para llegar a poseer la fe y alcanzar el cielo («Dame el bautismo, señor, / pues que ya me has enseñado»). Tras un duro diálogo entre Josafat y el Rey-su padre-, toma la decisión de renunciar al reino y retirarse a un yermo, a una cueva, a ese monte mudo y solo como dirá en el acto tercero («Y yo ruego / al cielo te dé el castigo / de menospreciar mi ruego»).

Al final, el Rey pronuncia: «Sin duda, amigos, que Cristo / es el verdadero Dios»). Josafat lo resume: la muerte del rey, su conversión al cristianismo y el bautizo de todo el pueblo: «conoció al Dios verdadero / y admitió la ley de Cristo. / A mi ejemplo habéis tomado / todos el santo bautismo, / y de la fe y Evangelio /estáis todos instruidos». Es el momento de dejar el cetro a Baraquías, que a su vez contesta: «El cielo / oiga / los tiempos suspiros / de tu pueblo».

Es en el acto tercero cuando se encuentran en el monte Josafat y Barlaán ( » ¡Mi padre, gracias a Dios / que en este monte nos vemos!»). Ambos se bendicen y le cuenta que su padre, el Rey murió, heredó el reino y lo dejó a quien sabrá reinar. La respuesta fue inmediata: «Grande ha sido tu valor; / no me acabo de admirar». En realidad estamos ante una exaltación del cristianismo y la vida retirada, lejos del mundo y sus placeres; es exactamente lo que se colige en el apéndice-acto tercero. Son las obras y la fe las que lucen. Josafat que abrazó el cristianismo lo aclara: «Pues, padre, en eso me fundo, / de lo he de hacer me advierte; / que viendo cerca la muerte / ¿qué valen reinos del mundo?». Y después solazarse con la naturaleza: «Aquí sin libros quiero / entretener los días, / que libros son las hojas de las flores / adonde hallar espero / altas filosofías / en la diversidad de sus colores».

El saber y la ciencia juntos sin que se nos aclare el fundamento existencial que potencie una forma de vivir con alegría y el más allá nos acoja sea cual sea la transformación necesaria. Esos dos mundos entrevistos en la obra el infierno y el paraíso no son nuevos pero están como aleteando siempre: «Esta es la bella ciudad / que a los justos se apercibe, / donde la justicia vive / y reina la castidad». Después el infierno que tanto se teme: «¡Ay en cuanto mal me veo / preso por tiempo infinito / por contentar mi apetito / y dar rienda a mi deseo¡», pág. 266. También lo sobrenatural, como apunta el editor, se contempla o nos hace llegar esa forma de levitación-pág.23-, en varios momentos de la obra. La grandeza de Lope estriba en haber sabido hilvanar tierra y cielo, lo natural y sobrenatural con un lenguaje preciso, impregnado de hermosura.

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Lope de Vega, F., Barlaán y Josafat. Madrid, Cátedra, 2021

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Personales

Otra vez en la Hoz del Huécar

¡Por fin hubo luz!; se temió que este año «por quítame estas pajas» no se celebrara la carrera, ya santificada, «Hoz del Huécar». La alegría fue enorme cuando entre los/las atletas saltó un fogonazo, que sí, que sí, que se celebra, después de que durante más de un mes apareciera que no había carrera. Del desencanto pasamos a lo celestial.¿Cómo nos iban a cortar las enamoradizas hoces con sus parajes, el bajar del agua-ese runrún inconfundible-, el encanto con que trepas, sudoroso pero altivo ante un paisaje acogedor que invita a la contemplación, a  adentrase en un paraíso que enaltece? Este trece de mayo de 2018 quedará en nuestra mente porque el «no» se convirtió en «sí». Tuvimos que esperar demasiado para volver a la flor de  senderos. La menos participación   sin duda ha sido debido a que se propaló «urbi et orbi» que no había. Me viene a la mente el último verso del Romance del prisionero: «¡dele Dios mal galardón!»

Este año con un tercio menos de participantes-se percibió en los hoteles y en las compras que solemos hacer- asaltamos, otra vez, los cielos de Cuenca. En alguna ocasión he manifestado que hay dos carreras que te impregnan, te purifican, te glorifican: la Hoz del Huécar y la Behobia-San Sebastián. Sin ellas, te falta algo. No necesitan publicidad, la transmitimos de boca en boca los que participamos. Son, simplemente, únicas.

Alicortas e injustas serían estas líneas si no diera gracias mil cuando alguien en alta voz me lanzó ¡ánimo, profesor! durante la carrera, y  ya en la recta alfombrada final para llegar a meta ante el griterío de la gente alguien susurró ¡vamos Rebollo! entre acogedores aplausos. Evocando al poeta habrá que volver la próxima primavera a «Cuenca cierta y soñada, en cielo y tierra».

El poeta Federico Muelas enalteció a Cuenca con un soneto ya famoso:

Alzada en limpia sinrazón altiva
–pedestal de crepúsculos soñados–,
¿subes orgullos, bajas derrocados
sueños de un dios en celestial deriva?

¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.

Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.

¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca cierta y soñada, en cielo y río.

Está esmaltado en el jardín de poetas.

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Vista del puente san Pablo y parador de turismo. Antiguo convento de los PP.Paúles.