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Mañana, primera clase de teatro

Intentaré explicar el programa. Lo que realizaremos en el semestre, que partirá de la frase «El teatro espejo de la historia», una perspectiva que debe abarcar algo más que el texto literario y lo escénico para aposentarse en un instrumento poético de conocimiento que nos lleve a la transformación de la sociedad, carcomida por tantos males. La frase hay que transportar los poetas al teatro  no es huera ya que tiene su guarida en Aristóteles.

Siempre me llamó la atención el texto shakespereano «Let them be wel used, for they are the abstracts and brief chronicles of the time», referido a los cómicos, a los que llevan a las tablas lo que observan en la realidad. Hay que dar espacio a la verdad.

Como saludo, ahí va este romance:

Al alba venid, buen amigo,
al alba venid.
Amigo el que yo más quería,
venid al alba del día.
Al alba venid.
Amigo el que yo más amaba,
venid a la luz del alba.
Al alba venid.
Venid a la luz del día,
no traigáis compañía.
Al alba venid.
Venid a la luz del alba,
no traigáis gran compaña
Al alba venid.
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Defensa del estudiante y de la Universidad

El título es del  «poeta-profesor» o como le denominó Jorge Guillén: «el enfermo del mal de Flaubert», que no es otro que el poeta del amor: Pedro Salinas. El autor de La voz a ti debida.

Sesenta años después de su muerte, no está de más recordarlo, y más ahora que estamos comenzando, de nuevo, otro curso. Acabo de terminar de leer dos textos inéditos con el título con que encabezo estas líneas. No hace falta añadir la belleza con que enhebra sus pensamientos, más allá de que discrepemos o no de las ideas que vierte. Aunque los textos se remontan a los años cuarenta, parece que son de plena actualidad.

Los textos rememoran la lucidez del conocimiento, como premisa primordial, pero, también el espíritu crítico con que aborda la realidad de la época que le tocó vivir. Hoy, que estamos de cambio en lo referente a la formación universitaria, quizá sería conveniente que leyéramos estos pensamientos por si encontramos esa luz que a veces nos falta a los docentes, y no por ganas. Las delicias de la docencia tienen que  reflejarse en la existencia  Por tanto estamos ante no solo lo vital sino también ante una reivindicación moral. El poeta nos conduce hacia la función de la universidad, que no debe quedarse solo en la inserción en el campo laboral sino que tiene que trascender hacia esa interiorización personal en las relaciones con los demás. Textualmente dice Salinas que el estudiante debe formarse «en la Universidad para el mundo. Y debe hacerse para el beneficio de los grandes valores humanos, verdad, justicia».

Los hechos que evoca son tan nítidos que es una necesidad recobrarlos por si coadyuvan a los estudiantes que estos días ya pueblan la ciudad universitaria. Pedro Salinas pone el acento en que el estudiante se distinga de los demás «por tener la mira puesta en algo superior a una utilidad para él: en un ideal para sus prójimos, o para la ciencia. Que sea esto lo que le guíe».

Tener conciencia de la realidad, que el pensamiento sea la simiente de lo que un día germinará para dar los frutos; es el final de un camino, pero también el principio de otro que inicia, quizá más pedregoso para el que debe estar preparado.

Si la universidad no fuera el cofre en el que anidan las cosas más altas y nobles del espíritu existencialista, estaríamos abocados al fracaso. Por eso siempre insisto en los primeros días en que la universidad no puede reducirse a las clases; si fuera así estaríamos perdiendo el tiempo. Es mucho más. Siempre repito hasta la saciedad: «haz vida universitaria», que estos años ya no vuelven; pero sobre todo, la expresión «sé tú»; es el querer ser. El estudio nos tiene que servir para saber, no para acabar la carrera.El pensamiento, el conocimiento, como premisa capital para tener más contento.

Literatura y Medios de Comunicación, Uncategorized

Literatura y Periodismo 3

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 En 1836, Mesonero Romanos publica el Semanario Pintoresco Español, revista literaria, popular y pintoresca. Su propósito no era otro que la generalización de la lectura y el conocimiento de los usos y las costumbres del pueblo. No nos extraña que haya sido bautizada por la crítica como la revista que más contribuyó al conocimiento de España. Mesonero supo como nadie combinar el artículo de costumbres y la novela de costumbres.

            Mas cuando el Periodismo adquiere razón de ser -hasta tal punto que muchos críticos lo ligan como algo inherente-, es en el siglo XIX. En este siglo la difusión de la literatura a través del libro fue minoritaria. Un ejemplo nítido lo tenemos en la poesía culta; la prensa se convierte en el principal canal de propagación. Castelar lo sentía como algo fuera de  lo común (“no puedo menos de sentir un rapto de orgullo por mi siglo y de compasión hacia los siglos que no han conocido este  portento de la inteligencia humana, la creación más extraordinaria de todas sus creaciones. Todavía comprendo sociedades sin máquina de vapor, sin telégrafo, sin las mil maravillas que la industria moderna ha sembrado en la vía triunfal del progreso, ornada de tantos monumentos inmortales; pero no comprendo una sociedad sin ese libro inmenso de la prensa diaria”).

            Al principio, la lectura de la Prensa fue fervorosa. Incluso los analfabetos sentían la información como algo necesaria. Por eso tuvo importancia la lectura periodística en grupo, sobre todo para satisfacer al iletrato. Espigando, encontramos en La Época de 30 de julio de 1888 el juicio que emitimos: “Llegan a la villa, al pueblo, a la aldea; uno de los dos o tres que saben leer reúne en derredor a los que no tienen más ideas que las que el otro les trasmite; se leen los artículos o sueltos en los que se reniegan de todo, desde el Evangelio hasta la última Encíclica; se pone en evidencia y ridículo el orden sacerdotal, clero superior e inferior; se presenta como un personaje grotesco al cura de aldea y se diviniza al individuo, etc.”

            En el siglo XIX nítidamente encontramos, en la primera mitad, una prensa de opinión, sobre todo enmarcada en el factor político-ideológico como bien ha escrito María Cruz Seoane. Los partidos buscan en los periódicos los órganos de expresión. Sin embargo, en la segunda mitad, los que más se venden son los periódicos que tratan de información. Por ejemplo La Correspondencia de España, Las Novedades o El Imparcial. A partir de este momento, adquieren gran importancia los anuncios, que son los que mantienen, en gran medida las  publicaciones. También aparecen las secciones amenas y los reportajes, que unidas a las noticias ocupan el “corpus” del periódico.

            Como consecuencia de la transformación de la Prensa hacia una dependencia del público y menos de los partidos políticos, trajo consigo un periodismo literario y la propalación del folletín-novela, que fue  el paradigma de la Prensa. Las novelas por entregas se convirtieron en el motor de la difusión y la interrelación entre Periodismo y Literatura. No en balde, la segunda mitad del siglo XIX ha sido denominada como la época de oro del folletín en la Prensa. La avidez de los lectores por las noticias sensacionalistas eran parejas a las del folletín. Y en este siglo cobran importancia las colaboraciones de los grandes escritores, ya que complementan la labor de creación con el periodismo. Además, sus obras se editan por entregas. Pensemos en Pérez Galdós ¾el más grande novelista que vieron los siglos después de Cervantes¾, al que muchos acuden y pocos lo citan; en un primer momento se dedicó al periodismo, y probablemente, según parte de la crítica, las dotes de observador provengan del periodismo. Sin lugar para la duda, no sólo fue el periodista destacado con sus crónicas en el siglo XIX para las publicaciones periódicas, sino también el gran cronista épico de una sociedad española desgarrada por tantas causas.

Pedro Antonio de Alarcón, director de El Látigo en su época de estudiante, conservó su vinculación con el periodismo en su obra novelesca, al menos en lo estilístico. Leopoldo Alas “Clarín”, uno de los mejores críticos. En los diarios y revistas dejó su impronta didáctica, orientadora en el campo de la literatura y del periodismo. Sus “paliques” eran seguidos en los periódicos por miles de lectores, no sólo por su forma sino también por el espíritu que emanaban. Y cómo no, la siempre distinta Emilia Pardo Bazán, con esa agudeza con que escribía para cualquier medio.  Una forma clara y distinta de periodismo fue la fundación de El Imparcial, y, sobre todo, el suplemento literario Los lunes de El Imparcial en el que colaboraron todos los grandes escritores del momento.

            Pero traer a colación el siglo XIX y el Periodismo es nombrar a Mariano José de Larra. La importancia de la Prensa en el siglo XIX es capital. En 1835, Larra escribía:

 En todos los países cultos y despreocupados, la literatura entera, con todos sus ramos y sus diferentes géneros, ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de tiempo en tiempo. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Los hechos han desterrado las ideas. Los periódicos, los libros.

 Con estas ideas, Larra nos indica la importancia que adquiere la prensa durante el siglo XIX. La opinión pública quería participar en el hecho informativo. Esta eclosión periodística es debida a que el público se acostumbraba al artículo breve. El tiempo es fundamental para el lector. Esto da pie para que el escritor publique sus obras por capítulos en las páginas de los periódicos y de las revistas. Y como consecuencia surgen nuevos géneros literarios en consonancia con el periodismo, como el artículo de costumbre o la novela-folletín.

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La manipulación de la palabra

Con la palabra nos expresamos, sentimos, amamos, nos comunicamos y contamos historias; pero, también, sirve para cambiar la realidad cuando manipulamos deliberadamente los significados al transformar el sentido, por lo que podemos imaginar una nueva forma de vida.

            La política es muy dada a pintarnos paraísos, a convencer, bien a través de la palabra, bien a través de la publicidad, para que creamos. Se muestran como salvadores de todo. Aparentan ser servidores, pero con el paso del tiempo los tenemos que servir. Se presentan con las palabras más democráticas para el cambio de un régimen, pero, en el fondo, no creen en ellas. En la Historia observamos que hay políticos que subieron al poder por los votos obtenidos de los ciudadanos, y después se convirtieron en Dictadores, o tiranuelos de turno como a mí me gusta denominarlos.

            Palabras que han sido manipuladas: libertad y democracia son las más manipuladas. No olvidemos que el hurto de la palabra es un fenómeno lento, progresivo. Admitiendo que es difícil de manipular “libertad” o “democracia”, si las comparamos con la palabra “pueblo”. O cómo lo políticos juegan con el significado de “liberalismo” y libertad” cuando en el fondo son distintas. Los conservadores son muy dados a confundir ambos términos, al menos con los significados que hoy tienen, sobre todo el término liberal.

            Una palabra que cambia de significado, se la manipula dependiendo quien la pronuncie, es “justicia”. ¿De qué justicia se habla? Esta palabra se presta a múltiples definiciones, y, a veces, antitéticas. Pero, de la misma forma podemos hablar de la palabra “belleza”, sobre todo, si la encasillamos con una norma. La belleza no solo es un ornamento, es una categoría moral.

            El periodismo no es ajeno a la manipulación; es más, quizá sea, donde más se ha manipulado, aunque también ha servido para señalar a los manipuladores. Si comparamos los medios de comunicación españoles es muy fácil observar la manipulación descarada en lo económico, claro y en lo político. A veces, dan ganas de apagar la radio o no leer el periódico. De la televisión, mejor aparcarla.

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Literatura y comunicación audiovisual

Los últimos años del siglo pasado hemos observado cómo los avances tecnológicos se han desarrollado de manera considerable. Las emisiones no sólo se realizan desde el estudio sino también desde el lugar en el que se produce la noticia. Pero la revolución fundamental ha sido el “Inrternet” y los ordenadores, no sólo para la escritura sino también para la imagen y el sonido. Las formas de trabajar han cambiado enormemente. La literatura está inmersa en este cambio.

             Para algunos críticos la imbricación entre literatura y cine resulta evidente. Ramón Navarrete ve lógico que “se estableciera una conexión directa entre el cine y la literatura, desde sus inicios, ya fuera a base de las adaptaciones e incluso que los guiones estuvieran sustentados, en sus orígenes, en la narrativa”[1].

Hoy se habla sin sonrojo de cine literario o de literatura cinematográfica[2]. El escritor y periodista Manuel Rivas no lo duda al recordarnos que “nuestros sentidos, la percepción contemporánea están imbuidos por el cine, y la pátina de los ojos es celuloide, y los ojos son cámaras. Es normal que se produzca este idilio porque en los dos casos estamos hablando del sueño, de una atmósfera en la que participan la literatura, el cine, los cuentos orales, la música. Son hilos distintos de un mismo tapiz”.

Azorín con esa mirada escrutadora defendía que “el cine es literatura; si no es literatura no es nada”. El profesor Urrutia rastrea en los primeros balbuceos del cine y encuentra que “se emparentó en seguida con la literatura (…) El cine buscaba en su nacimiento los temas iniciales del teatro occidental”[3]. El paso de un género a otro, en este caso a la narratividad, lo vislumbró Griffith, que se dio cuenta de que el cine servía para contar historias, y, por tanto, había que recurrir al relato como género que más se acercaba a lo que se pretendía con el nuevo arte[4].

            También Zamora Vicente observa una “visión cinematográfica” en la renovación teatral de Valle –Inclán, en la que introduce técnicas para desarrollar la acción dramática como la discontinuidad y la fragmentación. Carmen Peña-Ardid nos señala que, a veces, olvidamos un punto de enlace “entre el cinematógrafo y la literatura (o la subliteratura: los textos publicados simultánea o posteriormente a los filmes de éxito popular. Alain y Odette Virmaux sitúan la aparición de los ´cine-romans´ en torno a 1910…”[5].

            El siempre recordado Pérez Galdós, al referirse al teatro y a lo cinematógrafo, reconocía en el año 1913, que “ a los espectáculos artísticos que tienen por principal órgano la palabra, les quita mucho público el cine, pero también que como indudable progreso científico, se perfecciona día a día, trayendo nuevas maravillas que cautivan y embelesan al público (…..), el teatro no recobrará su fuerza emotiva si no se dedica a pactar con el cinematógrafo”[6]. Francisco Ayala escribe que las “creaciones  del cine han estado inspiradas en la antiquísima tradición del relato escrito”[7].

            Sin duda, la literatura ha sido y es basamento para cineastas, productores y guionistas de cine. Lo que más interés suscita para la literatura.  Torrente Ballester  mantiene la teoría  de que “el cine difícilmente llegará a prescindir de la palabra, pero el maridaje de ésta con la imagen es ya de tal naturaleza, que quizá sea el único matrimonio realmente indisoluble que podemos señalar en nuestro tiempo[8]. Es el guión de la película, espacio radiofónico o televisado, que la mayor parte de las veces proceden de obras literarias de prestigio, lo que destaca. La relación entre literatura y cine podíamos decir que comienzan, probablemente, con el nacimiento del cine. Los guiones que se dicen originales son relatos creados para la pantalla; pero, quizá, abunden más las adaptaciones de obras literarias o las versiones que se realizan de la obra original.

La adaptación cinematográfica parte siempre de un texto escrito, bien sea obra teatral o novela. Pero no es  siempre fácil la adaptación. El ejemplo al que se recurre es a la opinión de A. Hitchcock, que nunca filmaría Crimen y Castigo “porque una obra maestra de la literatura tiene una forma acabada”. Como bien sabemos recurrió a obras menores, que luego convertiría por su perfección en capitales.

            Lógicamente, el cine tiene aspectos distintos que no se hallan en la obra literaria. Las imágenes no pueden abarcar todo el mensaje que recoge la obra. Lo filmado se atiene a otros cánones en cuanto a los espacios, tiempos de la acción,  efectos especiales tanto visuales como sonoros, el movimiento de la cámara, el montaje o la utilización de la luz.

            Hoy día, incluso, los agentes literarios ofrecen a las productoras lo que les parece apropiado para la pantalla. También el todo poderoso Hollywood tiene una red de espías por las editoriales,  por los teatros independientes y alternativos por si es susceptible de llevarse a la pantalla. Como ejemplo llamativo, la gran mayoría de los premios “Goya” son adaptaciones de obras literarias.

            El cineasta Manuel Gutiérrez Aragón discrepa en cuanto a las adaptaciones “porque no se puede, es imposible, por mucho que aquí ilustres maestros de los laboratorios lingüísticos digan que sí, es imposible trasladar una cosa a otra, no hay manera, no hay equivalencia posible”[9]. Si bien reconoce una excepción─adaptación de El Quijote para televisión─ a propuesta de un amigo suyo. Pero admite también que algunas  adaptaciones de obras le han gustado mucho. Y pone como ejemplo Macbeth de Orson Welles o la de Visconti de El Gatopardo.

        Como contrapunto resaltamos a Luis Buñuel, uno de los mejores adaptadores en España. Recordemos a Nazarín, y  Tristana. Pero nuestra literatura está impregnada de sabor cinéfilo. Así La Generación del 27 y el cine conviven en aquellos años revueltos y fructíferos. Las vanguardias aceptaron el cine como signo de modernidad. Rafael Alberti publicó en la revista La Gaceta Literaria poemas que versaban sobre “tontos del cine”, en los que proclamaba que había nacido con el cine. Manuel Vázquez Montalbán está considerado como adalid del cine negro español contemporáneo; su novelística es pieza clave para el desarrollo del mismo. O el académico Luis Goytisolo que en el texto “El impacto de la imagen en la narrativa española contemporánea” entiende el cine “como la irrupción de una nueva forma de narrar, no verbal, sino visualmente”. Sin olvidarnos de una de las mejores películas del cine español, como es El Sur, que fue adaptada, y con éxito, por Víctor Erice de la obra de Adelaida García Morales.

            Pero no podemos olvidar que el adaptador debe conocer muy bien el texto literario, diríamos que  amarlo, valga la expresión, pero al mismo tiempo el conocimiento de técnicas que le lleven a la perfección del guión, así el cine y la literatura se aunarán y entrarán en le ámbito artístico. El profesor Urrutia insiste en que al adaptar la obra literaria, no se desarrolla o completa sino que se  reelabora o critica el texto; entonces estamos ante una nueva lectura, evidentemente con signos icónicos.

            También podíamos mencionar a los escritores que han tenido una cierta experiencia con el mundo del cine, como guionistas (Torrente Ballester, Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Vázquez Montalbán), como actores  (Camilo José Cela), o como referente en sus obras ( Rafael Alberti, Jorge Guillén, Miguel Delibes). Pero es que, incluso, algunos novelistas en las entrevistas que se hacen hoy, resaltan más los referentes cinematográficos que los  literarios. Quizá todo esto sea demasiado. A este respecto, Luis Goytisolo escribe que si bien “un género literario no se agota como se agota un filón, la expresión verbal tal vez no sea la más adecuada en el futuro para referirse a una realidad cotidiana tan mediatizada por las diversas pantallas que dan paso a la realidad virtual: una realidad en la que cada vez se halla más inmerso ese lector en potencia que es el ciudadano medio”[10].

            León Felipe tuvo en alta estima el cine. Decía que un buen cuento es como un poema. El cine, según el poeta, es una máquina de contar cuentos. “El primer cuento del mundo-escribe León Felipe- se lo contó la serpiente a Adán y a Eva. No había, por entonces, otros espectadores en el Edén. Fue el cuento aquel de la manzana con sorpresa, inédito entonces, y que después se ha repetido tantas veces.

            Luego el auditorio creció y los cuentos se contaron junto a las hogueras,  el fogón…Más tarde, vino llámese Pedro, y los contó en la plaza pública, ante una audiencia municipal y heterogénea. Después los cómicos literarios del carro de Tespis llevaron cuentos a los corrales de los burgos y los coliseos de las grandes metrópolis…

            Pero esto no era bastante todavía.

            Un buen cuento debía llegar a todas las latitudes de la Tierra, para que lo oyeran las naciones y los continentes…

            Entonces…nace el cine”.

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[1] NAVARRETE,  R., Galdós en el cine español.  Las Palmas, T& B editores, 2003,  pág. 16

[2] Un amplio reportaje de esta relación en el libro Exposición Literatura Española: Una historia de cine.. Madrid, Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas. Ministerio de Asuntos Exteriores. Madrid, 1999

[3] URRUTIA, J., Cine. Literatura. Sevilla, Alfar, 1984, pág. 69

[4] Para una idea más amplia y nítida véase, Gimferrer, P., Cine y Literatura. .Barcelona, Planeta, 1985, págs. 7 y ss.

[5] PEÑA ARDID, C., Literatura y cine. Una aproximación comparativa. Madrid, Cátedra, 1992, pág. 54

[6] En El Liberal,  9 de junio de 1913

[7] AYALA, Fco.,  La estructura narrativa. Barcelona, Crítica, 1984, pág. 119

[8] TORRENTE BALLESTER, G., “Literatura y cine” en el Sábado Cultural  del diario ABC. Madrid, 15 de marzo de 1985, pág. III

[9] GUTIÉRREZ ARAGÓN, M., “Cine y Literatura” en República de las Letras. Madrid, núm. 54, noviembre de 1997, pág. 12

[10] GOYTISOLO, L.,  “Artistas y artesanos” en el diario El País. Madrid, 1 de noviembre de 2003, pág. 12