Poesía

Ensueño

Tantos años sumergidos en la dicha

no pueden pasar a la noche oscura.

No hubo secretos. Fui un libro

en el que escribí no sólo palabras.

Mezcla de  seres vivos,

empeñaron sabia, enriquecimiento.

Ante tantas palabras verdaderas,

abro los libros,

y todo es recuerdo cercano.

No hubo secretos.

Poesía

La lírica romántica de dos poetas ingleses: J. Keats y T. S. Coleridge

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El autor de las Odas- Ode to Psyche, Ode to a Nightingale, Ode on a Grecian Urn, Ode on Melancholy, Ode on Indolence, To Autumn-, J. Keats (1795-1821), quizá sea la mejor voz poética del romanticismo inglés porque engrandeció la poesía inglesa de este período. Su pensamiento siempre estuvo en los parámetros de la virtud, de la conducta; la palabra independencia era algo sustancial; de ahí parten sus versos. Decidió “ganarse el pan, como hacen otros”, con la literatura periodística.

 Una de sus ideas capitales han pasado todas las fronteras existenciales: “El elogio o el reproche no tienen sino efecto momentáneo en el hombre cuyo amor a la belleza en abstracto le convierte en severo crítico de sus propias obras”. A la hora de enjuiciar la poesía, no entiende que la gente “pueda leer tanta poesía”. Además añade: “No tengo ninguna confianza en la poesía. No me maravilla”. Pero más sorprendió que mantuviera el criterio de que el autor debe desaparecer del poema, y de que la poesía debe comunicar sensaciones, no las pasiones o ideas del autor; rompe, por consiguiente con el emblema de literatura como vida tan típico del romanticismo, y abre la puerta a la poesía pura tan señalada de la segunda mitad del siglo XIX y primeros del XX.

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Poesía

Anna Ajmátova

Desde hace tiempo quería acercarme a la poesía de una de las más grandes , después de Pushkin, de la poesía rusa. Al poeta le debo un canto, que no sé cuándo lo haré, está en el refugio, con otros libros, a la espera.

En más de una ocasión he evocado la máxima ignaciana: que en tiempo de tribulación, mejor no hacer mudanza. Pero tampoco hay que permanecer pasivo, y una terapia es entregarse a la poesía; con este espíritu he leído a Anna Ajmátova, una de las formas clásicas para beber de las aguas del Leteo, si uno quiere ser feliz. No es que RequiemPoema sin héroe sean los prototipos de felicidad, pero sí nos pueden servir para huir, para olvidar siguiendo con la métafora clásica del Leteo.

No sé la causa, pero siempre he tenido en la mente que la poesía rusa estaba como un peldaño más arriba, que se adentraba más en el puro existencialismo hasta llegar a un espiritualismo difícil de alcanzar. La expresión «Yo soy vuestra voz», referida a las mujeres rusas, nos tiene que llegar al alma, y más si sabemos que Anna (1890-1966) sobrevivió al trágico existencialismo de otros poetas en medio de un silencio impuesto por el poder que no acepta el pensamiento discrepante. Su dístico es todo un albacea: «Y vino una noche / que no conoció la aurora». Otra mujer que clama en el desierto, que deposita su poesía en un altar para que nos postremos, nos veamos, nos alimentemos. Los desencuentros, la humillación, la injusticia, el dolor ante el ser querido, se pueden contener, amasar en lo poético como bálsamo dinamizador para recrearnos en la luz y ahuyentar las sombras. El verso como respuesta a la maldad, a la sinrazón, a la entronizada mentira.

Requiem es el poema testimonio de un verdadero «vía crucis». Es la respuesta a esa mujer que también esperaba en la cola de la cárcel para saber algo de un ser querido, que al enterarse de que Anna era poeta, le pidió que describiera «eso». Aquí está, un palimpsesto, que al principio fue venteado de boca en boca antes de que llegar a papel. Sin duda que Requiem es un canto fúnebre, nos recuerda aquellos que cantaban los primeros cristianos, pero también es memoria histórica, es un grito contra el olvido, contra la muerte. Es el horror de Anna y esas mujeres que hacían cola delante de las cárceles. También nos sirve de esperanza («pero la esperanza canta siempre a lo lejos»), y sobre todo de advertencia, que permanezca vivo, para que no vuelva. El texto es voz,  memoria («Para ellas he tejido un vasto sudario / con las pobres palabras que les oí»). Llena de dolor musita: «A ellas envío mi saludo de despedida».

Poema sin héroe es otro palimpsesto, una crónica poética hecha carne en la que resplandece el yo sincero y poético de Anna. De nuevo se agolpan las palabras de la memoria; de nuevo algo más que la sinrazón. Es el transitar más allá del tiempo y del espacio. La polifonía poética nos conduce a lo imaginario, a la ensoñación, a la necesidad evasiva de la condición humana. Los versos «Y ese tema era para mí / como un crisantemo aplastado / en el suelo, cuando llevan el ataúd» son estremecedores, es la traición que está al acecho, que espera su oportunidad, signo de nuestro destino. Es el amor y la muerte unidos. Más  clarividente en otra estrofa: «El cofre tiene triple fondo».

Poesía

Desencuentro

Después de un desencuentro silencioso, me refugié en la poesía Tata Vasco. Un poema (2011), que acaba de publicarse de Ernesto Cardenal. En más de una ocasión he manifestado que la poesía nos sirve, a veces, como refugio, como casa; coadyuva a olvidar, a ahuyentar lo que nos oprime, a ser nosotros, a desterrar el tiempo airado.

Hacía ya mucho tiempo que no había leído a Ernesto Cardenal. Inmediatamente que vi el libro nombrado en la primera línea me acordé de dos aspectos. Uno, su impresionante Cántico Cósmico, que publicó la editorial Trotta, en el año 1992. Este libro me llenó. Me dije: no es posible que una persona haya escrito esta poesía salvífica, celeste, asombrosa. Me quedé anonadado, pensativo, el silencio pudo más; no sabía qué hacer, parece como si el tiempo se detuviera. El libro lo componen 43 cantiga; la primera con el título «El Big Bang» («En el principio no había nada / ni espacio / ni tiempo»), y la última «Omega», termina con los versos «Y más antes / ¿qué veríamos finalmente? / Cuando no había nada. / En el principio…». Son 410 páginas, todo un récord poético. Su impacto me recordó La Divina Comedia de Dante y el Canto General de Pablo Neruda.

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Poesía

El diario de Miguel

Con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Hernández, cayó en mis manos El diario de Miguel. Ha estado en la mesa apilado con otros libros a la espera de leerlo. Sinceramente no sabía que hubiera escrito un diario. Me lo he leído de un tirón. Al finalizar la lectura, dudé que lo hubiera escrito; pero, por otra parte, lo que se narra ya lo conocía. Es decir, no ha sido novedoso. Ahora bien, hay que felicitar a la editorial Oxford por haber impreso el libro y a José Luis Ferris por el ahínco con que nos muestra el diario en las breves líneas de «Un prólogo necesario», y en el que subrayo la expresión «El diario de Miguel sigue siendo un misterio»(pág.8). El editor, también, se vale de un apéndice, con fotografías, para animarnos a conocer y a leer a Miguel Hernández.

El diario comienza un 20 de febrero («Me llamo Miguel, tengo trece años y soy poeta»), y termina un 28 de marzo («Durante meses, Pío-pa ha sido mi única compañía. Venía todas las tardes»). Se puede calificar este diario de prosa poética. Su lectura nos invita al sosiego, al conocimiento, a la reflexión, con una sencillez expresiva que me ha recordado la prosa de Juan Ramón Jiménez.