Poesía

Homenaje a Juan Ramón Jiménez al cumplirse 100 años de la publicación de Platero y yo (la primera edición es de 1914 y consta de 64 capítulos, la definitiva es de 1917 de 138)

Ninguna duda para enarbolar a los dos poetas que constituyen los cimientos de la poesía española de la primera mitad del siglo XX: Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel-con acento tónico en la /é/, por favor). Este va más lejos en esa búsqueda de lo esencial, por su inquietud intelectual revestida de espiritualidad.  El icono juanramoniano es Platero y yo. Es el libro más conocido del poeta, el que te pide emoción ante lo que escribe,  el que se adentra en el alma del lector. Detrás está el ir muriendo, que es el gran tema del libro, de ahí ese tono elegíaco. La muerte lo apresa todo, precedida del tiempo como esa  sensación de acabamiento. La  alegría y la pena-escribió el poeta-son gemelas. Sigue leyendo «Homenaje a Juan Ramón Jiménez al cumplirse 100 años de la publicación de Platero y yo (la primera edición es de 1914 y consta de 64 capítulos, la definitiva es de 1917 de 138)»

Poesía

La poesía de Pablo García Baena

Uno de los poetas más significativos de los que se atrevieron a otras formas  en las que lo humano llegara a los lectores en aquella España de finales de los años cuarenta fue Pablo García Baena, creador con otros de la revista  Cántico, que fue como una bocanada de aire fresco, limpio. La poesía religiosa en la década de los cuarenta

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Personales, Poesía

Pablo García Baena: un clásico en vida

Pablo García Baena.
Vaya este Canto para uno de los poetas clásico en vida.

Poesía

«En el viaje aquel de todos a la niebla». Impresiones en un día veraniego en la sierra

El título de este canto es el último verso-por eso lo entrecomillo- del poema «La última costa» del libro de Francisco Brines La última costa (1995), su último libro. Lo símbólico del verso posee raíces poéticas o, al menos, nos evoca un final sin que sepamos cuál. Lo primero que nos podemos preguntar es si solo es inspiración, o es el final existencial que nos visita y nos invita al pensamiento ante la niebla, pero que, a su vez no nos permite el conocimiento de hacia dónde vamos. Pero, con claridad se advierte de que el tiempo es limitado. ¿Es una obsesión del poeta? ¿Por qué nos viene a la mente al pronunciar su nombre que es un poeta del tiempo?

En el poema aparecen tres habitáculos y «otras varadas» (referídas a uno de ellos, en este caso a «barca») en los que nos movemos con el matiz de la dualidad vida/muerte; esta necesaria. Tres navíos ( «barcaza», «barco», «barca»), de cualquier forma, prestos para partir en los que cabemos en un momento dado, pero con un matiz sobrecogedor: todos hacia la niebla, enigma que ya fue cantado en la antigüedad; el ejemplo más nítido es «la barca de Caronte», clave, por otra parte para entender el poema, como estado de conciencia permanente.

 En este ámbito destacan unos adjetivos que marcan a los personajes según vayan en un navío u otro. Así en la «barcaza» son descritos como «torvos»; los del «barco» como «gentío enlutado», y en la » barca» en la que sube el poeta son como «esclavos mudos». ¿Qué simbología encierran? Habría que deslindar esa estampa majestuosa de la madre desde el barco mirando al poeta que se halla en la barca («Mi madre me miraba, muy fija»), por lo que son dos concepciones opuestas de a dónde vamos, o por lo menos una duda perseverante; tal vez, la lucha entre la razón y la fe, al menos en el transporte elegido por ambos ya que los que eligieron montar en la «barcaza» se excluyen al ser definidos con el adjetivo «torvo»·

Es el tiempo, envidioso, que se mira y nos devora, el que triunfa sobre la fama humana; nos recuerda con nitidez la caducidad de nuestra vida, y nos preocupamos para que la memoria tenga fundamento; pero, no hallamos esa eterna felicidad que nos propuso Petrarca en su Cancionero con el reencuentro de Laura y el poeta como triunfo del amor.

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Poema:

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.
Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.

Poesía

John Donne (1572-1631), un acróbata del verso

Great English, a major representative of the mataphisical poets. Volcán de la lírica inglesa que no ha tenido todas la bendiciones-aunque esté enterrado en la catedral de san Pablo, de la que fue Deán-como otros de menor dechado poético, pero, hoy, todavía sigue vivo. Probablemente haya sido porque algunos se han empeñado en mantenerlo en el candelero; entre otros, T. S. Eliot («Hechicero de una orgía de emociones»). Llamó la atención que hasta después de su muerte no se publicaran en forma de libro sus poemas aunque sí pasaron de mano en mano. La primera edición, preparada por su hijo, fue Poems (1633). Después vendrían Poems of several Occasions (1719).

 Si lo lees, no te deja indiferente su sensibilidad ante cuaquier clase de experiencia en su breve obra: Songs and Sonnets, Holy sonnets (Like a fantastic ague; save that here/Those are my best days, when I shake with feare). Elegies, Nativity, A Hymn to Christ ( To see God only, I go out of sight:/And to ’scape stormy days,/ I choose An Everlasting night). Hymn to God my God in my sickness, A Hymn to God the father (Wilt thou forgive that sin where I begun,/Which is my sin, though it were done before?/Wilt thou forgive that sin through which I run,/And do run still, though still I do deplore?/ When thou hast done, thou hast not done,/ For I have more).

En prosa, Essajes in Divinity