Personales

Hoy, 12 de mayo, otro centenario: el de doña Emilia Pardo Bazán

Félix Rebollo Sánchez

En esto de los centenarios lo primordial es la lectura o relectura de las obras; ese es el mejor homenaje, y, sobre todo, que no se hable o escriban de «oídas» como ocurrió por algunos en el otro gran centenario que acabamos de dejar: el de Galdós. De esos, lo mejor es no volver a leerlos si es que escriben como hago yo. Se perciben aquellos que escriben de algo o de alguien sin que se note una brizna de lo que hablan o escriben.

Mi homenaje a esta mujer como gran prosista-maestra del estilo- ha sido leer el cuento La aventura de Isidro que desconocía y sin embargo lo tenía en mi biblioteca; probablemente lo compraría cuando estudiaba Filología en el último año de carrera (quinto) en la asignatura Historia de la literatura contemporánea en la Universidad Complutense. En estos momentos me viene a la memoria que una de las preguntas que nos puso el profesor en el examen de junio fue «Los cuentos de Pardo Bazán». En estos días he releído la obra La madre naturaleza, por cierto fue unas de las obras obligatorias que había que leer en aquel curso tan numeroso y lleno de inquietudes-al que he hecho referencia en este «blog»-, que terminamos con una carta pública a profesores, estudiantes que comenzaban, y público en general. al final de la licenciatura que todavía guardo. Sorprendió.

En cuanto a esta relectura de La madre naturaleza hay que partir de un hecho trascendental en la forma de narrar de doña Emilia que el profesor nos explicó nítidamente. La publicación de La desheredada (1881) de Galdós trastocó sus planes y a partir de este momento tuvo en cuenta el magisterio de Galdós. No debe extrañarnos las reminiscencias que desliza la autora del «Génesis bíblico» cuando el árbol es protagonista, primero como amparo (» Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol protector magnífico castaño de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casi arquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco»), y posteriormente como «árbol patriarcal, de esos que se ven con indiferencia desdeñosa sucederse…». El amor entre dos seres es algo más que un aleteo, es una fuerza difícil de contener; la atracción es tal que el impulso no se puede inhibir. Otra cosa es si la sociedad, el entorno, lo asimila como tal. La tormenta inicial («luego se apresuraron a porfía, multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y oblicuos hilos de agua, empapando la tierra, inundando los matorrales…») marca el poderío de la naturaleza al principio con la lluvia y después con el arco iris. La estampa que se nos describe nos invita a proseguir la lectura. Parece como si nos trajera luz para adentrarnos aún mas.

La acción dialogal llega un momento en que hay que descifrarla como sea; ya no valen los subterfugios. Hay que afrontar lo que se ha considerado un problema más allá del amor: » Vamos claros. ¿Usted sabe o no sabe que es hermano de Manuela?». La rotundidad de la pregunta causó estupor y espanto en el joven; esas «lenguas de escorpión inventaron esa maldad»; después de un largo diálogo, casi está convencido, pero exclama: «Pues si no hubiese Dios, ¡lo que es a Manola…, soltar no la suelto!», El poder de la religión sobresale, pero también el amor. Es el impulso natural el que choca con la sociedad hipócrita y santurrona. Y la religión instaba a ese dominio, a retenerlo como sea; en este caso con la huida y el convento.

Según vas prosiguiendo en la lectura se apodera de tu mente hasta dónde puede llegar la condición humana al lado de la naturaleza que te arrasa, incluso en el plano de lo que se puede considerar moral ya que revolotea ese espíritu cristiano con nitidez casi al final de la novela: «para eso somos hombres, hijos de Dios». Y antes, la zozobra del arrepentimiento en un convento: «Entrará allí ahora, porque cree, porque piensa que se le ha acabado el mundo y que ha delinquido atrozmente; porque tiene vergüenza y dolor».

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En las páginas  38 y 39 de hoy-era el 9 de mayo-, en la sección Cultura de El País con  el título “Pardo Bazán, la gran transgresora”…., así comenzaba una carta que mandé al Defensor del Lector matizando algunos aspectos del artículo. No se publicaron todas mis matizaciones por cuestión de espacio, según me explicó el defensor por carta, de ahí que publique el resto:

No entenderé por qué se recurre siempre a lo mismo cuando se habla de Galdós y Pardo Bazán en vez de leer las obras. Lo que no es de recibo es el párrafo : “una relación entre iguales y a veces triangulada (él con Lorenza Gabián y ella con José Lázaro Galdiano) que no dejó rehenes ni rencores cuando acabó”. La frivolidad de quien escribe raya la ridiculez. La infidelidad de doña Emilia es descrita por ella en Insolación. También en carta a Galdós: “Nada diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas. Eras mi felicidad y tuve miedo a quedarme sin ella. (,,,) Perdóname el agravio y el error, porque he visto que te hice mucho daño; a ti, que solo mereces rosas y bienes, y que eres digno del amor de la misma Santa Teresa que resucitase». Es decir, a la insolación de la pradera; a factores externos. Como es conocido ambos fueron a la Exposición Universal de Barcelona. Galdós tuvo que volver antes y doña Emilia, tres días después de su marcha, realiza una excursión con Galdiano. Según las cartas, ahí termina todo. Incluso ella misma con la frase “perdona mi brutal franqueza. La hace más brutal el llegar tarde»; se sincera cuando le escribe: «mi infidelidad material no data de Oporto, sino de Barcelona, en los últimos días, del mes de marzo-tres días después de tu marcha» No es ningún drama.

“Fue una relación absolutamente clandestina. Nadie supo de ella y nadie se enteró del viaje por Europa de 1888”. Habrá que leer el libro sin prisas; se presentó el sábado; no asistí porque estaba el aforo completo desde hacía varios días. Lo que no es de recibo: “él con Lorenza y ella con Galdiano”. La frivolidad raya lo insólito. Son falsedades que se van diciendo de “oídas”. No hay testimonio que cuando estuvo con doña Emilia estuviera con Lorenza; tampoco que Pardo Bazán prosiguiera con Lázaro salvo el de Arenys. La novedad de la excursión por Europa tampoco es nuevo. Recordemos Cartas a Galdós– las he vuelto a leer- donde se entrevé ese viaje ; por ejemplo: «Mi vida, al abrir los baúles fueron saliendo objetos que eran otras reminiscencias de nuestra feliz escapatoria. El librito de pensamientos de Shakespeare: el otro carnet del mismo autor, el menú de la comida en Zurich (¿te acuerdas cuánto de gustó? el Baedecker; en fin, mil cositas así que son de repente como si corriese una cortina y volviesen a representar las mismas escenas. Pero sobre todo lo que yo tengo presente es la de Francfort, que pertenece al número de las que por rebasar de los límites del amor nefando y el deleite vil, se graban en el espíritu con imborrable huella.- ¡Qué cosas más raras estas del alma! y, cómo no, la crónica viajera Por Francia y por Alemania. Carmen Bravo Villasante hace hincapié en que ambos coincidieron, voluntaria o involuntariamente, en un viaje que tuvo decisiva importancia en sus relaciones, como se deduce por el párrafo dedicado a Francfort; » las góticas y místicas curiosidades de Nuremberg y en especial la sublime noche de Francfort,,,».

Finalmente, aunque podría decir algunas más, “autora de más de 650 cuentos”. Para mí, sorpresivo; supongo que tendrá los datos o los habrá leído  de alguien especialista en los cuentos de Pardo Bazán. Lo único que puedo atestiguar es que un compañero en quinto de Filogía Hispánica trabajaba sobre los cuentos y tenía recopilados sobre 300. Ahí me quedé. El otro día me leí La aventura de Isidro como homenaje a su centenario que aunque lo tenía en mi biblioteca aun no lo había leído. Siempre he mantenido que lo mejor es la lectura de los acontecimientos que se agolpan; sin ir lejos, en febrero se cumplieron cien años de la publicación de El miajón de los castúos. Un libro poético excelso. La poesía como el pan que nos alimenta.

Coda. Esto no iba en la carta como respuesta al artículo. A doña Emilia hay que felicitarla no solo por ser mujer con los mismos derechos que el hombre sino también por ser socia del Ateneo de Madrid con el número 7.925 desde 1905. Recogió el guante de Espronceda: «A todos, gloria, tu pendón nos guía y a todos nos excita tu deseo, y apellidarse socio ¿quién no ansía y con las letras estar del Ateneo?«. En esta docta casa impartió conferencias antes de que fuera acogida como la primera mujer socia. Las primeras fue en 1887 con el título «La revolución y la novela rusa» (13,20 y 27 de abril. Bajo el título de Escuela de Estudios Superiores del Ateneo en la que participaron 21 profesores y una profesora-doña Emilia- en el curso 1896/97 impartió 11 conferencias con 825 alumnos inscritos. Valga esta información: Gumersindo Azcárate, 243 inscritos. Menéndez Pidal, 70. Ramón y Cajal, 221. Con estos datos, y el reconocido prestigio y alabanzas en la Prensa de la condesa por sus profundas y sabias conferencias espero que este año no se digan tonterías ni simplezas sobre una gran mujer y una gran prosista; de esto hay que hablar, de su literatura y, eso sí que los que escriban o hablen hayan leído a doña Emilia; no sea que nos ocurra como con Galdós o Chamizo que algunos hablan de oídas, que es lo peor que pueda ocurrir y estarían muy lejos de doña Emilia Pardo Bazán. ¡Por favor, que lean antes su obra!
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Ensayo

El espacio literario de M. Roig

Félix Rebollo Sánchez

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Las personas que se entregan a la escritura y nos dejan su sabiduría hay que releerlas.

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Poesía

Hélices. Poemas (1918-1922) de Guillermo de Torre

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Cuando queremos analizar la literatura de principios de siglo una palabra que nos viene es «vanguardia» y la expresión que recoge su significado, que ha quedado en la memoria: «romper moldes». Guillermo de Torre fue un abanderado en la ruptura con el pasado. No estuvo solo pero su nombre acapara lo esencial. Hélices ha pasado a la posteridad como ejemplo nítido de este periodo. El crítico Díez de Revenga en su estudio de la poesía de vanguardia matiza claramente sus poemas: «son un prodigio de ingenio, imaginación, capacidad creadora…». Así como las acertadas palabras del editor en la contraportada: «la subversión de las vanguardias y la simultánea cancelación de la estética modernista que fueron necesarias para la posterior eclosión de la joven literatura de la generación del 27».

El editor, ya en las primeras líneas, nos recuerda a F. T. Marinetti en el archiconocido pensamiento: «los nuevos poetas cantarían a las masas, a las ciudades, a los arsenales, astilleros, fábricas y puentes, a las locomotoras…», pág. 15. Guillermo de Torre lanza en 1923 los poemas de Hélices. El progreso llamaba a la puerta y se cobijó en el movimiento ultraísta, como generador de otro mundo. Su éxito corroboró las ideas que había concebido como artífice primordial de un nuevo movimiento ante un lenguaje artístico; de esta forma celebró el canto del futurismo, de la misma manera que rechazó el realismo burgués como fuera de la realidad. Fue una protesta. Acertadamente, el editor nos advierte de que «hoy el libro es un documento histórico que testimonia un importante episodio en la poesía española del siglo pasado que durante mucho tiempo fue oscurecido o subestimado», pág. 21.

Estos años fecundos y convulsos se entroncaban con las ideas que propalaban por el resto de Europa. Así, tanto Guillermo de Torre-creador del término ultraísmo; «yo fui el verdadero portaestandarte ultraico»- como R. Cansinos Asens, como el otro movimiento genuino español, el creacionismo-cuyo inventor-venteador fue V. Huidobro- y al que se unirían Gerardo Diego y Juan Larrea han pasado a la historia literaria como hacedores de esa contribución a las nuevas ideas de la concepción artística; ensancharon, al menos, una reflexión más, y todavía la crítica más exigente prosigue en su vocación investigadora.

La estructura del libro es nítida, y aunque para mí lo primordial de una obra es leerla antes de lo que se pueda decir, en este caso, quizá sea mejor la lectura de la introducción antes por lo atinada, lo equilibrada y la brillantez con que Domingo de Ródenas nos la presenta. También muy bien ensartado está el sumario de Hélices; parece como si te instara a la lectura con solo verlo. Diez apartados lo conforman, enumerados del 1 (versiculario ultraísta) al 10 ( Hai-Kais). Además vienen tres apéndices (en el primero: «poemas publicados antes de Hélices», «poemas publicados después de Hélices»: en el segundo: «Bengalas»; en el tercero: ocho poemas («Domingo alpino», «Sobre el lago Leman», «Balneario», «Vuelo de ángeles», «Poemas de engranajes», «Etches-Ona, «Poema mural», «Letanía del acercamiento»). Desde luego para este lector, estos ocho poemas te llegan, te acercan; muy distintos a los de Hélices, que yo desconocía. Todos posteriores a Hélices.

No podía faltar en esta magnífica edición y además necesaria las ideas de Guillermo de Torre tiempo después en el apartado «Posteridades». Domingo de Ródenas parte de «Esquema de autobiografía intelectual» del que extrae el pensamiento del autor de Hélices y por qué sufrió el rechazo de la mayoría ante su posición con lo que las vanguardias suponían en un momento dado: «Exhibía aquel libro un carácter insolente y subversivo, delataba un radical disconformismo. Pretendían, en suma, aquellos poemas señalar una dirección divergente, dar un violento golpe de timón en la lírica posmodernista», pág, 106. No tardó «el soldado vanguardia» en ir destejiendo lo que denominó «preconsciente». En la conferencia que impartió en el Ateneo de Valladolid fue el primer aviso sobre lo que había construido, » a reaccionar sobre sí mismo; a «esbozar un gesto de protesta frente a sus ideas más acendradas». Después aclaró, aun más, sus ideas en Buenos Aires. Fue el mejor crítico de su obra que tanto revuelo supuso.

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Torre, Guillermo de, Hélices. Poemas (1918-1922. Madrid, Cátedra, 2021, 275 págs.


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Teatro

Clausura do amor

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Ayer, miércoles Santo,estuve en la Sala Cuarta Pared a ver una representación singular como fue para mi Clausura do amor, espectáculo en gallego con sobretítulos en castellano. Me impresionó el silencio con que el público acogió los 120 minutos. Creo que ni pestañeamos. Estábamos como absortos ante primero el monólogo del actor que lo bordó con los gestos, con las palabras, con las cadencias, con los silencios. Una hora exacta. Después sin descanso fue respondido por otro monólogo de la actriz, igual de espléndido. Solo dos personajes cara a cara diciéndose las verdades que no queremos escuchar. Si hay un adjetivo que recoja estas dos horas sobrecogedoras es el de ¡admirable, admirable!

Más allá de la ruptura sentimental se percibe un aire acogedor con las palabras a borbotones pero significativas, con esa fuerza que imprime carácter y esa emoción que alimenta el hecho teatral.. Eso sí sin diálogo. Se expone. La réplica del personaje femenino al masculino no se deja esperar. Solo se incomodan de forma física y no siempre.

No recuerdo una obra que te invite tanto a integrarte, no a tomar partido. Hay que aplaudir, sin duda, también a los encargados de llevar a cabo los pormenores de la representación. Se cumplieron con minuciosidad los aspectos del virus que nos invade.

Poesía

En una tarde luminosa como Adiós al frío de Elvira Sastre

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Me dirigía en coche a casa, hace meses, en 2020, cuando escuché en el programa «La ventana» de la SER unos versos que leía otro poeta de un nuevo libro de Elvira Sastre. Para mí, el libro que me impregnó fue La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida del que di cuenta en este blog en su momento. Sencillamente me impresionó. He leído, también, Baluarte , Aquella orilla nuestra y la novela Días sin ti . Tal vez porque fuera lo primero que leí de Elvira Sastre y me encantó, me quedé encasillado, pensativo, y en mi memoria pervive La soledad de de un cuerpo acostumbrado a la herida. Ni siquiera este que acabo de leer-Adiós al frío- con ser magnífico lo supera.

Hace un par de días terminé de leer la antología poética-89 poemas- en la editorial cátedra de W. B. Yeats. Su labor poética es completamente distinta a la de Elvira, pero me pregunté: por qué no leer ahora ese libro también de poesía que lo tenía como aparcado pero en mi mente. A fe que lo he leído de un tirón; parece como si todos los poemas estuvieran hilvanados y no podía dejarlo para otro día. Y así ha sido, en una tarde luminosa -como el libro-en el ámbito de la ciudad universitaria de Madrid. El paisaje y el aire límpido me acompañó en la lectura de este libro hermoso, amoroso, como todo lo que se desprende de la poeta. Cualquier poema que leía, parecía como si el tiempo se detuviera; estaban llenos de vida, del cuidado de alguien que quiere transmitirnos belleza que es amor («que este no era el plan que trazamos /, que una vida sin ti es un mundo»). Quedas petrificado, atrapado ante («Tu nombre fue la salida de mi casa, / tu nombre es la entrada a mi hogar»). Sus huellas amorosas son como palimpsestos para la eternidad. La melancolía no puede ser obstáculo para la pérdida, para la ensoñación; «aquella que fue el beso en el portal»,/ mi miedo esperando respuesta»…, «quisiera decirte que no hay hueco para ti en / ella./ Quizá tú solo seas, por fin, / la palabra que pone el fin al poema».

Hay días en que el recuerdo se despereza, en que es poseída ante «los días que huelen a ti, / que aparecen como golpes secos / en esta memoria apagada». Ese instante no puede ser olvido y menos lamento. ¿Hay algo más hermoso que lo vivido ante una entrega total sin obstáculo?: no puede perecer en ningún caso, y así se purifica, «comprendo que eres la única / que cabe en todos mis poemas». Siempre como luz, como cirio perenne. Sin duda, la primera parte de las tres que jalonan el libro te envuelve de tal manera que deseas volver a empezar.

La segunda parte consta de nueve poemas. Son distintos, pero en ellos enardece esa voz lírica que asombra ya con el primero, titulado «Incansable». Adjetivo que llena, palabra tras palabra, ese tiempo que nos devora: «Es solo eso, mi vida, /este tiempo incansable, / y tus huellas que lo siguen». Hasta en el poema «La lista de la compra» se orea ese tiempo asesino, huidizo, silente («todo va gastándose, golpe a golpe, / como la propia vida»). Para terminar con esa tristeza que es amor: «no quiero volver a empezar / una vida interminable / sin ti.

Los último diez poemas conforman la tercera parte. Es el ensimismamiento en unos, en otros el recuerdo agradecido y la exaltación; pero en todos esa pizca amorosa que los alumbra. El primero «Todo está en calma» nos conduce al sosiego aunque nos arrastre «con el mismo vértigo de siempre /aunque a veces las preguntas se asomen…». No podía faltar el poema como canto a «Somos mujeres» en estos tiempos convulsos. Hasta seis veces repite el imperativo «Miradnos» en los sesenta y tres versos atronadores, a cual mejor. Ahí va la tríada: «Miradnos, / y nunca olvidéis que el universo y la luz / salen de nuestras piernas». O el de más esplendor: «Somos música, /inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,,,,,/ porque la belleza siempre cegó los ojos / de aquel que no sabía mirar».

Bienvenida sea esta luz eternal en los que los versos se apoderan de las huellas de la vida, pero no para lamentarnos aunque nos revolotee el verso «Cuánto duele lo que no se merece». Eso sí, tenemos que propalarlo para que nos sirva de refugio, de guía, de casa de misericordia ante las incertidumbres que nos pueden visitar en este camino incierto. La poesía siempre te engrandecerá.


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