Un añorar despierto hoy nos conmueve. Ya los poetas dejaron su impronta, de ahí que de vez en cuando nos postremos ante la poesía; y cómo no, traer a la memoria a Manrique con esas Coplas esmaltadas de oro. En el fondo, a los poetas del tiempo les preocupa la fama. Si en José Hierro, el olvido, el sueño y la fama son una trilogía que le acompañan como evasiones, solo coincide con Manrique en la fama, aunque el poeta se sienta abrumado por la responsabilidad del tiempo («Se fue muriendo todo / pero ellos no murieron»). Aquella vida esperanzada que le quedaba al maestre don Rodrigo cuando le llamó la muerte. Hierro también siente esa llamada, pero la increpa; se agarra a la vida. Se opone al fervor medieval de Manrique. Su postura se enhebra con aquel grito del Arcipreste de Hita contra la muerte, cuando arrebató a Trotaconventos:»Oh muerte, muerte seas«. Hierro no la acepta, se enfada porque tiene vida , la posee, por eso se rebela («Vete muy lejos de mi lado, / a donde yo nunca te vea…/ me resisto a dormir tu sueño, / a ser mi sombra, madre negra«).
