Personales

Cuando el tiempo nos alcanza en el otoño, 2

«Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco / en el viaje aquel de todos a la niebla»

En esta «otoñá»– forma dialectal de mi pueblo extremeño– que principia, parece como si la mente nos exige que el tiempo abruma, que nos gana, que nos atrapa, que es limitado. El recuerdo del dístico extraído del último libro de Fco. Brines, La última costa, 1995 con que encabezo, me conduce a una meditación existencial. De vez en cuando me viene a la memoria el poema y, sobre todo, esos dos últimos versos: «Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco / en el viaje aquel de todos a la niebla«. No se trata de que haya llegado a la laguna Estigia o espero, sino más bien el gran enigma que encierra, de ahí que niebla monopolice toda la grandeza que un ser humano pueda alcanzar. No sabemos, por tanto, qué subyace; solo nos persigue ese final, el qué se nos puede mostrar; solo la fe es el soporte que nos mantiene esperanzados. No es nuevo que nos preguntemos por ese sin saber.

La idea ya fue cantada en la antigüedad. La barca de Caronte nos lo recuerda como un estado de conciencia permanente; la lucha entre la razón y la fe. Pero el tiempo nos devora, nos hace endebles. El grito del Arcipreste de Hita cuando la muerte le arrebata a su Trotaconventos nos persigue, el «muerte seas» es preocupante y más proveniente de un ministro de Dios en la tierra. La quería tanto por la labor que hacía que empleó lo mismo que ella hacía, pero desaforado. La increpación nos conmueve, nos desnuda.

Es notorio que ante un tiempo que se mira, que nos llama, que nos devora lentamente nos advierte sonriente la caducidad de nuestra vida. Ni siquiera, el triunfo del amor propuesto por Petrarca en su Cancionero en el que hallaremos la eterna felicidad con el reencuentro de Laura nos convence, nos reconforta. Proseguiremos con el verso machadiano a cuestas, «Siempre buscando a Dios entre la niebla«, aunque sea en sueños.

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Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

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Una nota cuando el tiempo nos alcanza

Un añorar despierto hoy nos conmueve. Ya los poetas dejaron su impronta, de ahí que de vez en cuando nos postremos ante la poesía; y cómo no, traer a la memoria a Manrique con esas Coplas esmaltadas de oro. En el fondo, a los poetas del tiempo les preocupa la fama. Si en José Hierro, el olvido, el sueño y la fama son una trilogía que le acompañan como evasiones, solo coincide con Manrique en la fama, aunque el poeta se sienta abrumado por la responsabilidad del tiempo («Se fue muriendo todo / pero ellos no murieron»). Aquella vida esperanzada que le quedaba al maestre don Rodrigo cuando le llamó la muerte. Hierro también siente esa llamada, pero la increpa; se agarra a la vida. Se opone al fervor medieval de Manrique. Su postura se enhebra con aquel grito del Arcipreste de Hita contra la muerte, cuando arrebató a Trotaconventos:»Oh muerte, muerte seas«. Hierro no la acepta, se enfada porque tiene vida , la posee, por eso se rebela («Vete muy lejos de mi lado, / a donde yo nunca te vea…/ me resisto a dormir tu sueño, / a ser mi sombra, madre negra«).

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Novela

La prosa de Bocaccio

La narrativa de Bocaccio siempre nos vendrá a la memoria como algo viviente

La prosa de Bocaccio.