Pérez Galdós

Ángel Guerra de Benito Pérez Galdós

Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año, daré cuenta de lo recaudado. No olvide que estoy pagando desde 2010 «la página «literaria» y permito con generosidad para que se lea. Pon, también, de tu parte.

La editorial Cátedra no debe cejar, en el empeño, de publicar toda la obra galdosiana; los lectores/as no defraudarán. La recepción está asegurada, de ahí mi alegría con la publicación de Ángel Guerra. Ya Clarín la exaltó como un documento imprescindible «para el conocimiento de su autor y para entender las peculiares características morales y estéticas que confluyen en el siglo XIX, sembrando incertidumbres, resucitando emociones y sentimientos viejos pero no caducos». Es densa, sin duda, pero divierte y enseña. Se puede considerar como la tradición galdosiana y cervantina. Pardo Bazán escribió que si Zola abanderó que la primicia novelesca estaba entre la francesa y la rusa, doña Emilia, siempre atenta, se decantó por la segunda para la novela castellana. Ortega Munilla, director de Los lunes de El Imparcial, nos dejó una reseña de la novela como fundamental, trascendental con «espíritu místico sobre un espíritu radical en materias filosóficas y políticas». Y terminaba: «Ángel Guerra es por todos los conceptos admirable obra de un talento que se halla en su período amplio de madurez y de vigor y honra el ilustre nombre del primer novelista contemporáneo». Y cómo no, traer a esta página a don Ramón del Valle InclánInclán- el primer artículo de crítica literaria que escribe- que admiraba a Galdós,-lo admiraba, lo repito, para aquellos que hablan de oídas y les corroe la envidia-, le denominaba maestro. Se atrevió, una vez leída la novela, a reseñarla con el título «Ángel Guerra. Novela original de D. Benito Pérez Galdós» en El Globo un 13 de agosto de 1891. Nos adelantaba que estábamos ante el primer novelista español, para casi al final manifestar que «Ángel Guerra no es solamente un revolucionario arrepentido, es la encarnación del más puro amor humano, el fanático de las virtudes sociales, el Amadís de Gaula de la caridad, en una palabra: la santidad librepensadora y francmasónica».

La capacidad de observación en esta novela nos abruma por su exactitud y profundidad. El estudio de los caracteres de los personajes prima en todo el desarrollo. Las calles de la imperial Toledo, sus edificios de tanta raigambre los observamos vivientes; así como ese amor de Ángel Guerra por Leré (su otro sentimiento que desborda)-aunque a veces a trompicones- nos anima a proseguir con la lectura. En este sentido. don Ramón destacó, también, «un profundo simbolismo». No podía ser menos doña Emilia al resaltar la filosofía en Nuevo Teatro Crítico en el que que se yergue la «plenitud y la madurez literaria de Galdós por ese «derroche de savia, exceso de lozanía, despilfarro de inspiración, caudal para diez novelas en una sola,,,». Añadamos: la huella de Cervantes es tan nítida que no se nos escapa a los lectores. Es más, fue el primero, después de los ingleses, el que lanzó la importancia de la obra cervantina, de ahí que estuviera inmersa en su obra. Ángel Guerra, en la obra galdosiana está entre el cénit del naturalismo-el inicial fue La desheredada,1881- y el agarre con la fase simbolista. No olvidemos que Nazarín, Halma y Misericordia son algo más que materialismo que nos conducirán al espiritualismo. La huella cristiana se percibe.

La nitidez y el esplendor – por la síntesis que realiza de parte de la crítica- en la Introducción de don Juan Calos Pantoja nos da pie para no desmayarnos ante la extensa novela; incluso, nos anima a su lectura por la vigencia que tiene, hoy, Pérez Galdós («Y precisamente ese compromiso, unido al retrato preciso de un tiempo y de un país, es uno de los motivos principales de la vigencia de la obra de Benito Pérez Galdós», pág. 17). Cómo me alegra que en la primera página nos recuerde el impresionante artículo de Almudena Grandes publicado en El País el 3 de enero de 2020 con el título «Galdós para entender la España de hoy» con foto incluida de la novelista y las primeras líneas en la portada del periódico. Su reivindicación «del más grande escritor que vieron los siglos después de Cervantes» aleteaba en todo el artículo. Como bien sabemos, el sr. Cercas, celoso por el extraordinario artículo arremetió de forma airada en su contra sin que para este lector y tantos tuviera una brizna de veracidad. Incluso llegó a escribir que Galdós «se halla en las antípodas de eso» (supongo que ahora en la Academia le habrán corregido por esa expresión ya que no es «las», sino «los antípodas»). Cuánto me satisfizo como contestación con el título «En defensa de Galdós» de Muñoz Molina, el 13 de febrero, en el que echaba por tierra las barbaridades del sr. Cercas. Sonsaco del magistral artículo: «Pérez Galdós fue creando un mundo narrativo que es exactamente lo contrario de esa simpleza pedagógica o doctrinaria que Javier Cercas dice encontrar en sus novelas. La conciencia política de Galdós se corresponde con su actitud de novelista en una pasión simultánea por comprender y mostrar la complejidad«. Citado también por el señor Pantoja, pág.13.

Hay que felicitar al sr. Pantoja por la extraordinaria introducción-aunque sea síntesis de lo que se ha escrito y algunos matices en los que discrepo– de Ángel Guerra, pero no a la idea que vierte en la página 16 cuando escribe: …»de quienes, como Muñoz Molina o Vargas Llosa, hablan del conocimiento profundo de la novelística galdosiana». Sin lugar para la duda, para Muñoz Molina y un NO rotundo para Vargas Llosa, si tenemos en cuenta el ensayo La mirada quieta( de Pérez Galdós), que definí como «horrores y errores» en mi blog o página literaria, que no voy a repetirlos. No sé los motivos que le han llevado a decir «ese conocimiento profundo de Vargas Llosa». No leí crítica que fuera laudatoria; todo lo contrario. Incluso un afamado crítico, José Luis García Martín en El Norte de Castilla, vino a decir ante tantos disparates que o no había leído a Galdós o no lo había comprendido.

Tampoco entenderé que traiga, de nuevo, a colación a Vargas Llosa («es difícil de creer lo que nos cuentan sus páginas…) como si fuera el pan galdosiano, pág. 58. Eso es decir nada, impropio de un premio Nobel. Estamos ante una persona o que no leyó o no entendió a Galdós-expresión dicha por un afamado crítico que ya he nombrado-. Sinceramente, no sé si usted ha leído todo el ensayo. Le voy a poner dos ejemplos referentes a dos novelas: La Fontana de Oro y Gloria. ¿Sabe usted cómo las define? La primera como «un panfleto»- «más que una novela es un panfleto y todo es superficial y alambicado», y la segunda «no tiene ni pies ni cabeza«. Los que hemos leído las dos novelas nos ha herido la sensibilidad-hay que persignarse-, y más a mí, que ya he publicado sobre ella varios artículos y además fue «mi tesina» al terminar quinto de literatura hispánica, para después abordar la tesis doctoral desde otro mirador. La crítica más exigente escribió: «obra maestra, ya de ambiente, de caracteres, de realismo«. Fue capaz de relacionar novela e historia. Y en cuanto a Gloria, Galdós se adelanta al concilio Vaticano II. Es decir, a la libertad de cultos, a la unión de las iglesias. Galdós, se vale del amor. Es decir, ¿ cómo es posible que una mujer católica no pueda casarse con un judío, simplemente porque profesan distintas religiones? El niño que tienen está llamado a reconciliar lo corazones, de ahí que al final toquen las campanas a Gloria (el simbolismo es nítido). Con este tema no voy proseguir. Solo constatar que su amigo Pereda le condenó con las penas del infierno por haber escrito un novela excelsa.

La novela se desarrolla en tres partes; en la primera, hallamos siete apartados numerados que se desenvuelven en Madrid («Ya estoy en el Madrid de mis ensueños con febril actividad de Ángel Guerra»): «Promediaba el 1891 cuando yo escribía las últimas páginas de Ángel Guerra». Para la posteridad ha quedado el entorno. En las primeras líneas se nos describe al personaje principal Ángel Guerra, de treinta años «hombre más bien grueso que flaco, de regular estatura, color cetrino y recia complexión», pág. 89. Al lado su amante, Dulcenombre, de veinticuatro años, sostén y camino de Ángel («Qué buena es esta dulce-pensó-, y qué vacías, qué solas, qué huérfanas quedan las cosas cuando ella se va», pág. 94.). Dulce era «¡…más que delgada , flaca y tan esbelta que la comparación de su cuerpo con un junco no resultaba hipérbole!». Sin embargo, su rostro era de «una nobleza indiscutible». A Ángel la soledad le abrumaba. Sorprende que ya en el inicio de la novela, Dulce se desnude mentalmente y lance: «No me gusta la libertad. Me siento mejor sometida, y con el cuello bien amarrado al yudo de un hombre». El contraste con el revolucionario Ángel no fue óbice para amarle de alma y cuerpo. No le gustaba la política, aunque las ideas revolucionarias de Ángel Guerra se iban infiltrando. Añadamos que Ángel era viudo y tenía una niña de siete años «llamada Encarnación a quien amaba con delirio», pág. 99. Constatemos: «vio Guerra a Dulcenombre, y recíprocamente se agradaron (…) y a los dos días de conocimiento, Ángel propuso a Dulce irse con él», pág. 124. Cuando Ángel Guerra quiere ver a su madre-apartado «La vuelta del hijo pródigo«-, le recomiendan, antes, que huya de esa familia «un atajo de ladrones y tramposos»; que rompa «esas relaciones indignas», pág.151. Poco antes de morir, el encuentro madre-hijo se produjo. Ya la muerte se acercaba y se apresuraron para pedir la extremaunción («despuntaba la aurora cuando hasta los más reacios la tremenda evidencia de la muerte, se convencieron de que la pobrecita doña Sales no vivía ya, pág. 187),

«La situación de espíritu en que Guerra quedó al perder a su madre, no puede ser comparada sino al aturdimiento o conmoción cerebral», A partir de este momento, la protagonista es Leré de la que ha quedado prendado Ángel que se irá a Toledo a donde se marchó «hace dos días la señorita Leré, para no volver jamás», pág. 280. Con el «vamos a Toledo» termina la primera parte; atrás queda la «Cibeles», corría abril de 1890.

La segunda parte ha cambiado de escenario, ahora es Toledo («la gran Toledo») en el que se van a exponer con otra perspectiva las ideas de Ángel Guerra-en el que subyace la antinomia-. Otros siete apartados la conforman igual que la primera. Atrás quedó el Madrid político; el Madrid avasallador, el convulso, ante un posible cambio de régimen; la monarquía no tenía sentido, por eso su inutilidad («en ocho días, España del revés, como se vuelve un calcetín»). Ángel Guerra defiende la República, y se posiciona en contra de las injusticias, la pobreza. Su dolor hirió en demasía el corazón. Sintió una desazón interior.

La llegada a Toledo supuso un cambio radical; «sus primeros pasos en la histórica ciudad fueron vacilantes», ante su aburrimiento decidió visitar a sus pacientes en los que había ricos y pobres. Su acción va encaminada a auscultarse, a desbrozar el espiritualismo que subyace en su interior; el entorno era favorable; en ese ámbito religioso en que está enclavada a la ciudad que llega. A poner en entredicho el fanatismo religioso que ahoga el progreso, la ciencia, la libertad individual. A mi parecer no se trata de conversión, es algo más profundo; es otra forma existencial, otra forma de mirarse por todo lo que le rodea: conventos, iglesias. catedral, ceremonias religiosas, música sacra. Todo le convence hacia otra vereda. Ángel, en medio de tanta historia, observa y piensa; descifra cuanto ve; su interior acumula hechos que le servirán para resolver los pensamientos que le revolotean. Leré ya se encuentra en Toledo y además está cerca de profesar en una comunidad religiosa; es un nuevo escenario que le sorprende.

No se puede olvidar en la novela a la amante Dulcenombre; esta va a Toledo a buscarlo; al enterarse Ángel se marcha a un cigarral de su madre como huida, no lejos de la ciudad pero sí suficiente para desarrollar lo que tiene en su mente, entre otras, crear una fundación. Dulce, al ver que ya Ángel no quiere saber nada de ella, le da por la bebida y enferma. Tampoco triunfa en el aspecto material la relación Leré-Ángel, pero sí en lo espiritual-religioso, cuando Leré le exige que se haga sacerdote para que así los dos dirijan la fundación fundada en la misericordia, en el amor a los demás, a los de sed de justicia.

La tercera parte se atisba como final; se reducen a seis momentos, como práctica de lo que siente y ha observado. En las primeras líneas se nos adelanta el espíritu en que se va a desenvolver con la expresión «me han dicho que usted es un santo», pág. 504. Se repetirá en varias ocasiones las referencias a la santidad. Incluso poco antes de morir cuando cae herido («Si eres santo, por qué no accediste sin insultos y provocaciones a lo que estos infelices te pedían?», pág. 684.

Más que el sacerdocio en sí, es llegar a los humildes, a los desheredados, a los marginados, a los que se silencia, a los que no tienen voz; no era necesario convertirse en ministro de Dios; la no realización de hacerse sacerdote es lo de menos. La creación de una fundación caritativa que sirva como basamento para que sus ideas crezcan, incluso el amoroso. El hecho de que Leré se afiance como religiosa puede coadyuvar, al menos es lo que podía pensar Ángel Guerra. La idea de que no cuajaran, sí han servido para ver cómo estaba, y ha quedado para las posteridad, se quiso y no se pudo. He ahí la clave. Nada, por tanto, de fracaso. La renovación de la sociedad no puede llevarse a cabo, detrás siempre surge la traición. La pelea-«breve»- que se suscita como consecuencia del robo de quienes fueron acogidos en el cigarral marca el desarrollo de la novela; Ángel cae herido; es atendido y se dirige a Leré; «paréceme que despierto ahora; que toda esta vida mía toledana es sueño». Y va pronunciado el ya no somos lo que éramos, se acuerda de su hija, de su muerte, «de lo mona que era» y le confiesa que empezaba a quererla; «después quise más y soñé con la dicha de casarme contigo…Luego…». Como consecuencia de las heridas «en el costado derecho» muere. Eso sí, antes testó («concluida la misión de su última voluntad»…)

Hay un matiz que va más allá, porque desfigura el sentimiento de Ángel cuando el sr. Pantoja nos muestra que Dulce es «el amor carnal y apasionado, vinculado a la vida madrileña; Leré, el amor espiritual que se inserta en la placidez mística del Toledo de finales del siglo XIX», pág.27. Ambos amores contribuyen a descifrar el alma del personaje principal; no nos quedemos que uno es carnal porque no lo es solo. Es un arrobamiento, una necesidad en la que se aúnan un todo en el que lo carnal y espíritu conviven; cuando llega a Toledo cae rendido ante Leré; es otra ventana; observa que su conciencia revive al verla: » le mareaban los ojos de Leré», pág.47. Desbordante revoloteo que atraía. Dejemos el término «misticismo». El hecho que cuerpo y alma no se junten, no significa que sea místico; cabe, mejor, el platónico; pero no podemos olvidar que a Ángel le conmueven las celebraciones, los hechos religiosas, incluida la música sacra, por ejemplo el impresionante «Pange lingua». Da igual que seas creyente o no. Ante todo esto, caes rendido y te aporta lo que se llama ayuda para creer. En estos momentos me viene a la mente el poeta que sentía un fervor, García Baena, y los plasmó en su poesía ante todo lo religioso representado. Y además se enorgullecía de recibir ese aura religioso.

Tampoco es tan importante, como resalta la crítica, el autobiografismo; sin duda, que en la novela subyacen hechos e ideas de Galdós; es lógico, pero no los elevemos como primordial. Eso se puede decir de casi todo de lo que escribió el novelista. Si nos quedamos en esos datos no hemos aprendido nada del mensaje.

En modo alguno es un fracaso; al contrario, el lector/a ha aprendido el carácter existencialista en el que vive, la razón por el que debe caminar; aun admitiendo con que Galdós la definió con la tríada adjetival «endiablada, compleja, laberíntica». Es evidente que solo el espiritualismo no arregla los problemas de la sociedad, pero sí ayuda. Nos queda lo sublime, la imagen certera al final: «Mientras Leré le arropaba, Ángel le cogió las puntas de los dedos y se las besó» pág 701. Cuando suena la campanilla en el portal anunciando que vienen a darle la extremaunción, Ángel ya duerme en el lugar de los justos, «porque nadie contesta desde la eternidad». Los fieles que acompañaron al viático, «prorrumpieron en llanto al saber que habían llegado tarde». La última frase estremece: «Recemos…por él, no; por nosotros» . El «por nosotros» es creativa, inspiración divina.

Santander, mayo de 1891.

—————–

Pérez Galdós, B., Ángel guerra. Madrid, Cátedra, 2025,702, págs.

Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

Ensayo

La mirada quieta (de Pérez Galdós)

Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año daré cuenta de lo recaudado.

Ante el revuelo creado en los medios de comunicación de La mirada quieta(de Pérez Galdós)de Vargas Llosa, me decidí a leerlo; en principio, no leo críticas antes. Dicho esto, me sorprendió que me enterase al día siguiente por la prensa y más cuando soy socio del Ateneo y en la programación del día y del mes no aparecía. ¿ A qué se debe ese oscurantismo cuando en la «docta casa» debe primar la libertad y el respeto? ¿Fue por el autor, la editorial o la dirección del Ateneo? Leído el desarrollo de la presentación, incluidas las preguntas en la prensa del día siguiente, me hice la pregunta, ¿pero todavía se prosigue con los cambalaches, las superficialidades, lo que corre de boca en boca, lo negativo, de los que no lo han leído, lo que no está escrito del más grande escritor en lengua castellana que vieron los siglos después de Cervantes como ya la crítica más exigente lo ha plasmado y venteado urbi et orbi?

Una vez leídas las dos primeras páginas, de nuevo, me pregunté, ¿pero a qué viene todo esto si lo que se concierne es sobre Galdós? Estuve a punto de no proseguir la lectura, pero como ya el tema al que alude lo había escrito en el diario El País hace tiempo, me dije mal empezamos y quizá esto me haya condicionado su lectura. El tema a que me refiero es para recordar a su amigo novelista afincado en Cataluña (» y cuando escribe artículos políticos criticando la demagogia independentista, es convincente e inobjetable».) y echarle unas flores antes de comenzar sus ideas sobre la obra de Galdós. No creo que se tratara como dice «de una provocación», no. Era la superficialidad manifiesta que hirió la sensibilidad de millones de lectores/as, y más cuando se apoyó-sin duda, para desdecir- en un artículo publicado en El País con las primeras líneas en la portada de una gran novelista, galdosiana y ateneísta, Almudena Grandes, tan respetada en el mundo literario para escribir el suyo en El País semanal. Qué lección le dio Muñoz Molina en la forma y en el fondo en el suplemento Babelia. Ahí está el Galdós sublime.

También me ha sorprendido que no aluda a una novela que, efectivamente, no se publicó en vida, pero sí en 1984, editorial Cátedra, descubierta en la biblioteca nacional en el reverso del manuscrito de Gloria ( me refiero a Rosalía, umbral y engarce de las novelas que recibirán el nombre de «realidad contemporánea) y sí dedica unas líneas a un cuento novelado, crepuscular, inconcluyente: La sombra. Por cierto, además de los artículos que manifiesta que no ha leído, olvida también los Cuentos. Celín es una maravilla; y aunque Un industria que vive de la muerte ha pasado como cuento para quien suscribe estas líneas se puede considerar, sin lugar para la duda, un ensayo periodístico. En la relación música- industria-muerte- no cabe más perfección. Tampoco dice si leyó Correspondencia.

A pesar de que me aburre lo repetitivo del narrador que es el primer personaje que inventa un novelista y, claro, Flaubert-como si fuera el dios de la tierra-; incluso lo bautiza con más precisión en Torquemada en la cruz : «Revela una superioridad artificial y petulante del narrador sobre el personaje que no puede defenderse»; lo de novelista anticuado no sé a qué viene ya que Galdós está mas vivo que nunca, y que yo sepa lo moderno comienza con la Ilustración; si no le gusta, que no lo lea y menos que lo escriba; sin embargo, admite que escribió grandes y admirables novelas, como Fortunata y Jacinta, Misericordia, Doña Perfecta, Torquemada en la hoguera, El amigo Manso. Nada nuevo para los lectores/as y crítica.

Los Episodios Nacionales están analizados a la ligera-no olvidemos que son cuarenta y seis- y da la sensación que son así porque su discurso está bien escrito aunque no sé si bien hilvanados, me caben dudas entre los que conforman la primera serie y las series posteriores. Quizá para el lector ocioso hubiera convenido citar de cómo comienzan haciendo mención a la carta de Galdós a Clarín: «En el año 1873, escribí Trafalgar sin tener aun el plan completo de la obra; después fue saliendo lo demás. Las novelas se sucedieron de una manera…inconsciente». Y ya que cita en otro momento a Unamuno, recuerdo que el escritor vasco se valió de El amigo Manso para llegar al concepto de «nivola», y su novela Paz en la tierra tenía influencias de la tercera serie, aparte de la intrahistoria que tanto propaló el escritor vasco.

En cuanto al teatro hay que removerse de la silla para leer lo que se escribe; me aburren esos resúmenes. Vamos a ver: el teatro hay que representarlo, y es ahí donde el crítico escribe; da la sensación como si Vargas Llosa hubiera visto en el escenario las obras; por ejemplo: «Produjo mucha satisfacción entre los espectadores. Pues Voluntad se deja ver, entretiene y hace pasar un buen rato a quienes se llegan a verla». ¿Tal vez un despiste, sin más? Los argumentos de las obras teatrales son farragosos y repetitivos. Por cierto, ya que define a Pardo Bazán como «diablillo lujurioso», le recuerdo lo que escribió sobre el valor de innovación: «La verdadera novedad del drama de Galdós consiste (,,,) en abrir puertas al realismo en la forma y al pensamiento filosófico en el fondo, uniendo a mayor suma de verdad ese sentido de la vida humana que se revela en un momento supremo y la marca para siempre con un trazo de luz o un estigma de miseria y pequeñez».

Sinceramente es inadmisible que su crítica se valga de frases, sin más, como en Mariucha: «obrita simpática y está bastante bien escrita»; de La fiera: «una obra muy menor»; de La de San Quintín: «la obrita pasó sin pena ni gloria ante el público»; de El abuelo : «no dejó huella importante en el público que acudió al teatro»; Alma y Ciencia: «infortunado título»; Alceste : los espectadores siempre sienten al terminar aquella una sensación de algo forzado y lejano»; Gerona : mi impresión es que está bien hecha». Y así, obra tras obra, va dejando ideas sin que se refleje un análisis riguroso de lo que representó el teatro a principios de siglo; tengo la impresión de que ha leído poco o nada de los artículos, ensayos, congresos que han desbrozado el teatro de Galdós. Sin duda es lo peor de su libro.

Queramos o no, Galdós fue el más completo dramaturgo de su época y «uno de los primeros dramaturgos de todos los tiempos» según Pérez de Ayala en Las Máscaras; se lanzó con sus ideas a expresarlas en las tablas, sin que se entienda torpemente que fue de la barricada, y aunque sí fuera estuvo más en la contemporaneidad al ser notario del pasado, del presente y del futuro. Su teatro fue una fuente de información de la sociedad española de finales de siglo y en la primera década del siglo XX. Se ha escrito que es nuestro Ibsen; pues claro, porque entendió perfectamente su teatro realista. Sirvió a la sociedad al mostrarla desnuda. No hay que recobrarlo porque siempre ha estado. Dejémonos ya de tantos tópicos y leamos con sosiego su obra.

En tiempos convulsos, el teatro es como una ventana abierta que ilumina, que nos hace vivientes, que nos une, que nos salva de tanto atropello inane. Esta obra vivificadora- Santa Juana de Castilla- se alza como un oasis de otras teorías históricas que no pueden sostenerse por mucho que nos lo repitan, una y otra vez. El inmenso vacío con que se ha tratado al personaje histórico revive en lo literario. La necesaria ósmosis entre drama y realidad cobra todo su valor si entendemos el teatro como vida, como pensamiento que se alza en las tablas. Con estas palabras, Galdós nos lo recordó: «No hay drama más intenso que el lento agonizar de aquella infeliz viuda, cuya psicología es un profundo y tentador enigma». Con su teatro quiso poner de relieve sobre las tablas el fanatismo, la intolerancia, la incompetencia, el poder corrupto, el enfrentamiento.

Pero, cómo ha escrito el sr. Vargas Llosa que la obra de «Pérez Galdós es muy superficial». Aplíquese el adjetivo. Primero, está bien escrita; segundo es un problema que aun no se ha resuelto; sin duda, el personaje es un enigma como resalta Galdós; pero no olvide que la santifica, otros dramaturgos como Martín Recuerda la pone como un pedestal con la palabra libertad en El engañao. Incluso Martínez Mediero la eleva al considerarla como ejemplo de amor en la obra Juana del amor hermoso. Hay un hecho que no puede pasar desapercibido cuando Juana lleva en la mano Elogio de la locura de Erasmo. Esperando ya la muerte, Borja le dice: «No sois hereje, señora, en el libro de Erasmo nada se lee contrario al dogma. Lo que hay es una sátira mordaz contra los teólogos enrevesados, los canonistas insustanciales, las beatas histéricas y los predicadores truculentos que han desvirtuado la divina sencillez con artilugios retóricos». Sinceramente no sé de dónde se saca «la ideología que promueve esta obra convierte a la caridad en la manera primordial de combatir la pobreza». ¡Asombroso!, no es caridad, ¡es justicia! Al final, el Duque de Gandía pronuncia: «Ya expiró…¡Santa reina! ¡Desdichada mujer! Tú que has amado mucho sin que nadie te amase; tú que has padecido humillaciones, desvíos e ingratitudes sin que nadie endulzara tus amargores con las ternuras de la familia; tú que socorriste a los pobres y consolaste a los humildes sin vanagloriarte de ello, en el seno de Dios Nuestro Padre encontrarás la merecida recompensa». El espectador o lector/a-, no hace mucho se representó en el Ateneo de Madrid-no puede quedar indiferente. Con su obra, Galdós intentó interesar, conmover, capital en una obra teatral y lo consiguió según la crítica periodística del día siguiente; recordemos, entre otros a Manuel Machado y Pérez de Ayala.

En cuanto a La loca de la casa de 1893 no observo que se haga referencia a que algunos críticos la consideran una novela dialogada, aunque se observe una intención dramática, e incluso algunos la incluyen en las novelas españolas contemporáneas; se necesitaba una explicación; pero, sí fue la primera obra que Galdós escribió, directamente, para las tablas. Se percibe, inmediatamente, un problema social al presentar dos fuerzas opuestas, pero lo que el dramaturgo propone es armonía para modernizar España sin que se vuelva a la violencia. Es decir, la búsqueda de un punto en el que se llegue. En definitiva, la comprensión por muy alejados en que se hallen. El dique, como casi siempre, está en los privilegios de unos. Galdós quiere llegar a la raíz para conseguir un compromiso social y que la sociedad se implique; es decir, llegar a la realidad que no sea solo como conservadorismo / liberalismo ilustrado. Había que actuar. Me sorprende que se diga: «En general, se trata de una obra con más fallas que aciertos» y menos «un tanto convencional». Y asombroso que escriba: «hoy tendría más vigencia entre el feminismo radical».

Clama al cielo cuando se refiere al diálogo teatral («ya se utiliza en el Ulises»); pero vamos a ver que Pérez Galdós murió en 1920 y la novela de James Joyce es de 1922. Ya me supera que diga que se burla de los personajes por ser «jerga», cuando lo que hace Galdós es recoger fehacientemente el lenguaje, la forma de hablar de la calle, de esos personajes.

Olvida, consciente o no, el Discurso de entrada de ingreso en la Academia-aunque lo nombra, sin más, de pasada-. Mejor le hubiera ido analizarlo puesto que versa sobre la novela y la respuesta de don Marcelino ( del que extraigo: «artífice valiente de un monumento que, quizá, después de la Comedia humana, de Balzac, no tenga rival, en lo copioso y en lo vario, entre cuantos han levantado el genio de la novela en nuestro siglo»-7 de febrero de 1897-); con esto hubiera llegado a la cumbre. Solo con los dos discursos hubiera sido suficiente para un ensayo en esos 18 meses que dice que tardó en leer parte de la obra de Galdós.

Hay aspectos insostenibles si se han leído las novelas con detenimiento. Escribir que La Fontana de Oro «más que una novela es un un panfleto» y que todo es «superficial y alambicado» es no tener en cuenta lo que supuso El trienio liberal y la revolución de 1868 en la historia de España para no volver a las andadas. Fíjense qué sapiencia: «Dos elementos de desorden minaban la Fontana: la ignorancia y la perfidia», a partir de ahí, Galdós distingue entre lo histórico y lo político. El planteamiento que Galdós hace de la novela tiene características similares a la novela de Dickens-no olvidemos que Galdós consideraba al escritor inglés como «mi maestro más amado»-. Dos aspectos hay que destacar en la novela: el organigrama entre hombre-sociedad y el magistral empleo del diálogo, que perfeccionará con el transcurrir del tiempo. Olvida la descripción de tres personajes: «las Porreño», simplemente insuperable. Aquella casa era como un santuario. Pero hay un personaje en esta tríada galdosiana que destaca: doña Paulita, no solo porque el narrador se encariña con ella. Lo de «mirada quieta» no se sostiene en el vía crucis de Clara, por otra parte magistral, como el personaje Paulita en la misma novela.

«Una historia sin pies ni cabeza» de Gloria. Y por si no quedaba claro ahí va su varapalo: «la crítica feroz y destemplada que hace del catolicismo y el judaísmo en Gloria es por ello, una deficiencia literaria». Lo que faltaba, si lo que quería resaltar Galdós en esa historia de amor es por qué un judío no puede casarse con una católica cuando estas dos religiones predican el amor fraterno por encima de todo; la iglesia lo condenó, incluso se sumó su amigo Pereda con las penas del infierno. Galdós ante tanta fiereza y algarabía, por los de siempre, en sus memorias escribió: «Ni don José María Pereda era tan clerical como alguien cree, ni yo tan furibundo librepensador como suponen otros. (…). Nuestras sabrosas conversaciones terminaban a menudo con disputas, cuya viveza no traspasó los límites de la cordialidad . No pocas veces, cedía en mis opiniones. Pereda no cedía nunca». El pensamiento es nítido: el niño nacido de la pareja está llamado a unir los corazones y sinrazones de las personas, por eso al final las campanas, oídas por Morton, anuncian la buena nueva; tocan a gloria, a luz, a entendimiento, a fraternidad. Quizá el fruto de ambos pueda mover a las conciencias de las personas y germinar la libertad. Se quiso impugnar la obra por los de siempre. Hasta su muerte le persiguió la hostilidad, la sombra cainita que siempre está al acecho. La jerarquía eclesiástica tardó casi un siglo en darse cuenta en el Concilio Vaticano II, en un mundo donde triunfara la libertad de cultos y la fe de las personas no se convirtiera en dique para la convivencia; la intolerancia no podía prevalecer por encima de todo. Pero sí alaba al personaje Serafinita: «este personaje sutil y retorcido en pliegues como los de una víbora es una invención genial». Sin embargo, de nuevo, no le concede a Galdós el mérito y apostilla: «no cree que Galdós haya sido consciente», como si fuera el dador del bien y del mal.

De las novelas de Torquemada. «Estas cuatro novelas están escritas de manera apresurada y no valen gran cosa», aunque admita que la primera Torquemada en la hoguera es una obra maestra y añade «el mayor triunfo fue concebir esta joya literaria»; esto no hace falta que nos lo diga porque lo advierte el lector/a y, claro, la crítica más exigente ya sentó cátedra. Las cuatro, lector/a, son extraordinarias. Galdós da un paso más en el arte narrativo, va adquiriendo su madurez. Tampoco se tienen en cuenta los intentos novelísticos experimentales y los diálogos fuera del drama, así como por vez primera se hace relación al naturalismo en La desheredada, aunque sí apunta que es «una de las pocas que con justicia debería llamarse naturalista´. No matiza que con esta obra casi cambia todo; es una nueva forma de narrar, adquiere ese madurez tan necesaria en la novela-, al estilo indirecto libre, al monólogo interior; al poder de la imaginación juntamente con el de la observación con que nos recrea los lugares, los personajes, los pensamientos. Nos repite, otra vez, que «nunca resolvió el problema del narrador». Esta obsesión desdice de quien se considera más allá del bien y del mal. Sus pensamientos son cansinos y repetitivos. Al sr. Vargas Llosa le falta una lectura sosegada, tranquila; a veces, pienso si ha llegado a comprender lo que se propuso Galdós.

Tampoco se nos aclara a cerca de La razón de la sinrazón . Fábula teatral absolutamente inverosímil, primavera de 1915. Muchos críticos la diseccionan dentro de novelas españolas contemporáneas. «Podrá decirse que no es novela, sino cuento, y un cuento deshilvanado». «Y aunque la idea generadora es alta y noble (la lucha de la verdad contra la mentira y el subsiguiente triunfo de la primera…», Es el final de las novelas contemporáneas con notas claramente teatrales.

Es alarmante que diga: «su obra periodística pasó sin pena ni gloria». Y por si faltaba poco, repite, otra vez, su adjetivo preferido: «superficial» y la define como «literatura de escaso vuelo». Me gustaría conocer si este señor ha leído lo que se ha realizado sobre la obra periodística en ensayos y congresos; cuando una persona lo desconoce, lo mejor es callar.

El libro termina con la frase «Fue, sigue siendo y lo será por mucho tiempo un gran escritor; parece como si le costara escribirlo; quitemos lo de «por mucho tiempo» y pongamos siempre porque su obra, más que le pese, seguirá viva mientras lo humano perviva. Las expectativas creadas del libro no se han hecho realidad; es más, voy a recordarle un adjetivo al que recurre en varias ocasiones: superficial. Eso sí la contraportada del libro te invita a que lo leas y arregla algunas de las cosas que escribió que no son sostenibles. Percibo como si se corrigieran los yerros con «no hay ninguno de sus compatriotas que tenga semejante dedicación, inventiva, empeño y la soltura literaria de Pérez Galdós», quizá para que se venda más.

Coda: lector/a, no leas a Galdós de forma inatenta, céntrate, vive lo novelesco, no discutas con los que hablan de oídas; muchos se han retractado de lo que dijeron al leerlo. Huye de los antigaldosianos porque lo que quieren es hacerse famosos con un escritor que se hizo en la lectura del Quijote, cuando, salvo los ingleses, no lo tuvieron en cuenta, incluso algunos de los Premios Cervantes no han escrito sobre Cervantes ni una línea y dudo que lo hayan leído.

Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

Personales

Al hilo de La vida de don Benito/15 («Salvar para la posteridad, tras la aniquilación»)

La ideas que plasmo fueron mandadas al defensor del lector del diario El País, que a su vez las remitió al autor del artículo. Como no se publicarán en el periódico, las lanzo urbi et orbi desde mi «blog».

Al  recoger los viernes el periódico en el quiosco, lo primero que hago es leer la columna de Juan José Millás; después leo a Elvira Sastre, me detengo y leo con sosiego «La vida de don Benito», para después ir a Peridis; con estos trazos primordiales de los viernes, este otoñal  y esplendoroso, no  callaré a que se encumbre a mediocridades y se denigre a la savia literaria; con esta idea parto para aglutinar algunos pensamientos que me han surgido al leer el artículo galdosiano. Primero, vaya mi enhorabuena por «Salvar para la posteridad, tras la aniquilación» de Ruiz Mantilla-Vida de don Benito,15- , salvo la expresión «el papel que jugó» (no vale que la Academia ya lo ha aceptado).
Vamos  a ver si ya abandonamos el término «el garbancero»; lo usan los tullidos, los que no lo han leído ni tampoco lo leerán, ni conocen en qué contexto se escribió-por cierto fue un personaje de Luces de bohemia-, no Valle-Inclán, que lo admiraba, lo repito: ¡lo admiraba!, ¡lo admiraba!, y quieren que hablen de ellos (que conste que no lo digo por el escritor- periodista que firma el artículo; además nos recuerda con acierto una de las veces en que Valle-Inclán se postró: «Me inclino ante el maestro, que, sin ningún demonio familiar y solo con los sentidos perecederos crea la obra inmortal»).
Ni Cela ni Benet tienen entidad para criticar a Galdós. ¿Se acuerdan qué encaje hubo que hacer para conceder a Cela el Premio Cervantes, que lo había denigrado con la expresión  «está cubierto de mierda? Y en cuanto a Benet, fue una forma de hacerse oír. Y que conste que en la Facultad fui de los pocos que lo leía, incluso he escrito en la revista Ínsula sobre su novela. ¡Curioso que se lo recuerde,hoy, por ser antigaldosiano y no por su obra! Otro que quiere hacerse camino a costa del más grande novelista Javier Cercas-hago mención porque viene su nombre en el artículo-. Lo que escribió en El País semanal fue de una superficialidad que ya fue respondido por insignes escritores. De él, sí recordamos Soldados de Salamina. Lo demás, florecillas que fenecen. «Ha metido baza Mario Vargas Llosa»-sonsaco la expresión del artículo de hoy-,me refiero, a que encumbró a Javier Cercas como uno de los novelitas estelares; no recuerdo la expresión exacta pero por ahí iba; seguro que esa idea es vacua, sin más. Era el comienzo del escrito del Nobel en El País. También decía que había leído los Episodios nacionales en el primer encerramiento con motivo de la pandemia. Tampoco pasará a la historia de la literatura por lo que escribió en el diario. Por cierto, hoy, también, Cercas se lo ha agradecido,  con la expresión «ya habría sido el mayor novelista de nuestra lengua», pág. 28 de Cultura. Favor por favor; ni esto ni aquello. Dichas ideas no se sostienen.
Por otra parte, me hubiera gustado que en la crónica del homenaje a Vargas Llosa en el Instituto Cervantes, se escribiera si se llenó el salón de actos, qué público asistió. El periodista omite estos datos en «Mario Vargas Llosa es homenajeado a los 10 años del premio», pág.28.
Coda: recordemos, en el centro Cervantes, a la derecha Torrente Ballester, a la izquierda Pérez Galdós. Y ya está, no mareemos más a la perdiz. Leamos, leamos y no pontifiquemos, y sobre todo no nos subamos al magisterio de otros para hacernos oír, que estos abundan…
Pérez Galdós

Perez Galdós, padre de la novela histórica

Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año daré cuenta de lo recaudado.

En la mañana escurialense de ayer viernes, día 31 de julio, se impartió una conferencia sobre «Galdós, padre de la novela histórica» en el salón de actos del Real Centro Universitario María Cristina adscrito a la Universidad Complutense de Madrid, ubicado en San Lorenzo de El Escorial. Me sorprendió que se iniciara la conferencia con atronadores aplausos a petición del presentador para el que hablaría sobre la novela histórica; para mí, fue algo insólito.

Don Emilio Lara fue desgranando aspectos de la vida de Galdós antes de arribar a Madrid; pero inmediatamente se adentró en los cafés literarios madrileños del que fue muy apasionado el escritor canario-madrileño-santanderino juntamente con el Ateneo; y a renglón seguido sacó a colación la expresión más banal que se ha podido decir: «nuevo periodismo»-que de nuevo no tiene nada- atribuido T. Capote por su libro A sangre fría, al menos en sus inicios. Como sabemos versa sobre el brutal asesinato de una familia de Kansas; la sociedad de aquellos años quedó conmocionada. Pues bien, don Emilio Lara, como yo escribí hace mucho tiempo, manifestó que Galdós ya lo había hecho en 1886 con El crimen del cura Galeote, y en 1888 con El crimen de la calle Fuencarral. Por cierto, lo de Galdós está mejor escrito e hilvanado, desde luego para quien escribe estas líneas. Tal vez porque sea una traducción. Me dieron ganas de aplaudir, pero me retuve para no interrumpir la disertación oral sublime que se estaba produciendo

Prosiguió con aspectos capitales, cómo a Galdós se le puede definir como «escritor total», cómo la documentación fue primordial para los hechos narrados desde La Fontana de Oro para detenerse en los Episodios nacionales y conseguir una obra excelsa en lo que se denomina como lo histórico. Insistió en lo viajero que fue y la capacidad de observación que hallamos en sus obras. Así como lo celoso que era de su vida privada, sin olvidarnos del gran lector que fue de la novela rusa, francesa e inglesa. Ahondó en una idea que apenas se dice o se intenta decir lo contraio: «fue respetuoso con las religiones, sobre todo con la iglesisa católica». También dejó entrever el poder político de la iglesia. sobre todo de los jesuitas. Estuvo equilibrado cuando habló sobre Dickens-Galdós. Eso sí dejó nítido que tanto Cervantes como Galdós brillan por sí a mucha distancia del resto. Si Galdós hubiera nacido inglés el orbe entero se postraría ante su tumba como hacen los peregrinos cuando visitan a Shakesperare; allí hallaríamos, sin lugar para la duda, la doble Jerusalén literaria.

Otras muhas cosas trató el conferenciante, por hoy valgan estas. Al final, con voz clara y fuerte: «proseguid leyendo a Galdós»; y añado: sobre todo los que hablan de él sin leerlo y se valen de chascarrillos, que abundan.

Los aplausos corroboraron la excelencia del orador. Entendí, en silencio, entonces, por qué se le aplaudió tanto antes del comienzo.

Pérez Galdós

Desde mi ventana 12 ( Una nueva biografía de Galdós, 2)

Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año daré cuenta de lo recaudado.

En la primera entrada sobre la nueva biografía de Galdós dejé caer que no convenía leer un ensayo biográfico como una novela, hay que dejar un tiempo en barbecho. Pasado ese descanso me apresuré a buscar el tema dramático. En la página 527 leo: «El teatro como arte total»; sinceramente pensé que desde esta página abordaría su dramaturgia; es decir desde Realidad hasta Santa Juana de Castilla, e incluso nos recordaría la obra que no terminó y que no se representó en vida del autor: Antón Caballero. En vano. A pesar del título de este apartado, pronto me percaté de que desde esta página aparecía Alma y vida hasta la página 533. Los que conozcan el teatro galdosiano se dan inmediatamente cuenta de que a pesar del del título «El teatro como arte total» no aparecía su primer estreno Realidad. Retrocedo hasta la página 359; es decir, si quieres enterarte de todo el teatro tienes que leerte desde esa página hasta el final.Su planteamiento no coincidió con lo que esperaba; bien, nada que objetar; libertad de creación; pero estará conmigo que cualquier lector/a querrá ver a bocajarro este género literario de golpe y, sobre todo, qué se ha aportado a lo ya escrito. No creo exagerar si empleo el adjetivo farragoso; hay que proseguir leyendo, espigando para ver toda su dramaturgia ya que hallamos otros temas que aunque pertenezcan a la época dificultan a la hora de comprender lo que se nos dice de su teatro. Había decidido la ensayista ir día a día desde su nacimiento. Respeto a tantos años de trabajo.

Por otra parte, me sorprende que se valga de las Memorias de un desmemoriado para escribir que el estreno de Realidad fue el 15 de marzo de 1891, no olvidemos que ya Galdós ciego dictaba sin más. Eso es un error de transcripción. Además, ella sabrá que el periódico El Imparcial de 14 de marzo de 1892 informa de que a los ensayos han asistido asiduamente Echegaray y doña Emilia Pardo Bazán. De tal acontecimiento-estreno el día 15 de marzo- dieron cuenta también El Heraldo de Madrid, 16 de marzo de 1892; El Resumen, 16 de marzo de 1892; La Época, 16 de marzo de 1892; El País, 16 de marzo de 1892; El Liberal, 16 de marzo de 1892; El Diario Español, 16 de marzo de 1892, etc.

Sin duda, me han alegrado algunas citas que a veces olvidamos y damos por sentado otras ideas que no se sostienen. Una de ellas fue el recuerdo de lo que escribió Max Aub: «El vuelco (en el teatro español) lo va a dar el escritor más importante de este tiempo, Benito Pérez Galdós», pág. 359. Otra de Pío Baroja con el título «Galdós vidente» en el diario El País el 30 de enero de 1913 con motivo de la reposición de la obra Electra: «La obra de Galdós es una esperanza de purificación, es la visión vaga de la Jerusalén nueva que aparece envuelta en nubes», y sin embargo he oído, incluso he leído que era antigaldosiano cuando el propio Baroja en una carta se dirije a Galdós con el encabezamiento: «Querido maestro».

Proseguí revoloteando por las páginas cuando me acordé de Una industria que vive de la muerte . Episodio musical del cólera, pág. 90, que a mí tanto me impresionó de estudiante. A petición del director del periódico La Nación le pide que narre lo que acontecía sobre el cólera; Galdós lo hace a su manera: cómo relaciona ficción y realidad, cómo aúna música y literatura. Lo que no me ha gustado ha sido que la autora escriba: «Una industria… es un cuento temprano de Galdós…». Ya sé que está en el apartado de Cuentos y así lo ha entrevisto la crítica, pero en su momento mantuve y mantengo que estas crónicas unidas son más ensayo periodístico que cuento. Aun admitiendo que los problemas reales del momento tenían expresión en los cuentos, y estos en los periódicos y revistas. Periodismo y costumbrismo unidos. En el siglo XIX recibía ese nombre, pero me rebelo a que estos artículos reciban el de cuento; están más cercanos a lo que se denomina ensayo periodístico.