Pérez Galdós

Al «dios de las palabras»

con la esperanza de que queden esmaltadas para siempre.

Canto de desagravio. No puedo callar ante el comentario de toda una profesora universitaria que tildó a la novela Tristana de “vodevil”  con tono despectivo. Esta palabra  me hirió, de ahí el canto. ¿Qué motivos le han llevado a semejante disparate? ¿Es que ella prefiere que la mujer sea súbdita, que no piense, que no tenga sentimientos amorosos-¿desde cuándo la relación amorosa es un delito-?, que no tenga derecho a votar, en definitiva que no sea persona?

Veamos. Pérez Galdós publica la novela en el año 1892. Es la última etapa narrativa del novelista en la que aúna los dos movimientos literarios de finales del siglo XIX: realismo y naturalismo. La técnica narrativa está basada en la observación de la realidad; la novela como medio de la comprensión histórica, pero también como forma periodística, como si novela y noticias se imbricaran, fueran una misma cosa. Con las nuevas formas estilísticas como la omnisciencia, el monólogo interior, el subconsciente, intentarán elevar el realismo a una esfera novelesca que se puede considerar de oro, no sólo en España sino en el resto de Europa.

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Literatura

El canto de la Literatura como sustrato de nuestra vida

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 Tantas cosas se agolpan en nuestra mente cuando queremos hablar de literatura que, a veces, tenemos que aparcar algunas ideas para enaltecer lo esencial de lo que constituye lo primordial de nuestra existencia, como es el pensamiento. ¿Se puede dar este sin antes libar de nuestra lectura  lo que otros han plasmado en el papel? Si se ha alumbrado el canto de la existencia, coadyuva; lo primordial es que canten las palabras, que el camino esté henchido de literatura, de poesía, de perfección, que nos sintamos partícipes de esa belleza con la que escribimos. Desgraciadamente, la imaginación, la ensoñación cada vez ocupan menos espacio; las bibliotecas que en otro tiempo, nos sirvieron de reflexión, ahora se cierran por el falso concepto de la palabra “crisis” que nos anega.

La belleza de la palabra poética es su música. Es el arroyo literario. Acerquémonos a esas aguas cristalinas que arrastran el devenir y lo purifican. Contemplémoslo como catarsis.

         La literatura no puede sucumbir ante el mercado si la entendemos como libertad, como vida, como faro, como pensamiento, como luz eternal; la creatividad sólo es libre en la voluntad, en la imaginación del que escribe, del que piensa, del que realiza; es el tiempo de inocencia,  la época del alma. Pero, también es soledad, aunque nos conduzca a la angustia existencial tan propia del género humano.

         Si la expresión flaubertiana “escribir es una forma de vivir”, ¿por qué no hacerla factible en nuestras vidas para orientarnos mejor por ese laberinto lleno de dudas que trascienden nuestras formas de conducta?