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Crítica periodística teatral

Crítica periodística teatral

Félix Rebollo Sánchez

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 Al abordar la crítica, cualesquiera que sean los vértices, deberíamos tener en cuenta el consejo que da el padre del narrador a su hijo a las pocas páginas del comienzo de la novela El gran Gatsby de F. Scout Fitzgerald: “siempre que sientas deseos de criticar a alguien recuerda que no todo el mundo ha disfrutado de las facilidades que tú has tenido”.

Tampoco estaría de más recordar su origen (del griego «Krinein”, juzgar, opinar, equivale a juicio o valoración). En la octava acepción del Diccionario dela Real Academia la define como “examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística”. Y en la décima acepción “conjunto de personas que, con una misma especialización ejercen la crítica en los medios de difusión”. A esta última me voy a referir.

El problema que se plantea con el rótulo “crítica periodística” es la función de la crítica y cómo nace lo que, hoy, llamamos crítico. Ambos conceptos están dentro del mismo campo de público o espectadores expertos. Los autores, los directores de escena, los actores, actrices, los/as lectores exigen un buen conocimiento de los que intentan acercarnos el teatro con la escritura. La formación del crítico es algo esencial, y más desde la segunda mitad del siglo XX cuando el teatro se ha incluido en los estudios literarios. El crítico hacedor debe asimilar lo que son las coordenadas espacio-temporales de la representación, el público, el lenguaje teatral, la forma en que los personajes se mueven, piensan, articulan, de ahí que los que hacen la crítica teatral deben conocer lo que se denomina la carpintería teatral.

Pero, no solamente esto, sino también la creatividad. Los lectores lo agradecerán. Es aquí donde el crítico no preparado desbarra, y es lo que debemos obviar. No puede olvidar el crítico que el teatro es una crítica a la sociedad. Desgraciadamente, muchas veces, el teatro lo decide la subvención. La censura ha desaparecido, pero existe la autocensura, aquella que no quiere molestar porque si no, no habrá subvención o la empresa te ladea si te sales del marco convenido.

         Otro aspecto capital es que el teatro no pierda ese signo tan propio desde su creación: que sea arte. Entonces es cuando podemos hablar de recinto artístico, si pierde esta esencia no es nada, ni siquiera sirve como divertimento. Ahí es donde el crítico debe actuar, exigirlo, sin miedo al qué dirán, pero también siendo generoso, primero con el texto −y más si este es poético−, y segundo con la representación.  Esto no quiere decir que el aplauso sea norma, esto sería lo primordial, pero desgraciadamente no siempre sucede. La disidencia forma parte de la buena crítica aunque moleste al director de turno o al divo/a que no acepta que su trabajo pueda estar en entredicho, cuando, en realidad, una vez terminada la función, lo ideal es que se produzca el debate, el comentario, no sólo entre el público a la salida  sino también con todos los que han hecho posible la representación.

         La crítica como manera de conocimiento es básica; no puede delimitarse la especialización, y menos ser generalista. Para que sea una crítica teatral “hay que dar por sentada la ficción de que el Teatro (con mayúscula incluso) es lo que verdaderamente importa”, según S. Amestoy. De acuerdo, pero se necesita un saber, un conocimiento. El punto de vista crítico es esencial con relación al teatro, contribuye a la propalación, forma parte, incluso, de la escenificación; es una creación artística cimentada, sí, en la obra dramática. Mas hay otros aspectos que olvidamos, con frecuencia, como son intuición, sensibilidad, y lo más grande: el sentido común; todos, factores imprescindibles para que a un crítico se le corone con laurel.

A la pregunta, “¿Cómo debe ser la crítica?”, decía Antonio Machado que “en términos generales ―y sobre todo esta crítica periodística, de impresión― debe ser, a nuestro juicio, de carácter más positivo que negativo. El crítico se acercará con simpatía al objeto de su atención―siempre que éste la merezca― y, penetrado de los propósitos del autor, juzgará de su realización, que es la obra; sin que se entienda que juzgar, en este caso, significa meramente sentenciar”.

         Pero, hay más, la crítica teatral tiene que ser arte y ciencia unidos, si no fuera así perderíamos la fragancia, la razón de ser de algo consustancial a la escenificación; la labor científica unida al objeto de análisis del texto representado. La crítica teatral se debe acercar a la semiología para llegar a percibir la estructura científica del espectáculo, así se puede concebir mejor la imagen viva. Ya Aristóteles nos comparó la imagen “con el único e indivisible ser vivo”.

Teatro

¿Tiene actualidad El sí de las niñas? ¿Por qué, todavía, es una obra de lectura obligatoria? ¿Tampoco hemos avanzado en las relaciones humanas?

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El sí de las niñas se representó en el teatro de la Cruz el 24 de enero de 1806. Asistió el Príncipe de la Paz, y como sabemos fue novelado por Benito Pérez Galdós en el capítulo II de La corte de Carlos IV. Se hicieron cuatro ediciones ya en 1806, además de otras dos, al menos, en 1805. Es la más estimable si tenemos en cuenta que fue la más aplaudida por los espectadores. Incluso algunos la definen como una de las comedias inmortales y perfectas de la dramaturgia española. Fernández de Moratín (1760-1828) es un clásico que no solo fue autor sino también fue un estudioso del mismo. Se dice que incluso asistía a los ensayos de las representaciones teatrales. Quería que se entendiera la importancia de la educación de los jóvenes, capital para el progreso; de ahí su clara y manifiesta conciencia crítica al sistema educativo. El ataque a la obediencia plena de los jóvenes, que les impide rebelarse y los obliga a actuar hipócritamente en contra de sus sentimientos, se deja traslucir en toda la obra; así como, el abuso de autoridad tanto por padres como por tutores intransigentes. La obra como finalidad didáctica en la que sobresalgan la virtud y la verdad

Quizá en el mundo occidental resulta una trivialidad el tema que plantea, pero en su contexto histórico, tenemos que tener en cuenta que existía una conciencia social que concebía el matrimonio como un pacto de intereses. Moratín se opuso porque iba contra los principios morales; él prefería la honestidad, la rectitud. Su propósito: dar testimonio con esta obra. El autor planteó un problema que estaba en la sociedad, más allá del trono y del altar; algunos conservadores la juzgaron como subversiva, pero fue la más representada de su tiempo, en concreto durante 26 días.

Literariamente, el neoclasicismo representó, frente a la grandiosidad del barroco, un nuevo modelo de escritura, otra actitud en la que las personas son el centro como sabedoras del conocimiento, como motor de la sociedad; precisamente en la obra se nos muestra la razón y la compasión como dualidad para conseguir el disfrute, inherente a los humanos.

 En cuanto a la producción del autor, nos ha legado cinco comedias (El viejo y la niña, El Barón, El si de las niñas, La mojigata, La Comedia nueva); escritos sobre teatro ( Orígenes del teatro español); Discurso preliminar, que antecede a sus comedias; obra en prosa: La derrota de los pedantes; Epistolario, Diario, Viaje de Italia. Su faceta poética, hoy olvidada encandiló a parte de la crítica, pero también fue denostada por otros. La hondura de su vena poética se circunscribe al gran poema «Elegía de las musas» en el que hace una reflexión de la poesía y del teatro, baluartes de su pensamiento. Para mí, su poesía fue de las más perfectas del siglo ilustrado o, al menos, a mí me lo parece.

El contexto histórico en el que se inserta, el autor, con la caída de Godoy, se pone al lado de los franceses. José Bonaparte lo nombró bibliotecario mayor de la Biblioteca Real(1811). Con la vuelta de Fernando VII, como los llamados afrancesados, tuvo que marcharse.

Me ha  llamado la atención, aunque considero que la libertad es inherente a las personas, independiente del género, el hecho de que Moratín  nos quisiera plasmar en su obra la importancia que tiene la mujer a la hora de elegir con quién quiere compartir su vida, que en ese tiempo estaba vedada, por lo que se opuso a la pragmática real. Una vez leída,  mis pensamientos se sumergen en tantas mujeres que, hoy, tampoco son libres para decidir su vida en este sentido. De ahí que todavía tenga actualidad después de más de dos siglos de diferencia.

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Teatro

La inmortalidad de Valle-Inclán: todo un testamento con el rótulo Luces de bohemia

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Luces de bohemia es el libro más famoso de Ramón María del Valle-Inclán. La obra completa se publica en 1924. Antes, vio la luz en la revista España, por entrega semanal desde el 31 de julio al 23 de octubre de 1920. Cuenta la vida de Max Estrella, poeta miserable y ciego. Valle se inspiró en Alejandro Sawa.

Si hay una palabra en la que se sustenta es deformación porque era la única manera de acercarse a la realidad, a ese Madrid, absurdo, hambriento, brillante. Creemos  que es extensible al resto de España, ésta es descrita por el personaje fundamental como una “deformación grotesca de la civilización europea”. En el recorrido-peregrinación nocturno de Max Estrella nos percatamos de hasta dónde podemos llegar en las relaciones humanas. Desciende a los abismos de la miseria, de la ignorancia. Es la obra maestra del esperpento en la que no cabe “honestidad”. Pero,  va más allá al reflexionar sobre la literatura como vida, como compromiso, pero también como arte. Sigue leyendo «La inmortalidad de Valle-Inclán: todo un testamento con el rótulo Luces de bohemia»

Teatro

Algo más que palabras

La tragicomedia Divinas palabras la escribió, quizá, el dramaturgo más influyente en el panorama teatral del siglo XX: Valle-Inclán. Se publicó, por vez primera, en la revista La Pluma  de Madrid en 1919; se estrenó el 16 de noviembre de 1933 en el Teatro Español de Madrid, pero no tuvo éxito. La obra está encuadrada dentro de Comedias bárbaras. Es el llamado ciclo mítico; es el paso previo a la aparición de la estética del esperpento. No fue escrita para ser representada. Pero, el Valle- Inclán  que conocemos, hoy, en cuanto a la lectura y representación de su obra fue muy distinto. En su época fue muy discutido; hoy se le venera no sólo en lo que dice sino, también, en cómo; su estilo raya la perfección.

            Su fuerza denunciadora y satírica entusiasma a los espectadores y lectores. Su cruel implacabilidad respecto de situaciones en los que andan metidos sus personajes, no sólo en Divinas palabras, es única; de ahí que sea admirada su trayectoria dramática por críticos, autores, directores de escena, etc.

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