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Novela

La casa de las orquídeas

El conocimiento de una pequeña isla de las Antillas británicas, Dominica, nos retrotrae a un cierto colonialismo europeo, pero también qué subyace de los encuentros en ese mar tan lejano, y si hubo fusión entre las personas que estaban con las que llegaron. El protagonismo estriba en tres hermanas que regresan a la isla tras casi toda una vida en el exterior. Su antigua niñera es clave, les recordará las vicisitudes de lo que fue y lo que permanece. Poco importa si detrás hallamos a la autora de la novela, Phyllis Shand Allfrey (1908-1986),o, al menos, su universo familiar y social. Es evidente que realidad y ficción se dan la mano para llegar a describir un paisaje embriagador, exuberante y una sociedad heterogénea.

«BELLEZA y decadencia, belleza y enfermedad, belleza y horror: eso era la isla«. Con estas dicotomías comienza la edición de Lourdes López para acercarnos a La casa de las orquídeas (1953) durante el Impero británico en la primera mitad del siglo XX. Un dato esclarecedor para entender en toda su dimensión la novela es que las orquídeas «eran las flores más preciadas por su peculiar belleza y elegancia» y, por ende, asociadas a las gentes privilegiadas económicamente-«cuando invitaba a los amigos ingleses y americanos que se dejaban caer desde yates o cruceros para ver su orquídeas y sus jardines»-, pág. 95.

Estructuralmente, la novela consta de catorce capítulos, divididos en cuatro partes tituladas «Los días anteriores»-tres capítulos- «La señorita Stella vuelve a casa-cuatro capítulos-. «Regresa la señorita Joan-cuatro capítulos-. «Llega la señorita Natalie-tres capítulos. «Sentía añoranza. Quería escribir un libro sobre una isla«. Así de nítida se presenta la autora. Un sentimiento revolotea su mente y quiere escribirlo; lanzar al mundo su pensamiento de su isla con toda crudeza. Al lector /a no se le escapa que estamos ante el retorno a la isla en que creció la autora y sus hermanas. La relatora es Lally, la niñera que las cuidó (Stella, Joan, Natalie). Cuenta la historia de la casa, el pasado colonial, sus raíces, el recuerdo del padre, un opiómano, que vuelve de la primera guerra mundial. La remembranza se deja traslucir; el anuncio de que llegan las niñas, después de tanto tiempo. Es la historia de la familia encabezada por «los días anteriores». Ya en las primera líneas se nos narra en qué iba a trabajar la criada; la señora «volvió con una cesta en la que había un bebé». Era la señorita Stella-«la niña más bonita que había visto jamás«-. El recuerdo de las tres niñas se hace presente, que ya se habían casado. Stella con granjero alemán y vive en Nueva York. Joan, con un voluntario de las brigadas internacionales en la guerra civil española y vive en Inglaterra, y Natalie con un caballero inglés. mayor, pero rico. De alguna forma es la encargada de ayudar a sus hermanas.

«La señorita Stella fu la primera en volver a casa«, así comienza el capítulo cuarto. Su llegada fue satisfactoria. La relatora se detiene para describirla una tarde en que la placidez se adueñaba del entorno: «Estaba tumbada (…), respirando hondo y estirando las piernas desnudas sobre la hierba espesa.«. Su hijo, llamado Hel, estaba a su lado, entretenido («Estaba callado, el gracioso niño rubito, pero cunado hablaba su voz era un leve quejido dulce«), pág. 145.. Su vuelta era necesaria, quería saber, recordar y dar las gracias por tanto. Al final de estos años anteriores, hay un párrafo ensoñador, sentimental, que ahonda en el espíritu de la relatora que jamás olvidará de la señora, el señor y sus niñas por encima también de sus dificultades, vuelven » a aflorar ahora que soy vieja y estoy ociosa (,,). Mis días no eran míos y vivía mi vida a través de otras personas». La expresión gritada por Joan- con su hijo en brazos-: «¿ Lally, Lally, te acuerdas»?, llenó todo su corazón y casi estuvo de derramar alguna lágrima de emoción. Pero, también, tuvo que soportar con sorpresa lo que le espetó muy al final Natalie: «Lally. pareces una solterona blanca de principios de la época victoriana«, pág. 300. Lo peor en esta vida es la ingratitud. El dinero obnubila las mentes.

El regreso de la señorita Joan estaba al llegar; era necesaria. El barco en el que vino «era uno de esos barcos caprichosos que llegaban cuando les parecía». Trajo a su hijo Ned, y como equipaje «tres cajas llenas de libros, una maleta grande y otra pequeña, y una bolsa de red llena de de juguetes y de artículos de aseo», pág.225. En los viejos tiempos fueron descritas como «Stella la conmovedora, Joan la temeraria, y Natalie la tenaz», pág. 311.

Faltaba la más joven y a la que en parte la vida le sonreía: la señorita Natalie. Son los tres últimos capítulos; en el primero, comienza: «La lluvia que no cesó en lo que quedaba de semana, cayó como un velo casi opaco; lo cubría todo y nos mantuvo en un limbo pacífico y aguado», pág. 271. Ned, dormía. Su madre Joan charlaba en la despensa. «En las laderas de las montañas caían los arroyos con un rugido suave». La sorpresa salta cuando se le recuerda a Joan que fue « un miembro importante del Partido Laborista, allá en Inglaterra», aunque se matice que no pintaba nada en la política, que era una trabajadora de poca monta, pero sí se recuerda que su marido Edward estuvo en la guerra española de 1936 como voluntario brigadista («cuando atravesó el río Ebro a nado con esas preciadas balas en los bolsillos») . El «tu tía Natalie viene mañana» cobra todo su vigor, se la esperaba como agua de mayo. Nadaba en la abundancia. El ahí viene el hidroavión de la tía Natalie era como una esperanza pero también de zozobra el aterrizaje, que fue en el mar «y Natalie ha sabido recoger los amarres con gran destreza». Natalie fue descrita como guapa. divertida, vividora, ensoñadora, huidora de los andrajosos, débiles, de la política, bebedora de lo mejor, bailadora, embriagada de dinero eso es lo que admiraba, lo demás no iba con ella.

La huida es descrita por Lally como la intercesora que pone paz, tranquilidad, después de tantos sobresaltos. El hidroavión surcó los cielos-simbolizaba la vuelta a la vida-. La resistencia del padre fue enorme; solo mirar al aparado le horrorizaba. Para él eran «máquinas diabólicas. El «tienes que venir» de su hija» y el imperativo de la voz del hijo de Joan, Ned, con «Abuelo, ven» que iré contigo calmó la situación. Se agarraron las manos todo el camino.

El final es un diálogo esclarecedor entre Joan-fascinada por la naturaleza en la que nació- y Lally. Joan promete no dedicarse a la actividad política en la isla y estar al lado de su marido e hijo. A la pregunta «¿qué decía en esos telegramas a Inglaterra? -«Se lo envié a Eduard, le pedía que viniera». El cómo conseguiría el dinero para llegar a la isla. La respuesta fue tajante: «Natalie me dio el dinero«. Las diferencias sociales no importaron tanto para la ayuda, pero sí se percibe que la «niñera» tenía una cierta predilección por Stella-sin duda, la más nostálgica de su tierra-, aunque de su boca saliera la expresión «las quiero a todas», era algo inherente que estaba en su corazón.

«Había abierto mi otra puerta, la que daba al patio, y dejó entrar el verde eterno, el azul de las montañas y el del cielo azul, el perfume de tantas flores, la altura de las palmeras y de todo un carnaval de pequeños insectos», pág. 330. El joven Ned está llamado a reparar los errores que se hayan podido cometer, «el que nos sobrevivirá a todos, vendrá a vivir aquí».

—–Shand Allfrey, PH., La casa de las orquídeas. Madrid, Cátedra, 2025, 330 págs.

Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

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Ensayo

Diario del año de la peste. Daniel Defoe

Entre lo periodístico y lo histórico podemos enclavar este ensayo, sin que falte lo ficcional; es la única forma de llegar a lo que supuso la epidemia de peste en aquel Londres de 1665 cuando el genial escritor apenas tenía seis años. Lo excepcional siempre hay que tenerlo en cuenta y más si su estilo es «excelso».

Siempre que releo o me cuerdo de este Diario del año la peste, (1722) me viene a la memoria el también ensayo periodístico Una industria que vive de la muerte de Pérez Galdós. Con estilo también admirable en que la ficción se hace arte como ocurre en el texto literario. La diferencia estriba en que Galdós fue testigo de la peste que asoló Madrid en 1865, mientras Defoe tenía unos cinco años, y posiblemente fuera su tío Henry Foe quien le proporcionó datos y hechos ocurridos para poder hilvanar para la posterioridad la negrura de la peste bubónica que mató a tantas personas-97000- en ese año fatídico. espantoso-«era frecuente que la gente cayera muerta por las calles«, en Londres.

La creencia por parte de la gran mayoría de que era un castigo divino corría de boca en boca-«la vara del Todopoderoso para castigar los desacatos impíos de los hombres«-. Un refugio consistió en ponerse en manos, en la protección del Todopoderoso. Creyeras o no, era una defensa para no sucumbir ante la terrible desdicha. Defoe tuvo su propia opinión, lejos, claro, de la cólera divina y se basó en lo que se sabía de la medicina, o de los tratados publicados. El editor de la edición matiza: «Defoe subraya el el reconocimiento de la intervención divina en los asuntos divinos, pero dotándolas de tintes racionalistas y sustentándola en postulados científicos«, pág.48. Sea como fuere, Defoe ha quedado para la posteridad como el gran novelista inglés y el periodista que se acercó a los hechos como si fuera un reportero de los acontecimientos acaecidos de un instante histórico; poco importa que el origen de la epidemia de la peste fuera extranjera. Su obsesión se circunscribe a Londres con un mapa certero. No nos extraña que García Márquez lo tuviera como de cabecera en sus lecturas. James Joyce describió el estilo del Diario como «magistral». Entre periodismo y novela se puede colocar el relato que nos retrotrae a un hecho calamitoso, ominoso, a una ciudad perpleja sin saber las causas, el martirio de tantas muertes. La dualidad ignorancia y exaltación aumentaba sin más. Fue el terror y el miedo a la peste.

Al principio la gente mostró su preocupación por los hechos que se sucedían, fundamentalmente «en la última semana de diciembre de 1664«; pero, sobre todo, se tuvieron en cuenta los entierros que «aumentaban de manera considerable«, que proporcionaban las parroquias. La preocupación se agigantaba semana tras semana. No había otra forma que salir de la ciudad. No fue fácil, la petición para obtener salvoconductos o certificados de salud para la salida fue enorme. Lo mejor era la huida para que la peste no les infestara.

Destacaron «las disposiciones relativas a la epidemia de peste compuestas y publicadas por el alcalde y regidores de la ciudad de Londres, 1665«. El eje vertebrador fueron las parroquias en las que destacaron inspectores, vigilantes, guardianas, cirujanos, enfermeras. Así como los preceptos relativos a las casas infectadas, aislamientos de los enfermos, saneamiento de los enseres domésticos, entierro de los muertos, limpieza de las calles, coches de alquiler, basureros, etc. No quedó nada para que la epidemia no prosiguiera y se cortara. Todo estaba recogido en normas, incluso las enormes fosas que se construyeron.

Es sobrecogedor la estampa de la madre que muere en el parto y el niño nace muerto. Cuando la nodriza se presentó halló al hombre sentado con la mujer muerta «y tan abrumado por el dolor que murió unas pocas horas después sin ningún signo de contagio, tan solo hundido bajo el peso de su profunda pena», pág.259. Incluso algunos, «incapaces de soportar el tormento, se tiraban por las ventanas o se pegaban un tiro». La variedad de actitudes que la gente adoptaba se debió al sufrimiento al no poder calmarlo.

Cuando la peste comenzó a remitir, el pensamiento de las gentes se mantuvo en que: «Nada salvo la intervención divina, nada salvo su omnipotencia, podría haberlo logrado». La desolación ya huía y se apoderaba la idea de que el censo de muertes iba disminuyendo. El cambio de los rostros de las personas podía percibirse. Con sonrisa de gozo, en las calles, se apretaban las manos. Las ventanas de las casas comenzaron a abrirse para saludar al vecino. Era un resurgir a la dicha. Fue el lloro de alegría.

La última página descifra, nos aclara, la terrible peste; pero también la luz, el resurgir de una capital que deslumbra, de nuevo. La imagen del Fénix representa el poderío con que se reviste su Londres. Había que volver al cauce esplendoroso, de ahí que concluyera con unos versos «que yo mismo compuse«. Fue la alegría de estar vivo. Parecía como si fuera todo maravilloso. Es como un sueño. El ¡«Alabado sea Dios! fue la expresión más usada en las calles entre los que sobrevivieron. Fue el saludo fraternal como agradecimiento.

Defoe, D., Diario del año de la peste. Madrid, Cátedra, 2025, págs. 410. Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

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Poesía

Poesía clandestina y de protesta política del Siglo de Oro

Acabo de terminar un libro hermoso en que la lectura se adueña de sapiencia en un camino placentero según vas conquistando la narrativa suprema de El verano de Cervantes de Muñoz Molina, galdosiano y cervantino; dos adjetivos que pocos han conseguido. Cuando supe de la publicación de este libro excelso-Seix Barral, junio, 2025– dejé a un lado otras lecturas y me puse a disfrutar y a recordar Don Quijote a la vez que me nutría de los hechos capitales que Muñoz Molina enhebraba de tantos lugares y escritores que tuvieron a Cervantes como asidero para entender el arte de la novela. Muchos aspectos quedan en mi memoria de la lectura, peo solo voy en estas líneas a resaltar; «Solo la vida humana corre a su fin ligera más que el tiempo»; eso sí apostilla que «Francisco Rico, que sabía tanto, corrigió uno de los muchos errores de la primera edición (…), para él debería leerse ligera más que el viento«, págs. 437-8.

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Desde otra atalaya, me acerqué a otro libro en el que el adjetivo «clandestina» me llamó la atención y más cuando se trataba de poesía que a ser sincero desconocía. Faltaba una Antología que cubriera la poesía crítica escrita en la clandestinidad en un momento cumbre de la literatura castellana que hoy se necesita reverdecer. Congratulémonos de estos textos que nos brinda la editorial Cátedra para comprender mejor un período capital de nuestra literatura.

No sé si fue «descuido habitual». Lo primordial es que en el siglo XXI tenemos la oportunidad de acercarnos «a los más de un centenar de textos» que marcan un tiempo de asombro y agitado en tres reinados. El estudio de don Ignacio Arellano nos abre otra ventana de esta poesía para dar carpetazo con su seria investigación a que entre aire fresco para comprender mejor lo que se generó en una momento determinado que parecía que estaba amortecido.

La anonimia era lo más certero; no demos más vueltas; lo primordial es su lectura, más allá de esto o aquello; es como apunta el editor «un rasgo constitutivo del género, con la principal excepción quizá del conde de Villamediana» . Con la fuerza testimonial: » La mayor parte de estos poemas nacieron anónimos y anónimos han de quedarse; hay que tener en cuenta que estamos ante unas circunstancias históricas concretas e enriquecedoras en el plano literario para conocer la realidad».

En cuanto a la estructura está bien delimitada en tres partes; la primera, reinado de Felipe III y transición. Ciclos de Villamediana y del duque de Lerma. La segunda, otras varias poesías. Reinado de Felipe IV. Ciclo de Olivares. La tercera: reinado de Carlos II. Apéndice. Varia. Sin datación. A todo esto hay que añadir Anexos. Fuentes textuales. Índice de primeros versos. En la primera, se alza el soneto «A Inglaterra» con ese don humorístico referido al rey Felipe IV ( «Bautizamos al niño Dominico, / que nació para serlo en las Españas»). Aparte de la crítica por los gastos de hubo. El primer verso del segundo terceto no ofrece dudas («Quedamos pobres, fue Lutero rico»). La metonimia, como apunta el editor, es nítida. Detrás de Lutero, subyace la herejía; en este caso inglesa». La segunda comienza recordándonos una relación que tuvo el rey Felipe IV a sus veinte años con la marquesa de Charela; «Pasajero, esta que ves / casa no es lo que solía. / El rey la hizo putería / para convento después. / Lo que ha sido y lo que es / aunque con roja señal y título en el umbral, / ella nos dice y enseña / que casa en que el rey empreña / es la Concepción Real». En la tercera, es famoso el soneto del confesor de la reina Mariana de Austria: «Que los jesuitas oren, bueno y santo; / que conviertan las almas, santo y bueno; / pero que quiten a la reina el manto / no lo tengo por santo ni por bueno». Es el primer cuarteto, en contra de Nithard. Al final, sería desterrado.

Don Ignacio Arellano expresa nítidamente en la introducción que realiza lo que representó esta poesía: «una sátira aristocrática, impulsada por las élites cortesanas, pero que se proyecta sobre las masas para crear o manipular la opinión pública», pág. 49. Sin exceptuar a los monarcas, los insultos, las calumnias, los reproches fueron el común denominador de los que tenían algún poder. No me extraña que esta poesía fuera clandestina.

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Poesía clandestina y de protesta política del Siglo de Oro. Madrid, Cátedra, 2025, 420 págs.

Ensayo

Mis páginas mejores. Julio Camba

«Mi nombre es Camba». Estamos ante un escritor nómada o «escritor viajero» que lo deseó («vivir en el extranjero libremente«). En sus escritos desde el ángulo que queramos sobresale un nombre con humor. Recorrió siete países y en todos dejó su huella periodística con sus crónicas desde el extranjero. Cuando intentamos recordar la expresión «columna periodística», como género, nos viene a la memoria Azorín. No sé si trató de imitarlo o simplemente quiso ser él aunque tuviera en mente al de Monóbar. Su singularidad fue su campo.

Que tengamos, hoy, sus crónicas cercanas para su lectura es de agradecer; así como a Pla o Chaves Nogales. Nombres en el arte de la escritura. Lo brillante aunque sea subjetivo ayuda a comprender mejor el suceso cotidiano, a inducir con la mayor exactitud lo que acontece con objetividad, no lo que piense, he ahí la gran labor del hecho periodístico en que la observación es primordial.

La brillantez de sus artículos fueron recompensados con su publicación en libros. Uno de los destacados es La rana viajera (1920), conjunto de artículos humorísticos en los que destacan el tema de España y los españoles. Otro libro primordial La casa de Lúculo (1929), que versa de gastronomía, e intenta demostrar que la cocina es fundamental en nuestra vida. Pero lo que más llama la atención es su estilo perspicaz, incisivo y novedoso. Su fino humor deleitó a los/as lectores. Su buen hacer periodístico fue valorado con el premio «Mariano de Cavia».

Cuentan que a los trece años se escapó a Buenos Aires, donde residió dos años. A su regreso se dio a conocer, primero, en la prensa gallega, en el Diario de Pontevedra, y luego en Madrid, en un principio en El País. Su columna en La Tribuna con el título «Diario de un español» adquirió solera.

«He aquí mis mejores páginas. Las otras son también bastante buenas, no se vayan ustedes a creer», podemos leer en «Sentido de esta Antología» para prevenir al lector/a. La estructura tiene como base en siete apartados titulados: En el pueblo natal. Una ojeada al mundo. Años después. España reencontrada. Un poco de gastronomía. La República. Pequeños ensayos. Últimos artículos. Podemos leer En el pueblo natal tres. Desde su Galicia natal, allá por 1907 o 1908, nos advierte de que desconoce si son los más antiguos. En esta Antología podemos leer tres: Los curas de aldea. La diligencia. La escuela rural. En «Los curas de aldea», sus padres le propusieron que se fuera a Santiago «para ingresar en el Seminario». La contestación fue nítida; «Mis ideas no me permiten ser cura». Esta corroboración cuando una mujer, atenta a sus correrías, le espeta: ¡Cuánto mejor estarías en un curato de por aquí! Mejor para el alma y mejor para el cuerpo». Era una forma tranquila y de buen comer y vivir para los que se consagraban a Dios. En «La escuela rural» comenta el miedo, la certeza, el castigo de unos tiempos convulsos. Recuerda la escuela como centro de castigo, «de un lugar de tortura adonde me enviaban mis padres para castigarme». Las seis horas eran para él «un verdadero suplicio».

En una ojeada al mundo . Al reunir todos los artículos entre los años 1909 y 1914 siente nostalgia «a la manera de Jorge Manrique, la época en que éramos diferentes». Todos los pueblos con su peculiaridades (italianos, franceses, suizos, alemanes, yanquis) y con la salsa humorística de Camba, bien sea cómo comen los ingleses, qué hacer si se acaba el carbón, pesadilla para los poetas españoles, el sol en Londres, el pudding de las Navidades, la indiferencia inglesa, toque de corneta en la que «la pura Inglaterra, debe ocupar el cielo». Los franceses con su arte de cocinar, el bulevar parisino, o sobre la cama («A mí me encantan la blandura, la elasticidad, la amplitud y el calorcito de las camas francesas»). Los alemanes como el país de la cerveza, el clima de Múnich-su cerveza » es más que la niebla en Londres, y más que el sol en Andalucía»-. El pueblo alemán- «Llevo ya dos años en Alemania, y todavía no me he enterado de que aquí haya un pueblo-. Los suizos -«Yo nunca me he imaginado Suiza poblada de suizos, sino de ingleses»-. El inteligente en Mont-Blanc. El turista inglés, alemán, yanki, francés. Es la radiografía de aquella Suiza, más allá de los famosos quesos. Los yanquis. La ciudad teoría («Nueva York no es una ciudad»). El anhelo artístico.. Psicología de las catástrofes. El self-made-man. Más negros. Judíos. El periodismo americano. Los italianos con su Nápoles y Pompeya. Florencia y los florentinos. Lingua italiana, in boca toscana-«en boca de nujer-. La democracia milanesa. Los portugueses con Las filosofías del Tajo. Coimbra. Buarcos.

Calmados ya los vientos, después de la Primera guerra mundial, vuelve al periodismo con el rótulo Años después. De Inglaterra. El alcohol moralmente considerado- «Con el alcohol se anula el sexo y se anula la inteligencia-.La eterna infancia. La diosa inteligencia. Del loro y la langosta. De Alemania con ¡Viva la desorganización! La grasa productor del pensamiento alemán.

España reencontrada. En la mente del escritor, aun estando en el extranjero, recordaba España de lo que escribía; existía en su pensamiento una traslación; si escribía de las costumbres en el sitio que estaba, intentaba observar las diferencias que había con el país en el que había nacido; eran algo inherente las comparaciones («una contraposición de lo español a lo extranjero; el tratamiento de lo extranjero en función de lo español»). En este apartado destacan «El Camino de Santiago» en el que resalta la Catedral como lo más moderno. No entra cuando se descubrió el cuerpo del Apóstol, pero lo que sí le llamó la atención fue el hecho que solo había dos periódicos El Correo Español y El debate, que describe como medievalistas. En «Literatura patológica» comienza con la oración: «Desgraciadamente, en la literatura española no hay mas que genios». Los califica como tullidos en la puerta de una iglesia. Es un varapalo en todo el artículo.

Un poco de gastronomía. Se detiene en «La cocina inglesa». «El buey». «La sardina». «La idea hipocrática». En la República destaca entre otros: «La libertad de cultos», El divorcio. «El café y la revolución». «El Estado central hidroeléctrica». Pequeños ensayos. Son dieciocho («La bohemia». «Sobre la fe y la Medicina». «Sobre el sabotaje periodístico». «Sobre la justicia», etc.). Corona el libro los Últimos artículos. Son escogidos tres: «Un cumpleaños». «El adjetivo». «Gimnasia de lata».

No nos arrepentiremos de haber leído todo el libro; en cada hoja hallamos una sabia como si nos perteneciera; como si nos uniéramos a un «periodista de raza, capaz de elevar la columna de periódico a la categoría de alta literatura».

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Camba, J., Mis páginas mejores. Madrid, Cátedra, 2025, 422 págs.

Novela

Impaciencia del corazón de Stefan Zweig

Poco importa que sea la primera novela publicada en el exilio; en concreto, en Estocolmo y Ámsterdam. Lo primordial es cómo teje la trama para hacerla más visible para los/as lectores. Su nombre reside entre los grandes estilistas; nos conmueve lo que cuenta. Me impactaron Carta de una desconocida y veinticuatro horas en la vida de una mujer hace ya muchos años. Su sapiencia en aunar realidad y ficción es única.

Aparte de su conocimiento del ser humano, subyace una capacidad que va más allá de lo que se puede esperar; a todo, hay que sumar el misterio con que entreteje las historias. La pregunta que nos hacemos es si es la compasión la que lleva al amor; o es este a la compasión y lo acatamos. El problema radica en por qué el joven teniente de caballería invita a una joven aristócrata a bailar sin conocer que sus piernas no pueden hacerlo; este es el comienzo de la trama. Ese no moverse plenamente por una enfermedad es la imagen con que comienza una relación.

El apuesto teniente se maravilla del trato que recibe allá donde va; baile, reuniones, café, seguridad y militar son conceptos que se juntan. Ya en las primeras páginas de la novela nos llama la atención la carta que recibe y abre con ansia: «Muchas gracias, estimado teniente, por las bellas e innumerables flores, que me han causado y aun causan una gran alegría. Le ruego que venga a tomar el té con nosotros la tarde que desee. No es necesario que avise. Por desgracia, yo siempre estoy en casa. Edith v. K«. La visita no tardó para resolver su pensamiento que le martirizaba. El recuerdo de aquella tarde: baila que te baila con unas y con otras; se da cuenta de que no ha invitado a salir a la hija del anfitrión. Se va hacia donde está y se inclina en señal de invitación. Una mirada extraña le sorprende. Cree que no le habrá entendido y lanza :¿Me concede el honor, señorita? La niña se estremece, aprieta las manos, los labios. De repente: «un sollozo, salvaje, elemental, como un grito ahogado». Los sollozos pudieron más que el silencio. No se había dado cuenta que Edith estaba paralítica. Esto transformó al teniente, por eso ante la carta recibida quería presentarse para sentir con ella. Al llegar se saludan con amabilidad pero contenidos y enseguida el recuerdo: «me había sentado allí con la intención de ver a las parejas, y cuando usted llegó nada me hubiera gustado más que bailar…, estoy loca por el baile».

El hecho de que estuviera encadenada a una silla de ruedas dolía no solo a la protagonista, también al entorno y al teniente que descubre la compasión como una fuerza que le prende y placentera. Está como inmerso en una «magia creadora de la piedad». El afán por la curación de la enferma no descansa; el progreso de la medicina tiene que coadyuvar. Mientras tanto había que mimarla. Se reconstruyó una vieja torre y la colocación en lo alto de una cómoda terraza y mirador; incluso se puso un ascensor para que subiera en su silla de ruedas » a disfrutar de la amada vista«, para que recobrara su infancia. Era su liberación la subida a la terraza.

Aturdido, nublado por la compasión o tal vez por discreción no se atrevió «a preguntar por la enfermedad misma ni por la madre». Todo le inquietaba, y el dolor le taladraba; si esas piernas tiesas era «o no incurables«. El diálogo con el Doctor Cóndor iba a más. Le pedía que concretara: «esa parálisis de Edith es una enfermedad pasajera o es incurable»? Ante la profundidad del médico le vino a decir: «un médico que acepta de antemano el concepto de incurable deserta de su auténtica tarea, capitula antes de la batalla». No se arredra el teniente y ahonda: «¿ha conseguido cierta mejoría? Al oír que no había conseguido «nada sustancial» después de cinco años tratándola casi se viene abajo y más cuando «a veces la naturaleza engaña al paciente» aunque se sienta mejor a ratos. Se viene a relucir «la terapia de una parálisis» que había aparecido en la Revista médica de París. Lo primordial era buscar algo en qué agarrarse para la curación, o al menos cierta esperanza.

Una singular excursión establecida con una ceremonia nupcial y sala de baile que de pronto se convirtió en «un fogoso torbellino de cuerpos que vibraban…». La juventud se entusiasmaba.. Edith al verlo sintió no poder hacerlo, pero insta al teniente que baile, incluso se sintió feliz de estar allí. Otra entrevista con el doctor Cóndor vino a echar por tierra esa esperanza que sentía. El caso de Edith no se podía aplicar a los métodos que venían sucediéndose en la medicina, y además le espeta: «la compasión es algo condenadamente difícil» y no tiene buen final. Le insta a que sujete «las riendas a la compasión». La piedad, le dice con energía se puede ver con doble vertiente: «una, la débil y sentimental, no es más que la impaciencia del corazón por libarse…». La otra, la única que cuenta…, la compasión no sentimental, sino creativa, sabe lo que quiere y está decidida a resistir, paciente y sufriente» (…) «Es mejor la verdad. por cruel que parezca: en la medicina, el bisturí es a menudo el método más incruento. ¡No lo aplacemos más!».

Después de una ardua discusión entre el teniente y Edith, incluso desafiante, se disculpan. Prosigue, ahora pacífica, la conversación. Pero hay un momento en que suelta Edith: «¡No puedo soportar por más tiempo este eterno esperar! La atracción de los ojos pudo más y se inclinó («rocé, ligero y fugaz, su frente con mis labios«). Las manos de Edith «como garfios, me cogieron por las sienes antes de que pudiera apartar la cabeza y bajaron mi boca de su frente a sus labios, que apretaron los míos con tal ardor, avidez y ansia…». El sentimiento tomó cuerpo: «Nunca en toda mi vida he vuelto a recibir un beso tan salvaje, tan desesperado, tan sediento como el de esa niña inválida». Edith quedó hechizada y no le dejó hasta le atraía con fuerza, le besó las mejillas, la frente, los labios «con una codicia furiosa y a la vez desmayada«. El ardor, la fuerza de los besos, fue lo fundamental; atrás quedaba todo. Necesitaban ese desahogo. Es cuando el teniente comprendió que Edith quería, ansiaba, ser «deseada», más allá de enfermedades o sinsabores que acontecen. El quiero que me quieras es una necesidad humana. De todas formas, el teniente terminó como aturdido, sin una determinación clara. La huida era una ventana abierta, ¿pero era posible, a pesar de que creía que era «un amor insensato»?

Se extrañó de que tuviera una carta tan pronto con dieciséis páginas, «a vuela pluma con mano excitada… (…). Como la sangre de una herida abierta, las frases fluían imparables, sin párrafos, sin puntuación, una palabra desbordada». La carta era de Edith en la que mostraba su amor («ardía mi corazón por ti«), y sin embargo piensa que una «criatura inválida no tiene derecho amar». Varias veces repite «amado mío». Su impaciencia «y ansia de curar eran tan locas que en ese instante en que te inclinaste sobre mí ya creía, ¡creía de veras, creía sinceramente y enloquecidamente ser esa otra, esa nueva, esa sana! La expresión que inundó el alma del teniente «¡solo para ti!¡Solo para ti!» quería curarse, le desbordó de emoción. Exigía que volviera («me regales una hora de tu tiempo»). Y así fue leyendo página tras página con ideas que desgranaba como que no tuviera «ninguna compasión», «no hay día ni noche sin ti», «solo pienso en ti«, «no puedo seguir viviendo si me niegas el derecho a amarte». Leía y releía. Pensaba en la carta continuamente y en la desesperada angustia de Edith. Y en el plazo de dos horas halla encima de la mesa otra carta. Pensó no leerla ante el miedo «por esa pasión insensata y maldita». Ante su sorpresa , la carta solo contenía diez líneas sin encabezamiento: «Destruya inmediatamente mi carta anterior. Estaba loca, completamente loca«.

Ante tantos percances no podía seguir así; tenía que solicitar mi renuncia en el acuartelamiento y luego sería libre. Piensa, de nuevo, en las dos cartas («no podía soportar ser amado en contra de mi voluntad» .»¿Qué importa que una desconocida me ame?»). Ya no le importaba si se cura o no, quería huir. Su marcha estaba decidida por encima de todo. De pronto se acuerda del doctor Cóndor. Y es esta la persona que le convence de lo contrario; echa por tierra con argumentos su huida; eso le llevaría al asesinato de la única persona que se ha enamorado perdidamente de él; solo le pide ocho días; de lo contrario, llevaría en su conciencia toda la vida la crueldad de una muerte. No se podía quitar de la cabeza «que no debe sentir como siente». ¿Que no debe amar si ama? Esto sería lo peor. En ningún caso que ponga los pies en polvorosa después de haberle mostrado una feliz compasión. Sería como un «crimen vil contra un ser inocente, que se ha enamorado con pasión de usted. Para convencerlo le narra su matrimonio con una ciega y no se ha arrepentido de su elección. Ante la persistencia de que es absurdo, que está muy lejos de esa querencia e insiste en que su petición de renuncia de su trabajo la tiene en el bolsillo. La respuesta no se deja esperar si usted lo hace, sería «una sentencia de muerte para la pobre niña«. La fecha de ocho días lo aceptó e iría a verla; ocurrió de todo, incluso una ardiente y súbita compasión. Te tienes que dejar amar por ella, revoloteaba por su cabeza. A los tres días no podía aguantar, era «un tormento». Había que resistir, mantenerse. Y Edith, harta de mentiras. Él solo, el teniente podía ayudarla volaba por todos los pensamientos. El momento en el que parecía clave se inclinó «con rapidez hacia ella» y la besó en la boca («Ese fue mi compromiso matrimonial»). «Sus labios tomaron los míos como se toman un regalo». Para completar esa querencia se deslizó por el cuarto dedo un anillo. La felicidad cayó a raudales. El milagro se aposentó, parecía como si quisiera andar sola, sin muletas. No se produjo, y ante el miedo » a la impaciencia de ese corazón salvaje, miedo a esa desgracia ajena», se plantea huir otra vez. Su conciencia de ese compromiso era «si se cura».

Los acontecimientos se anteponen a todo; de nuevo, deshonra, el qué dirán, la cobardía, su nuevo traslado, ansiaba hablar con Cóndor, su conciencia se lo exigía, y aunque no devoto se lo pedía a Dios que el médico estuviera en casa. No pudo ser. Tampoco llegó a tiempo el telegrama dirigido a Edith. La impaciencia de su corazón, no «quiso esperar ni un día, ni una hora…, llevó a cabo lo espantoso».

Es el final el que corona la obra después de tantos hechos que nos concierne: Pero desde esa hora vuelvo a saberlo: ninguna culpa está olvidada mientras la conciencia guarde noción de ella.

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Zweig, S., Impaciencia del corazón. Madrid, Cátedra, 2025, 443 págs.Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License