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Novela

WATT, Samuel Beckett

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Poco importan los géneros cuando se sumerge en lo existencial de las personas para uno de los grandes de la literatura como es Samuel Beckett, premio Nobel, 1969. Lo filosófico, la continua pregunta que nos hacemos sobre nuestro ser la vemos más profundamente hermética en esta novela. Si ya en su teatro nos llevó por vericuetos oscuros, ahora también se decanta por este motivo en el personaje Watt, vagabundo irlandés que está al servicio en una mansión cuyo propietario es un ser enigmático donde los haya. Todo un acontecimiento que nos apabulla ante tanta comicidad como negrura, rutina de aquí para allá en ese discurrir lento de la vida del personaje capital. No sé si como apunta el editor es «un enorme ejercicio de metaficción». Desde luego por ahí puede conducirnos a ese lugar desconocido ya que parece como si la novela pareciera inconclusa o deja a los/as lectores que la terminen. Es como un campo abierto que no se puede cerrar o, al menos, el autor no lo hace. Las dificultades de la lectura hacen que se pierda parte del hilo conductor.

La novela fue escrita en París,1945, con las circunstancias propias del entorno, como la guerra sin ninguna referencia, y publicada en 1953. En el primer capítulo de los cuatro enumerados que tiene-nos enteramos en el capítulo cuarto- más una Adenda predomina el diálogo que se realiza, en un primer momento, en el parque alrededor de un banco-mejor, «su banco»-(«El señor Hackett dobló la esquina y divisó, en la luz que agonizaba, a cierta distancia, su banco«), porque el señor Hackett así lo creía, aunque, probablemente, era «de la ciudadanía en general» o «propiedad del municipio».

Resulta interesante la estampa, al principio de la novela, de un señor que pasaba por allí con su esposa cuando pronunció: «Vaya por Dios, ahí está Hackett«. Al principio, la señora no se percató de quién era, después susurró, «pobre infeliz». Decidieron pararse y hablar con el personaje; después de las presentaciones de rigor, el señor Hackett no pudo levantarse porque le «fallaban las piernas«. En un diálogo lento pero preciso se nos cuenta que el señor Hackett tenía un año cuando se cayó de una escalera: e inmediatamente después un tranvía que se detiene y baja alguien; ante ciertas conjeturas se reconoce al señor Watt y prosigue el diálogo en el que se destaca que desde hace siete años tiene una deuda de seis chelines y nueve peniques con Nixon. A partir de este momento se nos narra la vida de este personaje sin domicilio fijo, con una narizota roja y sombrero, el señor Watt.

Un capítulo dedicado a Watt para narrarnos quién es el personaje parece, antes de terminar la novela, excesivo; una vez acabada, no tanto. Desde luego no es imaginable que tropiece con un mozo para detallarnos quién es («Watt tropezó con un mozo que transportaba una lechera«), y una vez cogido el tren una serie de personas para que veamos el comportamiento del personaje descrito, todo con alarde estilístico que ayuda a la lectura. La entrada de la casa a la que se dirigía Watt estaba oscuras y la puerta delantera cerrada y también la trasera cerrada («nunca supo cómo llegó a entrar en la casa del señor Knott). Un criado se marcha de la casa al llegar Watt. Casi al final de este capítulo se nos describe los que estaban al servicio del señor («Había tres hombres en la casa, el amo a quien como bien sabes llamamos señor Knott, un viejo criado llamado Vincent, creo, y uno más joven, solo en el sentido de que es una adquisición más frecuente, llamado, si no me equivoco, Walter»).

El capítulo segundo comienza : «El señor Knott era un buen amo a su manera«. Watt trabaja en la planta baja de la casa, pero veía poco al señor, y este «ni veía a nadie ni llegaban a sus oídos noticias de nadie»; ni tampoco salía de su propiedad según Watt o no se enteraba. La larga exposición de los señores «Gall» , padre e hijo para afinar el piano, desespera, desconcierta no solo a Watt-o no llega a comprender- también a los/as lectores o a mí me lo parece. Otros incidentes también corroboran esta idea, que puede ser sublime pero que no sé a qué vienen tanta repetición. ¿De qué manera influyó todo esto en la mente de Watt que no podía asimilar tanto barullo? Sí se aprecia en el personaje un cierto miramiento por todo lo que va ocurriendo, como el detalle de que el señor a veces se levantaba tarde y se acostaba temprano, » a veces se levantaba muy tarde y se acostaba muy temprano». No podía faltar las repeticiones continuas de todo, incluidas las comidas, bebidas, horas, el cuenco en que se servía también de los días de la semana. Aunque nunca se quejó de la comida, a veces ni la probaba.

Al final de este capítulo segundo se nos muestra que Watt estaba cansado de la planta baja; parecía como agotado. No había aprendido nada, tampoco sabía nada del señor. Si antes se veía pobre, pequeño, ahora más si cabe. No tenía sentido nada.

En el capítulo tercero leemos que Watt es trasladado a otro pabellón. Hay un dato más que se nos aporta, de gustarle el sol pasa a decantarse por el viento aunque soplara fuerte. Un hecho que no puede pasarse desapercibido fue cuando están en el jardín cuatro personas: «el señor Knot, Watt, Arthur y el señor Graves. Era un hermoso día de verano. El seño Knott deambulaba lentamente por ahí, ahora desaparecía detrás de un arbusto, ahora salía detrás de otro. Watt estaba sentado en un montículo…». El diálogo tal vez nos resulte inane pero cuesta no proseguir para al menos otear a dónde nos conduce sin perder de vista a Watt pues es quien intenta ir comprendiendo todo lo que ve y oye. El diálogo de Watt y Sam cuando los dos se encontraban en el sanatorio recuerdan su paso por la casa del señor Knott; resulta repetitivo y soporífero a no ser que se quiera llegar al desquiciamiento de la existencia, a lo absurdo sin más. No olvidemos que aunque compra el billete del tren en el último capítulo, no se monta. Y el final del personaje es que está en el psiquiátrico; es cuando cuenta su historia.

Es en el capítulo cuarto es cuando nos percatamos del desarrollo de la novela, o el orden con que Watt lo cuenta, mucho tiempo después a Sam en su encuentro en el sanatorio; llama la atención que se empiece por el capítulo segundo, después el primero, cuarto y tercero. Sam por el contrario insiste en una cronología-salvo el hecho de la estancia de los dos en el psiquiátrico- de los hechos que es como he pretendido realizar esta reseña. El lector/a se da cuenta de que este capítulo se narra después de la estancia de Watt en la casa de del señor Knott.

Es en este capítulo cuarto cuando Watt sale de la casa, camino de la estación («Al igual que vino, así se marchó Watt, en la noche, que todas las cosas cubre con su manto, especialmente si está nublado»). Y sin duda con sus dos bolsas pequeñas, su abrigo verde deteriorado y un sobrero de su abuelo, ya de color pimienta. Cuando llegó a la estación de ferrocarril estaba cerrada. Después el largo diálogo, pero sustancioso. con el guardavía, llamado Case. Una vez superadas las dificultades, entró en la sala de espera y prorrumpió; «Ahora soy libre, libre de salir y entrar cuando me plazca«. De nuevo extrañeza cuando pide un billete y al preguntarle a dónde, por respuesta nítida contestó: «El que esté más cerca«; «quería decir el final del trayecto que esté más alejado«. Y así, «el larguirucho con sombreros y bolsas» despareció-no se subió al tren-, «mientras las colinas volcándose sobre la llanura hacían una estampa tan bonita, en la temprana luz de la mañana, que no se podía encontrar una igual ni un día entero de marcha».

No sé si la novela de Knott ataca a lo racional, pero se atisba por momentos. No podemos olvidar el adjetivo absurdo con que se apodera Beckett. Incluso Watt llega a pensarlo anta tanta cotidianidad sin rumbo. Desde luego es rompedor con cómo se desarrolla lo cultural en ese momento; quiere llevarnos por otro camino más tortuoso. Las dificultades de la novela son nítidas; no sé si el autor ha querido mostrarnos que la sociedad está desquiciada, sin sentido, en la que las apariencias son portadoras de la negatividad absoluta. Tal vez, ahondando más en al existencia, se puede llegar a lo recóndito y a la sabiduría que llevamos dentro. ¡ Quién sabe!

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Beckett, Samuel, Watt. Madrid, Cátedra, 2023


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Emilia Pardo Bazán: Cuentos

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Al cabo de tantos años, doña Emilia está vigente; su prosa se amasa con su estilo característico, propio de quien se decidió por dedicarse a escribir. En ella hallamos las tres palabras que la coronan: novelista, galdosiana, ateneísta. Sin duda, lo más alto. Muy pocas llevan esta tiara.

Estamos ante una Antología de la magistral narrativa breve que como nadie supo plasmar con registros diferentes y temas que hoy nos llaman la atención por su vigencia. Con exactitud, no sabemos cuántos cuentos escribió. Recuerdo que un compañero de quinto de Filología Hispánica discutió con el profesor lo que este manifestó, ya que el alumno tenía recogidos 323-ya había comenzado la investigación de su posible Tesis-. Quedamos asombrados. En esta edición, tampoco hay coincidencia; por una parte, se recogen quinientos ochenta; por otra, seiscientos ocho. Doña Emilia había inventariado en 1898 «ya medio millar», pág.16. De todas formas habrá cuentos «que duermen todavía el sueño de los justos en las hemerotecas» (Venga, a trabajar en este aspecto). En esta Antología tenemos la oportunidad de leer sesenta y dos desde La dama joven (1885)-Fuego a bordo, La gallega, el indulto, Primer amor- hasta Cuentos dispersos( 1865-1921)-La rosa, Sabel, La emparedada, Las cerezas rojas, La cómoda, Rabeno, El desaparecido, Maleficio-. Atrévete, es la única forma de no hablar de «oídas» como muchas personas hacen.

El editor nos recuerda que el relato más antiguo que se conoce es de 1866: Un matrimonio del siglo XIX. En esta Antología no se recoge. En cuanto a la estructura, vienen por colecciones: La dama joven, Cuentos escogidos, Cuentos de Marineda, Cuentos nuevos, Arco iris, Cuentos de amor, Cuentos sacro-profanos, Un destripador de antaño (historias y cuentos de Galicia), En tranvía (cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Lecciones de literatura, El fondo del alma, Sud exprés (cuentos actuales), Cuentos trágicos, Cuentos de la tierra, Cuentos dispersos.

Al espigar en las diversas modalidades con que doña Emilia nos introduce en su mundo de preocupaciones, con El indulto exige igualdad entre las personas, aspecto este que ya se venía exigiendo a finales del siglo XIX, y desde luego ella fue una abanderada. Lo que no entiendo es por qué se ha tardado tanto en reconocer la valía de la escritora. No tiene sentido que hablemos de de lo que se oye y decir que este cuento es uno de los mejores, hay que leerlo, y no solo manifestar que con el cuento reivindica los derechos de las personas, en este caso de las mujeres; la expresión que hoy está en voga: «la violencia de género» se hace realidad. La protagonista sufre, y el lector/a se adentra en una serie de circunstancias que con una técnica diáfana doña Emilia nos hace copartícipes de lo que ocurre en el triángulo: suegra, marido, mujer. Asesinato, barrio extramuros, lúgubre tarde, codicia, venganza, desprecio, poderío, parálisis momentánea, coartada del marido-que se valió de ir a la horca, por testimonio de unos amigos-,veinte años de condena, divorcio, pleito-que siempre perdía el inocente y el pobre-; y lo que faltaba: el indulto para un criminal. La fuerza dialogal del relato cobra un espíritu coral que lo hace más verosímil. El final deberán terminarlo los/as que lo lean. Doña Emilia era sí. Grande.

Las últimas líneas enternecen con los gritos del niño:..»desesperadamente, llamó al amanecer a las vecinas, que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta»; para su terminación, doña Emilia lo deja en suspenso: «El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía, echó a correr como un loco«.

Dentro del cajón de La dama joven (1885) también está La gallega. Cuento eminentemente costumbrista en el que se puede pensar que está dentro la autora si tenemos en cuenta la descripción de los personajes y su entorno por la empatía que nos muestra al acercarse al mundo rural, paisaje, brava leona ante los agravios, la hostilidad, el tiempo que nos alcanza, la vindicación de la aldea. Y en medio esa mujer que promete fecundidad, «alto y túrgido el seno, redonda y ebúrnea la garganta, carnosos los labios, moderado el reír, apacible el mirar». Todo, como si fuera una estatua precisa, altiva en que «el sol no logra quemar su cutis, y sus mejillas tienen el sano carmín del albaricoque maduro y de la guinda temprana». Y luego la comparación con las mujeres del territorio leonés:…»salen por las puertas de las casuchas terrizas, mujeres de enjuta piel pegada a los huesos, semblantes de recias y angulosas facciones, de color de arcilla o ladrillo, cual si estuviesen amasadas con el árido terruño y talladas en la dura roca de las sierras».

Doña Emilia hace hincapié en la verdadera mujer que pulula, que ama, que trabaja, que se desvive por la familia; en definitiva, en la que recaía todo; era la luz, el peso de la casa: «ellas cavan, ellas siembran, riegan y deshojan, baten el lino, lo tuercen, lo hilan y lo tejen en el gimiente telar«. Y si fuera poco, al casarse empeoraba su situación al sumar la constitución de una familia. Y así con detalles prístinos como el tener un niño/a por año con la tríada adjetival: «paridera, criadora, madraza» se la define como «como una loba» en el trabajo como arte. No se puede olvidar también el solaz, el divertimiento, el baile, que se peine «y alise sus dos trenzas, uniéndolas por lasa dos puntas«. La vestimenta dependiendo del lugar en que viva. Todo bien enriquecido por quien defendió siempre la igualdad entre las personas más allá de que fueran masculino o femenino, de ahí que se la recuerde en el siglo XXI y se la lea.

Dentro de esta colección he seleccionado también El primer amor por la seguridad, la entereza cuando nos visita por vez primera un aspecto capital en la existencia cuando vemos casi todo primaveral y la naturaleza humana se aúna. En este caso cobra todo su valor «una miniatura de marfil que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro»; de aquí parte el enamoramiento que siente el personaje ante la belleza de la joven retratada (…»la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos«). Incluso el contacto de la cara miniatura «me produjo sueños deliciosos».

No puede ser que ante algo esencial que nos pertenece caigamos enfermos o nos debilitemos. La autora con una precisión matemática llega a detallarnos cómo un objeto por sí puede llevarnos a la locura aunque al final esa belleza que fue se convierta en una realidad aplastante: esa belleza fue en la juventud de la tía; ahora, la observa fea. Después, el hecho de ese amor que sentía y lugar se deshace y lo rechaza. La forma poética de que la verdad es belleza y la belleza verdad no cabe con el paso del tiempo en ese objeto que le cambió.

Me ha llamado la atención de los cuentos dramáticos (1901) En tranvía. El comienzo ya nos advierte de que se refiere al tranvía que va al barrio de Salamanca y se coge en la Puerta del Sol de esas gentes que vienen de misa o «del matinal correteo por las calles». La precisión de los hechos nos apabulla por los datos en que se detiene la autora al detenerse en los niños que acompañan a las personas: …»¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien tratados! Dan ganan de comérselos a besos«. Y más exactitud cuando observa un niño de nueve meses que «pega brincos de gozo» e irradia la luz del cielo en sus ojos; no lejos se detiene en una niña de nueve años en la que va más allá de la edad y la describe como «la futura mujer hermosa tiene ya su dosis de coquetería».

De los cuentos dispersos ((1865-1921), he seleccionado Las cerezas rojas . La finca-casi ya abandonada, pero «-la incultura tiene su su poesía»- posee un espléndido cerezo que estaba ahí para el que quiera las cerezas-«del dueño no se sabe de él». Hubo un silencio largo; sin embargo en la comarca se sabía que ese árbol añoso tenía su historia y las cerezas no debían comerse, pero el tiempo todo lo borra. La casa pertenecía a Ramón Mestival que con su mujer agrandaron el huerto de la finca que les dio para mantenerse, además tenían un «chiquillo precioso». Todo estaba a pedir de boca ante tanta legumbre, árboles frutales con peras, manzanas, fresones, coles y, sobre todo del cerezo único; pedía lo que le apetecía, sacaba rédito al árbol. Fueron famosas las cerezas en el entorno porque encima de únicas, se adelantaban al resto de árboles.

Era el mes de junio «con su sonrisa de oro trigueño». Los árboles desprendían juventud, «gozosos de vivir» al cuajar «su fruta con gallarda abundancia». Se nos narra una historia que probablemente no sea leyenda el terrible acontecimiento de una familia: padre, hijo, madre, rapaz ladrón. Las cerezas que son azúcar, miel entre labios, almíbar, en este caso supondrá locura de la madre, muerte del hijo y padre que huye. El padre había prohibido al hijo que tocara la fruta » y en especial a la del cerezo aquel». Al ver el padre que destrozaban las ramas y desaparecía la fruta se puso en guardia. Ya cansado, al faltarle las mejores cerezas, preguntó a su mujer: «¿Tú has reparado si el niño come cerezas? Aunque conocía las «diablurillas del hijo» contestó que no («segura estoy como me estás hablando«). La defensa de la madre, aun sabiendo que su hijo comete la travesura por la noche para coger cerezas, no dice a su marido que el que destroza o come las cerezas es su propio hijo. Lo oculta para estar al lado de su hijo. La terrible historia estriba en que el padre creyendo que es un ladrón coge la escopeta, la carga y se emposca «a corta distancia del árbol» escondido. Al oír el ruido disparó. Era su hijo: «La madre se volvió loca; se echaba la culpa por mentir…, el padre desapareció…, el huerto dejó de cuidarse,….. y muchos les da respeto comer de esas cerezas». Se publicó en Blanco y Negro, 17 de julio de 1909.

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Pardo Bazán, Emilia, Cuentos. Madrid, Cátedra, 2023, 548 págs.

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Personales

Peregrino, otra vez, del camino de Guadalupe

Allá nos dirigimos el 9 de septiembre de 2023 al alba, en este año de gracia, 2023, a recorrer 43 kms. que separan desde la ermita de san Matías en el que los castilblanqueños una vez al año festejan al santo y bajan desde el cerro a dar rienda suelta al cuerpo y al alma. En esta ocasión acompañado de un hijo del –Cuerpo de ingenieros industriales del Estado- y su novia, psicóloga. El recuerdo de tantos/as como han ido desde el medievo a postrarse ante la Virgen de Guadalupe me vienen a la mente, entre otros Cervantes-que denominó en el Persiles y Sigismunda : «la santísima emperadora de los cielos, madre de los huérfanos«-; pero, sobre todo, me revolotea el verso lopiano, no muy lejos de allí: «cifró naturaleza un paraíso…».

En esta Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe-fue coronada el 28 de agosto de 1928 como «Reina de la Hispanidad» por el Papa Pío XI- fueron bautizados los dos primeros indios americanos que acompañaron a Colón tras su segundo viaje de 1498. El fervor lo sentirás cuando vayas subiendo las amplias, empinadas escaleras, antes de pisar el santuario; ya tu mente se ha despojado de todo el materialismo de que estamos hechos después de tantas horas caminando y anhelas entrar purificado en el santuario.

Con ese espíritu juvenil comenzamos, pisada tras pisada, el camino que nos conduce a Guadalupe-en el que nació mi madre-que ya asaltó los cielos– siempre presente en mi corazón por tantas cosas-en mi blog, doy cuenta-, y más hoy en el que el regocijo se apodera de nosotros ante un día espléndido, esmaltado de encinas, castaños, zarzales-con algunas moras que comimos-, robles, jaras, abedules, retamas, alcornoques, encinas (carrascos), hierbas propias de esta Extremadura lejana, pero no sola.

En las extensas dehesas vimos cómo saltaban ciervos; los pájaros, como en un jolgorio celestial se apretaban volando para adornar el campo con ese chirriar perfectivo a los oídos del caminante que anhela y agradece esa sinfonía. Es la alegría de quienes se dirigen casi en silencio hacia una meta espiritual para agradecer ese soplo que de vez en cuando inunda nuestro rostro. Es el diálogo con una paisaje humanizado que nos aviva, que celebramos, ante lo perenne con mirada humana. Es el agradecimiento de la naturaleza que nos invita a proseguir. Es la belleza del arte ante el tiempo que nos avisa; el verso keatsiano «la belleza es verdad, la verdad belleza» se apodera de nosotros en el peregrinaje que emprendimos, rendidos de fe, de esperanza, que no son indiferentes a los problemas que acucian a las personas. Las vivencias nos hacen más cercanos para huir de la inquietud, del cansancio y buscar la luminosidad existencial en medio de esa naturaleza transcendental que te ayuda para llegar al santuario que añoras. Es cuando el alma tiene descanso.

Son ya millones de personas que desde finales del siglo XIII se acercan desde diversos caminos a este pueblo cacereño desde que se erigió un santuario-ermita a la Virgen. Según la tradición es «Reina de todas las Españas» y, por ende, de todas las tierras hispanas, y patrona de Extremadura.

El pueblo permanece firme en lo más alto de un entorno paradisíaco a la vista en lo que se denominan «las Villuercas». Incluso, la leyenda también ha constatado la expresión «Morenita de las Villuercas». Los peregrinos se ufanan de haber estado en este enclave que se columpia con el cielo, como si cielo y tierra se enlazaran. Un monumento que destella y permanece siempre en la mente de las personas que arriban.

No intentes buscar otro mensaje que la transcendencia espiritual que se aposenta en ti cuando ya te vas acercando al monumento y ver en lo alto a la Virgen; después no te vengas sin subir a verla cerquita en su camarino. La entrada en la Basílica y pasar por el claustro para dirigirte a la escalera llena de historia que te conducirá a esa capillita no te costará dinero; no olvides que estos caminos que tanta fama e historia tienen están impregnados de lo espiritual; lo material se inhibe; cuando vuelvas a tu trabajo, a casa, percibirás el humanismo del que estamos hechos. Te sentirás distinto; serás otro/a. Inténtalo. Nosotros nos mantuvimos, en pie, durante nueve horas y media. Fue duro, pero qué delicia, al llegar, se apoderó de nuestro cuerpo. Fue la recompensa, la dicha, la plenitud, ante tanto esfuerzo; como una explosión de eternidad..

Cuando faltaban dos kilómetros, aproximadamente, el entusiasmo casi completo al ver que lo habíamos conseguido, aunque este final fue durísimo. Era la salutación inmensa en nuestro mirar.

Addenda:


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Novela

Galíndez. Manuel Vázquez Montalbán

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No está olvidado el personaje, ya mítico, Galíndez. La editorial Cátedra con buen criterio nos lo recuerda para que primero lo leamos y después cada uno/a es libre para pensar de este profesor exiliado, representante del Gobierno vasco en Nueva York. Missing since 10.30 p. m., march 12 th, 1956. City of New York.

Hago una relectura de la que hice allá por 1990. Ahora con más conocimiento y, sobre todo, con las ideas de la edición de Colmeiro que yo desconocía, tal vez, he pasado de una lectura superficial de aquel entonces a una entrega más profunda del caso ante la repercusión, en su momento, con el adjetivo desaparecido. No sabemos si algún día se recurrirá a otro adjetivo. Su desaparición nos conmueve; detrás, una vez terminada la lectura, nos revolotea tres palabras: secuestro, tortura y asesinato. ¡Quién sabe! Para adentrarse en la novela tenemos que partir de: don Jesús de Galíndez «acaba de presentar su tesis doctoral en la universidad de Columbia sobre el régimen del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo». Estamos, por tanto, ante una novela de investigación.

La novela nos hace ir muy lejos para saber qué pudo ocurrir a este profesor que defendió su tesis doctoral «La Era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana» un 27 de febrero de 1956. Su análisis conmovió los cimientos en los que se basaba el dictador Trujillo. Al acabar sus clases el 12 de marzo de 1956 desapareció en las calles de Nueva York («¿Qué ocurrió el 12 de marzo de 1956 después de que la estudiante Evelyn Lang condujera a Galíndez desde Columbia hasta la parada del metro de la calle 57 con la Octava Avenida, de camino hacia su apartamento en la Quinta Avenida»?, pág. 38). El 5 de junio la Universidad de Columbia le concedió el título de Doctor in absentia-«Recibe in absentia doctorado de Columbia»- . Su estudio crítico de la dictadura de Trujillo («poco a poco fue quedando claro que Trujillo había orquestado un plan para eliminar a Galíndez a través de sus agentes en Nueva York», pág.40), sin lugar para la duda, es lo que está detrás de su desaparición.

Vázquez Montalbán se vale de una universitaria norteamericana-doctoranda- de la universidad de Yale- para descifrar todo lo que pudo ocurrir. Su nombre Muriel Colbert. El título de la tesis «La ética de la resistencia: el caso Galíndez» va más allá de una simple ocurrencia; encierra otros pormenores que la doctoranda irá descifrando a la hora de investigar sobre este personaje desaparecido. Cuando la rebeldía es virtud nos adentramos en lo que pudo ser verdad o, al menos, se va más allá de todo convencionalismo («Estoy solo, solo con mis angustias. Pero seguiré adelante, aunque nadie me comprenda en esta Babilonia«). El hecho de que se le nombre por parte del Gobierno Vasco como cabeza capital ante Naciones Unidas es algo que no puede ser desapercibido. Nueva York no es Santo Domingo de donde vino y en el que estuvo siete años.

Es evidente que la estructura de la novela nos conduce por caminos diferentes; ese multiperspectivismo con idas y venidas al pasado y al presente la hacen más enriquecedora para acercarse al caso de lo que pudo ocurrir ante tantos asesinatos, incluido el del dictador Trujillo unos años después. Tiempos convulsos, de espías, de malhechores, de la violencia del poderoso inmune. Se parte de cómo pudo ocurrir: la imaginación nos sitúa «en el episodio del secuestro, tortura y agonía de Galíndez, en la cárcel privada de Trujillo en la República Dominicana», pág.46. Muriel-la investigadora- indaga desde varias vertientes ya que recoge las diversas manifestaciones de testigos, entrevistas, archivos. Eso sí nos deja claro que no investiga toda la verdad sino qué le motivó («Tal vez por qué se la jugó). Es decir, sabiendo que le podía costar la vida-«sintió a veces que Nueva York era su Getsemaní». Es la clave del título de la tesis. Un hecho que preocupó, entre muchos, fueron las diferentes formas con que se describía al personaje que se acercaban a lo contradictorio; por otra parte, propio de los agentes en los que predominan las traiciones, las verdades a medias o dobles verdades. Galíndez también fue agente del FBI, «Rojas ND507». El hecho de la separación supuso un doble juego para distraer, para que nunca hubiera pruebas fehacientes («Mientras una pate de los servicios secretos luchaba por investigar la vedad de los sucedido, otra parte trabajaba para borrar las pocas pruebas que quedaban»),pág. 621.

La circularidad de la novela nos hace pensar que proseguiremos con la memoria de un muerto sin sepultura. En la penúltima página, de nuevo, se nos recuerda el pueblo de Amurrio como un lugar emblemático para la historia (« El recuerdo más hermoso que ahora tengo de Muriel fue el del día en que fuimos a ver el pequeño monumento que le han construido a Galíndez en su pueblo, Amurrio, sobre una colina que se llama Larrabeode, en la que han puesto un sencillo pedrusco con su nombre y poca cosa más»). Retrocedamos: se abre la novela también con estos parajes: «En la colina me espera…en la colina me espera…»– versos de Jesús Galíndez-, la circularidad que desprende la novela desde los inicios con la idea de aunar presente, pasado y futuro con la doctoranda, Galíndez y Ricardo nos insta a pensar que la memoria permanecerá, y de alguna forma revoloteará esa «colina empinada, / bajo el roble de mis sueños», dístico, soñado por Galíndez. Sin duda, su alma pajareará por Amurrio ya que al ser desaparecido no pudo dormir en el pueblo como soñó-…»y algún día me tenderé a dormir junto al chopo que escogí en lo alto de la colina…».

Conviene, finalmente, dejar prístino el mensaje del autor que no es otro que la ¨la ética de la resistencia» en una persona que quería llevar a los demás con detenimiento en sus ideas-el nacionalismo vasco y la libertad-. Es el compromiso. Probablemente sabiendo del peligro que corría, tanto por los servicios de información estadounidenses como por los agentes de Trujillo. Así como mantenerse firme ante las injusticias y corrupción del poder, su impunidad, sea el que fuere. Muriel es clave para pregonar la solidaridad entre los pueblos. Una modalidad diferente al poder omnímodo. En estos casos la rebeldía es verdad. Es una actitud ante el poder. Su ejemplo es el que pervive. Es la memoria de Galíndez-«ilustre mártir de la patria vasca»- que defiende Muriel con su entrega, su otro yo revestido de enamoramiento («La señora viuda. La viuda de un muerto sin sepultura», pág.149) de Galíndez ante un hecho que la historia venteará y permanece en la conciencia de las personas libres.

Vázquez Montalbán, M., Galíndez. Madrid, Cátedra, 2023, 639 págs.


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Santiago, patrón de España

El martes una parte de los españoles festejaron el día. Hoy, recuerdo este artículo de Joan Maragall publicado en el Diario de Barcelona el 25 de junio de 1905 que comenté en clase universitaria y publiqué en mi libro Análisis de textos literarios y periodísticos.

¿No es verdad que estas palabras: “Santiago, Patrón de España”, despiertan en seguida en nosotros aquella visión de niños: un peregrino montando un brioso caballo (¡singular composición!), espada en alto,en actitud de acuchillar un tropel de moros que huyen despavoridos? Y, enseguida, la Reconquista, aquella Reconquista de los epítomes-compendios, Clavijo, las Navas, y los Alfonsos, y fechas aprendidas nemotécnicamente, imborrables, se alzan en bélico torbellino entre los rayos ardientes del sol de julio que cobija la fiesta esplendorosa. ¡España! ¡España! ¡Santiago! ¡España! ¡Guerra! ¡Moros y cristianos!

 España… Y enseguida nos aparece la piel de vaca extendida en el mapa, prendida de un lado de Europa por los Pirineos, con un gran zurcido al otro lado, Portugal, toda rodeada de unas letras muy negras muy espaciadas sobre el fondo gris de los mares: mar Cantábrico, Océano Atlántico, mar Mediterráneo; y, abajo, este fondo gris se estrecha tanto que la punta de España se uniría al gran continente africano; pero no, hay un poquito de mar en medio; y aún, en la punta de la misma hay una manchita, cosa de nada, Inglaterra.

 Y cuando estas visiones de nuestros años infantiles se desvanecen ahora súbitamente como un espejismo en la ardiente irradiación del Sol de julio, quedamos con una sensación de vacío, de desconcierto, y nos cogemos otra vez ávidamente a las palabras ¡España, España!… Ya pasó la Reconquista, pasaron aquellos moros y aquellos cristianos: las Navas, Clavijo…,¡ qué remoto es eso!, ya hemos perdido el sentido de aquella España. ¡Otra, otra España…la de ahora!, y nos excitamos a evocar la España de ahora; y otra vez surge el mapa, la piel de vaca, tirante, prendida a Francia por arriba, de la cabeza de alfiler de Gibraltar por abajo, junto a la gran expansión de África; y a un lado el remiendo de Portugal, y en torno los mares. Esta es España , y ¿qué más?…La Historia…¡ vuelta a lo pasado! No; ahora, ahora. ¿Qué es España ahora? Su anhelo ¿adónde va? Su espíritu, ¿dónde está? ¿Dónde está España? No pregunto donde está el mapa de España, ni dónde está la historia sino ¿dónde está España?

 Y su Patrón, Santiago, el de Clavijo y los moros, el de la Reconquista, el de las visiones, el de estos reinos, ahora en que ya no hay moros, ni reconquistas, ni visiones, ni reinos, porque hay uno solo en España, y otro de Portugal; ¿dónde está ahora Santiago?, ¿dónde está en  la tierra como en el cielo?

Me dicen que allá, en la misteriosa Galicia, la tierra más dulce de España hay una vetusta Catedral, donde entre lámparas de plata y grandes incensarios se guarda el sepulcro del Santo, objeto de la devoción antigua de aquellos sencillos labriegos que parecen vivir en un lejano ensueño, más lejano aún que las visiones del Santo en las batallas y las glorias de la Reconquista. No otras serían las gentes a las que predicó el Apóstol cuando, según la leyenda, de Judea vino a España, trayendo escondida bajo la esclavina del peregrino la primera luz del Evangelio. Él había sido también un hombre oscuro; uno de aquellos pobres pescadores a quienes Jesús, después de obrar un milagro ante sus ojos maravillados, decía simplemente: “Seguidme.” Y ellos, sin una pregunta, sin una duda, fascinados, dejando caer de sus manos las redes cargadas, dejando sus barcas en la playa, sus familias en el hogar, sus amigos, su tierra, todo, iban, iban tras Jesús, viviendo solo de su palabra y de su presencia. Y este era uno de los predilectos, de los que le vieron en el Huerto y en el Tabor, y después de la Resurrección. Era hermano de aquel san Juan a quien tanto amó Jesús, del Evangelista. Y dicen que, después de haber recibido la luz del Espíritu Santo, volviose gran predicador, y que tenía su palabra una virtud especial para conmover y convertir; y así vino a España a predicar, y tras haberla dejado sembrada de cristianos, y habérsele aparecido la Virgen en el Pilar -¡y entonces la Virgen vivía aún en la tierra!- volviose a Judea. Y allí siguió predicando hasta que fue preso y degollado, y enterrado su cuerpo en Jerusalén.

Pero de España le habían seguido unos discípulos unos españoles se habían ido con él y estos desenterraron su cuerpo y, como un tesoro para su patria, se lo llevaron a Iria Flavia, pueblo de Galicia, y al cabo de muchos siglos, esto es, que había tenido tiempo de consumirse toda la fuerza del Imperio romano, y que habían pasado los bárbaros invasores, y que se habían abierto tantos sepulcros sobre tantos sepulcros, y que habían reinado en España las dinastías godas, y habían caído, y habían dominado los árabes las mismas tierras, y no hacía más que empezar la reconquista cristiana, entonces un rey trasladó el cuerpo del Apóstol de Iria a Compostela, donde todavía se venera, al cabo de otros tantos siglos, con una devoción que más podemos imaginar semejante a la de aquellos discípulos que lo trajeron de Jerusalén a Galicia como un tesoro, que a la de aquellos que lo veían extrañamente transfigurado en guerrero volando por los aires en brioso corcel y acuchillando moros.

Porque el ideal del cuerpo milagroso del Apóstol allí está en la oscura devoción  de las buenas gentes de ahora; pero la batalla de Clavijo y la brillante visión guerrera, ¿dónde está? ¿Dónde está el grito de Santiago y cierra España? Perdiose en el viento de los siglos.

Ya no existe aquel Patrón de España ni la España de aquel Patrón. Santiago está en el cielo y en Galicia. España está en la Historia y en el mapa.

 Y cuando al encontrar el día de hoy señalado todavía en el calendario con estas palabras: “Santiago, Patrón de España”, queremos encontrar al mismo tiempo el sentido actual de esta locución, nuestros ojos pensativos quedan deslumbrados por la ardiente irradiación del sol de estío, el mismo que alumbró la predicación del Apóstol, el mismo que alumbró las batallas de la Reconquista, y que hoy nos deslumbra sin visión actual alguna de España. Es un día de estío más; y en cuanto a fiesta nacional, nuestra mente solo puede llenarla con un recuerdo infantil; pero nuestro corazón de hombres tiene esperanza bastante para transfigurar esta fiesta y todas las del calendario.