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Ayer, miércoles Santo,estuve en la Sala Cuarta Pared a ver una representación singular como fue para mi Clausura do amor, espectáculo en gallego con sobretítulos en castellano. Me impresionó el silencio con que el público acogió los 120 minutos. Creo que ni pestañeamos. Estábamos como absortos ante primero el monólogo del actor que lo bordó con los gestos, con las palabras, con las cadencias, con los silencios. Una hora exacta. Después sin descanso fue respondido por otro monólogo de la actriz, igual de espléndido. Solo dos personajes cara a cara diciéndose las verdades que no queremos escuchar. Si hay un adjetivo que recoja estas dos horas sobrecogedoras es el de ¡admirable, admirable!
Más allá de la ruptura sentimental se percibe un aire acogedor con las palabras a borbotones pero significativas, con esa fuerza que imprime carácter y esa emoción que alimenta el hecho teatral.. Eso sí sin diálogo. Se expone. La réplica del personaje femenino al masculino no se deja esperar. Solo se incomodan de forma física y no siempre.
No recuerdo una obra que te invite tanto a integrarte, no a tomar partido. Hay que aplaudir, sin duda, también a los encargados de llevar a cabo los pormenores de la representación. Se cumplieron con minuciosidad los aspectos del virus que nos invade.
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Me dirigía en coche a casa, hace meses, en 2020, cuando escuché en el programa «La ventana» de la SER unos versos que leía otro poeta de un nuevo libro de Elvira Sastre. Para mí, el libro que me impregnó fue La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida del que di cuenta en este blog en su momento. Sencillamente me impresionó. He leído, también, Baluarte , Aquella orilla nuestra y la novela Días sin ti . Tal vez porque fuera lo primero que leí de Elvira Sastre y me encantó, me quedé encasillado, pensativo, y en mi memoria pervive La soledad de de un cuerpo acostumbrado a la herida. Ni siquiera este que acabo de leer-Adiós al frío- con ser magnífico lo supera.
Hace un par de días terminé de leer la antología poética-89 poemas- en la editorial cátedra de W. B. Yeats. Su labor poética es completamente distinta a la de Elvira, pero me pregunté: por qué no leer ahora ese libro también de poesía que lo tenía como aparcado pero en mi mente. A fe que lo he leído de un tirón; parece como si todos los poemas estuvieran hilvanados y no podía dejarlo para otro día. Y así ha sido, en una tarde luminosa -como el libro-en el ámbito de la ciudad universitaria de Madrid. El paisaje y el aire límpido me acompañó en la lectura de este libro hermoso, amoroso, como todo lo que se desprende de la poeta. Cualquier poema que leía, parecía como si el tiempo se detuviera; estaban llenos de vida, del cuidado de alguien que quiere transmitirnos belleza que es amor («que este no era el plan que trazamos /, que una vida sin ti es un mundo»). Quedas petrificado, atrapado ante («Tu nombre fue la salida de mi casa, / tu nombre es la entrada a mi hogar»). Sus huellas amorosas son como palimpsestos para la eternidad. La melancolía no puede ser obstáculo para la pérdida, para la ensoñación; «aquella que fue el beso en el portal»,/ mi miedo esperando respuesta»…, «quisiera decirte que no hay hueco para ti en / ella./ Quizá tú solo seas, por fin, / la palabra que pone el fin al poema».
Hay días en que el recuerdo se despereza, en que es poseída ante «los días que huelen a ti, / que aparecen como golpes secos / en esta memoria apagada». Ese instante no puede ser olvido y menos lamento. ¿Hay algo más hermoso que lo vivido ante una entrega total sin obstáculo?: no puede perecer en ningún caso, y así se purifica, «comprendo que eres la única / que cabe en todos mis poemas». Siempre como luz, como cirio perenne. Sin duda, la primera parte de las tres que jalonan el libro te envuelve de tal manera que deseas volver a empezar.
La segunda parte consta de nueve poemas. Son distintos, pero en ellos enardece esa voz lírica que asombra ya con el primero, titulado «Incansable». Adjetivo que llena, palabra tras palabra, ese tiempo que nos devora: «Es solo eso, mi vida, /este tiempo incansable, / y tus huellas que lo siguen». Hasta en el poema «La lista de la compra» se orea ese tiempo asesino, huidizo, silente («todo va gastándose, golpe a golpe, / como la propia vida»). Para terminar con esa tristeza que es amor: «no quiero volver a empezar / una vida interminable / sin ti.
Los último diez poemas conforman la tercera parte. Es el ensimismamiento en unos, en otros el recuerdo agradecido y la exaltación; pero en todos esa pizca amorosa que los alumbra. El primero «Todo está en calma» nos conduce al sosiego aunque nos arrastre «con el mismo vértigo de siempre /aunque a veces las preguntas se asomen…». No podía faltar el poema como canto a «Somos mujeres» en estos tiempos convulsos. Hasta seis veces repite el imperativo «Miradnos» en los sesenta y tres versos atronadores, a cual mejor. Ahí va la tríada: «Miradnos, / y nunca olvidéis que el universo y la luz / salen de nuestras piernas». O el de más esplendor: «Somos música, /inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,,,,,/ porque la belleza siempre cegó los ojos / de aquel que no sabía mirar».
Bienvenida sea esta luz eternal en los que los versos se apoderan de las huellas de la vida, pero no para lamentarnos aunque nos revolotee el verso «Cuánto duele lo que no se merece». Eso sí, tenemos que propalarlo para que nos sirva de refugio, de guía, de casa de misericordia ante las incertidumbres que nos pueden visitar en este camino incierto. La poesía siempre te engrandecerá.
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Con acierto, de nuevo, la editorial Cátedra publica otra antología capital de la poesía de la primera mitad del siglo XX por la importancia que tuvo en un momento dado y que hoy, otra vez, reverdece. En realidad, con la poesía siempre debemos estar atentos porque sirve para todos los tiempos; es como un maná excelso. No dudes en acercarte a esta poética, poco a poco, en edición bilingüe de un poeta y dramaturgo irlandés, que siempre fue motivo de celebración, tanto en la poesía como en el drama; no olvidemos que fue el creador de un teatro nacional irlandés- Iris Literary Theatre, 1897- y además recibió el Premio Nobel, 1923. En el fondo lo que deseó fue ensalzar la cultura irlandesa y su historia. La crítica más exigente así lo ha entrevisto. Pero, no podemos olvidar que la obra lirica de Yeats tiene «algo más de quinientos poemas», pág. 71. Estos que se publican son una atinada selección.
Si bien en la mente de los lectores se ha tenido que la poesía del poeta irlandés subyacía solo su tierra, Luis Cernuda pensaba que «en parte, puede parecerlo; pero, aunque se tenga esa creencia no conviene desatender a cuanto debe esa poesía al mundo de la cultura europea», págs. 67-68. Su pensamiento quería trasmitirlo con palabras llanas, lo más natural posible, que llegara y llenara a los lectores; palabras repletas de lo simbólico, una forma más nítida para la comprensión. Pero es evidente que dada su formación en él anidaba un espíritu nacionalista irlandés.
El espíritu del paso del tiempo revolotea constantemente; su recuerdo permanece asido. Lo siente como algo natural. En Crossways, en concreto en su poema «The sad shepherad» evoca su historia: «I will my heavy story tell / till own words, re- echoing, shall send / their sadness through a hollow, pearly heart; / and my own tale again for me shall sing….», pág. 90. El paso del tiempo en The Rose. La rosa como sinónimo de fragancia, de juventud, de primavera, de belleza ha sido una constante en la poesía de siempre. Recordemos a nuestro Juan Ramón: «¡No le toques ya más,/ que así es la rosa!; es decir, el poema excelso no hay que tocarlo. Pero, también, la rosa fenece. Yeats la recuerda como «the rood of time (sad Rose of all my days), como of the world, rose of all the World (he made the world to be a grassy road / before her wandering feet), como of peace ( a peace of Heaven with Hell, como of the batle» (and wage God´s batles in the long grey ships). En The Tower se observa cómo el pasado ha cincelado su cuerpo y, por ende, también su poesía; pero eso sí, matice que es más joven, que está más enraizada en lo que siempre ha querido expresar («Never had I more /excited, passionate, fantastical, / imagination, nor an ear an eye /that more expected the impossible»). El final de este largo poema sobrecoge; como si estuviera genuflexo ante lo que le espera ( «Now shal I make my soul /, / compelling it to study / in a learning school / till the wreck of body……»)
A full moon in march (1935) recoge dos poemas. En «A prayer for old age» rememora ya al final de su vida, su humildad ante Dios, instándole a que le libre «from those thoughts men think / in the mind alone. Al mismo tiempo se pregunta qué será de él ( «What am I that I should not seem /for the song´s sake a fool?) . En el poema » The four ages of man» nos recuerda las cuatro edades de las personas. La primera representa la lucha con la tierra-en este caso las entrañas- y vence («it walks upright»). Después luchó con el corazón («Then he struggled with the heart») y posteriormente con la mente para postrarse ante la divinidad que triunfará («God shall win»).
En la nota a pie de página, el editor nos aclara la sencillez del poema realizado por el poeta: «La Tierra-cualquier civilización dominada por la naturaleza-; el Agua-una edad sexual, armada, la caballería las crónicas de Froissart; el aire -del Renacimiento a final del siglo XIX; el fuego , -la purga de la civilización por nuestro odio (cfr. A. Norman Jefferes, op. cit., págs. 451-452), pág.323.
Last poems ( 1938-1939), el editor nos muestra nueve poemas. En esta antología también, al final, podemos leer Poems not included in the definitive edition (1886-1907). En uno de ellos «Where my books go» se preocupa del mensaje de sus libros, pero sobre todo de que lleguen a lectores y les impregne de acierto, de sabiduría, de compañía; las palabras como «wings untiring and never rest in their flight» para esa ayuda que a veces necesitamos; ese canto debe ir lo más lejano, «beyond where the watters are moving». Las palabras que escriben deben tener sentido.
Para poder entender en toda su extensión la poética de Yeats conviene leer las aclaratorias y brillantes notas a pie de página de cada poema.
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En tiempos de tribulación lo mejor es refugiarse en la poesía, esta como conocimiento, denuncia, fe, anuncio, compromiso, amor, espíritu, nuestra última casa de misericordia, diálogo con el tiempo, como aventura hacia la eternidad,ideal de vida en la que los sentimientos y la conciencia se aúnan. Los cuatro libros que conforman Jardín concluso ( Verano inglés, Espejo de gran niebla, Fuente de Médicis, Cuatro noches romanas) invaden nuestro ser como algo que añoramos continuamente, como es el sentimiento, el amor, la entrega, la dicha presente o pasada, pero siempre constante en el ser humano. Jardín concluso nos evoca placer, paraíso, ensoñación, pérdida, confrontación, todo en el campo semántico de la entrega amorosa como aldabonazo de nuestra conciencia siempre constante en el ser humano. El título ya nos sumerge con el sustantivo Jardín en placer, dicha, paraíso, ensoñación, aunque el adjetivo concluso parece como si debilitara esa ensoñación y, por tanto, estaríamos ante el final o, por lo menos, distancia. La profesora Elide Pittarello insiste en que “desde sus orígenes remotos, el jardín concluso es la metáfora de la civilización que brinda una vida regalada”, pág,33.
Lo primordial, si eres lector de poesía, es la lectura de los cuatro libros, apoyándote sin duda en las notas a pie de página; después el esbozo autobiográfico y finalmente el enjundioso, extenso y magnífico estudio que realiza la profesora; de esta forma, entenderás y te acercarás a una poesía viva para todos los tiempos en que la intensidad nos aproxima a lo existencial.
Las notas a pie de los textos-hechos por el autor- nos esclarecen dudas o desconocimientos. Más nitidez, si cabe, hallamos en su esbozo autobiográfico. Ambos aspectos contribuyen al conocimiento personal y literario
Con Verano inglés Guillermo Carnero inaugura otro mirador en el que otea lo más íntimo unido a la materia humana; la carne se aposenta como fundamental; el autor nos asegura que esta época “ofrece la recuperación de la realidad por obra del amor, con gran intensidad y presencia de los cinco sentidos. El cuerpo femenino se convierte en símbolo de vitalidad”, pág. 39. Es plenitud para el que ama la experiencia amorosa y, claro, es correspondido. El origen de esta creación poética estriba «con quien mantuve una intermitente y tormentosa relación entre 1997 y 2007», pág. 266. Más nitidez no cabe, por eso nos asombra y nos acerca.
El primer poema » Leicester Square» viene encabezado con un dístico de Rodrigo Cota: «Aquellos son los farautes/que yo envío al corazón».
Los primeros versos te invitan a sentir, a recoger la esencia poética amorosa: «En la tensión del nudo de tu blusa / duplican su latido tus tacones / sin alterar la esfera del helado / que te zampas feliz, guiñando un ojo». Es el inicial asomo en que queda petrificado para proseguir con parque, color rojo, » hierba donde se esfuma el mundo», «a creer en ti fuera del tiempo»; todo un alarde de alguien atrapado por el amor.
Ese estar unido, embelesado, lo contemplamos en «El poema no escrito»: «Me gusta contemplarte, te acecho cuando envuelves en la toalla el muslo»; es goce y deseo mental ante la belleza del desnudo.
El último poema, «Campos de Francia», » es de los que a mí más me gusta releer, y de los que más emoción me producen», pág. 211. Es el poeta que siente su pasado en carne viva en la capilla del Palacio de Versalles, cuando se detiene a contemplar «toda esa maravilla de arte y riqueza». Todo es coronado con el último verso: » Nunca / hizo tanto por mí ningún ser vivo». Es el poeta emocionado ante tanta belleza. Su enfático adverbio «Nunca» marca un sentimiento profundo ante el recuerdo de lo que observa.
Otra vez el autor nos explica su Espejo de gran niebla: ¨Mi libro trata de lo equivalente, por analogía, a lo que en el ámbito religioso se considera la pérdida del estado de gracia, y el vacío que deja en el alma la ausencia divina como consecuencia de la falta de amor», pág. 114. También nos adelanta el espíritu de Santa Teresa, aunque no como concepto de pecado sino a la pérdida del amor y al vacío posterior. Es la hora del ensimismamiento como finitud. El desplome ante lo evidente, que el amor también pasa. El último poema de este libro «Ficción de la verdad» lo deja nítido. Descarna su verdad. El primer verso «¿Por qué habría de hacerlo con palabras? » nos alumbra su verdadero pensamiento. Ya el recuerdo es decrépito. El tiempo devora y a lo sumo queda la belleza imaginada en su interior aunque se recurra a la ficción de la palabra en esa pérdida amorosa que tanto añora. Ahora, el poeta se extasía y escribe «para saber de mí», pero consciente de que » el papel me devuelve esa mirada», pág. 358. La suma de las palabras espejo, sombra, cieno, realidad rendida, agua detenida, heces, soledad, niebla, ojos, ángel, ceniza no representarían fracaso sino final de un pasado glorioso en el que la luz triunfó antes sobre la sombra. Es la exaltación del amor lo que permanece. Es el recuerdo obsesivo de Verano inglés.
El título del poema Fuente de Médicis nos evoca juventud, belleza, Renacimiento. Es, de nuevo, el recuerdo de quien amó en el verano londinense ahora descrito en el diálogo entre el desnudo de Galatea y el poeta. Es el lamento . Los recuerdos le abrasan ante tanta belleza femenina marmórea. El inicial interrogante «¿A qué vienes? » lo llena todo. La escultura de mármol hecha carne le devuelve el deseo de un tiempo pasado («tu desnudez, que encarna/la Hermosura suprema/junto al amor ardiente», pág. 367.
El final del poema nos muestra la triste realidad («Hoy solo veo en ellos abandono,/ sin vida ni esperanza, / ni más aspiración que ser escrito. / Llévame de la mano a las aguas tranquilas»). Es la petición del poeta a la insigne estatua. Galatea le responde con certeras palabras llenas de misterio (-«Todas serán tranquilas para ti / ya que vas de las manos que no sienten», pág.382). La imagen representa a la amada ya perdida. Es el refugio en el que el poeta se columpia («Hace tiempo buscaba estos jardines / abandonados para percibir / mi identidad creciente en su vacío / de árboles grises y de estatuas yertas», pág. 381). En definitiva, como ha expresado el poeta, el jardín como señal recurrente en el que se alían la memoria, la reflexión y la soledad.
Para G. Carnero, Cuatro noches romanas es la mezcla de magnificencia y miseria, de belleza y sordidez, que es y ha sido siempre Roma, pág. 169. De nuevo lo dialogal con todo su esplendor, con el epígrafe de J. Donne: «Environ me with darkness whilst I write». El dístico de la primera noche – «Después de tantos años escribiéndome, / hoy has venido a verme» marca el inicio de la exaltación de la ciudad eterna en la Plaza de las flores. El móvil: «Yo he sido tan feliz y tan desgraciado en Campo de Fiori que no he podido evitar el darme cuenta de que ese lugar está lleno de dolor», pág.173. Es la condición humana ante el lugar que le hace recordar; la memoria como estandarte. Desolación y plenitud amorosa se deshojan.
La noche segunda en Jardín de Villa Aldobrandini comienza con otro dístico histórico, «Nadie, hace siglos, viene por la noche / a este lugar oscuro y solitario». En la noche tercera recurre al «Cementerio acatólico», » como lugar que más emoción me ha producido nunca», pág.186, En este cementerio está enterrado J. Keats. La noche última, «Noche cuarta, y albada» como espacio cerrado («Esta noche has dormido en mi cama», pág.415). Es el rayar de un nuevo día, de un nuevo quehacer, despojado de sinsabores, ahora la entrega debe ser certera, límpida, aunque la memoria prosiga percutiendo. En días aciagos esta poesía te yergue, te conduce a la interiorización, a la meditación necesaria de las personas.
Pero la Navidad también me trae recuerdos para los que no tienen «Navidad», para los desheredados de ese amor, de esa solidaridad, de esa entrega; para los que sufren; para los que trabajan para que otros sean felices estos días. El artículo de Azorín publicado en el diario El País, el 24 de diciembre de 1896, titulado «La nochebuena del obrero» siempre ha sido un aldabonazo en mi interior. Este reverdecer me inunda el pensamiento cada Navidad. Transcribo algunas líneas: «En tanto que por allá fuera se celebraba con escándalos el Nacimiento de Cristo, él, junto a la máquina, oyendo su runrún cariñoso, pensaba en otro Cristo. Pensaba en un Cristo terrible y feroz; un Cristo que demoliese todas las viejas y bárbaras instituciones, que hiciese un montón de ruinas de todas leyes, de todos los dogmas, de todas la mentiras que impiden el libre desarrollo de la actividad humana...»