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La poesía de los siglos XVI y XVII

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La poesía como el aire que respiramos es inherente a las personas, sin ella nos falta algo, estamos como cojitrancos. De ahí mi alegría con la editorial Cátedra por reverdecerla en años gloriosos de la poesía castellana, fundamentales para ventearla hoy.

«La lírica áurea«, apelativo con que se denomina este período, nos engendra rectitud, belleza, verdad, libertad; sin ellas hay un vacío demasiado profundo para el ser humano. El «todo pasa y todo queda» machadiano se hace realidad en esta poesía gloriosa; el adjetivo más poderoso que acorrala lo poético. El libro que se publica es como una Biblia poética castellana de dos siglos esplendorosos para tenerla a mano y enfrascarse en su poesía.

El editor nos muestra en la introducción las causas por las que este ensayo-antología se necesitaba sin desmerecer el resto de los publicados ciñéndose a los cinco más destacados (Elías L. Rivers, José Manuel Blecua, Torres Nebreda, Pablo Jauralde Pou, Juan Montero). Con palabras certeras escribe: «La reflexión aquí sintetizada está en la base de una selección que asume la realidad de un canon en disolución, la transformación del modelo educativo y, en última instancia, el trecho que separa, en siglos y sensibilidad la producción poética en tiempos de los Austrias y el presente del lector…», pág. 16. A «estas consideraciones previas» se añaden en lo que se podía llamar estructura, Estudio preliminar, Una periodización interna (1511-1554: Del Cancionero general al Cancionero de obras nuevas. 1554-1585: El asentamiento de una poética.1586-1613: El comienzo del arte nuevo,1613-1630: La batalla en torno a Góngora. 1630-1648: La cumbre del Parnaso español. 1648-1695: Agudeza y arte de ingenio.), y los apartados Esta edición, Bibliografía, Poesía de los siglos XVI y XVII, Índices. Se pretende, en fin, «ser en su conjunto, un repertorio de elementos mínimos, de carácter germinal, para asentar la autonomía de la lectura sin negar las posibilidades del diálogo».

Los límites de este período único en muchos aspectos siempre traerá controversia. Las referencias que se aportan en esta introducción son más que suficientes para elegir un marbete que abarque todo; se propusieron varios, pero ninguno satisface plenamente. Lo conceptual siempre entraña dificultad si va acompañado, de ahí que se propongan ciertas estimaciones en estos dos siglos al existir diversas voces, no solo en lo político-social, también en lo lingüístico, por las pugnas ideológicas. Al final son los/as lectores los que deben discernir y acercarse con sus palabras lo que pudo ser; las 120 páginas introductorias son claves para la elección. Sé libre. Sin olvidar que en lo inicial los versos-armas tomaron todo su largor, aunque ideológicamente existía un trecho amplio. Las justas y los certámenes poéticos se hermanaron. Y, claro, con la Gramática castellana, la lengua como compañera del imperio, o la advertencia de Hernández de Acuña al emperador («un monarca, un gobierno y una espada»), pág. 25.

La corriente poética castellana se decanta por la llaneza, la sencillez para que llegara a más gente y se comprendiera, sin que no se dejara de cultivar la culta, más perfecta, pero más difícil para que llegara al entendimiento pleno. Y en todo esto el fervor con que se vivía una concepción individual pero abrazada a lo genuino, a lo nacional; el espíritu Nebrija se fue extendiendo y al final cupieron todas las tendencias. De ahí que el puente fuera lo normativo para aunar toda la significación poética de estos dos siglos.

Las dos poéticas en el período inicial como son las de Boscán y Garcilaso sostuvieron actitudes diferentes, así como los temas, tal vez por las circunstancias propias. Dos poéticas que contribuyeron a la riqueza poética y dar paso a un asentamiento, a un modelo lítico que llevaría al «arte nuevo», ya con voces muy diferentes con nombres que llenarán un período: Lope de Vega, Góngora y Quevedo como muestras estelares y tan dispares. Y por si faltaba algo, en medio Cervantes, En su viaje del Parnaso se columpia para criticar tantas formas entre «tanta poetambre».

Los poetas seleccionados viene acompañados por un breve resumen biográfico y una selección bibliográfica. Al final de los poemas escogidos vienen comentarios de textos de cada uno, lo cual es de agradecer ante las dudas que puedan presentarse para una comprensión más certera. La glosa es muy acertada.

Sin duda, el poeta estelar es Lope de Vega al que se le dedica 60 páginas en las que podemos leer dieciséis poemas entre los cuales está el extenso poema «A Claudio». El poeta del cielo y de la tierra al que se veneraba; de ahí que un poeta como José Hierro le denominara «divino». De boca en boca se venteaba «Creo en Lope de Vega todo poderoso, poeta del cielo y la tierra…». La Inquisición estuvo atenta y lo cortó. El pueblo lo admiraba; al final deja nítido su pensamiento al escribir que hubiera preferido hacer una virtud más.

Su vida y verso se hermanaron; nos legó todo lo humanístico que pueda caber en las relaciones. Sus amores, amoríos, libelos, quedaron para siempre en alta estima. El ciclo «Filis» con un nombre que no olvidará: Elena, siempre en su corazón. El ciclo «Belisa», más exiguo pero en el que sobresale el majestuoso poema » A Claudio» («Claudio, si quieres divertir un poco / de tanta ocupación el pensamiento /, oye sin instrumento / las ideas de un loco / que a la cobarde luz de tanto abismo / intenta desatarse de sí mismo»). Después, el ciclo más intenso, vigoroso, cuando conoce a la actriz Micaela de Luján con la que tuvo cinco hijos, su «Lucinda»; en el bachillerato aprendimos los versos que han quedado en nuestra memoria para la posterioridad: «Y si tienes Lucinda mi deseo hállame la vejez entre tus brazos y pasaremos juntos el Leteo». Es la cumbre amorosa.

No podemos olvidar su recogimiento espiritual y su entrada en el sacerdocio, muerta ya Micaela en 1614. Su arrebato pasional le visitó-ya se había consagrado sacerdote- cuando conoció a Marta de Nevares. Fue una tormenta amorosa que luego el poeta dejaría su muestra en su poesía en los que se conoce como ciclo «Amarilis». El ciclo denominado «de senectute» en el que se recoge un final de reflexión, pensemos en La Dorotea, Laurel de Apolo, Rimas de de Burguillos. Y cómo no-hay que anotarlo- fue nombrado doctor en teología y caballero de la Orden de Malta. Si la poesía arropó con claridad su pensamiento, no fue menos en teatro; incluso Cervantes lo describe nítidamente; «Entró luego el monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes».

Ahora solo cabe leer la poesía, toda ella fundida en la existencia; lo divino y humano se aúnan; no hay que tocarla más, solo asimilarla; no te arrepentirás y sentirás un anhelo purificador.

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Poesía de los siglos XVI y XVII. Madrid, Cátedra, 2023, 1057 págs.


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Es Navidad, Personales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Redentor!

¡Aleluya, para los/as desheredados de la fortuna, para los que es esquiva la felicidad, para los que añoran la cultura, para los que no pueden ser libres; para ti, también, que sientes la soledad acompañado/a y no hallas la tranquilidad necesaria en estos días de entrega, de dicha, de fraternidad, de alegría en constante comunión con los demás!

Creyente o no, respeta, y a ser posible recuerda lo que aprendimos de niños, al menos, en los pueblos, -desde luego, en el mío sí, enclavado en un cerro que además se convirtió en una puerta a la cultura-, el canto: «A Belén venid pastores que que ha nacido Nuestro Rey, envuelto en pobres pañales sobre pajas lo veréis»… Desgraciadamente, según las noticias que llegan, la Navidad no podrá celebrarse como se acostumbra en Belén; para todos/as paz. Y si te es posible rememora lo que tradicionalmente se llama «la misa del gallo» en la iglesia más cercana; de niño me encantaba, era a las doce de la noche. Sinceramente, es cuando más se llenaba el templo, incluso muchos se tenían que quedar en la explanada. Se vivía la Navidad.

Esta celebración pascual- la Natividad-, también, quiero hacerla extensible a las 204. 565 vistas en mi «blog» Cantando sobre el atril. Estas personas se habrán enriquecido de lo que escribí en mi salutación fruto de mis lecturas.

Me gustaría también ya que estamos en el año azoriniano leyeras el excelente artículo de Azorín, publicado el 24 de noviembre de 1896 en el periódico El País «La nochevieja del obrero». Tengas fe o no ahí caben todos.¡ Es Navidad! Alégrate.

Novela

Edición crítica de El Jarama de R. Sánchez Ferlosio

Se necesitaba esta edición, aunque no sé si le hubiera gustado al mítico Sánchez Ferlosio su publicación a estas alturas. Estaba un poco harto de tanto como se decía de la novela; su éxito le sorprendió («A la vista de cómo han ido las cosas«); fui testigo en alguna ocasión. En concreto, yo admiré su prosa, era una delicia leerlo; incluso cuando se dedicó a lo lingüístico, lo tuve presente. Fue una voz crítica. Un inventor y renovador.

Conviene leer primero la amplia biografía con que nos obsequia el editor Mario Crespo; probablemente algunos aspectos ya se habrán leído; para mí, desde luego, son novedosos la gran mayoría, no su obra. La extensa introducción hace pensar que el editor quería abarcarlo todo, lo cual es de agradecer. No te asusten las mil trescientas sesenta notas; hay que tener tiempo y paciencia si quieres llegar a un conocimiento exacto. Al final, en tu mente dirás: este es el grande Sánchez Ferlosio más allá de los chascarrillos que suelen manifestar los que no leen.

¿Eran necesarios tantos datos biográficos?; yo creo que sí para disipar dudas de cómo su biografía está integrada en su obra, aunque al principio sorprenda que también se aluda literariamente a Industrias y andanzas de Alfanhuí, 1951; con el paso del tiempo dirá de la obra que «es mi única novela verdadera porque es un libro con espontaneidad, sin pretensiones», pág. 29. Es entonces, como lector/a, que estamos ante un ensayo distinto y necesario, y prosigues la lectura con más atención. Antes de llegar al desarrollo de El Jarama, pág.75, el editor se detiene y nos da a conocer hechos fundamentales de la vida del novelista: Aproximación bibliográfica a Sánchez Ferlosio, Escritores de los cincuenta, Industrias y andanzas de Alfanhuí, Revista española y neorrealismo, El Jarama premio Nadal y primeras ediciones, Altos estudios eclesiásticos, El testimonio de Yarfoz, El gran polemista.

Todas las flores que podamos recoger para Ferlosio son pocas. En la primera página se alude a las ideas que vertió otro gran nombre de la novela española: Miguel Delibes. Para el novelista vallisoletano está en la «inmortalidad literaria», y su obra «El Jarama se ha erigido en patrón de no pocos narradores que han ido apareciendo con posterioridad; esto es, ha hecho escuela». De ahí que podamos decir «es más que una novela», clave en un momento en que alboreaban otras formas de narrar en los años cincuenta.

Ochenta y nueve paginas dedicadas a la novela propiamente dicha parecen muchas, pero también podemos decir que todo lo que se diga es poco ante un referente primordial de esos años convulsos. Una vez terminadas, pensarás: la novela pervivirá para generaciones venideras. Toda se circunscribe a Ideas de Ferlosio sobre la narración. La crítica ante El Jarama. Redacción de El Jarama. El río Jarama. Tiempo. Temas, trama, anécdota. Estructura. Personajes. Muerte de Lucita. Radiografía del habla. Títulos en los que se recogen trescientas sesenta y seis notas a pie de página. No hace falta que se lean seguidos; se puede empezar por donde se quiera, pero es capital que se lean todos; son esenciales, abarcadores de una novela sublime, quizá única con lo que se propuso. La expresión «valioso documento lingüístico» revolotea por la mente, que no se alejará según vayas avanzando en la lectura.

El habla de los protagonistas nos sumergen en lugares en un tiempo con decires, modismos, sintaxis, apócopes, registros coloquiales, caracterizadores de las personas y épocas. La oralidad, la escritura, cobrará más importancia por el abundante diálogo. La radiografía de los personajes la veremos por cómo se expresan; lo coloquial adquiere la máxima cumbre lingüística. Ahí subyace el don de la palabra. Es la radiografía del habla en la que el oído cobra toda significación. La verosimilitud hecha realidad en boca de personajes diferentes. A esto habría que añadir «sus silencios» como ha distinguido la crítica.

Probablemente, el hecho de ahogamiento de la joven Lucita sea capital para muchos lectores de esa tarde de domingo, como si el tiempo no importara, como si el aburrimiento nos condujera a una tragedia. Disparate o no, como apuntó en su día el novelista, no podemos desprendernos de lo aciago en una edad tan temprana y cuando en ese tiempo lo que apetece es dar rienda al cuerpo, a divertirse, propio de la juventud. Caben todas las conjeturas para analizarlo. No se trata de destino existencial sino de que la muerte nos acecha y la naturaleza no da explicaciones. Es el final de una tarde que comienza con alegría y termina con tristeza que nos conduce a la fragilidad que poseemos. Es acción culminante. Tampoco podemos olvidar que las últimas líneas de la novela desprenden finitud cuando el río «…entra de nuevo en terreno terciario y recibe por la izquierda al Henares», y en Aranjuez «entrega sus aguas al Tajo», pág.758. Y ya pensamos que el agua tiene un final: la inmensidad del Océano Atlántico.

La tríada -prosa excelente, habla, lengua- forman un todo tan típico en la narración con que Ferlosio se descuelga; si las tres no se aúnan falta algo necesario. Lo narrativo se desvirtúa. Su pasión lingüística se deja entrever. La disciplina del narrador es consustancial con sus ideas más allá de lo que se trate o experimento que se quiera conseguir. Después de tanto tiempo, la lectura que hago de «Críticas a la novela», pág.86, en su momento, incluida la del autor al comentar que «ha sido un error», me extraña en las puertas del siglo XXI, quizá en lo que esté de acuerdo es que es demasiado larga para lo que pretendió el autor. Se obvia que fue muy leída-no lo digo por el editor que nos ha dado una excelente aproximación a la obra– por la crítica recogida en esta edición; por cierto, mucha la desconocía, de ahí mi sorpresa después de una relectura atenta.

Al final te quedas en lo que parte de la crítica recogió: es una nueva forma de novelar como si pusiéramos «una cámara cinematográfica» y de hecho cuando la terminas lo piensas. Ferlosio fue un gran renovador, queramos o no. Esta cristalización se dio como cimentada para ese momento, como la cúspide a la que había que llegar. Bien es cierto, como nos recuerda el editor, que pone en boca de Baquero Goyanes, que la objetividad basada en el diálogo ya Galdós la entrevió en sus novelas Realidad y Casandra, pág.96. El adjetivo «irrepetible», según Marsé, llenaba todo el espacio conseguido.

El todo fluye heraclitiano se hace realidad en la dualidad río-juventud; cómo esta, como el agua, se diluye en una tarde de domingo junto al río que será testigo del paso del tiempo para advertirnos de que el instante se nos escapa. El existencialismo se alza con una simbología en el que el río-lugar nos insinúa. El comienzo, al describir el río-«empezando por el Jarama», y el final- «y el ruido del agua sonando allá abajo en la compuerta se dejaba de oír súbitamente»- es revelador para todo lo que se pretendió con ese «pelotón de modorra» que se subraya con excelentes diálogos y frases atinadas en todo momento. Una verdadera obra artística con esa gente-los jarameros- que van «a bañarse en el río» para pasar los domingos.

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Sánchez Ferlosio, R., El Jarama. Madrid, Cátedra, 2023, 758 págs. Premio Nadal, 1955,


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Teatro

El Teatro Español de Madrid. La Historia (1583-2023)

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«Este libro quiere ser un lugar de fácil acceso para la historia del Teatro Español…». Con esta idea comencé a leer todo un tratado más que didáctico del ensayo que acaba de publicarse en la editorial Cátedra dirigido por don Eduardo Pérez-Rasilla (ed.).

Son «los recuerdos de un teatro que permanece», frase que leemos en la última línea y página, después de una agotadora lectura que me ha hecho revivir algunas obras que vi representadas en este teatro mítico de Madrid en pleno centro llamado «barrio de las las letras», muy cerca también del no menos mítico Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. Espronceda dejó su impronta que llevamos en la frente los socios del Ateneo: «A todos, gloria, tu pendón nos guía, / y a todos nos excita tu deseo: / apellidarse socio ¿ quién no ansía / y con las listas estar del Ateneo?» .

Trece capítulos y presentación conforman la historia del teatro, llamado en su origen «Corral del Príncipe», hasta hoy. La presentación es un diálogo entre la Directora artística del Teatro Español y el editor del volumen. La explicación entre los dos es nítida para acercarse a lo que fue y es el emblemático teatro en la famosa plaza de santa Ana. La «sensación de vértigo» con que es vista y descrita la historia del teatro hace pensar al lector/a que hay muchas cosas que con el paso del tiempo se han perdido-o se han olvidado-, pero que con la investigación desde sus orígenes nos hace hoy rememorar muchos hechos capitales del ya famoso Teatro Español. Y eso es lo que el ensayo pretende: que sea un libro de cabecera para entender y saber todo lo referente a la dramaturgia y su entorno; fijar lo que se ha descubierto. Propalar «una joya que estaba escondida, como en una pirámide». Se apunta que son casi cuatro años de investigación.

Al referirnos a este teatro, una de las representaciones que pervive con ahínco y de más éxito fue la representación de Electra de Pérez Galdós el 30 de enero de 1901. Pérez Rasilla ha rastreado todo lo que supuso el estreno y la importancia del teatro galdosiano anterior a 1939 ya que no estuvo sola esta obra en este período. El célebre estreno supuso un aldabonazo; la obra dramática se convirtió en un referente incluso ya en el ensayo general antes de su estreno como se recoge en La correspondencia de España citada por el editor: «…que Electra me parece no solo el mejor drama de Galdós, sino el mejor drama de todo nuestro teatro contemporáneo, y una de las obras más magistrales que en castellano se escribieron jamás», pág.432.

El frenesí y el entusiasmo se apoderó del público asistente y de la crítica. Resaltemos la del periódico El Dia al día siguiente del estreno: «El ilustre literato que es hoy una legítima gloria nacional, ha hecho más por la causa de la libertad y del progreso en una sola noche que toda una generación durante un cuarto de siglo de esfuerzos inútiles. Toda la prensa fue un clamor a Galdós como maestro literario«. Al final del estudio investigado se nos da cuenta de diversas reposiciones en 1913, 1929, 1937 y 2010, pág. 448.

En realidad, los trece capítulos desde el primero con el título «El corral de comedias del Príncipe» hasta el último «De lo efímero que permanece. Recuerdos del Teatro Español» constituyen un verdadero venero en el que se nos informa de una joya más que literaria que pervive en el corazón de todas las Españas. No hace falta solemnizar las palabras porque cada investigador/a ha sabido adentrarse en un santuario dramático y darnos a conocer hasta la más mínima brizna cultural. Hay hechos concretos que no podemos ladear como aquel 11 de julio de 1802 en que ardió completamente y hubo que reconstruirlo. Se abriría el 25 de agosto de de 1806. Por tanto se tardó cuatro años en la reconstrucción. Antes, llamado «Corral del Príncipe«, en 1744 se acordó la demolición, para construirlo en el mismo solar. Se inauguró en junio de 1745 con el nombre «Coliseo del Príncipe», para más tarde «Teatro Español» con que se conoce hoy. Este telar investigador se puede leer en los dos primeros capítulos, págs. 21 77.

El siglo XIX es recordado con dos adjetivos: «fascinante y abrumador», bien por las obras representadas como por los actores y actrices, teniendo como base no solo la prensa sino también los archivos consultados. En este mismo período la investigación se acerca al «disputado príncipe de los ingenios nacionales» como colofón al gran éxito del Teatro Español que supo mantenerse, incluso, ante las adversidades. Fue «garante de la pervivencia y el remozamiento tanto de los clásicos de los siglos anteriores como de los que ya empezaban a considerarse tales», pág.158.

Del siglo XX,ante la escasa bibliografía, la autora se decanta por los periódicos y revistas de la época para destacar los hechos primordiales. Los vericuetos nos dan ideas más que suficientes para entender unos años capitales en torno al Teatro Español, necesarios para comprender lo nimio y lo grandioso. Más que la voz de la autora, quiere que sea «el eco del pasado quien tome el rumbo para explicar qué pasó realmente…». Es de agradecer que al final de la investigación encontremos un cronograma del teatro.

Particularmente, me he detenido con esmero porque muchas personas hablan de oídas desde que Pérez Galdós es aceptado como director artístico del teatro un 11 de julio de 1912 a propuesta de Madrazo. El escritor canario-madrileño-santanderino pronto se vio envuelto en el posible estreno de El Embrujado en el Teatro Español que Valle-Inclán le pidió con insistencia-no olvidemos que le llamó en varias ocasiones maestro de habla y por escrito-. El escritor gallego no entendió que la empresa tenía más poderío porque, sobremanera, valoraba más los intereses. Ante el hecho de que su obra no se estrenaba, insistió una y otra vez. Cansado fue al Ateneo de Madrid a despotricar y como vino se fue. La autora recoge algunos de los pormenores en la página 177 y siguientes. El primer actor de la compañía dimitió y aludió que «la empresa no le deja estrenar para su beneficio El embrujado de Valle Inclán» ( El Liberal, 24 de febrero de 1913). Ante el enfado del autor gallego, Galdós respondió que «el señor Fuentes expresó su deseo de representar El embrujado, y así se hubiera hecho si Valle-Inclán no pretendiera que la actriz Matilde Moreno fuera sustituida por su esposa». Valle-Inclán no quiso entender las líneas que Matilde Moreno le envió: «en todo negocio teatral tienen que marchar de acuerdo los intereses artísticos y los intereses materiales». Estoy en desacuerdo con que Galdós fuera una marioneta. Galdós era el director artístico, pero primaban los intereses, es decir ganar dinero. Valle-Inclán se molestó porque esperaba una ayuda de Galdós, y eso no se podía hacer, ni siquiera el ayuntamiento pudo porque había un contrato. Cuando quisieron, de nuevo, proponer a Galdós, este no lo aceptó. Seamos serios, si tan buena era la obra El embrujado por qué tardó en estrenarse, y en el fondo Valle-Inclán no solo actuó como prestigio, también por intereses, que esto no se dice. Galdós ha dado prestigio al Teatro Español se mire como se mire. La dirección de Benavente quedó un poco oscura más allá de la certeza o no de lo que ocurrió.

Los siguientes capítulos, desde el sexto, contribuyen de manera certera a la importancia de un teatro y las obras que se representaron y otros hechos para insistir en la importancia del teatro desde la guerra. Así, entre 1936 y 1950 supuso «ruptura y una gran continuidad en el teatro de Madrid». De forma pormenorizada vienen las obras que se representaron por temporada. A partir de 1950 es otro el teatro que acoge el Teatro Español, con especial significación a finales de los años cincuenta, pero es a partir de los años sesenta cuando el vuelco es total tanto del extranjero como del español. Lo estético y lo político se amasa más y los/as espectadores toman conciencia de forma notoria. Las señas de identidad que dejó el teatro en este período siempre reverdecerán; como se destaca: el «talento que entonces se desplegó en todos los ámbitos de la creación escénica», pág.253.

Con el título «Vida desde las cenizas (1979-2022»), la investigación más extensa, comienza con el incendio que destruyó el teatro el 19 de octubre de 1975, que «durmió algo más de cuatro años»; son años en los que no hubo certezas para una pronta recuperación, aunque ya el cambio socio-político llamaba a la puerta; eran muchas cosas que había que hacer y con otras orientaciones. Las elecciones de 1979 contribuyeron a otras formas y en este momento se erigió la figura de Tierno Galván como alcalde de Madrid. La cultura se contemplaba desde otro mirador y el teatro no podía quedarse parado. La temporada 1980/1981 fue como una explosión cultural. Destaquemos, entre muchas, cuando llegaron al Teatro Español producciones del Teatre Lliuri de Barcelona en diciembre de 2006. O el estreno de las Naves del Español-antiguo matadero-. Forman parte del Teatro Español, a bastante distancia. El no hay billetes fue una expresión, casi siempre, en ambos sitios. Son muchos aspectos estelares que anidan y que el investigador nos ha otorgado para que nos recreemos con la lectura serena, apacible.

«La huella del Español en la ciudad» contribuye a un conocimiento del entorno en el que está construido «con todo los condicionantes que esto implica»- pág.371-, aunque algunos de los hechos ya han sido rememorados en capítulos anteriores. Se destaca «Corral de comedias», «Coliseo a la italiana», «Incendio y reconstrucción», «Epicentro cultural», etc. Conviene, también, leer una breve estampa del cronista oficial de la Villa siempre tan cercana a los acontecimientos fundamentales. Me ha llamado la atención por su singularidad el hecho de que aun no se ha podido realizar que el tráfico continúe por la puerta del teatro («El tráfico sigue discurriendo…», pág.391). También contribuye a resaltar la zona «un paseo histórico – anecdótico» por sus calles, y cómo no, la majestuosa plaza «Santa Ana» y las tan nombradas por Galdós como «Plaza del Ángel» o «De la Cruz».

Sin lugar para la duda, estamos ante un libro necesario para conocer los pormenores del gran Teatro Español con tantas luces que prosiguen no solo en sus paredes sino en el «miajón» de las obras representadas, hagámoslo posible.


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Pérez Rasilla, E. (ed.), El teatro español de Madrid. La Historia (1583-2023). Madrid, Cátedra, 2023, 464 págs.

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Novela

WATT, Samuel Beckett

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Poco importan los géneros cuando se sumerge en lo existencial de las personas para uno de los grandes de la literatura como es Samuel Beckett, premio Nobel, 1969. Lo filosófico, la continua pregunta que nos hacemos sobre nuestro ser la vemos más profundamente hermética en esta novela. Si ya en su teatro nos llevó por vericuetos oscuros, ahora también se decanta por este motivo en el personaje Watt, vagabundo irlandés que está al servicio en una mansión cuyo propietario es un ser enigmático donde los haya. Todo un acontecimiento que nos apabulla ante tanta comicidad como negrura, rutina de aquí para allá en ese discurrir lento de la vida del personaje capital. No sé si como apunta el editor es «un enorme ejercicio de metaficción». Desde luego por ahí puede conducirnos a ese lugar desconocido ya que parece como si la novela pareciera inconclusa o deja a los/as lectores que la terminen. Es como un campo abierto que no se puede cerrar o, al menos, el autor no lo hace. Las dificultades de la lectura hacen que se pierda parte del hilo conductor.

La novela fue escrita en París,1945, con las circunstancias propias del entorno, como la guerra sin ninguna referencia, y publicada en 1953. En el primer capítulo de los cuatro enumerados que tiene-nos enteramos en el capítulo cuarto- más una Adenda predomina el diálogo que se realiza, en un primer momento, en el parque alrededor de un banco-mejor, «su banco»-(«El señor Hackett dobló la esquina y divisó, en la luz que agonizaba, a cierta distancia, su banco«), porque el señor Hackett así lo creía, aunque, probablemente, era «de la ciudadanía en general» o «propiedad del municipio».

Resulta interesante la estampa, al principio de la novela, de un señor que pasaba por allí con su esposa cuando pronunció: «Vaya por Dios, ahí está Hackett«. Al principio, la señora no se percató de quién era, después susurró, «pobre infeliz». Decidieron pararse y hablar con el personaje; después de las presentaciones de rigor, el señor Hackett no pudo levantarse porque le «fallaban las piernas«. En un diálogo lento pero preciso se nos cuenta que el señor Hackett tenía un año cuando se cayó de una escalera: e inmediatamente después un tranvía que se detiene y baja alguien; ante ciertas conjeturas se reconoce al señor Watt y prosigue el diálogo en el que se destaca que desde hace siete años tiene una deuda de seis chelines y nueve peniques con Nixon. A partir de este momento se nos narra la vida de este personaje sin domicilio fijo, con una narizota roja y sombrero, el señor Watt.

Un capítulo dedicado a Watt para narrarnos quién es el personaje parece, antes de terminar la novela, excesivo; una vez acabada, no tanto. Desde luego no es imaginable que tropiece con un mozo para detallarnos quién es («Watt tropezó con un mozo que transportaba una lechera«), y una vez cogido el tren una serie de personas para que veamos el comportamiento del personaje descrito, todo con alarde estilístico que ayuda a la lectura. La entrada de la casa a la que se dirigía Watt estaba oscuras y la puerta delantera cerrada y también la trasera cerrada («nunca supo cómo llegó a entrar en la casa del señor Knott). Un criado se marcha de la casa al llegar Watt. Casi al final de este capítulo se nos describe los que estaban al servicio del señor («Había tres hombres en la casa, el amo a quien como bien sabes llamamos señor Knott, un viejo criado llamado Vincent, creo, y uno más joven, solo en el sentido de que es una adquisición más frecuente, llamado, si no me equivoco, Walter»).

El capítulo segundo comienza : «El señor Knott era un buen amo a su manera«. Watt trabaja en la planta baja de la casa, pero veía poco al señor, y este «ni veía a nadie ni llegaban a sus oídos noticias de nadie»; ni tampoco salía de su propiedad según Watt o no se enteraba. La larga exposición de los señores «Gall» , padre e hijo para afinar el piano, desespera, desconcierta no solo a Watt-o no llega a comprender- también a los/as lectores o a mí me lo parece. Otros incidentes también corroboran esta idea, que puede ser sublime pero que no sé a qué vienen tanta repetición. ¿De qué manera influyó todo esto en la mente de Watt que no podía asimilar tanto barullo? Sí se aprecia en el personaje un cierto miramiento por todo lo que va ocurriendo, como el detalle de que el señor a veces se levantaba tarde y se acostaba temprano, » a veces se levantaba muy tarde y se acostaba muy temprano». No podía faltar las repeticiones continuas de todo, incluidas las comidas, bebidas, horas, el cuenco en que se servía también de los días de la semana. Aunque nunca se quejó de la comida, a veces ni la probaba.

Al final de este capítulo segundo se nos muestra que Watt estaba cansado de la planta baja; parecía como agotado. No había aprendido nada, tampoco sabía nada del señor. Si antes se veía pobre, pequeño, ahora más si cabe. No tenía sentido nada.

En el capítulo tercero leemos que Watt es trasladado a otro pabellón. Hay un dato más que se nos aporta, de gustarle el sol pasa a decantarse por el viento aunque soplara fuerte. Un hecho que no puede pasarse desapercibido fue cuando están en el jardín cuatro personas: «el señor Knot, Watt, Arthur y el señor Graves. Era un hermoso día de verano. El seño Knott deambulaba lentamente por ahí, ahora desaparecía detrás de un arbusto, ahora salía detrás de otro. Watt estaba sentado en un montículo…». El diálogo tal vez nos resulte inane pero cuesta no proseguir para al menos otear a dónde nos conduce sin perder de vista a Watt pues es quien intenta ir comprendiendo todo lo que ve y oye. El diálogo de Watt y Sam cuando los dos se encontraban en el sanatorio recuerdan su paso por la casa del señor Knott; resulta repetitivo y soporífero a no ser que se quiera llegar al desquiciamiento de la existencia, a lo absurdo sin más. No olvidemos que aunque compra el billete del tren en el último capítulo, no se monta. Y el final del personaje es que está en el psiquiátrico; es cuando cuenta su historia.

Es en el capítulo cuarto es cuando nos percatamos del desarrollo de la novela, o el orden con que Watt lo cuenta, mucho tiempo después a Sam en su encuentro en el sanatorio; llama la atención que se empiece por el capítulo segundo, después el primero, cuarto y tercero. Sam por el contrario insiste en una cronología-salvo el hecho de la estancia de los dos en el psiquiátrico- de los hechos que es como he pretendido realizar esta reseña. El lector/a se da cuenta de que este capítulo se narra después de la estancia de Watt en la casa de del señor Knott.

Es en este capítulo cuarto cuando Watt sale de la casa, camino de la estación («Al igual que vino, así se marchó Watt, en la noche, que todas las cosas cubre con su manto, especialmente si está nublado»). Y sin duda con sus dos bolsas pequeñas, su abrigo verde deteriorado y un sobrero de su abuelo, ya de color pimienta. Cuando llegó a la estación de ferrocarril estaba cerrada. Después el largo diálogo, pero sustancioso. con el guardavía, llamado Case. Una vez superadas las dificultades, entró en la sala de espera y prorrumpió; «Ahora soy libre, libre de salir y entrar cuando me plazca«. De nuevo extrañeza cuando pide un billete y al preguntarle a dónde, por respuesta nítida contestó: «El que esté más cerca«; «quería decir el final del trayecto que esté más alejado«. Y así, «el larguirucho con sombreros y bolsas» despareció-no se subió al tren-, «mientras las colinas volcándose sobre la llanura hacían una estampa tan bonita, en la temprana luz de la mañana, que no se podía encontrar una igual ni un día entero de marcha».

No sé si la novela de Knott ataca a lo racional, pero se atisba por momentos. No podemos olvidar el adjetivo absurdo con que se apodera Beckett. Incluso Watt llega a pensarlo anta tanta cotidianidad sin rumbo. Desde luego es rompedor con cómo se desarrolla lo cultural en ese momento; quiere llevarnos por otro camino más tortuoso. Las dificultades de la novela son nítidas; no sé si el autor ha querido mostrarnos que la sociedad está desquiciada, sin sentido, en la que las apariencias son portadoras de la negatividad absoluta. Tal vez, ahondando más en al existencia, se puede llegar a lo recóndito y a la sabiduría que llevamos dentro. ¡ Quién sabe!

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Beckett, Samuel, Watt. Madrid, Cátedra, 2023


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