Literatura y Medios de Comunicación

Literatura y lenguaje publicitario

 Literatura y lenguaje publicitario. No solo me refiero a la comunicación que lleva implícita la publicidad comercial, sino a cualquier publicidad, aunque el tronco de ellas sea la persuasión. La publicidad, por tanto, es algo más que la sociedad de mercado. Pero es que además el escritor ha sido el primer vocero de la misma; al estar inserto en una comunidad determinada y en un tiempo concreto, puede aceptar o rechazar aspectos de la sociedad en la que vive, o el canon literario en el que se ve envuelto, etc. De esa forma utiliza unos modos retóricos que le llevan a la persuasión, base de lo que entendemos por publicidad.

            De la importancia de la publicidad en una sociedad tan mercantil, es tan obvio y conocido que no me voy a referir a ese aspecto. Para eso están los economistas, los sociólogos, y los que propiamente se dedican a las actividades publicitarias. Nuestro logotipo: “la literatura tiene un carácter abierto”.

Esta apertura nos lleva a campos diversos. La publicidad es uno de ellos. Si el lenguaje posee unas ciertas marcas definidoras del mismo, el lenguaje publicitario constituye otro campo si no distinto, sí al menos singular. Hoy día, con el ropaje de lenguaje publicitario, se mueve la economía; dicho lenguaje está condenado a estimular a la sociedad, en su mayor parte, para crear necesidades, sean éstas políticas, ideológicas, religiosas o culturales. Pero el punto de convergencia del lenguaje literario y la publicidad se pueden acercar, aunque sólo sea desde una vertiente general. Ambos buscan el refinamiento, la belleza, el placer en definitiva.

Los recursos verbales y los artificios icónicos nos impulsan a pasajes recónditos e idílicos. En el discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua, Francisco Ayala nos recordaba que “la industria que produce impresos lo hace, como cualquier otra, para vender sus productos al público; pero en su caso estos productos son textos literarios, textos de la más diversa índole sin duda, pero portadores todos ellos de algún tipo de mensaje; esto es, dirigidos a actuar de un modo u otro sobre la inteligencia y la conciencia del destinatario”[1].

En la connotación-publicidad se parte de dos tipos de mensajes: el verbal y el icónico. Al aunar los mensajes tenemos una claridad expresiva mucho mayor que si sólo dispusiéramos de uno sólo. El discurso siempre será más nítido. El contexto es esencial para la connotación; la imagen y el texto verbal forman un todo con un sustrato apelativo generalmente, función capital en la publicidad, independiente de los contrastes o la desmitificación porque ambos nos pueden llevar a la compatibilidad de la acción verbal-icónica. Ambas tienen que estar perfectamente sincronizadas.

Si la palabra debe abarcar todo el contenido posible, la iconicidad también tiene que ser captada de un solo golpe y comprendida por el receptor al que se dirigen ciertos anuncios. Con el componente verbal y la imagen conseguimos la esencia del mensaje. Para el comentario de un texto publicitario debemos tener en cuenta las funciones “apelativa” y “ estética”, el canal de transmisión por el que el mensaje se difunde, el público a quien va dirigido, o la complementariedad entre la palabra y la imagen. Si el contexto es necesario en la comunicación para llegar a una perfecta comprensión, aquél, también,  admite diversas variantes.


[1]AYALA, F., La retórica del periodismo y otras retóricas. Madrid, Espasa Calpe, 1985, pág. 47

Ensayo

Literatura y pintura

Literatura y pintura. En la tradición helénica hubo una relación entre la poesía y la pintura; ambos términos se intercambiaban. En Horacio podemos leer “Ut pictura poesis”. De la misma idea participa Simónides: “La pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura parlante”. Así permaneció lo pictórico, lo plástico para la posteridad. Tampoco es incompatible con la opinión de Welleck-Warren que defiende: “las diversas artes-plásticas, literatura y música-tiene cada una su evolución particular, con un ritmo distinto y una distinta estructura interna de elementos”[1].

            Los poetas simbolistas consagran la dualidad literatura-arte. Baudelaire escribe que “la sed insaciable de todo lo que está más allá, y que revela la vida, es la prueba más evidente de nuestra inmortalidad. A la vez, por la poesía y a través de la poesía; por la música y a través de la música; así es como el alma entrevé los esplendores situados detrás de la tumba”.

            La mutua relación es entrevista como necesidad para llegar mejor a la obra artística. Algunos escritores se han basado en cuadros para sus composiciones. El ejemplo más nítido en el siglo XX es Miguel de Unamuno con su obra El Cristo de Velázquez  con más de tres mil versos. O el de Rafael Alberti A la pintura. Poema del color y la línea. Una obra maestra en este género.

Pongamos, por ejemplo, los siguientes versos extraídos del poema dedicado a Zurbarán: “Pintor de Extremadura, en ti se extrema, / dura y fatal, la lidia por la forma. / El pan que cuece tu obrador se quema / en el frío troquel que lo conforma. / Gire en tu eternidad la disciplina / de una circunferencia cristalina”. El propio Picasso, además de pintor, se conoce su faceta de poeta; aspecto que podemos observar en la revista La Gaceta de Arte[2].

            Sonetos de Manuel Machado basados en cuadros de Fray Angélico, Goya, Velázquez que podemos leer en su libro Apolo, donde viene a explicar poéticamente una serie de cuadros concretos. Así en el retrato de Felipe IV de Velázquez, leemos: “Es pálida su tez como la tarde. / Cansado el oro de su pelo undoso, / y de sus ojos, el azul, cobarde”.

            José María Pereda, Pérez Galdós, P. Antonio de Alarcón, Gabriel Miró se han basado, también, en cuadros para llegar a sus descripciones de otras épocas.  En este último, su novela raya lo impresionista. Díez  Echarri  y Roca  Franquesa lo define como “un pintor, de enorme fuerza plástica, de rica paleta llena de color y de luz mediterránea. La luz en él lo invade todo, y con tal intensidad y profundidad que el escritor se ve apurado para darle cabida en el estrecho límite de sus cuadros, debiendo por lo tanto proceder a una selección en aquella catarata lumínica que se le mete por la retina. El crítico José Casalduero observa una cierta influencia del cubismo pictórico y la poesía del poeta de la Generación del 27, Jorge Guillén.

Por otra parte, la idea horaciana “la poesía como la pintura”, aunque en menor medida, también, se ha intentado; es decir, la literatura convertida en pintura[3]. Antonio Machado también se ha hecho eco de la relación de la palabra con la pintura y la música. Escribió el poeta en La Voz de Soria: “Rehabilitemos la palabra en su valor integral. Con la palabra se hace música, pintura y mil cosas más; pero sobre todo, se habla. He aquí una verdad de Pero Grullo que comenzábamos a olvidar”.

            Emilio Orozco ha trabajado en la relación entre mística y pintura. Recordemos, finalmente, cómo Aristóteles reparaba ya en su Poética  en las afinidades existentes entre pintura, música y literatura, a las que consideraba partes constituyentes de un mismo


[1] Wellek-Warren, Teoría literaria. Madrid, Gredos, 1959, pág. 161

[2] Los promotores lo escribían todo con minúscula, incluso el título de la revista.

[3]  Wellek y Warren, sin embargo, manifiesta que es posible que se exagere el grado de representación visual en la lectura de la poesía, aunque hubo épocas en que se ha obligado al lector a ver.

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La manipulación de la palabra

Con la palabra nos expresamos, sentimos, amamos, nos comunicamos y contamos historias; pero, también, sirve para cambiar la realidad cuando manipulamos deliberadamente los significados al transformar el sentido, por lo que podemos imaginar una nueva forma de vida.

            La política es muy dada a pintarnos paraísos, a convencer, bien a través de la palabra, bien a través de la publicidad, para que creamos. Se muestran como salvadores de todo. Aparentan ser servidores, pero con el paso del tiempo los tenemos que servir. Se presentan con las palabras más democráticas para el cambio de un régimen, pero, en el fondo, no creen en ellas. En la Historia observamos que hay políticos que subieron al poder por los votos obtenidos de los ciudadanos, y después se convirtieron en Dictadores, o tiranuelos de turno como a mí me gusta denominarlos.

            Palabras que han sido manipuladas: libertad y democracia son las más manipuladas. No olvidemos que el hurto de la palabra es un fenómeno lento, progresivo. Admitiendo que es difícil de manipular “libertad” o “democracia”, si las comparamos con la palabra “pueblo”. O cómo lo políticos juegan con el significado de “liberalismo” y libertad” cuando en el fondo son distintas. Los conservadores son muy dados a confundir ambos términos, al menos con los significados que hoy tienen, sobre todo el término liberal.

            Una palabra que cambia de significado, se la manipula dependiendo quien la pronuncie, es “justicia”. ¿De qué justicia se habla? Esta palabra se presta a múltiples definiciones, y, a veces, antitéticas. Pero, de la misma forma podemos hablar de la palabra “belleza”, sobre todo, si la encasillamos con una norma. La belleza no solo es un ornamento, es una categoría moral.

            El periodismo no es ajeno a la manipulación; es más, quizá sea, donde más se ha manipulado, aunque también ha servido para señalar a los manipuladores. Si comparamos los medios de comunicación españoles es muy fácil observar la manipulación descarada en lo económico, claro y en lo político. A veces, dan ganas de apagar la radio o no leer el periódico. De la televisión, mejor aparcarla.

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Literatura y comunicación audiovisual

Los últimos años del siglo pasado hemos observado cómo los avances tecnológicos se han desarrollado de manera considerable. Las emisiones no sólo se realizan desde el estudio sino también desde el lugar en el que se produce la noticia. Pero la revolución fundamental ha sido el “Inrternet” y los ordenadores, no sólo para la escritura sino también para la imagen y el sonido. Las formas de trabajar han cambiado enormemente. La literatura está inmersa en este cambio.

             Para algunos críticos la imbricación entre literatura y cine resulta evidente. Ramón Navarrete ve lógico que “se estableciera una conexión directa entre el cine y la literatura, desde sus inicios, ya fuera a base de las adaptaciones e incluso que los guiones estuvieran sustentados, en sus orígenes, en la narrativa”[1].

Hoy se habla sin sonrojo de cine literario o de literatura cinematográfica[2]. El escritor y periodista Manuel Rivas no lo duda al recordarnos que “nuestros sentidos, la percepción contemporánea están imbuidos por el cine, y la pátina de los ojos es celuloide, y los ojos son cámaras. Es normal que se produzca este idilio porque en los dos casos estamos hablando del sueño, de una atmósfera en la que participan la literatura, el cine, los cuentos orales, la música. Son hilos distintos de un mismo tapiz”.

Azorín con esa mirada escrutadora defendía que “el cine es literatura; si no es literatura no es nada”. El profesor Urrutia rastrea en los primeros balbuceos del cine y encuentra que “se emparentó en seguida con la literatura (…) El cine buscaba en su nacimiento los temas iniciales del teatro occidental”[3]. El paso de un género a otro, en este caso a la narratividad, lo vislumbró Griffith, que se dio cuenta de que el cine servía para contar historias, y, por tanto, había que recurrir al relato como género que más se acercaba a lo que se pretendía con el nuevo arte[4].

            También Zamora Vicente observa una “visión cinematográfica” en la renovación teatral de Valle –Inclán, en la que introduce técnicas para desarrollar la acción dramática como la discontinuidad y la fragmentación. Carmen Peña-Ardid nos señala que, a veces, olvidamos un punto de enlace “entre el cinematógrafo y la literatura (o la subliteratura: los textos publicados simultánea o posteriormente a los filmes de éxito popular. Alain y Odette Virmaux sitúan la aparición de los ´cine-romans´ en torno a 1910…”[5].

            El siempre recordado Pérez Galdós, al referirse al teatro y a lo cinematógrafo, reconocía en el año 1913, que “ a los espectáculos artísticos que tienen por principal órgano la palabra, les quita mucho público el cine, pero también que como indudable progreso científico, se perfecciona día a día, trayendo nuevas maravillas que cautivan y embelesan al público (…..), el teatro no recobrará su fuerza emotiva si no se dedica a pactar con el cinematógrafo”[6]. Francisco Ayala escribe que las “creaciones  del cine han estado inspiradas en la antiquísima tradición del relato escrito”[7].

            Sin duda, la literatura ha sido y es basamento para cineastas, productores y guionistas de cine. Lo que más interés suscita para la literatura.  Torrente Ballester  mantiene la teoría  de que “el cine difícilmente llegará a prescindir de la palabra, pero el maridaje de ésta con la imagen es ya de tal naturaleza, que quizá sea el único matrimonio realmente indisoluble que podemos señalar en nuestro tiempo[8]. Es el guión de la película, espacio radiofónico o televisado, que la mayor parte de las veces proceden de obras literarias de prestigio, lo que destaca. La relación entre literatura y cine podíamos decir que comienzan, probablemente, con el nacimiento del cine. Los guiones que se dicen originales son relatos creados para la pantalla; pero, quizá, abunden más las adaptaciones de obras literarias o las versiones que se realizan de la obra original.

La adaptación cinematográfica parte siempre de un texto escrito, bien sea obra teatral o novela. Pero no es  siempre fácil la adaptación. El ejemplo al que se recurre es a la opinión de A. Hitchcock, que nunca filmaría Crimen y Castigo “porque una obra maestra de la literatura tiene una forma acabada”. Como bien sabemos recurrió a obras menores, que luego convertiría por su perfección en capitales.

            Lógicamente, el cine tiene aspectos distintos que no se hallan en la obra literaria. Las imágenes no pueden abarcar todo el mensaje que recoge la obra. Lo filmado se atiene a otros cánones en cuanto a los espacios, tiempos de la acción,  efectos especiales tanto visuales como sonoros, el movimiento de la cámara, el montaje o la utilización de la luz.

            Hoy día, incluso, los agentes literarios ofrecen a las productoras lo que les parece apropiado para la pantalla. También el todo poderoso Hollywood tiene una red de espías por las editoriales,  por los teatros independientes y alternativos por si es susceptible de llevarse a la pantalla. Como ejemplo llamativo, la gran mayoría de los premios “Goya” son adaptaciones de obras literarias.

            El cineasta Manuel Gutiérrez Aragón discrepa en cuanto a las adaptaciones “porque no se puede, es imposible, por mucho que aquí ilustres maestros de los laboratorios lingüísticos digan que sí, es imposible trasladar una cosa a otra, no hay manera, no hay equivalencia posible”[9]. Si bien reconoce una excepción─adaptación de El Quijote para televisión─ a propuesta de un amigo suyo. Pero admite también que algunas  adaptaciones de obras le han gustado mucho. Y pone como ejemplo Macbeth de Orson Welles o la de Visconti de El Gatopardo.

        Como contrapunto resaltamos a Luis Buñuel, uno de los mejores adaptadores en España. Recordemos a Nazarín, y  Tristana. Pero nuestra literatura está impregnada de sabor cinéfilo. Así La Generación del 27 y el cine conviven en aquellos años revueltos y fructíferos. Las vanguardias aceptaron el cine como signo de modernidad. Rafael Alberti publicó en la revista La Gaceta Literaria poemas que versaban sobre “tontos del cine”, en los que proclamaba que había nacido con el cine. Manuel Vázquez Montalbán está considerado como adalid del cine negro español contemporáneo; su novelística es pieza clave para el desarrollo del mismo. O el académico Luis Goytisolo que en el texto “El impacto de la imagen en la narrativa española contemporánea” entiende el cine “como la irrupción de una nueva forma de narrar, no verbal, sino visualmente”. Sin olvidarnos de una de las mejores películas del cine español, como es El Sur, que fue adaptada, y con éxito, por Víctor Erice de la obra de Adelaida García Morales.

            Pero no podemos olvidar que el adaptador debe conocer muy bien el texto literario, diríamos que  amarlo, valga la expresión, pero al mismo tiempo el conocimiento de técnicas que le lleven a la perfección del guión, así el cine y la literatura se aunarán y entrarán en le ámbito artístico. El profesor Urrutia insiste en que al adaptar la obra literaria, no se desarrolla o completa sino que se  reelabora o critica el texto; entonces estamos ante una nueva lectura, evidentemente con signos icónicos.

            También podíamos mencionar a los escritores que han tenido una cierta experiencia con el mundo del cine, como guionistas (Torrente Ballester, Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Vázquez Montalbán), como actores  (Camilo José Cela), o como referente en sus obras ( Rafael Alberti, Jorge Guillén, Miguel Delibes). Pero es que, incluso, algunos novelistas en las entrevistas que se hacen hoy, resaltan más los referentes cinematográficos que los  literarios. Quizá todo esto sea demasiado. A este respecto, Luis Goytisolo escribe que si bien “un género literario no se agota como se agota un filón, la expresión verbal tal vez no sea la más adecuada en el futuro para referirse a una realidad cotidiana tan mediatizada por las diversas pantallas que dan paso a la realidad virtual: una realidad en la que cada vez se halla más inmerso ese lector en potencia que es el ciudadano medio”[10].

            León Felipe tuvo en alta estima el cine. Decía que un buen cuento es como un poema. El cine, según el poeta, es una máquina de contar cuentos. “El primer cuento del mundo-escribe León Felipe- se lo contó la serpiente a Adán y a Eva. No había, por entonces, otros espectadores en el Edén. Fue el cuento aquel de la manzana con sorpresa, inédito entonces, y que después se ha repetido tantas veces.

            Luego el auditorio creció y los cuentos se contaron junto a las hogueras,  el fogón…Más tarde, vino llámese Pedro, y los contó en la plaza pública, ante una audiencia municipal y heterogénea. Después los cómicos literarios del carro de Tespis llevaron cuentos a los corrales de los burgos y los coliseos de las grandes metrópolis…

            Pero esto no era bastante todavía.

            Un buen cuento debía llegar a todas las latitudes de la Tierra, para que lo oyeran las naciones y los continentes…

            Entonces…nace el cine”.

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[1] NAVARRETE,  R., Galdós en el cine español.  Las Palmas, T& B editores, 2003,  pág. 16

[2] Un amplio reportaje de esta relación en el libro Exposición Literatura Española: Una historia de cine.. Madrid, Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas. Ministerio de Asuntos Exteriores. Madrid, 1999

[3] URRUTIA, J., Cine. Literatura. Sevilla, Alfar, 1984, pág. 69

[4] Para una idea más amplia y nítida véase, Gimferrer, P., Cine y Literatura. .Barcelona, Planeta, 1985, págs. 7 y ss.

[5] PEÑA ARDID, C., Literatura y cine. Una aproximación comparativa. Madrid, Cátedra, 1992, pág. 54

[6] En El Liberal,  9 de junio de 1913

[7] AYALA, Fco.,  La estructura narrativa. Barcelona, Crítica, 1984, pág. 119

[8] TORRENTE BALLESTER, G., “Literatura y cine” en el Sábado Cultural  del diario ABC. Madrid, 15 de marzo de 1985, pág. III

[9] GUTIÉRREZ ARAGÓN, M., “Cine y Literatura” en República de las Letras. Madrid, núm. 54, noviembre de 1997, pág. 12

[10] GOYTISOLO, L.,  “Artistas y artesanos” en el diario El País. Madrid, 1 de noviembre de 2003, pág. 12