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La narrativa de S. Zweig ha sido bien aceptada tanto por la crítica como por los lectores/as. De las cuatro narrativas publicadas por la editorial Cátedra en este mes de junio de 2023, hay una que está batiendo los récords de lectura: Carta de una desconocida. En su momento la puse como lectura obligatoria; en los debates-como siempre hice de todas las lecturas- esta fue una de las que hubo más participación y posiciones enconadas. En la universidad tiene que haber posiciones encontradas; la discusión engrandece.
Me alegra que la editorial Cátedra-universales- se haya decidido a publicar, en un solo volumen, las cuatro narraciones ( Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Carta de una desconocida, La colección invisible, El refugiado). El éxito será coronado por los que aun-por los motivos que fuere- las desconocieran o no las hayan leído. Simplemente quiero aportar con esta reseña lo que supuso en mí las lecturas de este escritor «testigo de su época» en un mundo tan convulso.
La carta anónima que recibe el escritor vienés nos hace pensar en esa esfera profunda, cómo es el alma humana; dos personas y algo más, como es el amor sin correspondencia y sin que uno se percate. La penetración en lo más recóndito del ser, a veces, surge por necesidad; ahí es donde el autor se sumerge; se adentra para llegar a esos pensamientos que no queremos oír. Lo psicológico se adueña de su pluma. El mundo interior revolotea como ascua inquieta. No es más que el afán de poseer- en este caso amoroso-porque la naturaleza a esta mujer le ha impregnado de lo más grande que tenemos junto con la libertad: amor; la capacidad de sentir en el otro lo que le ensalza; lo que hace ser ella totalmente-en este caso-, sin exigencias de que sea correspondida, por lo que no es narcisismo; una persona puede ser narcisista sin valerse de otra. Zweig, en este relato, se columpia para llegar al interior de la persona, e intenta valerse de lo que le rodea para conseguirlo. La fuerza biológica se adueña del escritor y lo plasma.
La frase «A ti que nunca me has conocido» en sí nos prepara para calibrar el chorro de sinceridad:
Se sincera. ¿O no es entrega total, sin limite, cuando escribe:
-«pero, créeme, ninguna te ha querido tan devotamente como yo, ninguna te ha sido tan fiel ni se ha olvidado tanto de sí misma como lo he hecho yo por ti».
¿A quién no le gusta que digan esto de ti, aunque nunca llegues a saber de quién se trate? No se trata de decir «dime que me quieres aunque sea mentira».
Cuando la soledad te embarga no está de más acercarse a la poesía, a la búsqueda del sentimiento. Esta mujer desconocida abre su corazón, y pronuncia:
-«Cada palabra tuya era para mí como el evangelio y el padrenuestro».
Ahí es donde quiero adentrarme partiendo de esa mirada casual, pero penetrante, que aparece en la novela Carta de una desconocida, y que se convierte en el inicio de una pasión, aunque solo fuera por una persona. ¡Es tan difícil aunar cuerpo y alma en dos personas! Por eso, ya no nos extraña el fracaso, y menos la traición. Tertuliano nos dejó para la historia: «Donde la carne es una, también es uno el espíritu».
Pero es evidente que esta mujer desconocida, deseaba mostrar unos sentimientos que le ardían. Su sinceridad es tan nítida que llega a escribir: «Te quiero como eres, ardiente y distraído, olvidadizo, entregado e infiel». ¿Seríamos capaces nosotros/as de escribir de una forma tan cruda? ¿Qué le mueve, sentimiento, amor, vacío, soledad, capacidad humana como necesidad?
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No podemos echar en saco roto la ludopatía en Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Nos tiene que hacer comprender hasta dónde podemos llegar en el desenfreno del juego. Este relato se escribió cinco años después de Carta de una desconocida. Es más difícil, no solo por la alternancia de la narración entre «la protagonista y el yo autoral», sin desmerecer ese estilo prístino, aunque, a veces, aparezca como abrupto y denso. Aquí está otra mujer que se lanza a revivir ese pasado inesperado y los/as lectores quedamos petrificados al no esperarlo tan brutal en el que lo psicológico triunfa, otra vez, en la pluma de Stefan. La comedia humana en el escritor es inherente a su estilo, así como el canto a la libertad.
Sobresalto emocional en un el hotel en el que se aloja el protagonista; este se convierte en confidente de una mujer de 67 años. La mujer recuerda un día de su vida, cuando tenía 42 años. En las primeras páginas, el sentimiento y la sorpresa se apoderan de la lectura ágil y sosegada con la frase: «Mi mujer me ha abandonado«. A partir de este momento el relato nos conmueve, nos hace estar atentos a los sucesos que acaecen. La pregunta se hace necesaria : – «¿ No cree que es despreciable y feo que una mujer deje a su marido y a sus dos hijas para seguir a alguien de quien todavía no puede saber si es digno de su amor?» ¿Tan despropósito es que una mujer se deje llevar por el instinto y la pasión amorosa en un único día y marque el resto de su existencia? ¿Por qué somos tan exigentes con los demás y no nos miramos y nos preguntamos qué hubiéramos hecho si la ocasión se nos hubiera presentado? ¿Por qué no cabe la respuesta que es el corazón el que nos dicta: hazlo?
«Pues bien, ya lehe dicho quesolo quería contarleun día de mi vida». Es otra narración hecha acontecimiento viviente; la señora que ha escuchado las opiniones que discurren en el hotel sobre -«una impecable mujer de unos treinta y tres años», Madame Henriette- que ha abandonado a su marido por «un elegante y joven guaperas», se decide a contar la suya; cómo el amor pasional se hizo realidad ( «le había atormentado y preocupado durante veinte años»). Ahora, después de tanto tiempo, lo cuenta. Su nombre: Mrs. C., «la elegante anciana inglesa de cabello blanco». Una vez muerto su marido, se dedicó a viajar; llegó a pensar que su vida era «completamente inútil y sin sentido». Se decidió ir al casino: y «ahí comenzaron esas veinticuatro horas que fueron más emocionantes que cualquier juego y me perturbaron mi destino durante los años venideros». El punto capital, además de lo que acarrea el juego, fue cuando siguió a un jugador abatido a la calle. Observó la destrucción de un ser humano en un banco («empapado de lluvia»). Su expresión «Venga usted» y el diálogo que establecen rompen todos los cánones de misericordia. Su voluntad exagerada de ayudar- y «ningún otro sentimiento personal», confiesa-, cambió su vida («caí en esa desgraciada aventura»). Sea lo que fuere esa noche en el hotel no la olvidará y pervivirá para siempre. Esa necesidad que le aplasta le lleva a contarlo. Es primordial las pausas que hace la señora inglesa, canosa, para proseguir su historia para que lleguemos a la enjundia de su relato. El sentido de vivir, otra vez, revoloteaba por su mente. Sin duda, quería salvar al joven de la pasión del juego, ese placer tentador. Incluso deseó, si se lo hubiera pedido, irse con él al fin del mundo como hizo Madame Henriette con ese joven apuesto, más allá de las habladurías. Desgraciadamente no llegó la luminosidad que ansió, que se pueda esperar, de una mujer enamorada completamente. La naturaleza fue esquiva y lo narra por necesidad para que estemos precavidos para amar pero también para sufrir. El ¡váyase! fue el desprecio sumo. La ingratitud es una constante en el ser humano, y todo a causa «de una loca y descabellada pasión». «De esto hace ya veinticuatro años y, sin embargo, cuando recuerdo ese momento en que me quedé allí…».
Finalmente, manifiesta por qué habló de su destino («Cuando usted defendió a Madame Henriette, y con gran apasionamiento dijo que veinticuatro horas podían determinar por completo el destino de una mujer, me sentí aludida por ello…»). El gracias por escucharme, la despedida con una inclinación y un beso en la mano marchita «que temblaba levemente como hoja otoñal» coronan la obra.
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Zweig, S., Veinticuatro horas en la vida de una mujer y otros relatos. Madrid, Cátedra, 2023
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Alegría enorme ante esta publicación en Letras Hispánicas- Cátedra-. Da igual que se denomine novela corta, ensayo anovelado o cuento novelado-cuento largo- como el autor lo encajó en su momento (en el prólogo apunta: «veinte años próximamente después de La sombra escribí ´Celín´, que pertenece al mismo género», pág. 92). Es el primer Galdós ( «…mis primeros pinitos…, en el pícaro arte de novelar»), que con el paso del tiempo se convertirá en una de las figuras universales; el dicho, «después de Cervantes: Galdós«; esto ya lo aprendí en la escuela primaria; posteriormente, en la universidad: «el más grande escritor que vieron los siglos después de Cervantes». O Ortega y Gasset: «El pueblo sabe que se le ha muerto el más alto y peregrino de sus príncipes nuestro. Habrá un dolor íntimo y sincero que unirá a todos los hombres españoles ante la tumba del maestro inolvidable«. Pero no hay que quedarse con frases hechas, hay que leerlo; tampoco discutas con las personas que despotrican sin leerlo que estos abundan. Es más, quieren hacerse famosos con esa coletilla a costa de Pérez Galdós.
La contraportada te anima a su lectura cuando lees: «…perfectamente parangonable a otras figuras literarias de la talla de James, Turguniev o Flaubert». O el pensamiento cernudiano que ha quedado para la posteridad, entre tantos,: «Hay una trascendencia en Galdós de la realidad física a la metafísica, que comparte con otro novelista, con Dostoiesvski». Buñuel lo definió como el «Dostoievski español». María Zambrano fue más lejos al escribir: «ofreció transustanciada en poesía la realidad misma de España«. Se escribirían miles de páginas de los que se han postrado ante el escritor canario-madrileño-santanderino. Supo amasar, como nadie, ficción y realidad.
El editor con una «Coda» nos muestra el por qué del escrito galdosiano: …»la encomiable flexibilidad sintáctica que facilita la acusada musicalidad de las frases, la generosa contención que impide que el humor se deslice hacia la caricatura, y sobre todo la magistral economía en la creación de ambientes así como la extraordinaria densidad y carga expresiva de la luminosa prosa, convierten a La sombra en una apreciable opera prima que anuncia de manera indiscutible a un escritor moderno». Es decir, la novela como arte.
Tampoco seré yo, el que escriba el nombre de ese Premio Nobel-como relata el editor- que nos insta a: «hay que votar bien», como insinúa Molina Moix en la página 53. Pero sí he manifestado y escrito que ese señor o no ha leído a Galdós o no lo ha comprendido como han descifrado la crítica más exigente del ensayo que no ha mucho se ha publicado en el que podemos constatar errores y horrores. En mi «blog» escribí: «me aburre lo repetitivo del narrador que es el primer personaje que inventa un novelista y, claro, Flaubert-como si fuera el dios de la tierra-.» El editor le manda el siguiente recado: …»que sí hace acto de presencia este tipo de narrador e incluso de manera profusa, en La sombra se manifiesta una duplicidad de narradores…». El Premio Nobel se refería a que Galdós no estaba en la vanguardia y ponía en duda la modernidad de su prosa porque no entró en la narración omnisciente cuando es capital a la ficción moderna. Solo los que han leído detenidamente la prosa galdosiana se percatarán que el Nobel erraba en ese punto y en tantos. Si la crítica profusamente se ha decantado por el carácter omnisciente con hechos concretos en la prosa galdosiana no se puede entender ese pensamiento y otras formas dichas y escritas en ese ensayo superficial con que nos ha dado su visión mortecina que no conduce a nada, quizá solo a su desprestigio.
Poco importa que esta novela o cuento sea de «suspense o fantástica» o novela romántica, pero sí recalcar que estamos ante casi el primer Galdós. que con el paso del tiempo se convertirá, valga la expresión, en un caballero andante de la palabra, eso sí, adentrándose en lo más profundo del alma y sentándose en la morfología psicológica, que le servirá para adueñarse de la imaginación para construir un mundo en el que los personajes exploran todo su ser para dar rienda suelta «a la loca de la casa» en expresión de santa Teresa. Muchos años después esta imaginación se desbordará en Marianela. La observación es esencial, pero más lo es la imaginación; es en lo que nos agarramos en tiempos convulsos. El «soñemos alma soñemos» ventea toda la obra galdosiana sin que la expresión saber mirar disminuya.
En La sombra lo fantástico y lo costumbrista se aúnan para llegar a un cuadro que entraña dificultades si el lector/a no está atento al laberinto con que nos envuelve. La obra consta de tres capítulos y en cada uno de ellos hay diversos apartados en el que sobresale el protagonista llamado Anselmo y cuenta los hechos en primera persona. El otro narrador es anónimo, aunque guardan una misma identidad a pesar del desdoble. Se complementan a la hora de narrar la historia. Al advertirse la polifonía hay que estar más atento porque el protagonista narra su historia, pero al lado cuenta los hechos que le suceden con una imaginación desbordante; la creación se adueña del relato. Lo real y lo ficticio se dan la mano. Es una lucha entre los dos narradores que te convence de la verosimilitud de los hechos.
El carácter dialogal, según vamos acercándonos al final, es clarividente, asombroso («Calla, por piedad, monstruo-exclamé angustiado-. ¿Qué gran delito he cometido para tan gran tormento? La respuesta es elocuente: «…tú tienes la culpa, tú que me has llamado, que me has traído, que me evocaste con la fuerza del entendimiento y de tu fantasía»). Percibimos todo al aunar dos palabras clave: «entendimiento y fantasía». Con la misma fuerza le exige a Paris que le deje en paz. Ante el atropello mental exige la muerte («es peor que morir»). Con sensibilidad, inteligencia, sentimientos no es posible librarse de todo lo que acecha nuestra mente, solo es posible si nos convertimos en una «máquina automática». ¿Sueño o realidad? He ahí el dilema del que no es posible salir, nos avasalla («Le veo en tus ojos, le oigo en tu voz, está aquí»). Y para colmo del sufrimiento («…la sombra de todos los objetos me parecía su sombra…»). Es el desbordamiento de la imaginación que oprime; lo fantástico se apodera de nuestro ser. Es el poder de la inteligencia humana. En esto, Galdós fue un maestro, hasta Menéndez Pelayo lo tuvo en cuenta a decirnos que Galdós supo explorar «los subterráneos del alma». Tal vez como nos muestra Sáinz de Robles » sin quererlo ni saberlo creó la novela freudiana en España», pág.58.
No sé si se puede llamar «trastorno mental» lo que nos presenta Galdós o es algo más en esa poderosa imaginación unida a la hondura psicológica que hallamos en los personajes de La sombra. La dicotomía del personaje en todo el trayecto se vence («nada puedo contra ti«). Es mejor la andura errante que en vencer lo que es consustancial a la persona. ¿Pero con la huida nos despegamos de todo? He ahí el problema porque no es posible. Lo llevamos inherente: el dolor y la felicidad; el bien y el mal aunque nos provenga del espíritu. Hay que estar preparado para todo si quieres vivir; lo contrario no es desolación, es muerte; y entonces no hay vida.
Los diálogos con los suegros son de tal magnitud que hieren la sensibilidad, unido casi al final de ese amigo que venía a saber de su mujer; las lucubraciones atormentan a la imaginación del doctor Anselmo, es un suplicio que no le deja vivir. El recorrido por Recoletos, Castellana, Prado le obsesiona y se encuentra de bruces con la soledad. Ni siquiera la muerte de su mujer Elena le hace descansar, y encima le tildan de que él tiene la culpa por esos celos «que me inspiró ese hombre….», que le martirizaban. Las fuerzas del espíritu pudieron más: «…conoció que ese joven galanteaba a su esposa; usted pensó mucho en aquello…». Ante la insistencia dialogal explota: ya sé lo que quiere preguntar «si fue infiel o no», La respuesta no puede ser otra que: «Nada sé ni he querido averiguarlo; prefiero la duda». El doctor se sumergió en el silencio absoluto. Paris, Anselmo y Alejandro son tres personajes sacados del hondón de una persona en el que se debate la existencia humana. El misterio nos acorrala con tantas alucinaciones. Es la sombra que nos persigue. Galdós ha sabido penetrar en lo recóndito del ser humano. Cada lectura que se haga de esta obra nos conducirá a más interioridades. Nos preocupamos de tantas cosas que no nos ayudan a vivir, a ser felices.
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Pérez Galdós, B., La sombra, Madrid, Cátedra, 2023, págs. 198
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Aunque solo hubiera escrito Luis Goytisolo la tetralogía, ahora compendiada en un solo tomo por la editorial Cátedra, es más que suficiente para que recibiera el Premio Nobel de literatura; allá por los finales de los años ochenta su nombre fue venteado para que se le otorgara, una vez terminado el último tomo Teoría del conocimiento (1981).
Se hayan leído o no las novelas, conviene antes leerse el epílogo de Gonzalo Sobejano, crítico literario donde los haya; su nombre ha quedado para la historia literaria como un referente sin que haya brizna que se oponga, claro, si antes se han leído las numerosísimas críticas. En esta publicación se sumerge con el título que sirve de epílogo «Antagonía, gran teatro del mundo», pág. 1383. Ya en las primeras líneas deja claro su pensamiento: «la construcción de un edificio novelesco articulado en cuatro unidades autónomas aunque interrelacionadas», que se desgranan en la «historia», la «escritura», la «lectura» y «el pensamiento» por orden de publicación (1972, 1976, 1978 y 1981). O también «en la composición de las partes los elementos de la naturaleza (tierra, agua, fuego, aire)». Acorde con el título se atreve a pensar que «un teatro del mundo es la tetralogía». Una vez terminada la lectura es tu decisión si estás de acuerdo con esa idea.
También conviene leer el Prólogo para que sepas los pormenores, la acogida, las diversas ediciones, la intemporalidad, historicidad de su recepción, su belleza expresiva, lo alegórico, entorno generacional, la singularidad narrativa, variantes y ecos de un sistema policéntrico, trama del conocimiento. En las primeras páginas se nos hace un recorrido por el itinerario de la crítica y su buena acogida desde el principio. No podían faltar la de críticos tan deslumbrantes como Rafael Conte en la revista Ínsula, en el número de julio-agosto de 1985: «el mejor de nuestros narradores». De Gonzalo Sobejano: «Luis Goytisolo se sitúa en el linaje de los alegóricos, desde Dante, Calderón y Gracián hasta James Joyce». Darío Villanueva : » Mil cien páginas de literatura en estado puro». Luis María Anson: «estamos ante un novelista de excepción que deja para la posteridad una de las creaciones literarias del siglo XX». Luis Suñén: «un novelista tan dominador como inteligente, de un escritor excepcional, de un escritor, en gran medida, único».
Más allá de la polifonía, ante las diversas voces, subyace una realidad histórico-social que nos apabulla y nos insta al conocimiento; esta actitud crítica prevalece en todo momento, inserta en un testimonio en el que la belleza expresiva nos conduce a la reflexión con su singular creación literaria, de ahí que al autor no se le pueda encajar con denominaciones con una generación concreta. Nos podemos preguntar si la tetralogía puede separarse; es decir, si podemos comenzar por la cuarta y después ir a la primera. Personalmente, creo que sí, si lo que se pretende es imbuirte en unos aconteceres que se pueden separar, porque no podemos olvidar que estamos ante un bisturí ante la sociedad catalana en años distintos. En esta relectura, comencé con el último Teoría del conocimiento porque lo recordaba como más nítido, más esclarecedor porque lo que realmente me venía a la mente era una la prosa más lúcida como acto creador. El protagonista se hace escritor; es decir, lo que había deseado. No lejos de lo que pensó el autor: «sus líneas maestras cristalizaron en cuestión de pocas horas algún día de mayo de 1960». También podemos acercarnos a la novela como un todo cuando damos por finalizados las cuatro partes.
El peregrinaje que hizo el autor es como una invitación a que tú también lo hagas, en este caso con delectación; no es posible de otra manera, como también realiza Gonzalo Sobejano en su magistral epílogo. En sus palabras estamos ante «la biografía de un hombre, narrada en tercera persona, que en las últimas páginas se entrega a sus primeras experiencias literarias»…., se podría decir que Recuento es la biografía de un hombre (…). Los verdes nos ofrece la vida cotidiana de ese hombre que ya escribe, mezclada a sus notas, a sus recuerdos, a sus sueños, a sus textos. El Aquiles es el libro que tal vez desoriente más al principio (…), el relator ya no es Raúl, ni en tercera persona ni en primera sino una antigua amante (…). El Aquiles es una obra dedicada a Raúl; es como la tierra vista desde la luna (…). Teoría del conocimiento es la obra de Raúl», págs. 32-33. Con estas premisas es más fácil entender el entramado.
La primera, Recuento, es la más extensa-quizá demasiado-; en 1960 » empezó a gestarse», en mayo, en una prisión en donde estaba el autor; muchos años contemplan esta tetralogía; tal vez, el autor, no quiere desprenderse de todo lo que vio, pensó o imaginó («Cuando salieron a la calle todavía sonaba algún cañonazo lejano, algún disparo perdido. Habían abierto las ventanas de par en par…»); la evocación de la «guerra civil» es nítida. El novelista comienza en esos años tan luctuosos y llenos de muerte, entre otros, la de su madre, para proseguir en esta la primera parte con una radiografía en dónde estamos y las ideas que marcarán en la sociedad. Un dato que no puede pasar desapercibido es la referencia al himno de la Falange Española «Cara al sol» con ese verso que se hizo popular «Volverán banderas victoriosas». El entorno es esclarecedor. La dualidad azul-rojo distinguía el pensamiento de las personas. En las primeras líneas de la segunda parte ya se nos advierte del lugar en el que nos vamos a desenvolver: «Durante todo el mes se rezaba el rosario en la capilla». Y claro, el recuerdo del mes de mayo dedicado a la Virgen: «Con flores a María...». Como estamos en Cataluña el término «roses d`abril» es muy significativo al hacer referencia a la Virgen de Montserrat. También aparece ya el nombre, el personaje capital, Raúl. Es la trayectoria de Raúl Ferrer, con más nitidez su biografía («mientras Raúl, sentado frente por frente, miraba las colinas plateadas, las viñas, los cerezos, cargados de roja fruta, doblegados, reventones»). Estamos ante una prosa torrencial llena de descripciones, voces, lugares sin fin, plazas, iglesias, colegio; es la Barcelona en estado puro con los sitios más emblemáticos y sus gentes («las Ramblas-era no solo un cambio de calle, sino también, y sobre todo, de estado de ánimo»-,Diagonal-Paseo de Gracia, monumento a Colón, Barrio Gótico, masías, servicio militar, plaza de Cataluña, Gaudí, religión, prostitución, luchas estudiantiles, consejo de guerra, cárcel-«ciertos hábitos que adquirí en la cárcel-contar los pasos, los peldaños peldaños«-, de la universidad a la calle, huelgas, republicanos, comunistas, anarquistas, detenciones, los llamados charnegos, la burguesía catalana, sitio carismático como la Barceloneta, Barrio Chino, milicias universitarias, el Tibidabo, noticias familiares de Vallfosca, Vilasacra-atemporal en su acondicionamiento a la función de residencia campestre-, Santa Cecilia-una fantasía muy fin de siglo-, el patrullar de los grises, Montserrat-arpadas cimas, corona de rocas, pétreo cetro alzándose con énfasis místico, dominante-,(…) » un monte sagrado desde siempre, con independencia de la clase de culto al que se halle dedicado«; la Puerta de la Fe-arrobado retablo centrado en la representación de Jesús en el templo-, etc.). Sin perder de vista al personaje principal y el mundo por donde se mueve, como son los militantes del partido, la familia, los amigos. En la narración lenta, con paradas continuas caben todos; las imágenes se agolpan y el lector no sabe lo que le viene, pero lo desea para ver a dónde nos conduce. El tiempo y el espacio se juntan y los lugares se elevan. Todo es la historia de Barcelona-y su estado físico- unido al político-social, o, al menos, lo esencial, y todo bajo el prisma ideológico del narrador del que participa, se quiera o no, el posible lector/a. Si hay un adjetivo significativo de este saber recontar es el de asombro por tanto dicho o narrado.
Si se admite que Recuento es la referencia-en tanto en cuanto es la biografía de Raúl-, necesariamente tiene que haber un hilo, un gozne que una; y de hecho es así, se puede pensar porque casi terminando se nos describe a Raúl y a Nuria en «La Bahía» de Rosas, «un pueblo que está dejando de ser lo que ha sido«. Fueron al hotel de siempre; al llegar, la dueña los abrazó. Al ser fuera de la temporada, el pueblo estaba vacío, y desde la habitación veían «picos nevados, con esplendores de carámbanos«. Sin duda, las descripciones del pueblo y el campo se visten de hermosura, se siente como placer al ir leyendo las páginas; es una recreación lectoral. Los detalles abundan, incluso, el día que con el título de Pentecostés hicieron el amor con el sol en la cama: «Nos fue mal». Al terminar Recuento se siente alivio después de tanta grandeza y belleza; y, por fin, se desea descansar después de más de seiscientas páginas, y claro, el recuerdo de tantos años transcurridos en los que el conocimiento unido al arte de escribir nos hace pensar.
Después de Recuento, el lector/a encuentra un cierto alivio; es la segunda parte-o proseguimiento de la vida del personaje primordial- con el título Las verdes de mayo hasta el mar ahora solo se circunscribe a Rosas-espacio y tiempo son más cortos-, pueblo catalán y marinero; ya el agobio desaparece. El turismo como tema primordial. El aumento fue significativo. En las últimas páginas de Recuento en «La Bahía» se narra la llegada de Nuria y Raúl : » A Rosas:un pueblo que está dejando de ser lo que ha sido», pág.655. Otra forma de conocer ámbitos y actitudes distintas. Todo está ceñido al pueblo. Sin olvidarnos de que Los verdes se inicia al final de Recuento, como he escrito. El comienzo con el título «El viejo» es una continuación de un espacio abrasador lingüísticamente, pletórico; con una prosa que nos hace sentir partícipes de las descripciones («Las laderas eran suaves y escaso los accidentes del terreno. Un panorama cuyo principal relieve lo constituían, de hecho, las ruinas diseminadas por aquel vasto jardín abandonado«). Son las primeras líneas. Y casi al final se nos recuerda lo que fue el «regreso a Rosas con Rosa, de aquellos días pasados trabajando en las líneas maestras de la obra«. Está dentro de lo denominado «Periplo». La referencia a las imágenes que guardamos de la infancia, e incluso «del momento en que se empieza a fijar en representaciones la propia infancia» que uno se hace («Un trabajo no muy distinto a fin de cuentas, del que supone la obra en cuestión, seis días entre todo, un tiempo tradicionalmente apropiado por dar, por acabada una obra»). El recuerdo del libro del Génesis nos retrotrae a lo que aprendimos, leímos, oímos en nuestra infancia (y el séptimo día descansó). Es la escritura la protagonista, que es realmente el punto de partida con que el autor se mece en su andamiaje novelesco.
En La cólera de Aquiles, de nuevo, es otro pueblo: Cadaqués. El tema de la burguesía prosigue candente y el sexo ocupa la mayor parte, que ya nos lo advierte en el comienzo («He tenido amantes masculinos, en ocasiones creí amarlos; hasta llegué a estar casada. (…) Cuanto me atrae de los hombres (…), pertenece al dominio del espíritu, no de del cuerpo«. E inmediatamente se explaya más con el cuerpo de la mujer, («de lo que la mujer es, pura invitación al amor. al cuerpo y a la contemplación«). Pero a continuación el varapalo, lo que menos le gusta: («… el conjunto de su persona. Su modo de ser y, sobre todo, de actuar: esa manera tan suya de seducir, y una vez alcanzado el objetivo, disponer a su arbitrio de la felicidad o desgracia de su presa»).
Es cuando el proceso creador aparece y la escritura yergue. Tal vez sirve de unión con todo lo que falta. El comienzo es casi semejante al de Teoría del conocimiento. ¿Lo hizo a propósito el autor para que todo lo escrito formara una unidad novelesca? Poco importa, o sí, para advertirnos de que se prosigue con lo acontecido hasta ahora, pero el lector /a advierte de que es otro el que narra; o más concretamente como nos dice el autor «una antigua amante y prima lejana, Matilde, que nos da su propia imagen del mundo de Raúl… (,,,), es una obra dedicada a Raúl; es como la tierra vista desde la luna». Inventada o no, es la que toma la palabra desde el inicio para contarnos su vida y su obra. Se crea otro personaje en El Edicto de Milán, como novela intercalada. Lo que llamamos «novela dentro de la novela», una pequeña joya. La protagonista nos dice o nos da a entender que la joven, llamada Lucía, de veinte años es un personaje de ficción; en realidad un trasunto de la propia Matilde desde otro altozano, pero siempre como única, como luz entre tinieblas; su sexualidad por encima de todo. Su enamoramiento corporal se trasluce en toda la novela, incluso su bisexualismo es fruto de su yo altísimo, aunque finalmente se decante por la mujer porque su cuerpo es más perfecto, más atractivo, más excitante. La fogosidad amorosa entre mujeres es más feroz; muestran más su ser. Matilde sueña con un cuerpo joven, placentero, radiante para enaltecer la sexualidad. Su adoración a su cuerpo es lo que le lleva a desdeñar lo que no sea belleza, claro y lo que no esté en el ámbito aristocrático; lo demás, lo repudia; incluso la palabra igualdad no está en su mente; la aborrece.
Teoría del conocimiento es más intelectual; es la creación elevada a lo sumo. La restructuración de lo escrito anteriormente. Es decir, estamos ante un proyecto, o la obra en proyecto, «una prueba que es también un objetivo La Ciudad Ideal». Ordena, por si se tenía alguna duda, la realidad descrita y siempre con la palabra justa, equilibrada, como hacedora de la construcción novelesca («La palabra escrita no será ni más ni menos que la palabra pensada por el mero hecho de haberse objetivado; lo que sí ganará, en cuanto a expresión, es coherencia respecto a sí misma, respecto a (…) lo que se quería silenciar, a lo que se quería esconder y se revela«). No cabe la menor duda de que el autor está dentro desde el principio; es como el cirineo que coadyuba- «incluir al autor en la obra y, con el autor, el tiempo, el tiempo que toma a ese autor el desarrollo de la obra«.
El inicio es semejante al de La cólera de Aquiles al insistir en la belleza del cuerpo: «La belleza reside en el cuerpo, pero solo reside, ya que solo hasta cierto punto su naturaleza es en verdad física» . El recorrido llega a su final, a lo que denominamos novela, incluso con la muerte del protagonista: «…, así yo al remontar el aire sobre sus cabezas con renovada agilidad y energía, mientras la enfermera se volvía a sus familiares, amigos y convecinos que rodeaban mi lecho, para anunciarles, señores, este hombre ha fallecido», (pág.1360).
Todo choca con el título Recuento de la primera, lo histórico en sí, pero sirve ese itinerario para poder entender lo que se pretende. De ahí su exposición como propuesta que después descifrará en el resto. El protagonista llega a lo máximo que había soñado: ser escritor («mi propósito de escribir, de escribir y no solo de pensar, a cerca de unas cuantas cosas; de explicarme a mí mismo esta necesidad de hacerlo...»). Es una reflexión sobre el acto de crear en el que la palabra cobra todo su vigor; es la relación entre el creador, la obra y el posible lector/a. No quitemos importancia a la invitación de este último, que también se le puede considerar creador de lo que ha leído. La actividad creadora como la cima de la sabiduría.
Las primeras líneas nos dejan entrever que la palabra certera unida a la belleza de la expresión prosigue, además de que el personaje capital se quiere adornar con sus ideas. No es descabellado que comience en el mes de septiembre-en la penúltima página se nos dice que «el cielo se diría propio de uno de esos diciembres del norte«-, y se evoque la belleza física y se pregunte por si en un rostro, en su rostro, ¿es la belleza en sí de los ojos lo que manda o es la mirada?
De nuevo nos recuerda en dónde está afincado como exaltación de unas tierras que siente ese tendero que visita París y proclama la afinidad de París y Barcelona ( » Cataluña, unido a Francia -unido sí, no separado sino unido- por los Pirineos, un pequeño país con grandes ciudades como Barcelona y parajes de belleza incomparable como la Costa Brava, sí, la Costa Brava está en Cataluña, y Montserrat, ¿no ha oído hablar de Montserrat?, ¡ah, pues vale la pena!, un pequeño país, en fin, que siempre ha sentido una gran admiración por Francia...»). El sentimentalismo y la identidad convergen por unas tierras sagradas. Solo cabe respeto y tolerancia. Lógico, los seres humanos somos así y la emoción nos embarga cuando pensamos en los sitios donde fuimos y crecimos felices, como los veranos de la primera infancia con ese detallismo geográfico como si fuera paradisíaco: «Al norte, Por de la Selva; al sur, Rosas; al este Cadaqués: un pueblo por cada uno de los frentes marítimos que flaquean el cabo de Creus (…). ¿Y a poniente, tierra firme adentro?
Según avanzamos en la lectura no podía faltar el saber, el pensamiento crítico de los que nos han precedido en el concepto de la sabiduría con alusiones capitales, pero también con ideas que pueden chocar; el recuerdo para Sócrates, Aristóteles, Platón, Descartes, Pitágoras, etc. El capítulo sétimo, en su primera línea, ya te previene: «La humanidad se idiotiza progresivamente en virtud de la creciente ignorancia que atrofia las facultades intelectivas del hombre» . Por si había alguna duda, mantiene que «los únicos pensadores son los presocráticos». Y más en concreto sobre la novela: «Moisés y Platón no son solo dos grandes novelistas; Moisés y Platón son el modelo mismo de lo que todo novelista, es o no consciente de ello, aspira realizar«. Un Moisés, único dios, el verdadero creador del libro y del mundo; es decir, el lector a sus pies. Platón como la clave en su contar la filosofía de Sócrates de forma dialogada, como fabulador único al representar la realidad y la forma de estructurarla. Todo como una metáfora de la realidad.
El cambio en el capítulo siguiente se hace más llevadero, más comprensible. Nos hallamos en la naturaleza en pie-en concreto el bosque y los árboles- con cierta comparación con el paso del tiempo del cuerpo humano, sus achaques, así como lo que se transmite de generación en generación; ambos van muriendo. La dicotomía campo-ciudad se sobrevaloran; a ciencia cierta ambas se necesitan, pero lo industrial parece como si resaltase más, cuando las apariencias engañan en los dos sentidos. Hay una frase que recoge la idea no virgiliana, sino la realidad: «el campo huele a estiércol y el que lo trabaja también», pág, 1314. El campo, el agricultor, la naturaleza se amasan con visión estelar. Entre estas páginas sublimes, el personaje rememora la perfección unida a la palabra y la música con la evocación de «Mi gran obra preferida es la Creación del inmortal Haydn, antecedente directo no solo de la Misa Solennis sino también de la 9ª Sinfonía, la máxima exaltación jamás lograda de la voz humana».
El final es lo que corrobora que estamos ante una obra maestra-«,,,la obra como punto hacia el que convergen autor y lector, ámbito en el que se reflejan sus respectivas actitudes»; en las posibles relecturas se pueden leer separadas, o, al menos. a mí me lo parece. Otros, por el contario, manifiestan «como una sola obra, como una unidad», incluida la opinión de Luis Goytisolo, que ha insistido «en el carácter unitario de la obra». Sin duda es su visión, pero los/as lectores pueden pensar, añadir otros cabos sueltos que pululan por sus mentes para acercarse, también, al proceso creador. No podemos separarnos de que es como una celebración de la obra literaria con ese torrente de palabras a cual mejor, o una meditación sobre la creación literaria, la teoría del conocimiento. Esta es la conclusión a que llego.
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Goytisolo, L, Antagonía. Madrid Cátedra, 2016, 1394 págs.
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La idea escogida para la introducción de Juan Ramón Jiménez nos anima a comenzar la lectura y no abandonarla («Me imagino también la obra escrita de Joyce como uno de esos ponientes de ciudades o campos infinitos en cuyo mundo acumulado por la despedida se oye el rumor de todos los siglos, de todos los países.»).
Estamos ante la primera novela de Joyce, si bien su proyecto se había iniciado con Dublinesses. Estas dos obras nos conducen a lo impresionante, a lo prodigioso, como es Ulises, que una vez terminada, te invita a que comiences de nuevo. En la mente de la crítica más exigente subyace la idea de que lo que entendemos por novela nace con Quijote y llega a su culminación con Ulises.
Ante Retrato del joven artista debemos dejar al lado si estamos ante una novela o prosa poética. Lo capital es cómo se puede llegar a la creatividad sin que aparezcan los rasgos primordiales por los que se fundamenta la novela, sobre todo, la del siglo XIX. Joyce rompe con ese concepto y quiere imprimir otra modalidad que le lleve a lo que unos años más tarde consiguió con el Ulises, huida del realismo para lanzarnos a un impresionismo en el que la palabra es la clave, y a ser posible fundida en piedra para siempre. Dejemos la palabra Modernidad aparte porque no nos pondremos de acuerdo con su inicio y significado. Sueño, naturalismo, simbolismo, impresionismo, ficción, se dan la mano para constituir un mosaico verbal. Si triunfa el naturalismo es para hacernos ver los detalles más nimios que observa en su Dublín y elevarlos a la categoría estética con personajes vivientes. Ezra Pound llegó a afirmar: «No hay nada en la literatura actual que esté a su altura».
La tensión que el autor nos proporciona al dejarnos en vilo todo el rato constituyen uno de los hechos significativos en ese buscar las palabras para que la imaginación trabaje al lado de los lugares que describe, sin olvidarnos de un común denominador: la religión. La referencia del entorno a través de la palabra religiosa nos hace pensar su interioridad de lo que ve o de lo que le han enseñado en su educación católica.
Cinco capítulos configuran el «Retrato». págs, 101-297); en el primero-más allá de lo que hoy se acoge a la autoficción- se nos muestran sensaciones desde que Stephen era pequeño hasta su semi-victoria con el padre Dolan. Páginas ágiles de todo un devenir en la escuela con sus problemillas pero que van haciendo mella en su mente. La precisión con que describe los hechos nos hace comprender mejor el lugar en que se encuentra, por ejemplo. «Sonó la campana y los alumnos comenzaron a salir de las aulas y enfilaron los pasillos en dirección al refectorio»; además de lo que se comía, olor, etc. se nos muestran casos típicos del colegio; no podía faltar lo religioso con las oraciones consuetudinarias; en la capilla: «¡Oh Dios, ayúdenos pronto!»,.. «Oh Señor te suplicamos que visites esta morada y alejes todas las trampas del enemigo», que constituían parte de las oraciones nocturnas, Y, cómo, no la Nochebuena no podía faltar. Ante un requerimiento, Stephen bendijo la mesa: «Bendice, Señor, estos dones que vamos a recibir gracias a Tu munificencia a través de Cristo Nuestro Señor. Amén». Sin que falte la cercanía de la jerarquía eclesiástica irlandesa en lo que sucede en el país. Esta dicotomía en Irlanda es capital. No cabe razonamiento; el fanatismo lo puede todo; el poder de la iglesia católica es imprescindible y Dios como el Supremo; pero el ataque estaba vivo: («Somos una desdicha raza de besasotanas, siempre lo hemos sido y siempre lo seremos hasta el fin de los tiempos»).
Y así se van ensartando ideas, enseñanza, hechos cristianos en este capítulo primero; finalmente, el choque que se produce entre el padre Dolan y Stephen por su violencia («el niño no podía ver porque se le habían roto las gafas y no pudo hacer los deberes) -» me ha pegado con la palmeta…, no podía ser; era injusto y cruel y arbitrario»; ante tal hecho, lo denuncia ante el rector que le da la razón; es la otra cara del que acoge con humanismo lo que parecía injusto. Es el poder del que no sabe, del que dice: se hace sin más; aunque al final lo injusto se resolvió de forma tenebrosa que al lector le quedan briznas.., o en interrogación. Por otra parte, Joyce nos describe como una odisea para llegar al aposento del rector; por donde tenía que ir Stephen: «Recorrió el pasillo oscuro y estrecho por unas puertecillas…». En su recorrido pudo ver y leer retratos y santos que estaban en consonancia con el colegio en el que destacaba san Ignacio de Loyola, que tenía un libro delante, y señalaba las palabras «Ad mayorem Dei gloriam«. Es el lema jesuítico.
«En el capítulo segundo se da un vuelco a la historia del colegio: comienza con la relación de su tío Charles («fumaba un tabaco tan negro que su sobrino acabó sugiriéndole que fuera a disfrutar de su pipa matinal a la pequeña letrina que había al final del jardín». Ya desde las primeras líneas, Stephen memoriza palabras que de momento no entiende, pero que después enhebrará con otras para esa relación tan primordial como será sueño-realidad, o simplemente lo que hemos denominado auto-ficción. Y, pronto, la obra El conde de Montecristo, la ensoñación para un chico ante la heroicidad y la fragilidad romántica («las noches eran para él y leía con mucha atención»). Otro hecho: la mudanza a Dublín ( «Dos grandes carros amarillos se habían detenido una mañana delante de la puerta»). De la comodidad a la estrechez; así, Stephen iba asimilando la relación familiar que le esperaba. También aquí le apuntan a otra escuela jesuita ( «ya que empezó con ellos. Le serán útiles en años posteriores). De nuevo la escuela como protagonista y su exhibición de las dotes teatrales de Stephen; pero al final del primer trimestre, «su alma todavía estaba inquieta y deprimida por la sombría magnitud de Dublín. Igualmente asistimos a las bromas de sus compañeros porque el profesor de inglés le acusa de haber cometido una herejía en su redacción, amén de la discusión de qué poeta es más grande, si Tennyson o Byron. El recurso de su experiencia sexual con una prostituta que le dice directamente: «Buenas noches, guapo», cogiéndolo del brazo en la calle, le hace despertar. El lugar, probablemente, ni lo había soñado (» La habitación estaba cálida e iluminada»). En un momento ella inclinó «la cabeza y juntó sus labios con los de él», y finalmente la consumación corporal que anidaba al menos en el joven: «Cerró los ojos, entregándose a ella en cuerpo y alma».
«El veloz crepúsculo de diciembre caía con colores de payaso tras un día encapotado». Así comienza el capítulo tercero. Su remordimiento de que su experiencia sexual es pecado le atormenta incluso en el aula. El temor de Dios está presente, pero también su voluntad de enfrentamiento. La visita al barrio de las putas era frecuente; lo tenía como una necesidad que no podía menguar. La lujuria se enseñoreaba, podía más («cada pecado sucesivo multiplicaba su culpa y su castigo»). Pero, pronto, se suceden páginas prietas con ese espíritu religioso que será el común denominador de lo que se llamaba «retiro» ( «en esta misma capilla para llevar a cabo su retiro anual antes de la festividad de su santo patrón»). Era el momento de exaltar nuestra relación con Dios; es una introspección, de llegar a lo más profundo del alma; un ejemplo es la exaltación del patrón del colegio, san Francisco Javier que dedicó su vida a extender la palabra de Dios; era el mayor ejemplo para llevar una vida cristiana y recordar que estamos aquí para propalar la voluntad de Dios y salvar las almas inmortales. Solo hay una cosa necesaria: «la salvación de propia alma», Y así, página tras página, se recuerda en esta meditación nuestro origen y por qué algunos ángeles fueron expulsados de la casa de Dios. La imaginación es muy necesario que trabaje. Sin duda, el autor busca, rebusca todo lo que se ha dicho acerca de la religión católica (Adán-Eva-paraíso-fruto prohibido, expulsión, misericordia de Dios al mandar a sus Hijo-el Redentor-, el nuevo evangelio,); el final de los ejercicios espirituales es la confesión de un niño de 16 años y posteriormente la comunión con la que queda purificado (» Corpus Domini nostri»); fue el aprendizaje de Stephen; pero en el fondo, parece como si quisiera decirnos que es leyenda; por tanto un varapalo para los que tengan fe, o es lo que se colige según te adentras en el desarrollo de cada capítulo.
El capítulo cuarto es un paso más («El domingo estaba dedicado al misterio de la Santísima Trinidad»). Novenas, rosarios, actos religiosos le conducen a desterrar todo lo que se conocía como pecado; su alma, entonces, estaba purificada. («Ningún pecado mortal lo tentaba. Le sorprendía sin embargo descubrir que al final de ese camino de intrincada piedad y contención quedaba fácilmente a merced de imperfecciones infantiles e indignas»). Hay un hecho crucial en la vida de Stephen. Se le insta que piense en el sacerdocio («Quiero decir si alguna vez has sentido en tu interior, en tu alma, un deseo de unirte a la orden. Piensa»). se trata de convencerlo para que dé ese paso («Ningún ángel ni arcángel del cielo, ningún santo (…) tiene el poder de un sacerdote de Dios»). Todo había pasado por su cabeza, incluso el dirigirse a los fieles entonando el «Ite misa est «. Pero, también recapacitaba que ser sacerdote es para siempre según la orden de Melkisedec. Finalmente se convenció de que en todo había una cierta frialdad y soledad. Él estaba llamado para otros quehaceres otras metas («Estaba destinado a aprender su propia sabiduría….». La universidad estaba cerca, Se había liberado de tanta pesadumbre, quería ser libre, liberarse de todo. En el paseo por la playa observa a una joven en la que ve verdad y belleza. La búsqueda de esta será lo que le desate otras formas, otra sociedad.
En el último capítulo nos concita a descubrir la estética; en definitiva, su yo, su sabiduría. Estamos en el período universitario («Dios sabe que deberías intentar llegar a tiempo a tus clases». Es la repuesta de su madre. Acto seguido se le pone la palangana para que se lave. Nada más llegar a la facultad tiene el primer encuentro con el decano de estudios; este le reconoce y le lanza la siguiente pregunta: qué es la belleza. Stephen contesta con la idea clásica de santo Tomás: «Pulcra sunt quae visa placent». El sacerdote queda en suspenso y dice: «¿cuándo podemos esperar que usted nos aporte algo sobre la cuestión estética?». «Con un poco de suerte, me viene alguna idea una vez cada dos semanas». Y así con sabrosas palabras se va decantando por lo estético, pero siempre apoyándose en ideas, palabras adquiridas. El diálogo sobrecoge. Sin descuidar el varapalo, sobre todo, a la religión, pero y también a lo establecido, al nacionalismo y, en general, a las formas en que se cimenta la sociedad irlandesa.
-Joyce, James, Retrato del joven artista. Madrid, Cátedra, 2022
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Después del empacho de Juliette. Las prosperidades del vicio, me dije, bueno voy a ver Justina del Marqués de Sade, ese hombre que tres regímenes distintos lo condenaron con la cárcel; es decir, la censura pudo más ante la obra que escribió. Hoy, ya podemos leerlo sin cortapisas y sin que te señalen, que generalmente son los que hablan de oídas que es lo peor que puede ocurrir a una persona. La edición original se adorna con un frontispicio alegórico: La Virtud entre la Lujuria y la Irreligiosidad, clave para poder entender lo que se pretende.
Entre mis manos al leer esta novela me pregunto por qué ha pasado al adjetivo «maldita», cuando consta que en el siglo XIX se leyó bastante. Estamos ante las memorias de un personaje : Justina; es la base de lo narrado, la que nos hace percibir de la autenticidad de lo que leemos. Es evidente que cuando uno comienza la lectura ya sabe que el mundo de la finanzas, los aristócratas, el clero, el erotismo, o más en concreto, lo pornográfico revolotean por la mente por lo que ya estamos advertidos. Difícil es comprender por qué la idea de Dios solo se contempla como el rechazo más absoluto o para blasfemar. ¿Es que Sade necesita en quién apoyarse para construir un varapalo en el que destroce a todos los estamentos de la sociedad del siglo XVIII sin distinción? Ya en la segunda línea pone como frontispicio la «Providencia». Tal vez para suscitar el interés de los posibles lectores/as, para inquietar a conciencias dormidas que no quieren verse ante el espejo.
¿Por qué desde las primeras páginas obliga a que nos decantemos con la expresión «vale infinitamente más estar al lado de los malos. que prosperan, que entre los virtuosos, que fracasan»? Y a partir de aquí se construyen las dos partes de las que consta la novela. Hay que tener entereza, ya en la primera parte, para proseguir con la lectura; unas veces, bueno, me decía, por hoy basta para huir de los atropellos descritos y me refugiaba en La calle de las Camelias de Mercé Rodoreda. Fue una forma de distanciarme de las ideas de Sade; una de ellas, no lo he superado todavía, que es el nacimiento de Jesús de Nazaret y de quién nació; para mí una auténtica barbaridad aunque fuera como leyenda. La posición de Sade: es irrespetuoso no solo con los que libremente tienen fe, también contra los que se debaten entre razón y fe. Ante la respuesta de la protagonista- «pero, cualesquiera que sean las espinas de la virtud las prefiero siempre»- insiste en que la maldad es el camino.
Ante tanta violencia, al final de la primera parte, la protagonista se ve desvalida, desesperada, de ahí que piense: «quizá el mal es útil en la tierra…Y, si su divina voluntad así lo dispone, está claro que es un error enfrentarse a ella». Pero, también, se rebela, no lo acepta, y se disculpa ante Dios. El final de esta parte es un asueto después de su última estancia en el convento. El lector, también, siente alivio cuando la señora Lorsange pidió a Teresa que descansara algunos minutos.
Tras esta pausa, prosigue «la exposición de sus lastimosas aventuras» de la segunda parte. Así, se nos narran nuevas peripecias dolorosas que el lector desea terminar por lo cansino que resulta la relación, que más o menos se parecen, y siempre la violencia como común denominador. Sinceramente, después de tantos atropellos, el final de la novela no es posible imaginarlo. En las últimas líneas subyace todo lo contrario de lo que se propuso; es decir, que el vicio triunfe. Evidentemente ahora choca con todo lo sucedido anteriormente, aunque ya nos había advertido con briznas, pero que el lector no se percata, a su «buena amiga» («Quizá una lágrima viva tuya determine, y después de haber leído Justina. digas: ¡Ay! ¡Qué orgullosa me siento de amar a la Virtud ante estas escenas del Crimen!». Para corroborarlo con el fin: «Y vosotros, los que llorasteis ante los infortunios de la virtud y compadecisteis a la desdichada Justina….., ojalá saquéis al menos de esta historia el mismo fruto que la señora de Losarnge. Quiera Dios que os convenzáis con ella de que la verdadera felicidad radica exclusivamente en el seno de la virtud…..».
¿Qué pretendía Sade, solo ir en contra de la virtud y plantear que el vicio también puede sacarnos de nuestras ideas o solo ir en contra de la educación que se recibía? El que se piense que lo único que pretendía era renovar la novela es demasiado simplista. En buena lógica se vale de ella para destruir el ambiente de su época que consideraba desastrosa en demasiados ámbitos e intenta ser verosímil ante la dicotomía ficción- realidad lo que supone un gran esfuerzo en el arte de narrar; sin esta premisa no se puede atraer a lectores/as. El planteamiento bien-mal estaría fuera de lo que pretende, al menos para que sirva de reflexión, aunque solo fuera eso. ¿Entonces es la naturaleza la que nos predestina y no podemos abandonar ese camino desde que nacemos para morir? ¿La ley natural iría en contra de todas las leyes que la humanidad crea para la supervivencia? Por el contrario, el ser humano no puede aceptar la crueldad, la injusticia,, la marginación, el poder del más fuerte. La lucha entre la maldad y la bondad, ¿nos hace más libres o es que la naturaleza nos hizo así y no podemos rebelarnos?
El autor, por otra parte, concreta lo que pretende: «hacer que el sensato, que lee provechosamente, deduzca la lección, tan útil, de la sumisión a las leyes de la Providencia y la advertencia fatal de que a menudo el cielo golpea junto a nosotros al ser que nos parece haber cumplido perfectamente con sus deberes…..».