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En el siglo XX tenemos un nombre que no podemos echar en saco roto; al contrario, hay que releerlo, y ahora tenemos una gran oportunidad en Cátedra-Universales, que como siempre está al tanto para reverdecer lo clásico y lo actual; hagámoslo. La contraportada nos saca de dudas: el volumen «recoge veintidós de los mejores ensayos que Fitzgerald publicó a lo largo de su carrera como colaborador en prensa y en revistas literarias, cuatro de ellos traducidos al castellano por primera vez».
No sabría decir si primero es que se lea la larga introducción 153 páginas o el ensayo del autor: Ecos de la Era del Jazz….; en concreto, yo empecé por el texto del autor para que me contaminara de su estilo, si fuera posible; no olvidemos que estamos ante uno de «los grandes prosistas en inglés del último siglo«. Lo que no he hecho en ninguna ocasión ha sido la lectura por el final titulado «Mi Generación», publicado en octubre de 1968, pero escrito en 1940. No me ha sorprendido ese afán nacionalista, propio de muchas personas de los lugares en que nacen y , sobre todo, esa capacidad de soñar en plena juventud. Me ha llamado la atención la cita picassiana: «Ya puedes hacer algo el primero que luego viene alguien y lo embellece». Termina con una alabanza a los de su generación, «tenaz por herencia, forjada en mil batallas, sabia en esencia», pág. 467. Su generación surgida tras la primera guerra mundial quería romper con una mentalidad muy distinta que se columpiaba sin más en el siglo XIX.
La historia de su vida es una lucha constante para poder escribir y guardar una imagen placentera en su entorno; lo que pensaban los escritores lo obviaba. Aunque en algún momento llegó a escribir que la poesía era lo más importante, lo que merecía la pena, al final se dedicó a la prosa embelleciéndola.
El más extenso de este ensayo se titula «Cómo sobrevivir con 36000 dólares al año». Un mes antes de casarse, pidió consejo «dónde invertir una pequeña suma de dinero», pág. 203. Como basamento, después de una reflexión y diversos avatares en su país, buscó otro en el que la vida fuera más económica para dedicarse enteramente a la escritura; donde vivía «se convirtió en la población más cara del planeta», pag. 211, de ahí que se embarcara rumbo a Francia «A la costa azul», suave y cálido sur francés. Fueron enormemente felices en este lugar de trozos de cielo, aunque no ahorraron como pretendían. La belleza del paisaje mediterráneo le cautivó y atrajo a otros compatriotas a visitarlo.
La trilogía «El derrumbe» no pasó desapercibida; la acogida fue enorme, pero también sinsabores de personas cercanas al escritor, aunque lo primordial es que su nombre todavía estaba en el candelero de la literatura, y eso que además de los problemas personales la famosa «Depresión» atosigaba, estaba encima ( «También hubo malos ratos, pero hasta que tenga cuarenta y nueve años, solía repetirme a mí mismo todo seguirá igual»), pág. 397. El derrumbe puede venir de múltiples maneras; si es «mentalmente, es despojado de su capacidad de decisión»; si por el contrario es físico, «no te queda sino resignarte a la inicua realidad del sanatorio». El problema existencial revoloteaba en demasía; todo se agigantaba y debía hacer un esfuerzo en cada instante. Llegó un momento en que todo le molestaba, incluso a los escritores. Da igual que estos escritos, en parte, sean un artificio literario. El escritor desea construir una imagen de sí para la posteridad en la que cabe toda interpretación. En el fondo pensaría que vamos muriendo a retazos y se ve inmerso. Eso sí, acudiendo a un estilo exuberante. El lector /a no espera que termine con la sabia expresión evangélica de Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal perdiera su sabor con qué será salada?», pág. 404.
En la segunda trilogía no se aparta de la desintegración la que estamos abocados; es el pesimismo vital en el que se siente como partícipe sin que nada le aparte. Antes estaba el recuerdo universitario, las voces críticas y amigas; las carencias que vivió y que lastraron muchas de sus ideas que no pudo desarrollarlas, ni siquiera con la imaginación porque siempre acudía a su mente el no poder lograrlas, como si estuviera en una sala oscura. Termina este derrumbe con la amargura ante todo, «que dota de una aura desoladora a la conclusión de esta trilogía confesional», pág.117.
No es menos esa fatalidad que le atosiga en la tercera trilogía, que le envuelve en todo instante (» el estado natural del adulto consciente es de la infelicidad contrastada», pág. 422). Incluso recalca que en el pasado «mi felicidad se parecía más un éxtasis que no podía compartir». La desesperación anidaba en su mente como en la sociedad en la que vivió en momentos concretos; todo, sin duda, un fracaso existencial, a mediados de los años treinta («mi reciente experiencia marcha en paralelo junto a esa ola de desesperación que azotó a la nación»).
«Este breviario para actores no es la Biblia«, advertencia del autor para los/as posibles lectores. Buen comienzo que se acepta, de lo contrario chocaría con el buen entendimiento a la hora de esparcir unas ideas que no pretenden ser el canon único; pero sí cabe la experiencia después de tantos años dedicados a esta materia. Su reflexión nos sirve para aposentarnos y después contribuir a expandir si conseguimos algo más que sumar. Al final, con toda seguridad, meditaremos qué es lo que se pretende. Su lectura nos cultivará desde muchos ángulos.
Que leamos a un filólogo y además especialista en W. Shakespeare no es fácil encontrarlo si también ha recibido el título «Oficial del Imperio Británico». La primera palabra es agradecimiento. La «emoción en la palabra» no siempre resulta fácil y debe prevalecer en el arte dramático; es cuando el escenario, entonces, se viste de hermosura. Es lo que se pretende con este «Breviario»: buscar la esencia, lo semiótico que nos eleve. Las notas, tanto teóricas como prácticas, son fundamentales; es donde el autor se encuentra al interrelacionar su sapiencia escénica después de tanto tiempo de entrega. El primer peldaño en el que debemos detenernos a propuesta de José Saiz Molina es en las dos primeras líneas del primer parlamento de la primera comedia shakesperiana en la que » le dice Valentine a Proteus: Cease to persuade, my loving Proteus. / Home- keeping youth have homely wits», pág. 14. Es la autenticidad del teatro o lo que nos lleva a la acción sea cual fuere.
La estructura de este ensayo parte de unos Preliminares (Prólogo. Una nota ahora que nos enfrentamos juntos a la quinta edición de ese breviario. Notas preliminares. Stanislavski y la palabra: un par de notas breves). Seis capítulos ( Traducción. El rumor del lenguaje. Verso. Magia en la escena. Gestualidad Los ojos, los labios, las manos. Estilo verbal. El volumen de la palabra. Técnica. Poseer y ser poseídos. Teatro. Belleza interior). Apéndice (Selección de parlamentos. Sobre la elección de parlamentos. Tabla resumen.. Selección de parlamentos). Glosario de términos teatrales). Bibliografía. Índice onomástico.
En el prólogo se vierten aspectos que un actor no debe olvidar, aun teniendo en cuenta el arte difícil que tiene entre manos para actuar. El autor recalca la tríada imprescindible: «el texto/verbo, el texto/cuerpo. el texto/gesto», pág.25. He aquí el resumen de una buena actuación en un escenario desnudo que el actor tiene que implementar. La palabra como algo sagrada-aunque el autor defiende lo contrario, o lo matiza- sin que el cuerpo o el gesto pueda sustituirla. Su final es más esclarecedor: …»la conexión del actor con el texto me parece una experiencia casi religiosa, una posesión mística», pág.28.
Las 31 notas preliminares son como faro que allanan el camino, siempre que tengas como base el texto, sea cual fuere; en él debe estar todo. El espectador espera que todo esté aunado para una buena representación y comprensión certera que es el final de lo que se pretende. La nota de Stanislavski en la que lo interior sobresale hay que tenerla siempre presente; hacerla tuya («sin dominio estilístico de lo verbal, los demás esfuerzos pueden llegar a ser inútiles». O también la nota breve: «Cada letra es una nota musical…, cada sílaba, cada palabra», pág 48. Estas notas terminan con el gran soneto de Lope de Vega. Detente, reflexiona, anímate a interpretarlo hasta el último verso: «Esto es amor: quien lo probó lo sabe». Más sencillez y perfección se nos escapa.
El rumor del lenguaje se adueña del personaje, de ahí la importancia de los que se consideran expertos a los que se deben tener en cuenta, imbuirte de ese halo que te hará ser mejor. Si no se llega a la comprensión total hay que reflexionar más o pedir ayuda que te beneficiará, pero siempre con el texto por delante. La palabra como base, como un revoloteo que debe primar en el escenario en que actúas para un público absorto en lo que pronuncias, que sabrá discernir lo semántico con el movimiento, los gestos, en un entorno propicio. El rumor es algo más que un aleteo en la representación y más cuando se necesitan unas pausas para que el silencio sea el protagonista, para que el espectador reflexione, se convierta en copartícipe de lo que observa.
Si algo nos introduce en la representación es el verso. Es la herramienta capital para conseguir la interioridad de quien está representando; es el aire que se necesita, igual que en las obras velazqueñas, que se necesita para comprender mejor los cuadros. Ese mirar detenidamente o memorizar es clave ante la complejidad que puede surgir ante la emoción versal. Es este cuadro en que está la forma de actuar hay que añadir «los ojos, los labios, las manos…» , en la que gestualidad se yergue con el texto. Las posibilidades se agrandan si estamos inmersos y hacemos nuestro con lo «interiorízate» que debe prevalecer, para que la musicalidad verbal nos visite; sin esto, difícilmente, tendrá una buena actuación, el público lo percibirá y, tal vez, al final puedan más los pies que las manos. Y cómo no destacar en este breviario «la belleza interior»; deberías «ir construyendo un mundo interior, un paraíso interior que sea mil veces más bello que el que los mortales perdemos cada día», pág. 119.
Como práctica viene un Apéndice con el que podrás desarrollar tus dotes después de haber leído y comprendido la teoría. El objetivo: «constituir un espacio escénico adecuado para poder trabajar todas y cada una de las propuestas». Se han seleccionado una serie de parlamentos extraídos de obras significativas de Shakespeare en bilingüe. Pueden ayudarnos el «glosario de términos teatrales» y, sin duda un » Índice onomástico».
Conejero-Tomás, M. Á, El actor y la palabra. Madrid, Cátedra, 2024, 217 págs.
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No sé si estamos ante una nueva lectura o ante un estudio inédito para ahondar más si cabe en el libro que embelleció al mundo de las letras. De cualquier forma, he aquí un libro imprescindible para recordar y proseguir con la ejemplar novela. No te debe importar el tiempo que tardes en su lectura; sus meandros e incluso sus arroyos literarios te animan a pesar de que, a veces, quedes en suspenso en lo que tu mente te descifra, aun siendo chocante, pero siempre saludable.
La portada es nítida en cuanto al colorido, a lo lúdico y espectáculo; estamos ante certámenes, justas caballerescas en lo que también lo literario se establece, bien como exaltación de los libros e incluso en hechos burlescos, fiestas cortesanas o «festejos dedicados a la beatificación o canonización de los santos» para que el mensaje sea más esclarecedor. Todo le permitió a Cervantes asir una sociedad que se tambaleaba, y que hoy nos sirve para nuestra formación. Las frases últimas de este ensayo atestiguan la valía después de tantos siglos: «…el Quijote se alzó como la representación máxima de la ficción novelesca, lo que equivalió finalmente a convertirse en el modelo por antonomasia de cualquier ficción y muy especialmente la literaria», pág. 270.
El libro consta de un Prefacio y trece capítulos. En las primeras líneas del Prefacio, la autora nos avanza: «…hemos tratado, en primer lugar, de leer de nuevo la obra cervantina a la luz de los torneos y las justas caballerescas y literarias, situándolos en el contexto histórico en el que surgieron», pág. 11. Dos reinos, el de Castilla y el de Aragón, y la ciudad que pisa primero el hidalgo: «Barcelona, centro neurálgico de comunicaciones entre el resto de España, Europa y el Mediterráneo». pág.13. Me ha alegrado leer que Cervantes supo libar en varios géneros «para producir su propia miel escrituraria a través de un ejercicio máximo de imitación compuesta», que casi siempre olvidamos. Pero bien es cierto, que a lo inventado sacó ese personaje que supo crear su panal. Aurora Egido trae a colación, en este sentido, las palabras de Polonio respecto a Hamlet: «Though this be madness, yet there is method in it», pág.16. En las dos partes hallamos la dicotomía hechos literarios e históricos contemplados desde el «espejo cóncavo de la locura de su héroe».
En el capítulo primero-«El juego del torneo y las justas de lucimiento»- se nos advierte de que Cervantes » no fue la causa directa de la desvalorización de los libros de caballería» por si quedaba alguna duda. La tríada torneo, justa y certamen están en el mismo campo semántico, aunque quizá con matices. Aurora Egido documenta de forma brillante cada uno por separado y en conjunto con ese trabajo arduo que observo en las páginas según voy leyendo y me obliga al descanso intelectual ante un libro singular. Una sociedad cargada de «resonancias militares», pero con la carga de la aristocracia y realeza en cada instante para enaltecer las riquezas que poseían y su jerarquización. Incluso en el siglo XV la iglesia los sancionó y entraron a formar parte de la sacralización, que luego se extendería con la denominación de torneos espirituales y posteriormente en lo que hemos dado en llamar literatura mística. Este espíritu caballeresco no solo fue nacional, abarcó al resto de Europa. Sin duda, este hecho sirvió para acoger Quijote ante un hecho revolucionario en las artes. El caballero andante se adentró en las conciencias de las personas que atisbaron cómo lo histórico, lo literario se aposentaban en lo viviente. Cervantes supo libar en la tradición para llegar a la cúspide de la relación materia-espiritualidad; ficción-realidad. Lo literario y la justa caballeresca se dieron la mano para amasar aun más la importancia del buen hacer para siglos venideros.
El capítulo segundo-«Las órdenes militares y el Quijote«. Cervantes supo recoger «las órdenes militares» por su importancia no solo de defensa; no podemos olvidar que la dualidad religión-militar las aunaba. («Los principios caballerescos de caridad, lealtad justicia y verdad, inherentes al caballero, conforman un ideal puesto al servicio de la fe católica y también la del señor terrenal», pág.36. Primordial en este capítulo es que la autora nos muestra la diferencia de las órdenes militares en la primera y de la segunda, pues «en esta sería capital la presencia de san Jorge», ya en el reino de Aragón y a los pies de Barcelona, abierta al mundo y al Mediterráneo. Cervantes, en este aspecto, se nos muestra como gran conocedor. Además supo diferenciar a los caballeros reales de las órdenes militares con los de las novelas de caballerías con esa impronta ficcional tan dado en la obra aunque lo veamos en clave humorística, sobre todo, en los personajes Quijote, Sancho y Dulcinea para elevarlos a una clase destellante. La ficción como común denominador en esa fabulación literaria.
Con buen criterio se alude a la diferencia entre el caballero cortesano «encerrado en sus dominios» y el caballero andante, «que discurre a lo libre por los caminos del mundo». Cervantes no iba, no se detenía con los sedentarios, con aquellos que tenían las ideas alicortas, encerradas en su yo; de ahí que recurra al idealismo, a la ensoñación, a la invención de esos caballeros andantes; sin duda, estos no son los que aparentan ser caballeros. He ahí la razón de su creación.
El capítulo tercero: Caballeros santos. Todo por san Jorge. Tal vez haya una cierta preferencia por todo lo que rodea este capítulo, lo cual no quiere decir que no sea certero, pero se advierte y al mismo tiempo resalta el conocimiento que tuvo Cervantes de los tratados militares. Quizá en una lectura apresurada de la obra de Cervantes se nos escapen algunos hechos como esos caballeros santos. La figura de san Jorge es la que más se yergue «puesto a caballo con una serpiente a los pies y la lanza atravesada por la boca…», Santiago como «patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada…»; y sobre todo con esa expresión en boca de Sancho que ha quedado en boca de todos: «¡ Santiago y cierra España!». Martín como «de los aventureros cristianos». A estos tres santos hay que añadir a san Pablo con el apelativo de doctor, «catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo», pág.60. La autora se detiene en magnificar a san Jorge al recoger su importancia o toda su leyenda de lo que se ha escrito o dicho: «sant universal», «megalomártir», su universalidad, unido a las Cruzadas, patrono del reino de Aragón; la Generalidad de Cataluña en 1461 convirtió el 23 de abril en fiesta nacional del reino de Aragón junto a la Virgen María, aunque ya lo había hecho antes la ciudad de Barcelona; patrón de Cataluña a instancias de la Generalitat, págs. 63-68. Tampoco podía faltar que aunque nombrada la ciudad de Zaragoza, no llegó visitarla y prosiguió a Barcelona, ciudad abierta al mar que exalta en todo momento. Pero bien matiza Aurora Egido al final del capítulo que Cervantes fue «buen conocedor de las justas que celebraba Zaragoza en honor de san Jorge, donde los caballeros de su cofradía habían alimentado secularmente los torneos en las entradas reales», pág.77.
Al calor de las imprentas de Zaragoza y Barcelona es el título del capítulo cuarto en el que se hace hincapié: «Zaragoza fue después de Sevilla, y junto a Toledo, la ciudad en la que se publicaron más libros de caballerías…». Las prensas se convirtieron en propagadoras de los diversos certámenes poéticos, amén de la difusión de los pliegos sueltos, claves para comprender los avatares de una sociedad convulsa por tantos hechos como se avecinaban. En concreto, Barcelona se convirtió «en centro mediático en el siglo XVII, sus imprentas fueron una muestra de la difusión de las muchas relaciones que corrían de mano en mano gracias a los pliegos sueltos», pág.86; por ejemplo, a las fiestas por san Raimundo de Peñafort. Se advierte de que los pliegos se escribían en catalán y castellano.
Cambio de destino, capítulo quinto. Por si el lector no se había percatado, de nuevo, se nos dice que » don Quijote decide ir al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza para asistir a las solemnísimas justas por la fiesta de san Jorge», edición, 1615. Inmediatamente se nos aclara el motivo por el que pasó de largo: «la aparición del apócrifo le obligara a cambiar definitivamente ese destino».
Los grados de la caballería son evidentes, puesto que no todos los que se llaman así lo son. La evidencia del ser y parecer se deslinda. También la dualidad armas-letras dan pie para entender mejor; en este aspecto se diferencian las órdenes religiosas que no podían ser militares por su origen. Añadamos la nitidez entre los caballeros cortesanos y los caballeros andantes verdaderos, estos estaban sujetos «al sol y al frío»; los otros, encerrados en sus habitaciones paseaba con su imaginación «mirando un mapa».
En este capítulo, tiene importancia la «Cofradía de san Jorge»- aunque se repita-, la Corona de Aragón adoptó «al caballero y mártir san Jorge como su patrón». Sus caballeros se diferenciaban de otros.
Capítulo sexto. Orillas del mar. Entre caballeros, damas y muchachos. Está bien que se nos recuerde, de nuevo, la importancia de los pliegos sueltos en los que hallamos los eventos principales de la segunda mitad del siglo XVI y parte del siglo XVII, en las lenguas castellana y catalana. El hervidero social de aspectos, a veces, increíbles los hallamos en estos pliegos; era la mejor forma de llegar a la sociedad; los relatos informaban, capital en años convulsos, de ahí su proliferación.
No sorprende que se haga mención a «muchachos»: «le seguían los muchachos por las calles como si fuera loco, diciendo a voces. Al hombre armado, muchachos, al hombre armado». Las niñas, los niños tuvieron su importancia en los festejos tano religiosos-sobre todo procesiones- como profanos; quizá más aquellos. Un dato significativo en Barcelona es cuando Quijote sale al balcón para que se rían o mofen «a vista de las gentes y de los muchachos». Otro tanto ocurrió cuando salió a pasear por la calle con un letreo en su vestimenta. Presencia o no de Cervantes en Barcelona no quita para mantener que había leído o paseado por ella por lo certero que resulta de sus descripciones. Los historiadores del hecho literario se decantan por su estancia antes o después. Sus elogios («archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospìtal de los pobres, etc.) nos hacen pensar que sí. Su singularidad y abierta al mar la enaltecen. Y un dato que no puede pasar desapercibido: la aparición de muchas lenguas en contacto «con el catalán y el castellano».
En el capítulo siguiente se insistirá en la presencia continua de niños y niñas en los acto religiosos y en los festejos en la calle o en los templos. Se nos recuerda con motivo de la canonización de san Raimundo de Peñafort en varios momentos: en los festejos de 1601 » la presencia de niños vestidos de blanco y coronados de flores, la igual que la de las niñas». (…). «El número de niños en procesión va creciendo conforme la relación…». (…). «No faltaron tampoco los niños pobres» . Las diversas clases sociales se dieron cita para enaltecer a san Raimund0, pág. 135.
El capítulo séptimo está coronado con Gigantes y caballitos cotoneros. Un paso más en la investigación en la que se detallan las fiestas y los torneos; se extienden a «ciudades, villas y lugares». La caballería se aposentaba con otras miras. Las cofradías, las universidades, las órdenes religiosas tomaron los eventos no solo como algo lúdico, también como cultura, como sapiencia. Las justas literarias llevaron la iniciativa y se unificaron, aun más, lo caballeresco y lo religioso. Se nos aclara que Cervantes fue testigo de esos gigantes y cabezudos que pululaban en las fiestas de los pueblos, incluso en el Corpus Christi; sin duda, un poco chocante porque lo fundamental de esta fiesta religiosa todas las miras deben ir a la consagración de Cristo en forma-hostia-. La autora refrenda que los gigantes de Quijote, contrahechos o no, merecen también en la tradición festiva de las figuras que los habían representado secularmente en las procesiones del Corpus Christi y en otras muchas», pág.140. Torneos y gigantes se asociaron ya en el siglo XV, y proliferaron a partir del siglo XVII. También los caballitos cotoneros tuvieron su importancia en los diversos estratos de la sociedad. Pero la figura que destella en este capítulo es la de san Raimundo de Peñafort y unas páginas dedicadas a hechos del Quijote de Avellaneda.
Caballeros con espejos armados a la antigua. El Pasoventuroso, Capítulo octavo. Empieza, de nuevo, con el recuerdo de las fiestas barcelonesas por san Raimundo de 1601. Un capítulo en que la base versará sobre el santo. Comienza con una convocatoria «que los conselleres y el consejo de la ciudad mandaron publicar en honor del santo» para honrar la canonización y fiesta del glorioso Santo. Entre otras cosas llamó la atención las lenguas en que se podía concurrir : «Allí de Palma y de Laurel corona / darán de gracia, las hermanas bellas / pues la Ciudad Ilustre Barcelona / ofresce premios para dar con ellas, / la patria lengua, Limosina abona / en que derrama Ausias sus querellas, / la general Latina y abundosa, y la elegante Castellana hermosa,(pág. 159). Es decir, cualesquiera de las lenguas catalana, latina y castellana podían servir para participar en el certamen cuyo tema tenía que estar bajo el paraguas de san Raimundo. Fueron muchos los festejos que se dedicaron al santo. Entre otros fue la participación de los obispos de Cataluña; también se extendió a los actos universitarios, como el Certamen de la Universidad. No podían ser menos los pobres del Hospital de la Misericordia en la que los niños fueron los protagonistas, «vestidos de peregrinos…, aparecieron en procesión junto a la mulaza, llevada por cuatro hombres que tiraban cohetes…».
Entre las tradiciones históricas y caballerescas destaca «la defensa y conquista del PASSO VENTUROSO» en el que se fundía lo religioso y lo guerrero; en este paso venturoso los caballeros dieron en la iglesia «una graciosa arremetida hasta al Altar del Santo»; después, pasaron a la «plaza del Borno» donde tuvo lugar la fiesta caballeresca. Bien es sabido que la canonización del santo se extendió tanto que Barcelona se convirtió en una peregrinación » para visitar las reliquias del santo». La defensa del lugar fue prioritaria. Estos hechos fueron conocidos por Cervantes. Las justas por san Raimundo arraigaron. Al final del capítulo es interesante el «Ave Fénix», que como sabemos se introdujo en los diversos géneros literarios. En este caso la transformación de los torneos en teatro y lo divino como eje vertebrador (…»la figura de don Ramón, con una llave de plata y las insignias de penitencia y oración. Tras lo cual este levantó la mano y echó la bendición, dándose fin a la fiesta», pág. 174.
Desafíos caballerescos y poéticos. La aparición del Pariandro. Con este nuevo capítulo la autora despeja las dudas que puedan caber en lo que ha escrito dando un paso más en su desarrollo, con un año clave como viene repitiendo: 1601. Ahora se refiere a la celebración de «El torneo del Desafío de los caballeros forasteros», y en el que se nos detalla «dichos forasteros»: don Miguel de Sanmanar y don Luis de Sayor. Se nos recuerda que el Caballero de los Espejos cervantino se relaciona «en el espejo que llevaba don Miguel de Sanmanar en su empresa con una letra que decía: ´Si me miro en ti engaño, / mas si me miro en don Raymundo, / veo mi ser y el del mundo´. De esta forma se prosigue en posteriores páginas de los encuentros, celebraciones que tuvieron lugar, como la fiesta de los mercaderes en la lonja, desfiles de juristas y abogados, misa de inquisidores familiares del Santo Oficio, la fiesta de san Justo, la devoción al sacramento de la eucaristía, cofradías de corredores de cuello, platicantes de notarios, sermón de los libreros de Barcelona, etc.
De nuevo se nos repite, por su importancia, el uso de la lengua catalana y castellana en los certámenes por san Raimundo («A juicio de Rebullosa, era más fácil seguir las leyes castellanas que la complicidad de las catalanas». No podían faltar los escritos en latín. Llamó la atención que en las justas universitarias hubo poemas en las tres lenguas descritas, algunos poemas escritos por mujeres, incluso algunas cantaban sus versos acompañadas de instrumentos. La figura del Periandro cubierto de máscara, que al quitársela resulta que fue don Pedro Chasqueri. Bien es cierto, como apunta la autora, el Periandro del Persiles de Cervantes fue muy distinto, que revestido «de peregrino cruzó mares y tierras hasta llegar a Roma, tierra de salvación», pág.192.
Cervantes y los dominicos. Las justas por san Jacinto y san Raimundo
Casi se da por hecho en este trabajo que Cervantes pudo haber tenido noticia de las fiestas programadas en Barcelona en favor de san Raimundo, así como las relacionadas por la Orden de Predicadores. Se afirma que Cervantes participó «en el certamen zaragozano por san Jacinto en 1595», que tuvo lugar en el convento de la Orden de Predicadores («Miguel de Cervantes llegó, / tan diestro, que confirmó, / en el certamen segundo / la opinión que le da el mundo / y el primer premio llevó»). Se dice que, tal vez, no asistió a esta justa poética.
El capítulo termina con una exaltación de la Orden de Predicadores y el sepulcro de san Raimundo que «quedaría sellado dentro del espacio conventual de los dominicos barceloneses», pág. 218.
Justas de armas y letras en el gran teatro caballeresco. Las primeras líneas nos previenen de otro acontecer como es «el paso de la justa caballeresca a la justa poética dedicada a san Ramón de Peñafort por la beatificación de santa Teresa». Este evento se celebró en la Rambla de Barcelona «frente al convento del Carmen». La justa caballeresca fue disminuyendo con el paso del tiempo. La traslación a lo literario y festivo de la justa caballeresca fue una constante, incluso del vocabulario; este paso fue significativo; en Quijote se observa también. La vida como literatura o esta como vida fue nítida. Un dato importante fue que la plaza de Born se convirtió en un espacio teatral; los vecinos, cuando había acontecimiento, alquilaban las ventanas y balcones por lo que la fuerza teatral se dejó sentir y fue foco de atracción; en años posteriores fue un lugar de encuentro de todo tipo de festividad, bien como divertimiento o hecho histórico. La autora nos recuerda el capítulo XVII de la segunda parte en el que don Quijote se muestra como si se conociera lo acontecido («Bien parece un gallardo caballero a los ojos de un rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada…»). Se refiere al hecho de cómo Felipe IV participó en dicha plaza con el infante y demás caballeros.
Del paso Honroso al Paso Venturoso. Los ancestros de Alonso Quijano. En este capítulo, la autora se centra en «el pasado de los torneos con el presente de la vida y hazañas de don Quijote de la Mancha», pág. 235. Es una constante la insistencia de que los festejos barceloneses por la canonización de san Raimundo, se inspiraron «no solo en el Paso Honroso sino en el anterior Paso de la Fuerte Ventura». Este con una raigambre religiosa nítida. Los ejemplos que se aportan: la crónica de Juan II como el del Paso Honroso «en el que había intervenido Gutierre Quijada; un caballero del que don Quijote dijo descender…» . De ahí el sobrenombre de Quijada en el capítulo primero. También en Los claros varones de Castilla, aparece la referencia del Paso Honroso; como también en la plaza de Born se rememoró el Paso Venturoso con motivo de san Raimundo; así como el Paso de la Fuerte Ventura en Valladolid. Los caballeros se hicieron casi dueños al imitar los episodios novelescos tan propios en aquel entonces. Todos los «Pasos» se alimentaron entre sí y con la tradición.
Por todo lo dicho en el penúltimo capítulo, Aurora Egido sostiene que Cervantes pudo tener noticias o leído la Relación que en 1601 Jaime Rebullosa había hecho de las justas y fiestas barcelonesas por el nuevo santo dominico»,
El último capítulo con el nombre de El triunfo de la ficción. Don Quijote en el espejo cóncavo de de la caballería es el eje del que partió la autora; como reza la portada «El triunfo de la ficción caballeresca; un nuevo camino para acercarnos a la obra magna de la literatura castellana, un espejo en el que podemos mirarnos. No en vano, el personaje principal quiso ver en la realidad «cuanto había leído y soñado, lográndolo en ocasiones». Consiguió ser personaje de la novela y este no puede morir. La muerte personal se deslinda del personaje. Pero añadamos que tuvo libertad para ofrecernos la ficción y la realidad a su antojo. Tal vez, por eso, lo veamos en esa sublime imitación como un estandarte literario viviente. El arte de la imitación no todos lo consiguen; hecho que los/as lectores son avizores; saben separar ese arte según las escenas descritas en los diversos géneros que hallamos en Quijote. Muchos ejemplos encontramos en la obra.
La aclaración de la autora de que «Barcelona, la única ciudad que visitó, sería para siempre el símbolo de cómo alcanzar el triunfo en la derrota gracias a la derrota, que perpetuaría su nombre durante siglos», es clave en todo el ensayo, así como el concepto de lo caballeresco para que tuviésemos una obra de tal magnitud, «piedra fundamental de la novela moderna». Las últimas líneas son esclarecedoras: «el Quijote se alzó como la representación máxima de la ficción caballeresca, lo que equivalió finalmente a convertirse en el modelo por antonomasia de cualquier ficción y muy especialmente la literatura». Como clave es que se nos diga: «…ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano». El adverbio «ya» se nos muestra como inherente a lo que se ha trazado en la novela. Vuelve a ser el que era: Alonso Quijano cuando la muerte le acecha. El personaje literario queda para la historia, como sabático eternal viviente.
Coda. La lectura de este ensayo me ha supuesto una cierta delectación por un leguaje bien hilvanado que no cansa ante palabras verdaderas; por el contrario, te anima a proseguir la lectura por tanto aprendizaje como se halla. Lo corrobora las 629 notas a pie de página. Es más, una vez leído el ensayo, se puede dar lectura a las notas para asombrarte más de lo difícil que ha podido ser el trabajo. Es un libro lleno de belleza-esta solo se transmite si se siente- en el que se recrea la vista, y quedas prendido por la fuerza estilística del mismo, sin olvidarnos que se trata de un trabajo de investigación después de tantas lecturas.
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Egido, A., Don Quijote de la Mancha o el triunfo de la ficción caballeresca. Madrid, Cátedra, 2023, 270 págs.
En la contraportada del libro leemos: «He aquí un libro de filosofía política de la religión que estudia la tendencia intelectual dominante en la sociedad española…». Don Agapito Maestre, catedrático de Filosofía, se empeña en este ensayo en que Herrera Oria «sea aún actual». Con esta premisa se adentra en la sociedad española de hoy; antes de comenzar el desarrollo, se vale de dos citas; una del Nuevo Testamento (San Mateo, 23, 28-33): «Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad»…; y la otra de Teresa de Jesús: «¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo….».
Doscientas cincuenta y siete páginas coronan su pensamiento, que divide en Introducción («Por qué escribo sobre Herrera Oria»), cinco capítulos ( «Por qué está mal visto un cristiano». «Herrera y sus coetáneos» «Herrera y dos cristianos». «Herrera, Laín y Ortega». «Fracasos cercanos»). Despedida.
En la Introducción se nos advierte de que estamos ante la primera parte («de una investigación más extensa sobre los avatares políticos e institucionales de Herrera en la España de la República y de Franco», pág. 19). Y en todo su desarrollo prima la idea herreriana de ser buenos ciudadanos en la que vida y obra deben constituir la base de un buen cristiano como enalteció el cardenal hasta su muerte en 1968. Para poder entender en todos sus términos el adjetivo «fracaso» que ya aparece en el título hay que leerse todo el ensayo y aun así siempre tendremos dudas porque el bien que debe subyacer en una persona cristiana debe florecer en todo momento y lugar, incluso entre las más grandes dificultades, y más cuando parte de la expresión que Herrera Oria fue «un hombre de acción dentro de la Iglesia católica», pág.18. Además, don Agapito, nos recuerda la divisa ,» pro bono comuni » , que figuró en el frontispicio editorial de su Escuela de Ciudadanía Cristiana». Bien es cierto que lo explica-lo de «fracaso»- con nitidez cuando saca a relucir la democracia cristiana en la política europea («Su fracaso en España dice mucho del fracaso de Herrera, pero, sobre todo, explica desde la Segunda República hasta nuestros días, uno de los fracasos más rotundos de la democracia», pág. 19).
Con la expresión «acción, no lamentos», el autor saca la daga para llamar la atención a los pasivos, a los que contemplan pero no actúan en la vida política actual : «o se participa en la política o se renuncia a ella» . Aquí el problema radica en la acción si renuncias; para el autor es nítida: «acción cristiana en el mundo»,pág.20. Fácil de entender, pero puede haber otros caminos que no estén en esa dualidad, y de hecho es así. El cristiano debe ser luz, más allá de esas conjeturas. Otra cosa es si es imposible comprender a Herrera «sin pasar por su concepción política del hombre cristiano», pág.22, como sostiene el Dr. Agapito. Es difícil, también, mantener que «la modernidad no podía entenderse sin el cristianismo». Sí parece consecuente situarlo «en los pliegues de la libertad cristiana, que es a un tiempo histórica y sobrenatural». Ahí sí se puede encuadrar la figura egregia de Herrera Oria. La introducción termina con un pensamiento de Ortega y Gasset que está en consonancia con lo que el autor del ensayo viene manteniendo.
El título con que encabeza el capítulo primero, me sorprende; ¿está seguro el autor que la expresión «Por qué está mal visto un cristiano? es orillado», o es que los que creemos o los que se aprovechan del adjetivo no lo son? He ahí el dilema. Muchos cristianos dan testimonio sin que lo digan, ni tampoco tienen miedo a ese señalamiento; es más, son luciérnagas en la noche oscura del sin sentido o de la maldad. Otra cosa es si el autor se refiere a los políticos por su falta de valentía a la hora de afrontar los problemas cotidianos con «esa desastrosa vagancia», pág. 35. Percibo que es lo que siente el autor, sobre todo al enfocar enseñanza-cristianismo con frases rotundas, algunas difíciles de comprender en el siglo XXI y que están lejos de la base de un cristiano. Con nitidez y fuerza estilística de nuevo repite que la vida y la obra de Herrera Oria (….) «ha sido un completo fracaso». No olvidemos que toda exageración es perniciosa, y si lo que se pretende es que el cristianismo se extienda, esas expresiones duras caerán en tierra pedregosa.
Con «Herrera y sus coetáneos» (Herrera y Azaña. Herrera y Luca de Tena. Herrera y Gil Robles), el autor se lanza vertiginosamente a ideas que pueden herir la sensibilidad de algunas personas-quizá historiadores-. que lo observan con otra amplitud de miras, no solo por expresiones «del tosco socialismo español y del catolicismo integrista monárquico», pág. 56. Sus palabras, como «sectario y dueño material de la Segunda República», «inteligencia arrogante de Azaña», «soberbia totalitaria», «arrogante, despreciativo, cínico», se repiten en las doce páginas hasta la saciedad; son demasiado atrevidas para poder entender unos años convulsos, y más sin que se aluda a su oratoria, a sus ensayos literarios o El jardín de los frailes por poner un ejemplo. Sin que tampoco se aluda a «paz, perdón, piedad».
Lo de Luca de Tena también raya lo insólito al describirlo como propagandista: «siempre, en todos los momentos y ocasiones de su fecunda vida», pág. 82. El buen hacer de Herrera, sin embargo, se percibe; dice a Luca de Tena que es una necesidad «de que acate el nuevo régimen», pág.83. En cuanto a Gil Robles y su relación con Herrera «constituye todo un apartado de la historiografía contemporánea». Dos personas frente a frente; uno, defendiendo a ultranza «el tradicionalismo monárquico»; el otro «el cristianismo» por encima de todo como base de una formación íntegra más allá de los avatares políticos. No podía faltar en el libro la exaltación y defensa de Ortega y Gasset con ahínco, arremetiendo contra todos los que le criticaron en un momento dado; don Agapito saca, de nuevo, el palo intelectual y los aparta de lo que no sea exaltación. Tampoco sale bien parado Bergamín al recordarle » una incapacidad resentida para circunstanciar la vida de un hombre en un acontecer histórico y político». Se refiere a un artículo de Bergamín en contra de Herrera, » por ser una mal cristiano y un peor ciudadano». Herrera por encima del bien y del mal, y los obstáculos son debidos a la falta de «vigor intelectual en los seguidores de Herrera». Más confusión, si cabe, es la relación Herrera- Zubiri. El ensayista lo plantea así: ¿»por qué fue menos que imposible un entendimiento entre Herrera y Zubiri, o mejor, entre la democracia cristiana de Herrera y el liberalismo de Zubiri?». Muchas conjeturas se podían plantear sin que al final distingamos la verdadera luz. Aun así, el Dr. Agapito, da un salto y recoge del camino a Laín Entralgo, humanista y el todopoderoso cultural de una época determinada, » un pozo sin fondo para saber quién es de verdad Herrera» pág. 143. Y remacha con la autocrítica de Laín, «para hacerse cargo de la incomprensión, al fin, el fracaso que el discurso y la acción de Herrera tuvieron entre los intelectuales». En esta situación no podía faltar el ensayo España como problema con esa tríada: «la tradicional, la revolucionaria y la sufrida» . Los nombres de Aranguren, Valverde, Ortega, Calvo Serer, Tovar, Ruiz Jiménez, Araquistáin pueblan unas páginas que hay que leer con sosiego porque se agolpan muchos rincones oscuros detrás de los nombrados. La dualidad Herrera/Ortega se presenta como distante. La síntesis de ambos pensamientos chocó, y a estas alturas del siglo XXI dudo que se puedan plasmar por el antagonismo que subyace.
Al final del ensayo no podía faltar, otra vez, el adjetivo fracaso; todo gira alrededor; además de «totalitario», quizá demasiadas veces, y todos con un sesgo que desdice de la impronta cristiana que al fin y al cabo es lo que intenta hacernos ver. Y termina con el fracaso periodístico de Herrera : «El día en que la Editorial Católica vendió el diario YA se rubricó el principal fracaso de Herrera Oria en la democracia española», pág. 245. Otra forma de periodismo porque ya no vendía: distintas y difíciles serían las causas. En su «Despedida» vuelve a recordarnos el adjetivo fracaso por si lo hubiéramos olvidado. Fuera de lugar o demasiado bélico que nos apabulla con expresiones como «que convierte las virtudes cristianas en algo indecente», o que «excluye al cristiano de la vida pública», de ahí que «Herrera Oria sea aún actual». Parece como si al autor quisiera mostrarnos su enfado por demasiadas cosas que observa. y finalmente recurre al dístico poético de Rilke que puede entenderse de diversas maneras:
¿Quién habla de victorias?
Sobreponerse es todo».
Paz y buena tarde. Después de estar en suspenso con la lectura es el mejor sosiego.
La contraportada del libro es significativa: «Estas conversaciones aprietan los afanes y quebrantos de un filósofo español que ha visto mucho y sabe demasiado como para contarlo todo». Si a esto añadimos que su pensamiento está sustentado en don Marcelino Menéndez Pelayo, Ortega y Gasset y Pérez Galdós, no puede ser otro que don Agapito Maestre Sánchez, catedrático, filósofo, escritor, tres licenciaturas entre las que destaca su Doctor en Filosofía con su tesis: La teoría crítica de la sociedad como reproblematización de la sociología del conocimiento, y actualmente imparte docencia en la Universidad Complutense de Madrid de Filosofía Moral.
Con este bagaje que te apabulla, he leído con miramiento su sapiencia en estas conversaciones con Jorge Casesmeiro Roger. No es para menos cuando ya en la introducción se nos avisa: «los libros de Agapito no se abren, se descorchan y embriagan», p. 11; y por si había alguna duda en la página siguiente se le denomina «miliciano de la inteligencia española». ¿Qué haces ante tanto? Solo queda un camino: enfrascarte en la lectura de los cinco capítulos ( «Sobre la razón apasionada», «Ser independiente o no ser», «Lecciones de radiovitalismo», «El fracaso de un maestro», «Memoria no es historia»). Finalmente un «Epílogo dialogado». Los muchos libros, que asciende a más de cuarenta y como estrella: Ortega y Gasset. El gran maestro, 2019.
Antes de comenzar la lectura de su faro, como es El gran Maestro, conviene leer la contraportada del ensayo; el comienzo es nítido: «Este libro nos sitúa ante una alternativa ineludible: o reconocemos que Ortega ha superado fórmulas filosóficas, intelectuales y políticas inservibles para construir una nación democrática o, por el contrario, seguimos instalados en la ideología que lo convierte en un pensador sospechoso de haber caído en todos los males del progresismo o del conservadurismo». Los tres apartados en que se configura el ensayo es una prueba lúcida de por qué su título. Solo resta, leerlo; pero antes Razón en vena para poder entender su magisterio, su simiente.
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Casesmeiro Roger, J., Razón en vena. Conversaciones con Agapito Maestre. Madrid, Unión Editorial, 2020